»Con motivo de un conato de revolución instigado por los españoles y

descubierto oportunamente, hubo de reunirse el 1.^o de Octubre de 1813

el segundo Congreso General, con asistencia de mil diputados electos,

con el fin de ratificar la declaratoria de Independencia, cambiar al

Paraguay el nombre de _Provincia_ por el de _República_ y sancionar

una Constitución que confiaba el ejercicio del Poder Ejecutivo a dos

magistrados, con la denominación de Cónsules, que tuvieron el grado de

brigadieres de ejército, cuyas obligaciones principales consistían en

asegurar la conservación, seguridad y defensa de la República, formar

el Tribunal Superior de Justicia, desempeñar la Comandancia General y

atender a los demás ramos de la Administración.»

La intelectualidad paraguaya es tan contada como distinguida y

vigorosa. Manuel Gondra, Cecilio Baez, José S. Decoud, Alejandro

Audivert, Teodosio González y otros literatos, poetas pensadores,

constituyen una verdadera _élite_ mental. En el ministerio, en la

cátedra, en la tribuna, en el libro, el pensar paraguayo es eminente.

El alma nativa, propensa al ensueño y enamorada de la gloria, da

campo a los escritores nacionales para ejercer el apostolado de todas

las grandes ideas del arte, de la filosofía, de la patria. El mismo

dialecto Guaraní, lengua armónica, melodiosa y sensitiva, revela la

varia intensidad del espíritu paraguayo, y es una demostración de

la grandeza de aquel pueblo. Tal lengua tiene su literatura. Una

literatura llena de brillo y sentimiento, que cuenta con poemas de

vasta inspiración, en que son alabados dulcísimamente los encantos

naturales: el natural amor, el río de plata, la flora magnífica.

En el Paraguay se atiende con particular esmero a la instrucción

pública, y entre sus más entusiastas y eficaces propagandistas no

es posible olvidar a Arsenio López Decoud, educacionista y escritor

notable; a Enrique Solano López, hijo del mariscal Francisco Solano

López; a Teodosio González, doctor en ciencias jurídicas de la

Universidad de Buenos Aires; ni a Carlos Cálcena, que asistió al

Congreso Científico de Montevideo, en 1901, representando al Instituto

Paraguayo.

Ni hemos de omitir tampoco el nombre de quien ha sido calificado como

el más brillante de los poetas nuevos del Paraguay: Juan E. O'Leary,

periodista valiente y autor de libros evocadores. Con O'Leary han

contribuído al realce de las letras continentales Ignacio A. Pane,

Manuel Codas, Alejandro Brugada hijo, y otros que en el momento no

recordamos. Todos ellos intelectos meritorios.

No de otro modo puede ser en un país, en donde lucen figuras como las

que presenta Silvano Mosqueira, en sus _Semblanzas Paraguayas_ que

acabo de recibir, y que me he complacido en leer.

En el prólogo explica Mosqueira: «La importancia de una Nación no se

juzga sólo por su riqueza económica, por los millones depositados en su

tesoro, sino también, y muy principalmente, por la cantidad y calidad

de sus hombres de pensamiento.»

Luego nos habla de Manuel Domínguez, Cecilio Baez, Blas Garay, Héctor

Velázquez, Manuel Gondra y Juan Silvano Godoy de modo entusiástico y

justiciero.

Refiriéndose a Manuel Gondra, a quien el que estas líneas escribe tuvo

la honra de conocer en la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro,

y de apreciar de cerca sus altas dotes mentales, dice Mosqueira:

«¿Cuál es el papel histórico que los acontecimientos señalan a D.

Manuel Gondra en el escenario político de su país? ¿Cuál es la

misión que debe desempeñar un ciudadano colocado a su altura moral y

científica?

»De hecho, por aclamación, sin una voz discordante, Gondra es el

jefe intelectual nato de la juventud estudiosa. Goza de un prestigio

sólido indisputable, entre el elemento joven. Por razones políticas,

los que pudieran rivalizarle se hallan inhabilitados a disputarle la

preeminencia en el ánimo de sus compatriotas.»

