Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La retórica.
«En tanto que se construía con ahínco el edificio de la lógica», dijo
Euclides, «se levantaba a su lado el de la retórica, menos sólido a la
verdad, pero más magnífico».
Acercándose a los estantes: «Estos son», continuó, «los autores que nos
dan preceptos sobre la elocuencia y los que nos han dejado modelos de
ella. Casi todos han vivido en el último siglo o en el nuestro. Entre
los primeros están Córax de Siracusa, Tisias, Trasímaco, Protágoras,
Pródico, Gorgias, Polos, Licimnio, Alcidamante, Teodoro, Eveno, Calipo,
etc.; entre los segundos gozan de una reputación bien merecida Lisias,
Antifonte, Andócides, Iseo, Calístrato e Isócrates; y a estos se debe
agregar los que han comenzado a distinguirse, tales como Demóstenes,
Esquines, Hipérides, Licurgo, etc.
»Los primeros ensayos de retórica se hicieron en Sicilia. Cerca de cien
años después de la muerte de Cadmo, reunió discípulos un siracusano
llamado Córax, y compuso sobre este arte un tratado muy estimado en
nuestros días, aunque solo hace consistir el secreto de la elocuencia
en el cálculo engañoso de ciertas probabilidades.
»Protágoras, discípulo de Demócrito, durante su permanencia en Sicilia
fue testigo de la gloria que este Córax había adquirido.
»Hasta entonces se había distinguido con profundas investigaciones
sobre la naturaleza de los seres, y lo fue también en breve por las
obras que publicó sobre la gramática y las diferentes partes del
estudio oratorio. Se le hace el honor de haber sido el primero que
reunió las proposiciones generales, llamadas _lugares comunes_, de que
hace uso un orador, ya para multiplicar sus pruebas, ya para discurrir
fácilmente sobre todas las materias.
»Después de arreglar el modo de construir el exordio, de disponer
la narración y de mover las pasiones de los jueces, se extendió el
dominio de la elocuencia, encerrado hasta entonces en el recinto de
la plaza pública y del foro. Rival de la poesía, celebró al principio
a los dioses, los héroes y los ciudadanos que habían muerto en los
combates, y en seguida Isócrates compuso elogios para los particulares
de alta jerarquía. Después han elogiado indiferentemente a los hombres
útiles o inútiles a su patria, y humeando el incienso por todas partes,
se ha decidido que tanto la alabanza como el vituperio no debían
guardar medida alguna.
»Se distinguió también dos clases de oradores: los que dedicaban la
elocuencia a ilustrar al público en sus reuniones, tales como Pericles;
a defender los intereses de los particulares en el foro, como Antifonte
y Lisias; a derramar sobre la filosofía los vivos colores de la poesía,
como Demócrito y Platón; y los que cultivando la retórica por un
sórdido interés o por vana ostentación, declamaban en público sobre
la naturaleza del gobierno o de las leyes, sobre las costumbres, las
ciencias y las artes, haciendo soberbios discursos en los cuales el
lenguaje ofuscaba las ideas.
»La mayor parte de estos últimos, esparciéndose por la Grecia, fueron
conocidos bajo el nombre de sofistas: andaban errantes de ciudad en
ciudad, eran bien recibidos en todas partes, seguíanles un numeroso
séquito de discípulos que, aspirando a elevarse a los primeros empleos
con el auxilio de la elocuencia, pagaban con usura sus lecciones, y
tomaban en su compañía aquellas nociones generales o lugares comunes de
que acabo de hacer referencia.
»El más célebre de estos sofistas ha sido Gorgias, siciliano. Adquirió
un caudal tan grande como su reputación, aunque era un escritor frío,
que aspiraba a lo sublime haciendo esfuerzos que le alejaban de él.
La magnificencia de sus expresiones solo ha servido comúnmente para
manifestar la esterilidad de sus ideas, mas esto no obstante, extendió
los límites del arte y sus defectos mismos han servido de lección».
Euclides, enseñándome varios discursos de este orador y varias obras
compuestas por algunos de sus discípulos, añadía: «yo hago menos caso
del pomposo aparato que despliegan en sus escritos que de la noble y
sencilla elocuencia que caracteriza a los de Pródico de Ceos. Este
tiene un gran atractivo para las personas juiciosas: escoge casi
siempre el término propio, y descubre distinciones muy finas entre las
palabras que parecen sinónimas».
