Acaba de enseñarme Isócrates una carta que escribe a Filipo. Un viejo
cortesano no sería más diestro y sagaz para lisonjear a un príncipe. Se
disculpa de atreverse a darle consejos, pero se ve en la precisión de
hacerlo porque lo exige el interés de la Grecia y de Atenas, tratándose
del cuidado que debería tomar en su conservación el rey de Macedonia.
«Todo el mundo os vitupera», le dice, «el precipitaros al peligro con
menos precaución que un simple soldado. Es muy glorioso morir por su
patria, por sus hijos y por aquellos que nos han dado el ser; pero no
hay cosa tan reprensible como exponer una vida de la cual depende la
suerte de un imperio, y marchitar con funesta temeridad la carrera
esclarecida de tantas hazañas».
Isócrates querría establecer entre Filipo y los atenienses una amistad
sincera, y dirigir sus fuerzas contra el imperio de los persas. Mira la
república como cosa propia; conviene en que hemos desacertado, pero los
dioses mismos no son irreprensibles a nuestros ojos.
No paso adelante, y no me causa extrañeza que un hombre de más de
noventa años de edad sea todavía tan rastrero, cuando lo ha sido toda
su vida. Me aflige, sí, que muchos atenienses piensen del mismo modo.
De aquí debéis inferir lo mucho que han mudado nuestras ideas desde
vuestra ausencia.