CAPÍTULO LVIII.

Sucesos memorables ocurridos en Grecia y en Sicilia (desde el año 357

hasta el de 354 antes de J. C.). — Expedición de Dion. — Juicio de los

generales Timoteo e Ifícrates. — Principio de la guerra sagrada.

Ya dije en el capítulo 32 que, desterrado Dion de Siracusa por el

rey Dionisio, su sobrino y cuñado, se había en fin determinado a

libertar a su patria del yugo que la oprimía. Saliendo de Atenas,

marchó para la isla de Zacinto, punto de reunión de las tropas que

juntaba algún tiempo había, y allí encontró tres mil hombres, la mayor

parte alistados en el Peloponeso, todos de valor acreditado y de una

intrepidez superior a los peligros. Se embarcaron con él ochocientos

soldados, quedando los demás para salir después al mando de Heráclides.

Después de una violenta tempestad, arribó al puerto de Heraclea Minoa,

en la parte meridional de la Sicilia, el cual era una plaza fuerte

de los cartaginenses, donde Dionisio se había embarcado para Italia

algunos días antes.

A la noticia de su llegada, se pusieron bajo sus órdenes los habitantes

de muchas ciudades y corrieron en tropel a recibirle los de Siracusa y

los campos inmediatos.

Distribuyó entre cinco mil de ellos las armas que había llevado del

Peloponeso, y los principales habitantes de la capital, vestidos de

blanco, salieron a su encuentro. Habiendo llegado a la plaza pública

se detuvo, y desde un sitio elevado dirigió la palabra al pueblo;

presentole de nuevo la libertad, le exhortó a defenderla con vigor y le

rogó que no pusiese al frente de la república sino a jefes capaces de

gobernarla en tan críticas circunstancias.

Informado Dionisio de la llegada de Dion, algunos días después se fue

por mar a Siracusa y entró en la ciudadela, alrededor de la cual había

construido un muro que la tenía bloqueada. Envió al momento diputados

a Dion, quien les mandó dirigirse al pueblo, y, siendo admitidos en la

junta general, procuraron ganarla con expresiones las más lisonjeras.

Entre tanto, los bárbaros que componían la guarnición de la ciudadela

atacan el muro que la cercaba, demuelen una parte y rechazan a las

tropas de Siracusa. Son arrollados inmediatamente por los soldados del

Peloponeso, pero Dion queda herido en el combate.

Entonces comprendió Dionisio que para hacer a Dion sospechoso al pueblo

debía valerse de los mismos artificios de que había usado en otro

tiempo para denigrarle estando a su lado, y al efecto le escribió una

carta con este sobre: _A mi padre_. Leyola Dion en la junta de los

siracusanos y vieron que Dionisio le exhortaba a que abandonase el

partido del pueblo para salvar a su esposa, su hijo y su hermana, que

estaban encerrados en la ciudadela; pero aún quedaba oculto el veneno

más activo en las palabras siguientes: «¡Acordaos del celo con que

defendisteis la tiranía cuando estabais conmigo! Lejos de volver la

libertad a unos hombres que os odian, porque se acuerdan de los males

que les habéis causado, guardad el poder que os confían como único que

puede salvaros a vos, a vuestra familia y a vuestros amigos». Desde

este momento, se vio Dion en la dura necesidad de perdonar al tirano

o de remplazarle, y desde este mismo momento debió prever también la

pérdida de su crédito.

Mientras que esto pasaba, llegó la segunda división de las tropas del

Peloponeso mandada por Heráclides. Este general, que gozaba de una gran

consideración en Siracusa, tardó poco en intrigar secretamente contra

Dion, al mismo tiempo que se mostraba solícito por él, adulándole

servilmente; y habiendo Dion excitado una rebelión contra su persona

por la resistencia que hacía al repartimiento de tierras que Heráclides

propuso a la junta, se retiró inmediatamente al territorio de los

leontinos. Allí permaneció hasta que sus conciudadanos, sitiados por

las tropas llegadas de Nápoles al mando de un teniente de Dionisio, le

enviaron diputados encargados de implorar su socorro. Apenas supo el

riesgo que amenazaba a Siracusa, se puso al frente de sus soldados del

Peloponeso y de un cuerpo de leontinos. Preséntase y resuena con júbilo

su nombre por toda la ciudad, al mismo tiempo que la llama devora

las casas contiguas a la ciudadela. Marcha sin detenerse contra los

soldados enemigos, derrota una parte y obliga a los demás a encerrarse

de nuevo en su fortaleza, que, defendida por Apolócrates, hijo de

Dionisio, tardó muy poco en rendirse.

