Viaje al Ática. — Discurso de Platón sobre la formación del mundo.
Había yo pasado con frecuencia estaciones enteras en diferentes casas
de campo; atravesé varias veces el Ática, y voy a referir algunas
singularidades que me han chocado en mis viajes.
Tenía Apolodoro una posesión considerable cerca de Eleusis, y me llevó
a verla en tiempo de la siega. La campiña estaba cubierta de espigas
doradas y de esclavos que las derribaban al impulso de sus cortantes
hoces, al mismo tiempo que las recogían los muchachos y las alargaban
a los que hacían garbas. Empezaba esta tarea al rayar el alba, y todos
los de la casa debían ser partícipes de ella. En un rincón del campo,
a la sombra de un árbol frondoso, los hombres preparaban la carne y
las mujeres cocían lentejas, y echaban harina en unos cacharros llenos
de agua hirviendo para la comida de los segadores, que se animaban al
trabajo entonando cantares que resonaban por la llanura.
Transportaban las garbas a la era y las tendían haciendo con ellas
parvas redondas. Uno de los jornaleros se pone en el centro, teniendo
en la mano un látigo y un ramal, con el cual dirige a los bueyes,
caballos y mulas; los arrea y hace andar o trotar alrededor de él.
Algunos de sus compañeros, revuelven la paja, y la agolpan bajo los
pies de los animales, hasta que se halla enteramente partida. Otros
echan paladas al aire, y un viento ligero, que se mueve por lo regular
a una misma hora, lleva las briznas de paja a cierta distancia, y deja
caer a plomo los granos, que luego encierran en vasijas de barro cocido.
Pasados algunos meses, volvimos a la casa de campo de Apolodoro, en
tiempo en que los vendimiadores cortaban los racimos suspensos de las
vides, que se elevaban sostenidas en los rodrigones. Veíanse también
mancebos y muchachas, llenando de uva los canastos de mimbre que
trasportaban luego al lagar. Antes de pisarlos, algunos cultivadores
llevan a sus casas los sarmientos cargados de racimos, los ponen al sol
durante diez días y luego a la sombra por espacio de otros cinco.
Los unos conservan el vino en cubas, otros en cueros y algunos en
vasijas de barro.
Mientras que pisaban la uva en el lagar, escuchábamos con placer los
_cantares de los lagareros_. Habíamos oído otros mientras comían los
vendimiadores, y en los diferentes intervalos del día, alternando la
danza con el canto.
La siega y la vendimia terminan con fiestas celebradas con aquellos
movimientos rápidos que produce la abundancia, y que varían según la
naturaleza del objeto. Teniendo el trigo como un beneficio de una diosa
que provee a nuestras necesidades, y el vino como el presente de un
dios que cuida de nuestros placeres, se anuncia el reconocimiento a
Deméter con una alegría viva y moderada, y a Dioniso con los arrebatos
del delirio.
Al tiempo de las sementeras y de las siegas, se ofrecen también
sacrificios, y durante la cosecha de la aceituna y de otros frutos
ponen también en los altares las primicias de los presentes recibidos
del cielo. Los griegos han sentido que, en estas ocasiones, el corazón
necesita desahogarse y dirigir homenajes a los autores del beneficio.
Eutimenes, uno de nuestros amigos, había confiado siempre la
administración de sus bienes a la vigilancia y fidelidad de un esclavo
que tenía como capataz de los otros; pero convencido al fin de que el
ojo del amo vale más que el de un administrador o mayordomo, tomó el
partido de establecerse en su casa de campo situada en el lugar de
Acarnas, a sesenta estadios de Atenas. Fuimos a verle algunos años
después y tuvimos la satisfacción de encontrarle restablecido de su
salud, quebrantada en otro tiempo, y a toda su familia sana y robusta.
«Nuestra vida es activa y en ninguna manera agitada», nos dijo; «y así
es que no conocemos el tedio, y sabemos gozar de lo presente».
Enseñonos su casa recién construida; está orientada al mediodía, a
fin de que la dé el sol de cara en invierno, y que esté preservada
del calor en verano, cuando este astro está en su mayor altura. La
habitación de las mujeres está separada de la de los hombres por medio
de unos baños que impiden toda comunicación entre los esclavos de uno
y otro sexo. Cada cuarto era adecuado a su destino, de modo que se
conserva el trigo en un sitio seco, y el vino en un lugar fresco. No
se advierte lujo alguno en los muebles, mas sí el mayor aseo en todo.