Estas palabras del Sr. Mosqueira se pudieran llamar proféticas, pues el

Sr. Gondra ocupó la Presidencia de la República, y ha seguido figurando

activamente en la alta política de su país, después de la revolución

que no le permitió llevar a cabo sus ideas progresistas. Actualmente,

después de concluída la última contienda paraguaya, ocupa el Sr. Gondra

el Ministerio de la Guerra. En cualquier puesto que ocupe, será siempre

el mismo gran ciudadano que procurará el bien de su patria.

Que las conmociones guerreras--de ancestral influencia--tengan

definitivo término, y que bajo una bandera de armonía--la nacional--,

mediten los bravos paraguayos en el porvenir.

BOLIVIA

[Ilustración]

Potosí, antaño, era nombre de fábula,--Cólquida, Eldorado, Ofir,--de la

fábula estupenda que impregna de su luz maravillosa todo el Ciclo del

Oro. Fué en una tierra de entrañas de oro donde Manco Capac iniciara

una civilización; donde las gentes de España destruyeran el imperio

incásico e implantaran su dominio en el alto y bajo Perú; donde Sucre

consagrara a Bolívar el país nuevo que formara después de la victoria

de Ayacucho.

Es hoy tan sólo un recuerdo Potosí; mas Bolivia sigue siendo uno de

los países más llenos de riquezas de todo el continente nuestro. País,

como todos los hispano-americanos, ardido tantas veces por revoluciones

y luchas entre hermanos del propio territorio y de su vecindad, ha

sufrido las inevitables fiebres del crecimiento.

«Bolivia,--decíame un boliviano de talento y carácter--es el país

de los contrastes». Y agregaba a tal afirmación: «Su topografía, su

clima, sus producciones, sus monumentos y sus habitantes, constituyen

un conjunto de elementos tan heterogéneos, que no parecen que formaran

parte de una sola nación. Quien ha viajado, no sólo por una región

de Bolivia, sino por todo su territorio, no puede menos de quedar

pasmado ante la multiplicidad de cuadros, a cual más inconexos y

curiosos, que le presenta este país. Ya se le ve aplanado por enormes

mesetas que cansan los ojos con su perpetua monotonía y que ejercen en

sus moradores una acción achacante que les singulariza por modo muy

particular; ya está erizada por complicadas serranías y cordilleras,

cuyos colosales picachos guarnecidos de eterna nieve, parecen gigantes

embozados en túnicas imperiales de armiño, que contemplan en actitud

monolítica la sucesión de los siglos; ya está horadada de valles

profundos y sinuosas quebradas, donde se ven mil accidentes del terreno

como las proyecciones de un cinematógrafo; ya bordado de praderas y

selvas inmensurables, en cuyo seno bulle una vida activa y desbordante;

ya está bañado por ríos larguísimos y lagos misteriosos como el lago

Poopó y el legendario Titicaca, que guarda la poética tradición de

los hijos del Sol. La primera vez que recorrí Bolivia de extremo a

extremo, me pareció ir por un país de ensueño. Viéndome en la árida

región que mira al Pacífico, y ascendiendo a la antiplanicie andina,

sentíame hastiado por la uniformidad del panorama que se desarrollaba

ante mis ojos. Aquella sábana terrosa, con su aspecto sepulcral, su

frío, sus brumas, sus espejismos, sus pajonales y su silencio, se me

antojaba detestable. Como el navegante que en alta mar no ve más que

agua y cielo, yo, perdido en aquel océano de tierra, no veía más que

la inmensa bóveda azul volcada sobre la inmensa llanura sin color. No

se divisaba ni un arbusto. Yo deseaba ver cuadros más variados. Tenía

la nostalgia de los árboles. La desnudez de la pampa, su serenidad,

su quietud, su mutismo, infiltraban en mi espíritu un sentimiento

mortal de desaliento. Aquélla era una región exánime, maldita. Era

la tristeza hecha tierra. Era la petrificación de la inercia y de la

austeridad. ¡Y bien! Poco después me hallaba en el otro extremo de

Bolivia. Estaba, según mis deseos, en la región de los árboles. ¡Qué

árboles! Ahora eran gigantescos vegetales sembrados en el suelo, como

soldados en ejército sin fin, los que formaban sobre mi cabeza una

bóveda verde y fresca, bajo la cual caminaba semanas, días, meses.

