Desde 11 de julio de 350, hasta 30 de junio del año 349 antes de J. C.
Me río de los temores que quieren inspirarnos con respecto a Filipo.
El poder de este príncipe no puede ser duradero porque solamente
está fundado en la mentira, la perfidia y el perjurio. Lo detestan
sus aliados, a quienes ha engañado muchas veces, como igualmente sus
súbditos y sus soldados cansados ya de expediciones que debilitan sus
fuerzas sin sacar de ellas fruto alguno, no menos que los principales
oficiales de su ejército, a quienes castiga si lo hacen mal y los
humilla si aciertan.
Este reino se halla en un estado deplorable. No hay cosechas
ni comercio: pobre y débil por sí mismo, se debilita más y más
engrandeciéndose.
El menor revés destruirá esta prosperidad que Filipo debe únicamente
a la incapacidad de nuestros generales y a la corrupción que
vergonzosamente ha introducido en toda la Grecia.
Sus partidarios ensalzan sus prendas personales, pero escuchad lo que
de él me han contado personas que le han visto de cerca. El arreglo
de las costumbres no tiene cabida en su estimación, y sí los vicios,
casi siempre en su amistad. Desdeña al ciudadano que no tiene más que
virtudes, aparta de sí al hombre ilustrado que le da consejos, y se
deja llevar de la adulación con tanta ceguedad como va la lisonja en
pos de los otros príncipes.
El que quiera complacerle, lograr sus favores y ser admitido en su
sociedad, ha de ser de salud robusta para que pueda acompañarle en
sus excesos, y tener la habilidad que se requiere para divertirle y
excitar su risa. Los chistes, las sátiras, los versos, algunas coplas
muy obscenas, todo esto basta para estar en su gracia. Así es que, a
excepción de Parmenión, Antípatro y algunas otras personas también de
mérito, su corte no es más que una gavilla de bandidos, de músicos,
poetas y bufones que le aplauden lo malo y lo bueno, y por esto acuden
a Macedonia de todas las partes de la Grecia. Con ellos se entrega a
la más horrible crápula pasando las noches en la mesa, borracho casi
siempre, casi siempre furioso, dando golpes a derecha o izquierda, y
entregándose a excesos de que no es posible recordarse sin rubor. No
puedo creer, Anacarsis, que haya nacido tal príncipe para subyugar a la
Grecia.