A 23 de junio año 346 antes de J. C.
Decidiose la suerte de la Fócida y sus habitantes. La asamblea se ha
reunido hoy en el Pireo para tratar de nuestros arsenales, y Dercilo,
uno de nuestros diputados, se ha presentado de repente. Había sabido en
Calcis, en Eubea, que los focidios se habían entregado a Filipo pocos
días antes, y que este va a entregarlos a los tebanos. No es fácil
pintaros el dolor, la consternación y el espanto que se han apoderado
de todos los ánimos.
Los generales, de acuerdo con el senado, han convocado una asamblea
extraordinaria, la cual ha mandado trasladar sin pérdida de tiempo a la
ciudad y al Pireo las mujeres, los niños y todos los efectos del campo
que están a distancia de menos de ciento veinte estadios (cerca de
cuatro leguas y media), y los que distan más, a Eleusis, Filé, Afidnas,
Ramnunte y Sunio; que se reparen los muros de Atenas y otras plazas
fuertes, y se ofrezcan sacrificios a Heracles, como acostumbramos en
las calamidades públicas.
A pesar de todas nuestras precauciones, no tenemos ahora otro recurso
que la indulgencia o la piedad de Filipo. ¡La piedad! ¡Oh manes de
Temístocles y de Arístides!...
Aliándonos con él, ajustando de repente la paz, al mismo tiempo que
invitábamos a los otros pueblos a tomar las armas, hemos perdido
nuestras posesiones y nuestros aliados. ¿A quién pues nos dirigiremos
ahora? Toda la Grecia septentrional está adicta al rey de Macedonia.
En el Peloponeso, la Élide, la Argólida y la Arcadia, llenas de
partidarios suyos, no querrán, como tampoco los demás pueblos de
estos países, perdonarnos nuestra alianza con los lacedemonios. Estos
últimos, a pesar del genio fogoso de Arquidamo, su rey, prefieren la
paz a la guerra. Por nuestra parte, cuando vuelvo la vista hacia el
estado de la marina, del ejército y de las rentas, no veo más que las
reliquias de una potencia que era en otro tiempo muy formidable.