CAPÍTULO LV.

Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La lógica.

Antes de mi viaje a las provincias de la Grecia, pasé muchos días en la

biblioteca de Euclides, y a mi regreso volvimos a nuestras sesiones.

Me enseñó en un estante las obras que tratan de lógica y de retórica,

puestas las unas al lado de las otras, porque estas dos ciencias tienen

mucha conexión entre sí.

«Son en corto número», me dijo, «porque no hace más de un siglo, poco

más o menos, que se ha meditado sobre el arte de pensar y hablar.

Nosotros debemos este beneficio a los griegos de Italia y de Sicilia,

lo cual fue una consecuencia del vuelo que había dado al entendimiento

humano la filosofía de Pitágoras.

»Debemos hacer a Zenón la justicia de decir que es el primero que

ha publicado un ensayo de dialéctica, pero debemos hacer también a

Aristóteles el homenaje de añadir que ha perfeccionado de tal manera el

método del raciocinio que pudiera mirársele como inventor.

»El hábito nos enseña a comparar dos o más ideas, para conocer y

demostrar a los demás su conexión o su oposición. Tal es la lógica

natural; ella bastaría a un pueblo que, privado de la facultad de

generalizar sus ideas, no vería en la naturaleza y en la vida civil más

que cosas individuales. Se engañaría a cada instante en los principios,

porque sería ignorante, pero sus consecuencias serían justas porque

sus nociones serían claras, y las explicaría siempre con la palabra

adecuada.

»Pero entre las naciones cultas, el espíritu humano, a fuerza de

ejercitarse sobre las generalidades y abstracciones, ha producido

un mundo ideal quizás tan difícil de conocer como el mundo físico.

A la cantidad enorme de percepciones recibidas por los sentidos se

ha juntado el número prodigioso de combinaciones que forma nuestro

entendimiento, cuya fecundidad es tal que no es posible señalarle

límites. Si consideramos a continuación que entre los objetos de

nuestras ideas hay muchos que tienen entre sí relaciones sensibles

que parece que las identifican, y diferencias leves que en efecto las

distinguen, quedaremos admirados de la audacia y sabiduría de los

primeros que formaron y ejecutaron el proyecto de establecer el orden

y la subordinación en esta infinidad de ideas que los hombres habían

concebido hasta entonces, y que podrían concebir en adelante.

»Esto es quizás uno de los mayores esfuerzos del entendimiento humano;

o a lo menos, uno de los mayores descubrimientos de que pueden los

griegos vanagloriarse. Nosotros hemos recibido de los egipcios, de los

caldeos y acaso también de alguna nación más lejana los elementos de

casi todas las ciencias y de casi todas las artes; pero la posteridad

nos deberá este método cuyo feliz artificio sujetó el raciocinio a

reglas».

Después de estos preámbulos, nos expuso Euclides las principales partes

de este precioso método, poniéndonos lo primero a la vista aquellas

famosas categorías en las cuales ha clasificado Aristóteles todos

los seres según su género y su especie; expliconos a continuación

lo que se entiende por buena definición, e hizo observaciones muy

exactas sobre la naturaleza del género y de la diferencia, así como

sobre las diversas especies de aserciones que se han solido adelantar

raciocinando. Todo cuanto decía estaba sacado de la doctrina del

mismo Aristóteles, y concluyó fijando nuestra atención sobre el

descubrimiento del silogismo hecho por este gran filósofo.

«Esta especie de argumento», dijo, «se compone de tres términos. El

último es el atributo del segundo, y el segundo del primero, como en

este razonamiento: _Toda virtud es un hábito; ahora bien, la justicia

es una virtud, luego la justicia es un hábito_. _Hábito_ es atributo

con respecto a la _virtud_, y _virtud_ con respecto a _justicia_.

»De aquí se sigue que un silogismo se compone de tres proposiciones.

En las dos primeras se compara el término medio con cada uno de los

extremos; de la tercera se deduce que uno de los extremos debe ser

el atributo del otro. Así pues, un silogismo es un raciocinio por el

cual, estableciendo ciertas aserciones, se deriva otra diferente de las

primeras.

»Las diversas combinaciones de los tres términos producen diferentes

especies de silogismos, que la mayor parte se reducen a la que

hemos propuesto por modelo. Los resultados varían también según sean

afirmativas o negativas las proposiciones, y según se les de, así como

a los términos, más o menos universalidad: de aquí emanan muchas reglas

por las cuales se descubre a primera vista la exactitud o el defecto de

un raciocinio. Nos valemos de instrucción y de ejemplos para persuadir

a la multitud, de silogismos para convencer a los filósofos.

»Se suprime a veces una de las proposiciones, fácil de suplir; entonces

el silogismo se llama entimema y, aunque imperfecto, no es menos

concluyente. Ejemplo: _Toda virtud es un hábito; luego la justicia es

un hábito_; o bien: _La justicia es una virtud; luego es un hábito_.

»Toda demostración es un silogismo, pero no todo silogismo es una

demostración. Este es demostrativo cuando está fundado en los primeros

principios o en aquellos que se derivan de los primeros; es dialéctico

cuando está fundado en opiniones que parecen probables a todos los

hombres o a lo menos a los sabios más ilustrados; y contencioso cuando

se concluye según proposiciones que se quiere hacer pasar por probables

y no lo son.

»El primero suministra armas a los filósofos que se ciñen a lo

verdadero; el segundo a los dialécticos, ocupados muchas veces en

la verosimilitud, y el tercero a los sofistas, a quienes bastan las

menores apariencias».

Compendio del viaje del joven Anacarsis a la Grecia (2 de 2) · 第 8 / 84 题