De la naturaleza de los gobiernos según Aristóteles y otros filósofos.
A nuestra vuelta de Persia nos entregaron en Esmirna las últimas cartas
que acabo de recibir. En esta ciudad supimos también que Aristóteles se
había establecido en Mitilene, capital de la isla de Lesbos, después
de haber estado tres años con Hermias, gobernador de Atarnea. Nos
hallábamos tan cerca de él, y hacía tanto tiempo que no le habíamos
visto, que determinamos ir a sorprenderle, y esta prueba de afecto
le enajenó de gozo. Estaba disponiéndose para ir a Macedonia, porque
al fin había conseguido Filipo que se encargase de la educación de
su hijo Alejandro. «Sacrifico así mi libertad», nos dijo, «pero oíd
mi disculpa». Entonces nos enseñó una carta del rey concebida en
estos términos: «Tengo un hijo, y doy gracias a los dioses no tanto
de habérmelo dado como de que haya nacido en vuestro tiempo. Espero
que vuestros cuidados y vuestras luces le harán digno de mí y de este
imperio».
Pasábamos los días enteros con este gran filósofo, y le hicimos una
relación circunstanciada de nuestro viaje. Las reflexiones que también
le hicimos acerca del despotismo del rey de Persia y de sus sátrapas
le empeñaron a hablarnos de las diferentes clases de gobierno, en lo
cual se había ocupado desde nuestra separación. Comenzó haciendo una
recopilación de las leyes y las instituciones de todas las naciones
griegas y bárbaras, y nos las hizo ver puestas en orden, y acompañadas
con notas, en otros tantos tratados particulares en número de más de
ciento cincuenta. Allí se encuentra la constitución de Atenas, la de
Lacedemonia, de los tesalios, los arcadios, de Siracusa, de Marsella, y
hasta de la reducida isla de Ítaca.
Esta inmensa colección bastaría por sí sola para afianzar la gloria del
autor, pero él no la miraba más que como un andamio para levantar un
monumento todavía más precioso. Estaban ya reunidos los hechos, pero
presentaban diferencias y contradicciones muy chocantes, y para sacar
de ellos resultados útiles al género humano era preciso empezar por el
espíritu de las leyes y seguirlas en sus efectos; examinar según la
experiencia de muchos siglos las causas que conservan o destruyen los
estados, proponer remedios para los vicios que son inherentes y contra
los principios de alteración que le son extraños; formar en fin para
cada legislador un código luminoso mediante el cual pueda escoger el
gobierno el que más convenga a la nación, así como a las circunstancias
de los tiempos y de los lugares.
Esta grande obra estaba casi acabada cuando llegamos a Mitilene, y
salió a luz algunos años después. Aristóteles nos permitió leerla y
hacer de ella el extracto siguiente.