Coronas e incienso para los sacrificios, vestidos para las fiestas,
armaduras y arneses para la guerra, ropas de cama y otros usos para las
diferentes estaciones, utensilios de cocina, instrumentos para moler
trigo, etc., etc., todo se encontraba a mano porque todo estaba en su
sitio y colocado con simetría.
«Los habitantes de la ciudad», decía Eutimenes, «verían ciertamente con
desprecio un arreglo tan metódico, ignorando que así se ahorra tiempo
en buscar las cosas, y que un sabio agricultor debe ser tan económico
de los instantes como de las rentas.
»Mi mujer y yo hemos partido, continuó diciendo, los cuidados y afanes
de la administración de nuestros bienes, no perdiendo de vista que a
ella la conciernen los pormenores o mecanismo interior, y a mí los
negocios exteriores. Yo me he encargado de cultivar y mejorar la
hacienda que heredé de mis padres, y Laódice mi esposa cuida del gasto
de la casa, del almacenamiento, venta, préstamo y distribución del
trigo, vino, aceite y demás frutos de nuestras cosechas: ella cuida
también de la subordinación, de la tarea y del respeto de nuestros
criados, enviando unos al campo, ocupando a otros en la elaboración
de la lana y enseñándolos a prepararla para hacer de ella vestidos.
Su ejemplo suaviza la tarea de ellos, y cuando están enfermos, su
asistencia y la mía disminuyen sus sufrimientos. La suerte de nuestros
esclavos nos enternece, considerando, que son dignos de buen trato,
porque al fin son hombres».
Atravesamos un corral poblado de gallinas, patos y otras aves caseras,
y vimos la caballeriza, el aprisco y el jardín lleno de narcisos,
jacintos, anémonas y lirios, violetas varias, rosas de diversas
especies y toda clase de plantas odoríferas. «No os causará extrañeza»,
me dijo, «el cuidado que tengo del cultivo de estas flores, pues sabéis
que con ellas adornamos los templos, los altares y las estatuas de
nuestros dioses; nos coronamos la cabeza en los convites y en nuestras
ceremonias religiosas; las echamos por encima de nuestras mesas y
camas, y tenemos también el cuidado de ofrecer a nuestras divinidades
las que les son más gratas».
Llevonos luego Eutimenes a su hacienda, que tenía más de cuarenta
estadios de circuito (legua y cuarto) y en la cual había tenido en
el año anterior una gran cosecha de cebada y ochocientos cántaros de
vino. Tenía seis acémilas que llevaban diariamente al mercado leña y
otras muchas cosas, que le producían doce dracmas diarias (40 reales 8
maravedís).
El territorio de Acarnas está cubierto de viñas. Todo el Ática de
olivos, que es el árbol de que se tiene más cuidado. Eutimenes había
plantado un gran número de ellos, particularmente a los lados de los
caminos que pasaban por su posesión, y los había puesto distantes
nueve pies uno de otro, sabiendo que sus raíces se extienden mucho.
Continuando nuestro camino, vimos pasar cerca de nosotros numerosos
rebaños de ovejas, cubierta cada una de ellas con un pellejo. Esta
precaución adquirida de los megarenses, preserva los vellones de la
porquería o inmundicia que los mancharía, como también de las zarzas
que pudieran desgarrarlos y quitar la lana. Ignoro si contribuye a
hacer la lana más fina, pero puedo decir que la de Ática es muy bella,
y añado que el arte de la tintura ha llegado al punto de cargarla de
colores que nunca pierden.
Al pie de una ladera que servía de límite a una pradera, había muchas
colmenas en medio de un campo de romeros y retamas. «Observad», nos
dijo Eutimenes, «con qué afán ejecutan las abejas las órdenes de su
soberana, la cual, no pudiendo sufrir que estén ociosas, las envía a
esta hermosa pradera a recoger los ricos materiales para hacer de ellos
el uso conveniente; ella forma también un enjambre, y las obliga o
expatriarse acaudilladas por una abeja que ella elige».
Mas a lo lejos, entre unas colinas enriquecidas de viñedos, se
extiende un llano donde vimos muchos pares de bueyes, llevando los
unos carretadas de estiércol, y otros que, uncidos al arado, abrían
lentamente hondos surcos. «Aquí se sembrará cebada», dijo Eutimenes,
«porque es el grano que se da mejor en el Ática. Es verdad que el trigo
que en él se recoge da un pan muy grato al paladar, pero es de menos
alimento que el de la Beocia, y se ha observado no pocas veces que los
atletas beocios, cuando permanecen algún tiempo en Atenas, consumen
dos quintas partes más de trigo que en su país, no obstante que
confina con el nuestro: en esto se conoce que es menester muy poco para
modificar la influencia del clima. Aún voy a daros otra prueba. La isla
de Salamina está casi tocando con el Ática, y los granos sazonan allí
mucho antes que en nuestra tierra».
