Desde el 27 de junio de 346 hasta el 13 de julio de 345 antes de J. C.
Aún se nos permite ser libres. Filipo no volverá sus armas contra
nosotros, pues los negocios de la Fócida lo tienen ahora ocupado, y en
breve le llamarán a Macedonia otros intereses.
Inmediatamente que llegó a Delfos, reunió a los anfictiones para
imponer un ejemplar castigo a los que se habían apoderado del templo
y del tesoro sagrado. La forma era legal. Los principales autores del
sacrilegio quedan condenados a la execración pública, y es permitido
perseguirlos en todas partes. La nación, como cómplice de su crimen,
pues tomó la defensa de ellos, pierde el voto doble que tenía en la
asamblea anfictiónica, cuyo privilegio se confiere para siempre a los
reyes de Macedonia. A excepción de tres villas, en donde únicamente
serán demolidas las fortificaciones, todas las demás serán arrasadas y
reducidas a aldeas de cincuenta casitas situadas a cierta distancia una
de otra. Los habitantes de la Fócida, privados del derecho de ofrecer
sacrificios en el templo y de participar de las ceremonias santas,
cultivarán sus tierras y depositarán anualmente en el tesoro sagrado
sesenta talentos (1.207.000 reales vellón) hasta que hayan restituido
el total de las sumas que cogieron: entregarán sus armas y caballos,
y no podrán tener otros hasta que se halle indemnizado el tesoro.
Filipo, de concierto con los beocios y los tesalios, presidirá en los
juegos píticos en lugar de los corintios, acusados de haber favorecido
a los focidios.
Filipo ha hecho ejecutar el decreto, según unos con un rigor bárbaro,
y según otros con bastante moderación; veintidós ciudades circuidas de
muros eran el ornamento de la Fócida, y la mayor parte no ofrecen en
el día más que un montón de cenizas y de escombros. En los campos no
se ve más que viejos, mujeres, niños y hombres enfermos que, con débil
y trémula mano, apenas pueden arrancar de la tierra algunos alimentos
groseros; sus hijos, sus esposos, sus padres, se han visto precisados a
abandonarlos. Unos, vendidos en pública subasta, gimen entre cadenas,
y otros, proscritos y fugitivos, no encuentran asilo en la Grecia.
Nosotros hemos acogido algunos de ellos, y ya nos atribuyen un crimen
por esto los tesalios.
Filipo ha sacado de su expedición el fruto que esperaba, cual es la
libertad de pasar las Termópilas cuando quiera; el honor de haber
terminado una guerra de religión; el derecho de presidir en los juegos
públicos; y otro más importante, que es el de asiento y voto en la
junta de los anfictiones.
El pueblo ya no teme a Filipo desde que se ha retirado a sus estados.
El modo con que ha dirigido y terminado la guerra de los focidios,
su desinterés en el repartimiento de los despojos y, en fin, su
comportamiento mejor examinado, nos deben tranquilizar tanto en
lo presente como atemorizarnos para lo venidero que acaso no está
lejos. Este príncipe quiere conquistar a los griegos antes que a la
Grecia; quiere ganar nuestra confianza, acostumbrarnos a las cadenas,
obligarnos quizá a pedírselas, y por medios lentos y suaves hacerse
insensiblemente nuestro árbitro, nuestro defensor y nuestro dueño.