Ahora, ya no más perspectivas limitadas y aburridoras. Yo habitaba en

palacios pictóricos de verdor y de perfumes. Y ya no me deprimía el

ambiente de la pampa agria y silente. Los árboles, el suelo, el agua y

el aire, eran hervideros de seres, laboratorios de energía, campos de

una batalla fenomenal. Y de los árboles del suelo, del agua y del aire,

brotaba sin descanso la sinfonía intraducible de una vida fastuosa y

triunfante. Pero al cabo, esto también me cansó. El árbol dominador,

desmesurado, omnipotente, llegó a causarme empacho. Me hallaba como en

una suntuosa prisión. Deseaba que mi vista se esplayase en horizontes

más amplios, como los del altiplano. Y tuve la nostalgia de la pampa.

Y si antes ésta me había hastiado con su aire de tierra muerta, ahora

sentíme también fatigado con el derroche de vida que veía en mi redor.

¿Pero cómo escapar? Este mar de verdura se extendía hasta el otro mar,

hasta el Atlántico.

»Después visité otros puntos de Bolivia. Navegué durante largas

temporadas por sus interminables ríos, descendí a sus hondos valles

y trepé a sus vertiginosas cordilleras, y en todas partes continué

admirando lo variado y caprichoso de esta tierra extraordinaria. Todo

se opone en Bolivia; las ubérrimas tierras calientes al desolado

altiplano, el frío al calor, lo bello a lo deforme, lo miserable a

lo rico. Sus mismos habitantes. El bravo y feroz aimará es distinto

del quichua apacible; y ninguno de ellos es asimilable al bárbaro

del Noroeste o del Oriente boliviano. Y aun prescindiendo de los

tipos autoctonos, en el mismo elemento criollo se notan profundas

diferencias, como si en él estuviesen marcadas las anfractuosidades y

relieves de su suelo desigual. Las poblaciones constituyen verdaderos

extremos. Santa Cruz, ciudad tropical situada apenas algunos cientos de

metros sobre el nivel del mar, con su calor de zona tórrida, rodeada

de una vegetación lujuriosa y poblaba de gente de tipo marcadamente

español, es muy diferente de Oruro, población de clima siberiano,

construida en medio de un desierto, a miles de metros de altura, y

con habitantes en que predomina el tipo indígena. Escalonemos entre

estos dos extremos las demás poblaciones bolivianas, y ni aun así se

darán una idea neta de su variedad. Potosí es un pueblo encaramado

sobre una gran serranía, y parece estar trepando hacia el cono

gigantesco de plata y estaño, que fué el asombro del mundo. La Paz,

al contrario, está hundida en una hoya, y al verla del borde del

altoplano, hace la impresión de una ciudad acarreada en masa por un

inmenso aluvión, al fondo de un precipicio; y el viajero se admira de

que a nuestros antecesores se les hubiese ocurrido ir a edificar la

ciudad más populosa de Bolivia en aquel estupendo agujero. A veces,

hasta en un mismo sitio, hay aglomeración de elementos incongruentes,

superposiciones extravagantes. Lo prehistórico se junta con lo actual.

Las edades se dan la mano. Lo gigantesco e imponente se codea con lo

pequeño y vulgar. En Tihaguanaco, la humilde choza del indio está

adosada a monumentos colosales, extraños, inmemoriales, obra de una

civilización desaparecida. Todo, pues, contribuye a hacer de Bolivia

un país lleno de curiosidades y rarezas. Hasta en su historia se ve la

desproporción y la incoherencia. Su advenimiento a la vida nacional fué

extraordinario. La misma guerra de la independencia que le precedió,

se caracteriza por el desconcierto con que obraban sus caudillos.