Hablonos en seguida Eutimenes de las labores del campo; enterándonos
de muchos pormenores acerca del cultivo del trigo, extendiéndose aún
más sobre el de la viña y, satisfaciendo nuestra curiosidad, nos enteró
de muchas cosas relativas al modo de cuidar la hortaliza y los árboles
frutales. En todo lo que nos decía concerniente a las ocupaciones
rústicas, manifestaba su alegría y nos pintaba con enajenamiento los
placeres de la vida del campo.
Una tarde que estábamos sentados a la mesa delante de su casa, a la
sombra de unos plátanos altísimos que se encorvaban sobre nuestras
cabezas, nos decía: «Cuando yo me paseo por mi hacienda, todo se ríe y
ufana a mi vista. Esas mieses, estos árboles, esas plantas no existen
sino para mí o más bien para aliviar la suerte de muchos desgraciados.
Algunas veces me formo ciertas ilusiones para aumentar mis placeres:
entonces me parece que la tierra lleva su atención hasta la delicadeza,
y que vienen las flores para anunciar los frutos, así como las gracias
deben anunciar entre nosotros los beneficios.
»Una emulación sin rivalidad, forma los lazos que me unen con mis
vecinos, los cuales vienen con frecuencia a sentarse alrededor de esta
mesa que jamás se vio rodeada de personas que no fuesen amigos míos.
La confianza y la franqueza reinan en las conversaciones nuestras: nos
comunicamos nuestros descubrimientos, porque muy diferentes de los
demás artistas que tienen secretos, cada uno de nosotros tiene tanto
gusto en instruir a los demás como en instruirse a sí mismo».
Habiendo salido de Acarnas, subimos otra vez hacia la Beocia y vimos
de paso algunos castillos cercados de gruesas murallas y de torres
elevadas. Las fronteras del Ática están defendidas por todas partes
con plazas fuertes donde se mantienen guarniciones y, en caso de
invasión, se manda a las gentes del campo que se refugien en ellas.
Vimos en una eminencia el templo de Némesis, diosa de la venganza,
cuya estatua es de mármol de Paros, alta de diez codos y hecha de la
mano de Fidias. Bajamos luego al lugar de Maratón, cuyos habitantes
nos enseñaron los sepulcros de los griegos que murieron en la batalla
de los persas; de allí fuimos a dormir a Prasias, lugarcillo situado
junto al mar, y al día siguiente llegamos a Tórico, plaza fuerte, donde
supimos que se hallaba cerca de allí Platón en casa de Teófilo, uno de
sus antiguos amigos, que poseía en aquel territorio una casa de campo.
Nuestra vista tuvo el aire de un reconocimiento, y Teófilo prolongó su
dulzura deteniéndonos en su casa. Al amanecer del siguiente día, fuimos
al monte Laurion, donde están las minas de plata que explotan desde
tiempo inmemorial. Penetramos en aquellos lugares húmedos y enfermizos,
y fuimos testigos de lo mucho que cuesta sacar de las entrañas de
la tierra aquellos metales destinados a no ser descubiertos y menos
poseídos que por esclavos.
No dimos noticia a Platón de nuestro viaje a las minas, pero quiso
acompañarnos al cabo de Sunio, distante de Atenas cerca de trescientos
treinta estadios (cerca de 11 leguas). Allí se ve un soberbio templo
de mármol blanco consagrado a Atenea, de orden dórico, rodeado de un
peristilo que, como el de Teseo, al cual se parece en la disposición
general, tiene seis columnas de frente y trece de lado.
