El estado de la Grecia me tiene en un continuo sobresalto. Sus pueblos
están debilitados y corrompidos. No hay leyes, no hay ciudadanos, no
hay ya ideas de gloria ni amor alguno al bien público; por todas partes
hay viles mercenarios por soldados, y bandidos en lugar de generales.
Nuestras repúblicas no se reunirán ya nunca contra Filipo; sufrimos
los insultos de este príncipe con el mismo valor que nuestros padres
arrostraban los peligros, y la elocuencia impetuosa de Demóstenes no
podrá sacarnos del letargo en que estamos sepultados.
Observad cómo Filipo, único confidente de sus secretos, solo
dispensador de sus tesoros, general el más hábil de la Grecia y soldado
el más valiente de su ejército, concibe, prevé, ejecuta por sí mismo;
siempre está prevenido, se aprovecha de los acaecimientos cuando puede
y cede a ellos cuando es preciso. Observad la perfecta disciplina de
sus tropas siempre en continuo ejercicio, en todos tiempos al frente de
ellas; haciéndolas marchar y contramarchar con una prontitud asombrosa
desde la una a la otra parte de su reino, y que han aprendido de él,
en fin, a no encontrar diferencia alguna entre invierno y verano,
entre fatiga y descanso. Observad que si en lo interior de Macedonia
se ven señales de los estragos de la guerra, él encuentra recursos
abundantes en sus minas de oro, en los despojos de los pueblos que
subyuga, y en el comercio de las naciones que empiezan a concurrir
a los puertos, de que se ha apoderado en la Tesalia. Observad como
desde su entronizamiento no tiene más que un objeto, que posee la
constancia necesaria para seguirlo con lentitud, que no da el primer
paso sin meditarlo, ni el segundo sin estar asegurado del acierto
del primero; que es ansioso, insaciable de gloria, yendo a buscarla
en los peligros, en la pelea, en los parajes donde se vende a precio
más costoso. Observad, por último, que dirige siempre sus operaciones
según los tiempos y los lugares: opone a las frecuentes sublevaciones
de los tracios, ilirios y otros bárbaros, combates y victorias; a las
naciones de la Grecia tentativas para probar sus fuerzas, apologías
para justificar sus empresas; el arte de dividirlas para debilitarlas,
y el de corromperlas para someterlas.
En vano nos lisonjeamos de que pasa el tiempo en los excesos y la
disolución. Es inútil que la calumnia nos le represente como al hombre
más despreciable y disoluto. El tiempo que gastan otros soberanos
en aburrirse, él lo dedica a los placeres; el que ellos dedican al
deleite, él lo dedica a cuidar de su reino. ¡Pluguiese a los dioses
que, en lugar de los vicios que le atribuyen, tuviese defectos; que
fuese obstinado en su opinión sin atender a la elección de sus
ministros y generales, y que no tuviese vigilancia ni consecuencia
en sus empresas! Filipo tiene quizás el defecto de admirar a los
hombres de talento como si él no tuviese más que todos ellos. Un gran
pensamiento le seduce, pero no le gobierna.
Mi querido Anacarsis, cuando yo reflexiono en la inmensa carrera que
Filipo ha recorrido en tan pocos años, cuando pienso en este conjunto
de prendas eminentes y de circunstancias favorables a su ambición, no
puedo menos de concluir que nació para avasallar a la Grecia.