Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La lógica.
Antes de mi viaje a las provincias de la Grecia, pasé muchos días en la
biblioteca de Euclides, y a mi regreso volvimos a nuestras sesiones.
Me enseñó en un estante las obras que tratan de lógica y de retórica,
puestas las unas al lado de las otras, porque estas dos ciencias tienen
mucha conexión entre sí.
«Son en corto número», me dijo, «porque no hace más de un siglo, poco
más o menos, que se ha meditado sobre el arte de pensar y hablar.
Nosotros debemos este beneficio a los griegos de Italia y de Sicilia,
lo cual fue una consecuencia del vuelo que había dado al entendimiento
humano la filosofía de Pitágoras.
»Debemos hacer a Zenón la justicia de decir que es el primero que
ha publicado un ensayo de dialéctica, pero debemos hacer también a
Aristóteles el homenaje de añadir que ha perfeccionado de tal manera el
método del raciocinio que pudiera mirársele como inventor.
»El hábito nos enseña a comparar dos o más ideas, para conocer y
demostrar a los demás su conexión o su oposición. Tal es la lógica
natural; ella bastaría a un pueblo que, privado de la facultad de
generalizar sus ideas, no vería en la naturaleza y en la vida civil más
que cosas individuales. Se engañaría a cada instante en los principios,
porque sería ignorante, pero sus consecuencias serían justas porque
sus nociones serían claras, y las explicaría siempre con la palabra
adecuada.
»Pero entre las naciones cultas, el espíritu humano, a fuerza de
ejercitarse sobre las generalidades y abstracciones, ha producido
un mundo ideal quizás tan difícil de conocer como el mundo físico.
A la cantidad enorme de percepciones recibidas por los sentidos se
ha juntado el número prodigioso de combinaciones que forma nuestro
entendimiento, cuya fecundidad es tal que no es posible señalarle
límites. Si consideramos a continuación que entre los objetos de
nuestras ideas hay muchos que tienen entre sí relaciones sensibles
que parece que las identifican, y diferencias leves que en efecto las
distinguen, quedaremos admirados de la audacia y sabiduría de los
primeros que formaron y ejecutaron el proyecto de establecer el orden
y la subordinación en esta infinidad de ideas que los hombres habían
concebido hasta entonces, y que podrían concebir en adelante.
»Esto es quizás uno de los mayores esfuerzos del entendimiento humano;
o a lo menos, uno de los mayores descubrimientos de que pueden los
griegos vanagloriarse. Nosotros hemos recibido de los egipcios, de los
caldeos y acaso también de alguna nación más lejana los elementos de
casi todas las ciencias y de casi todas las artes; pero la posteridad
nos deberá este método cuyo feliz artificio sujetó el raciocinio a
reglas».
Después de estos preámbulos, nos expuso Euclides las principales partes
de este precioso método, poniéndonos lo primero a la vista aquellas
famosas categorías en las cuales ha clasificado Aristóteles todos
los seres según su género y su especie; expliconos a continuación
lo que se entiende por buena definición, e hizo observaciones muy
exactas sobre la naturaleza del género y de la diferencia, así como
sobre las diversas especies de aserciones que se han solido adelantar
raciocinando. Todo cuanto decía estaba sacado de la doctrina del
mismo Aristóteles, y concluyó fijando nuestra atención sobre el
descubrimiento del silogismo hecho por este gran filósofo.
«Esta especie de argumento», dijo, «se compone de tres términos. El
último es el atributo del segundo, y el segundo del primero, como en
este razonamiento: _Toda virtud es un hábito; ahora bien, la justicia
es una virtud, luego la justicia es un hábito_. _Hábito_ es atributo
con respecto a la _virtud_, y _virtud_ con respecto a _justicia_.
»De aquí se sigue que un silogismo se compone de tres proposiciones.
En las dos primeras se compara el término medio con cada uno de los
extremos; de la tercera se deduce que uno de los extremos debe ser
el atributo del otro. Así pues, un silogismo es un raciocinio por el
cual, estableciendo ciertas aserciones, se deriva otra diferente de las
primeras.
»Las diversas combinaciones de los tres términos producen diferentes
especies de silogismos, que la mayor parte se reducen a la que
hemos propuesto por modelo. Los resultados varían también según sean
afirmativas o negativas las proposiciones, y según se les de, así como
a los términos, más o menos universalidad: de aquí emanan muchas reglas
por las cuales se descubre a primera vista la exactitud o el defecto de
un raciocinio. Nos valemos de instrucción y de ejemplos para persuadir
a la multitud, de silogismos para convencer a los filósofos.
»Se suprime a veces una de las proposiciones, fácil de suplir; entonces
el silogismo se llama entimema y, aunque imperfecto, no es menos
concluyente. Ejemplo: _Toda virtud es un hábito; luego la justicia es
un hábito_; o bien: _La justicia es una virtud; luego es un hábito_.
»Toda demostración es un silogismo, pero no todo silogismo es una
demostración. Este es demostrativo cuando está fundado en los primeros
principios o en aquellos que se derivan de los primeros; es dialéctico
cuando está fundado en opiniones que parecen probables a todos los
hombres o a lo menos a los sabios más ilustrados; y contencioso cuando
se concluye según proposiciones que se quiere hacer pasar por probables
y no lo son.
»El primero suministra armas a los filósofos que se ciñen a lo
verdadero; el segundo a los dialécticos, ocupados muchas veces en
la verosimilitud, y el tercero a los sofistas, a quienes bastan las
menores apariencias».