La gloria de Dion había llegado a su colmo, y viéndose desembarazado de

Heráclides, muerto por los siracusanos, parecía que ya no le quedaba

otra cosa sino gozar de la estimación y la dicha de aquellos que le

debían la libertad. Por desgracia encontró un enemigo más pérfido

y peligroso que Heráclides, el cual era un tal Calipo, ciudadano

de Atenas, que después de haberle hospedado en su casa durante su

residencia en esta ciudad, le siguió a Sicilia. Habiendo obtenido los

primeros grados militares, y viéndose honrado de la confianza del

general y de las tropas, tramó contra su bienhechor una conjuración y

el día de la fiesta de Perséfone le hizo asesinar en su casa por diez

soldados. Era Dion de edad de cincuenta años, y hacía cuatro que había

vuelto a Sicilia.

Al principio cosechó Calipo el fruto de su perfidia, pero poco tiempo

después se reunieron los amigos de Dion para vengar su muerte y fueron

vencidos. El asesino, derrotado después por Hiparino, hermano de

Dionisio, se retiró a Italia con el resto de los forajidos, y pereció

en fin, agobiado por sus miserias, a los trece meses de la muerte de

Dion.

Mientras se procuraba destruir la tiranía en Sicilia, Atenas se

debilitaba haciendo esfuerzos vanos para sujetar otra vez a su yugo

los pueblos que hacía algunos años se habían separado de su alianza.

Determinó apoderarse de Bizancio, y con este designio mandó hacerse a

la vela ciento veinte galeras al mando de Timoteo, de Ifícrates y de

Cares. Fueron al Helesponto, donde en breve los alcanzó la escuadra

enemiga que venía a ser igual en fuerzas, y una y otra se disponían

para el combate, cuando sobrevino una tempestad violenta. Cares fue de

dictamen que se diese el ataque, pero los otros generales, más hábiles

y prudentes, se oponen a su consejo, y entonces él manifiesta en voz

alta la resistencia a los soldados y se aprovecha de esta ocasión para

desconceptuar y perder a sus compañeros. Al leerse en Atenas las cartas

que él escribió acusándolos, el pueblo, arrebatado de cólera, les llama

inmediatamente y les forma proceso.

Ni las victorias de Timoteo, ni las setenta y cinco ciudades que había

reunido a la república, ni los honores que justamente le concedieron

en otros tiempos, ni su ancianidad, ni la bondad de su causa, nada

pudo bastar para salvarlo de la iniquidad de los jueces. Condenado a

una multa de cien talentos que no se hallaba en disposición de poder

pagar, se retiró a la ciudad de Calcis en Eubea, y después de su muerte

manifestaron sus conciudadanos un arrepentimiento tan infructuoso como

tardío.

La condena de Timoteo no aplacó el furor de los atenienses ni pudo

intimidar tampoco a Ifícrates, que se defendió con intrepidez,

reuniendo a los recursos de la elocuencia uno cuyo éxito le pareció

menos incierto, cual fue el de rodear el tribunal de varios oficiales

jóvenes adictos a sus intereses, dejando ver él mismo a los jueces

un puñal que llevaba oculto bajo del vestido. Salió absuelto y no

volvió a servir. Cuando le reconvinieron acerca de este procedimiento,

respondió: «Harto tiempo he llevado las armas para salvar a mi patria,

y sería poco cuerdo en no tomarlas cuando se trata de salvarme yo

mismo».

Entre tanto Cares no fue a Bizancio, y se puso con su ejército a sueldo

del sátrapa Artabaces, que se había rebelado contra Artajerjes, rey de

Persia. Quedó derrotado el ejército del príncipe, y Cares escribió

inmediatamente al pueblo de Atenas diciendo que acababa de ganar a

los persas una victoria no menos gloriosa que la de Maratón; pero

esta noticia solamente excitó una alegría pasajera, y así es que los

atenienses, intimidados con las amenazas del rey, llamaron a su general

y se apresuraron a ofrecer la paz y la independencia a las ciudades que

habían intentado escapar de su yugo.

A continuación de esta guerra se empezó otra que causó un incendio

general y desplegó los grandes talentos de Filipo, para desgracia de la

Grecia.

Los focidios se apoderaron de algunas tierras consagradas a Apolo y

dependientes del templo de Delfos. Acusados por los de Tebas y Tesalia

ante el tribunal de los anfictiones, fueron condenados a pagar una

gran multa, cuya sentencia fue seguida en breve de otra que consagraba

sus campos al dios que habían ultrajado. En lugar de someterse, se

dejaron dominar de la elocuencia de Filomelo, uno de los primeros de

entre ellos por sus riquezas y talentos. Tomaron las armas y, haciendo

alianza con los lacedemonios, se apoderaron del templo de Delfos, a

pesar de los locrios que acudieron a la defensa, y arrancaron de sus

columnas los decretos infamatorios que habían expedido los anfictiones

contra los pueblos acusados de sacrilegio. Esta guerra, tan célebre

bajo el nombre de guerra sagrada, duró más de diez años, cuyos sucesos

principales indicaré más adelante.

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 11 / 84 题