CARTA DE CALIMEDÓN.

Yo adoro a Filipo, él gusta de la gloria, los talentos, las mujeres y

el vino. En el trono es el mayor de los reyes, y en el trato, el hombre

más amable.

El rey de Macedonia se ve algunas veces en la precisión de tratar

con dureza a los vencidos, pero Filipo es humano, benigno, afable

y esencialmente bueno. En un momento se enciende su cólera y en un

momento se aplaca; sin hiel, sin rencor, está tan por encima de la

ofensa como del elogio; nuestros oradores le llenan de injurias en

la tribuna, y sus mismos súbditos le dicen verdades amargas; pero él

responde que debe favores tanto a los primeros, porque le corrigen sus

debilidades, como a los segundos, porque le enseñan sus obligaciones.

Presentose a él una mujer del pueblo suplicándole que despachase cierto

asunto, y él la respondió: «No tengo tiempo para eso». «¿Por qué, pues,

permanecéis en el trono?». Esta proposición le detuvo, y al punto mandó

que le diesen cuenta de todos los negocios pendientes. Otra vez se

durmió mientras se veía un pleito, y no por esto dejó de condenar a

pagar una multa a una de las dos partes.

«Apelo», exclamó esta al momento. «¿A quién, pues?». «Al rey más

atento». Vuelve al instante a ver el asunto, reconoce su error, y paga

él mismo la multa.

En la toma de una ciudad reclamaba su amistad uno de los prisioneros

puestos en venta. El rey, sorprendido, le dijo que se acercase; estaba

sentado, y el desconocido le dijo al oído: «Dejad caer vuestra ropa,

pues no estáis en postura decente». «Tiene razón», contestó Filipo, «es

amigo mío, que le quiten las cadenas».

Un macedonio llamado Nicanor, se atrevió a proferir contra él chanzas

amargas y serias, y habiéndole propuesto que le desterrase, «No haré

tal cosa», respondió, «pues iría a publicar por todas partes lo que

dice aquí».

En el asedio de una plaza le rompieron de una pedrada una clavícula,

y el cirujano, estándole curando, le pidió una gracia: «No puedo

negártela», le dijo Filipo riéndose, «pues me tienes agarrado por

el cuello». Su corte es el asilo de los talentos y placeres. La

magnificencia brilla en sus fiestas y en su mesa la alegría. Esto es

constante, y así es que me importa poco su ambición. Si viene contra

nosotros pelearemos, y si somos vencidos, podremos al menos reír y

beber en su compañía.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 19 / 84 题