Después de una corta digresión acerca de Platón y de Pericles, tuvo
Euclides la bondad de exponerme las reglas de la verdadera elocuencia.
«Ya conocéis», me dijo, «a los autores que se han distinguido en
nuestros días, y os halláis en estado de apreciarlos. Las reglas que
justifican la impresión que os han hecho son el fruto de una larga
experiencia, y se han formado según las obras y el acierto de los
grandes poetas y los primeros oradores.
»El imperio de la elocuencia es muy extenso. Se ejercita en las
asambleas generales, donde se delibera sobre los intereses de
una nación; ante los tribunales, donde juzgan las causas de los
particulares; en los discursos, donde se debe representar el vicio
y la virtud bajo sus verdaderos colores, y en todas las ocasiones,
en fin, donde se trata de instruir a los hombres. De aquí nacen tres
géneros de elocuencia, a saber: el deliberativo, el judiciario y el
demostrativo; así pues, las augustas funciones del orador consisten
en apresurar o acelerar la decisión del pueblo, defender al inocente,
perseguir al criminal, alabar la virtud y vituperar el vicio. ¿Y cómo
se ha de efectuar esta persuasión? Con un estudio profundo, dicen los
filósofos; con el auxilio de las reglas, dicen los retóricos.
»Si la naturaleza os destina, dicen los primeros, al ministerio de la
elocuencia, esperad que la filosofía os conduzca a él a paso lento: que
os haya demostrado que el arte de la palabra, debiendo convencer antes
que persuadir, debe sacar su fuerza principal del arte del raciocinio:
que os haya enseñado, por consecuencia, a no tener más que ideas sanas,
a expresarlas de una manera clara, a distinguir de los objetos todas
las relaciones y todos los contrastes, y a conocer y dar a conocer a
los demás lo que es en sí cada cosa. Continuando su influencia en vos,
os llenará de las luces que convienen al hombre de estado, al juez
íntegro y al excelente ciudadano: estudiaréis a su vista las diferentes
especies de gobiernos y de leyes, los intereses de las naciones, la
naturaleza del hombre y el juego movible de sus pasiones.
»Pero, esta ciencia, adquirida en fuerza de largas fatigas, cedería
fácilmente al soplo contagioso de la opinión si no la sostuvieseis
no solo con una probidad reconocida y una prudencia consumada, sino
también con un celo ardiente por la justicia y un profundo respecto a
los dioses, testigos de vuestras intenciones y palabras.
»Este es el modo de pensar de los filósofos con respecto o la retórica;
ahora sería preciso examinar el fin que los retóricos se proponen y las
reglas que nos han prescrito; pero Aristóteles ha emprendido el trabajo
de recopilarlas en una obra, en que tratará la materia con aquella
superioridad que ya hemos observado en sus primeros escritos. Leedle un
día, y creo que me dispensaréis de deciros más sobre este punto».
Instaba yo a Euclides, aunque en vano, pues apenas respondía a mis
preguntas. «¿Adoptan los retóricos los principios de los filósofos?».
«Se apartan de ellos muchas veces, y particularmente cuando prefieren
la verosimilitud a la verdad». «¿Cuál es la primera cualidad del
orador?». «La de ser excelente lógico». «¿Y su primer deber?». «El
demostrar que una cosa es o no es». «¿Cuál su principal atención?».
«Descubrir en cada tema los medios propios de persuadir». «¿En cuántas
partes se divide el discurso?». «Los retóricos admiten un gran número,
que se reduce a cuatro: el exordio, la proposición o el hecho, la
prueba y la peroración. Se puede no obstante suprimir la primera y la
última». Iba a continuar, pero Euclides se excusó, y solamente pude
conseguir un corto número de observaciones sobre la elocución.
«Conveniencia y claridad», me dijo, «son las dos principales cualidades
de la elocución. 1.º _La conveniencia_. La dicción debe variar según
el carácter del que habla, y de aquellos de quienes habla, y según la
naturaleza de las materias que trata y de las circunstancias en que se
encuentra.
»El estilo de la poesía, el de la elocuencia, de la historia y del
diálogo se diferencian esencialmente unos de otros; y eso que, en cada
género, las costumbres y el talento de un autor proyectan en su dicción
diferencias sensibles. 2.º _La claridad_. Un orador o un escritor
debe haber hecho un estudio serio de su lengua. Si desatendéis las
reglas de la grámatica, me será costoso entender vuestro pensamiento.