Nadie se subordinaba a un solo plan regular y fijo. Todos obraban por

su cuenta y riesgo. Y sin embargo, con elementos tan variados, se

ha formado esta nacionalidad. He aquí la razón de que Bolivia sufra

mayores dificultades que otras naciones para llegar a su definitiva

constitución. El trabajo de integración de sus diversos componentes

está aún por hacerse. La unificación en Bolivia, empezando desde lo

físico, es más difícil que en otros países de estructura más homogénea

y sencilla. Esos países con amplia salida al mar, y que constituyen,

agregados a los que es fácil el acceso de la ola inmigratoria, de la

industria y del comercio, es lógico que se adelanten a este pueblo

mediterráneo, que metido entre sus montañas, pampas y selvas de

corte gigantesco, tiene que desarrollar una suma de esfuerzo mayor,

proporcionalmente, que aquéllos para ir por el mismo camino. En

realidad, es más bien sorprendente que este país, hecho con elementos

telúricos y humanos tan contradictorios, aun se mantenga en pie. Quiere

decir que acaso posee energías latentes, aunque dispersas, que le

sostienen. Falta que esas energías se fundan y formen un solo bloque,

capaz de ejercer una acción virtual fija. Hasta entonces la nación no

había parecido. Porque, al presente, valga la verdad, ella no existe,

en forma categórica y definitiva, como no existe en otros países,

que no son sino conglomerados informes de cosas y de hombres que se

rechazan, o ni siquiera se conocen. Bolivia sufre las consecuencias

de la disparidad de sus factores étnicos y de la complexidad de sus

condiciones geológicas. Es un pueblo aun no acabado de formar; y sólo

el día en que haya realizado un trabajo de aproximación efectiva, de

simpatía honda de sus componentes, habrá cumplido el ideal de los que

la erigieron nación una, libre y soberana. Hay que decir que para eso

se requieren varias condiciones. Desde luego, un buen vínculo de hierro

que haga juntar el árbol con el yermo, la cordillera con la pampa,

al aimará con el guarayo. Ese día se acerca.» Tales conceptos y de

quien conoce a palmo su tierra, concluyen con una voz de esperanza.

La opinión del doctor Mendoza está confirmada por la realidad actual.

Bolivia progresa y se vigoriza; y están ya muy lejanos los tiempos

de revueltas y satrapías famosas. Hombres de empresas prácticas y

trabajadores de cultura se preocupan en la suerte de la patria. A la

decadencia tan eficazmente expuesta en un libro cauterizante de Alcides

Arguedas, libro aplicable, no solamente a Bolivia, sino a la América

hispano-parlante, y en muchos de sus capítulos, a todas partes, a la

decadencia, dijo, ha sucedido una actividad salvadora, una reacción de

vida. «Hoy, dice el mismo Arguedas, una nueva generación forjada al

calor de generosos ideales, decepcionada del poder de las revoluciones,

escéptica del prestigio popular de los caudillos, llena de bríos,

generosa, preparada, idealista, soñadora, surge». Así se cumplirán

mejor las palabras del acta de independencia, que dicen que: «los

departamentos del Alto Perú protestan a la faz de la tierra entera, que

su resolución irrevocable es gobernarse por sí mismos». Tal ha sido el

espíritu de adelanto en paz y libertad, que ha animado a los últimos

gobernantes de Bolivia.

La mentalidad boliviana ha tenido siempre brillos, y varones de

saber y de armonía han descollado desde los tiempos de la docta y

pretérita Chuquisaca. Como en los tiempos de España brillaron Calancha,

Escalona, Acevedo y tantos más, han animado luego las patrias letras,

los Bustamante, San Ginés, Terrazas, Blanco, Cortés, Vaca-Guzmán,

Ramallo, Mujía y muchos más. Conocida es la notoriedad de los Aspiazu,

los Ballivian, Baptista, Rene Moreno, Díez de Medina, Pinilla, y más

que formaría una larga lista. Yo he tenido oportunidad de conocer a

bolivianos de tanto valer como Julio L. Jaimes, caballero de antaño,

ingenio de pura cepa clásica y colonial; a su hijo Ricardo Jaimes

Freyre, mi brillante amigo en las primeras luchas de renovación

literaria en Buenos Aires, noble poeta y rico de saberes amenos;

a Francisco Iraizos, lleno de discreción y de cultura; a Moisés

Ascarrunz, diplomático, cuyos mejores amigos fueron en España los

poetas; a Franz Tamayo, cuya viril juventud está llena de sapiencia; a

Arguedas, que va por el camino de los triunfos; a Joaquín de Lemoine,

soñador y práctico, buen servidor de su país; al Dr. Jaime Mendoza, en

quien quizá pronto se revele en nuestro continente un nuevo y distinto

Gorki.