Apenas empezábamos a gozar del gran espectáculo que nos ofrecían las
llanuras de la mar y de las islas vecinas, cuando vimos a lo lejos
cargarse el horizonte de vapores ardientes y sombríos; el sol se iba
volviendo pálido, la superficie del agua, lisa y serena, se cubría de
colores lúgubres, cuyos visos variaban incesantemente. Ya el cielo,
oscuro y cerrado por todas partes, solamente ofrecía a nuestra vista
una bóveda tenebrosa que penetraba la llama y se cargaba sobre la
tierra. Toda la naturaleza estaba en silencio, en expectativa y en un
estado de inquietud que se comunicaba hasta lo interior de nuestras
almas. Buscamos asilo en el vestíbulo del templo y en breve vimos
romper el rayo con estrépito la barrera de tinieblas y de fuegos
suspensa sobre nosotros, rodar espesas masas de nubes por los aires,
correr a torrentes en la tierra, y los vientos desencadenados agolparse
al mar y conmoverle hasta en sus abismos. Todo bramaba, el trueno, los
vientos, las olas, las cavernas, los montes; y de todos estos ruidos
juntos se formaba un estruendo espantoso que parecía anunciar el fin
del mundo. Habiendo redoblado el aquilón sus esfuerzos, la tempestad
fue a descargar su furia en los climas ardientes del África. Seguímosla
con la vista y la oímos bramar a lo lejos; brilló el cielo con una
claridad más pura, y aquel mar, cuyas oleadas espumosas se habían
levantado hasta los cielos, apenas impelía sus aguas hasta las playas.
Al aspecto de tan inesperadas y rápidas mudanzas, permanecimos por
algún tiempo inmóviles y mudos; pero en breve nos recordaron aquellas
cuestiones en las cuales se ejercita muchos siglos hace la curiosidad
de los hombres. ¿A qué se dirigen estos extravíos y revoluciones de
la naturaleza? ¿Deberemos acaso atribuirlos a la casualidad? ¿Es por
ventura una causa inteligente la que excita y apacigua las tempestades?
¿Pero qué objeto se propone? ¿De dónde viene que arroja rayos sobre
los desiertos y perdona a las naciones culpables? De aquí subimos a
la existencia de los dioses, a la confusión del caos y al origen del
universo. Perdíamos el tino, y suplicamos a Platón que rectificase
nuestras ideas. Estaba este en una meditación profunda, pero cediendo
en fin a nuestras instancias, sentose en un poyo y, habiéndonos hecho
poner a su lado, empezó de esta manera:
«¡Oh, cuán débiles somos los mortales! ¿Podemos acaso penetrar nosotros
los secretos de la divinidad? Postrado a sus pies le pido que ponga en
mi boca discursos que le sean gratos y parezcan conformes a la razón.
Si me viese obligado a explicarme en presencia de la multitud acerca
del primer autor de todas las cosas, del origen del universo y la causa
del mal, me vería en la precisión de hablar por enigmas; pero en estos
sitios solitarios, donde no tengo más testigos que Dios y mis amigos,
tendré la condescendencia de hacer homenaje sin temor a la verdad.
»El Dios que os anuncio es un Dios único, inmutable, infinito. Centro
de todas las perfecciones, manantial inagotable de la inteligencia y
del ser; era antes que hubiese desplegado su poder en lo exterior,
porque no ha tenido principio; era en sí mismo y existía en los arcanos
de la eternidad. No, mis expresiones no corresponden a la grandeza de
mis ideas, ni mis ideas a la grandeza del asunto.
»Dios, mediante su bondad infinita, había resuelto desde la eternidad
formar el universo, según un modelo presente siempre a sus ojos;
modelo inmutable, increado, perfecto: idea semejante a la que concibe
un artista cuando convierte la tosca piedra en un soberbio edificio;
mundo intelectual de que este mundo visible no es más que la copia y la
expresión. Todo está a la comprensión nuestra en el universo, todo lo
que se oculta a su actividad estaba delineado de una manera sublime en
aquel primer plan; y como el ser supremo nada concibe que no sea real,
se puede decir que produjo el mundo antes que le hubiese hecho sensible.
»Cuando llegó el instante de esta grande operación, la sabiduría
eterna dio sus órdenes al caos y al punto agitó a toda la masa un
movimiento fecundo y desconocido. Sus partes, antes divididas por un
odio implacable, corrieron a reunirse, a abrazarse y formar una cadena.
Brilló la luz por primera vez en las tinieblas; separose el aire de la
tierra y del agua, y estos cuatro elementos quedaron destinados a la
composición de todos los cuerpos».
Hasta aquí escuché a Platón con un vivo sentimiento de admiración por
la sublimidad de su doctrina, pero cuando llegó a hablarnos de un alma
del mundo, formada en parte de la esencia divina y de la sustancia
material de aquellos genios a quienes Dios confió el gobierno de los
astros, de dos almas humanas, la una mortal y la otra inmortal,
diciendo que la primera reside en el cerebro y la segunda en la
región del estómago, me lamenté de que un filósofo que por la fuerza
de su genio y su talento había llegado a formarse tan grandes ideas
del primer ser, mezclase en ellas los vagos y falsos sistemas de su
imaginación.