Hacer uso de palabras anfibológicas y de circunlocuciones inútiles,
colocar sin tino las conjunciones que ligan los miembros de una frase,
confundir el plural con el singular; no tener cuidado con la distinción
establecida en estos últimos tiempos entre los nombres masculinos y
femeninos; designar con un mismo término las impresiones que reciben
dos de nuestros sentidos, distribuir inoportunamente las palabras de
una frase, de modo que un lector no pueda adivinar el sentido del
autor; todos estos defectos coadyuvan igualmente a la oscuridad del
estilo, la cual se aumentará si el exceso de los adornos y lo largo de
los periodos distraen la atención del lector y no le permiten respirar;
o bien si por ir con demasiada rapidez, no puede comprender vuestro
pensamiento, como sucede con los corredores del estadio que en un
momento desaparecen de la vista de los espectadores.
»Nada contribuye más a la claridad que el uso de expresiones ya
admitidas, pero si nunca las desviáis de su común sentido o acepción,
vuestro estilo no pasará de familiar y rastrero: para que sea elevado
y sublime, es necesario valerse de nuevos giros y de expresiones
figuradas».
«He oído hablar», dije a Euclides, «de las diversas especies de
estilos, tales como el noble, el grave, el sencillo, el ameno, etc.».
«Dejemos a los retóricos», respondió Euclides, «el cuidado de trazar
los diferentes caracteres. Todos los he indicado en dos palabras:
si vuestra dicción es _clara_ y _conveniente_, habrá en ella una
proporción exacta entre las palabras, los pensamientos y el tema. Nada
más debe exigirse. Meditad este principio y no os causarán admiración
las siguientes aserciones.
»La elocuencia forense se diferencia esencialmente de la elocuencia de
la tribuna. Al orador se le perdonan los descuidos y las repeticiones
que se miran como un crimen en el escritor. Hay discursos que merecen
aplausos en la asamblea general, y cuya lectura no puede sufrir, porque
la acción les daba valor; y hay otros que están escritos con sumo
esmero, y no causarían efecto en el público si no se acomodasen a la
acción. La elocución que trata de deslumbrarnos con su magnificencia
llega a ser excesivamente fría cuando carece de armonía, cuando las
pretensiones del autor se presentan a descubierto, y, valiéndome de la
expresión de Sófocles, cuando infla excesivamente los carrillos para
soplar en un pito».
Pregunté a Euclides qué autor proponía él por modelo de buen estilo,
y me respondió: «Ninguno en particular y todos en general. No cito a
ninguno personalmente, porque Platón y Demóstenes, dos de nuestros
escritores que más se acercan a la perfección, pecan algunas veces, el
uno por exceso de adornos y el otro por falta de nobleza. Digo todos en
general porque meditándolos, comparando unos con otros, no solamente
se aprende a colorear la dicción, sino que también se adquiere aquel
gusto exquisito y puro que dirige y juzga las producciones del genio;
sentimiento rápido, y tan general entre nosotros que pudiera tenerse
por el instinto de la nación».
Salimos de la biblioteca de Euclides y dirigimos nuestro paseo hacia el
Liceo, y al entrar en el primer patio llamaron nuestra atención unos
gritos penetrantes que salían de una de las salas del gimnasio. El
retórico León y el sofista Pitodoro se habían empeñado en una disputa
acalorada. Nos costó trabajo abrirnos paso por en medio de la multitud,
y el primero nos dijo: «Acercaos y veréis a Pitodoro, quien defiende
que su arte no es diferente del mío y que el objeto de ambos es engañar
a cuantos nos escuchan. ¡Rara pretensión, en un hombre que debiera
correrse de tener el nombre de sofista!».
Acercámonos a escuchar: Pitodoro defendía la causa de los sofistas
con razones que nos hubieran persuadido si hubiésemos estado menos
prevenidos en favor de la retórica. León no podía contenerse, y a
cada instante estaba pronto a contrarrestarle con el aparato pomposo y
amenazador de su arte. Apenas hubo acabado de hablar su antagonista,
cuando emprendió la defensa de la retórica, mas era ya tarde y,
dejándolos en su controversia, tomamos el partido de retirarnos.