Desde 30 de junio de 349 hasta 18 de julio de 348 antes de J. C.
Hemos recorrido muchas provincias del vasto imperio de los persas.
En Persépolis hemos quedado absortos al ver el gran palacio de los
reyes, donde todo respira la magnificencia y el temor porque sirve
al mismo tiempo de ciudadela. Los reyes han hecho edificar otros,
menos suntuosos en verdad pero de una hermosura que sorprende, en
Susa, en Ecbatana y en las demás ciudades donde pasan las estaciones
del año. Tienen además grandes parques que llaman _Paraísos_, y
están divididos en dos partes. En la una salen a caballo, provistos
de flechas y venablos, por entre los bosques, a la caza de animales
monteses que tienen al intento en aquellos cercados. En la otra, donde
han apurado cuanto puede dar de sí el arte de la jardinería, cultivan
las más hermosas flores y cogen las frutas más delicadas, sin dejar
de esmerarse en criar también allí altos y corpulentos árboles, que
comúnmente disponen al tresbolillo. Se encuentran en otros varios
parajes estos paraísos, pertenecientes a sátrapas o grandes señores.
En Egipto oímos hablar mucho y con grande elogio de aquel Arsames a
quien el rey de Persia llamó a su consejo muchos años había. Durante
su ministerio dio actividad a los distintos talentos con su discreta
influencia; los militares se felicitaban de la emulación que mantenía
entre ellos, y los pueblos de la paz que les había proporcionado, a
pesar de obstáculos casi invencibles. En fin, la nación había llegado,
en fuerza de sus desvelos, a gozar de la alta consideración que había
perdido entre las demás naciones a causa de guerras desgraciadas.
Este excelente ministro, separado ya de los negocios, pasa actualmente
sus días con tranquilidad en su _paraíso_, distante de Susa cerca de
cuarenta parasangas (cerca de 39 leguas y cuarto). Sus amigos no han
dejado de verle; y aquellas personas cuyo mérito apreciaba no han
olvidado todavía sus beneficios y sus promesas; así es que todos vienen
a visitarle con tanta complacencia y afán como si aún se hallase en el
ministerio.
La casualidad nos ha traído a su retiro encantador, donde hace varios
meses que estamos detenidos, cediendo a sus favores y afable trato,
y no sé si podremos dejar una compañía que únicamente pudiera reunir
Atenas en el tiempo en que reinaban en esta ciudad la política, la
decencia y el buen gusto.
En su casa, alrededor de su morada, todo da indicios de la bondad de su
carácter generoso, anticipándose a todos los deseos, y satisfaciendo a
todas las necesidades. Las tierras antes incultas y abandonadas, están
cubiertas de mieses, y ya las pobres gentes de los campos cercanos,
habiendo experimentado sus beneficios, le ofrecen un tributo de amor
que le es aún más grato que el respeto que le tienen.
Querido Apolodoro, a la historia pertenece poner en su debido lugar
a un ministro que siendo depositario de todo el favor, y no teniendo
ninguna especie de aduladores asalariados, jamás ambicionó otra cosa
que la gloria y la dicha de su nación.