Desde el 13 de julio de 345 hasta el 4 de julio de 344 antes de J. C.
Timónides de Léucade ha llegado hace algunos días. Bien sabéis que
acompañó a Dion a Sicilia, hace trece años, y que peleó siempre a su
lado. La historia que está escribiendo contendrá los pormenores de esta
célebre expedición.
Nada hay más espantoso que el estado en que ha dejado aquella isla,
en otro tiempo tan floreciente. No parece sino que la fortuna ha
elegido este teatro para mostrar en un corto número de años todas
las vicisitudes de las cosas humanas. La mayor parte de las ciudades
han roto los lazos que constituían su fuerza cuando estaban unidas
a la capital, y se han entregado a jefes que las han esclavizado
prometiéndoles la libertad. Estas revoluciones se han hecho con
torrentes de sangre, con odios implacables y crímenes atroces.
Todas estas calamidades han convertido la Sicilia en un horroroso
desierto: aldeas y lugares han desaparecido: los campos incultos,
las ciudades, medio destruidas y casi sin gentes, están pasmadas de
horror en vista de aquellas ciudadelas donde se encierran los tiranos
rodeados de los ministros de la muerte. Ya lo veis, Anacarsis: no hay
cosa más funesta para una nación que ya no tiene valores morales que la
empresa de romper sus cadenas. Los griegos de Sicilia estaban demasiado
corrompidos para conservar su libertad, eran demasiado vanidosos para
tolerar la servidumbre. A fuerza de sufrir, han llegado a ser los
hombres más desventurados y los más viles esclavos.
Acaba de salir de aquí Timónides, quien ha recibido cartas de Siracusa
en las cuales le dicen que Dionisio ha vuelto a ocupar otra vez el
trono, habiendo arrojado de él a Niseo, su hermano por parte de padre,
y al cual ha encerrado en un calabozo, condenándole a perder la vida.