La Paz, capital de la república boliviana, adquiere animación. El

ferrocarril conquista el territorio nacional. Europa se acerca. El

progreso entra por el Pacífico y por Buenos Aires. Pronto una vía

férrea unirá la Paz y Puerto Pando. Se cuida de los bosques. Se hace

oro. Se rehace patria. Se va a buen paso al encuentro del porvenir.

NICARAGUA

[Ilustración]

Nicaragua acaba de pasar por una de las crisis más tremendas de su vida

política. La sangre y la muerte han puesto espanto en los ciudadanos,

una vez más; han revivido antiguos odios inmotivados; la miseria y el

hambre han esparcido sus horrores en el país debilitado. ¡Y cuán buena

y generosa tierra para el trabajo, para las iniciativas industriosas!

No entraré en el liso y pantanoso terreno político. Pensadores y

viajeros de juicio creen en que la penetración pacífica del vecino

potente concluirá con la nacionalidad. Entre tanto, véase, en extracto,

su vida histórica. Los famosos hermanos Contreras hablaron los primeros

de libertad, en el siglo décimo sexto, y, cabezas de la sublevación,

fueron, vencidos, a perder la vida a Panamá. Fué, pues, allí donde, en

el continente, se quiso primero ser libre de la dominación española.

Cuando Centro-América se constituyó en República Federal, después de

la independencia, en 1821, Nicaragua fué un Estado de la federación.

Lo gobernaron Cerda, Herrera y Núñez. República autónoma a su vez, en

1841, tuvo por jefes a Buitrago, Pérez, Sandoval, Guerrero Ramírez,

Pineda, Chamorro, que tuvieron el nombre de Directores Supremos. La

Presidencia se inicia, en 1854, con Frutos Chamorro, y le siguen

Martínez, Guzmán, Quadra, P. J. Chamorro, el General Zavala, Cárdenas,

Sacasa y Zelaya. Una revolución sonora, que tuvo por base una traición,

hizo abandonar el poder a este último, y fué Presidente, por poco

tiempo, el Dr. Madriz, a quien sucedió provisionalmente el General

Estrada, sustituído por el actual mandatario Dr. Adolfo Díaz. Sobre

todo esto pasa la sombra de los Estados Unidos.

Nicaragua tiene, como página principal de su historia, la segunda

independencia, cuando se vió libre de la ocupación del filibustero

yanqui William Walker, con el apoyo de las repúblicas hermanas,

especialmente de Costa Rica.

Nicaragua tiene su nombre de Nicarao, cacique, cuya figura podréis

apreciar en las historias de Indias. La limitan Honduras, Costa Rica,

el Atlántico y el Pacífico. Varios libros hay con datos sobre esa

región centro-americana; pero ningún autor os será más útil, si queréis

conocerla, con sus recursos y su vitalidad, que M. Desiré Pector,

francés laborioso y estudioso, Consejero del Comercio Exterior de

Francia, y que durante largos años ha tenido a su cargo consulados de

repúblicas de Centro-América, a las cuales ha procurado hacer conocer

y valer, en numerosos libros, folletos y artículos de periódico. La

América Central, y, sobre todo, Nicaragua y Honduras, deben mucho a la

diligencia y al buen sentido del distinguido M. Pector.

Los datos que siguen, son extraídos de su importante obra _Les

richesses de l'Amérique Centrale_, que lleva un prefacio del finado M.

Levasseur, el ilustre administrador del Colegio de Francia. Así como

todos los datos sobre las otras repúblicas, han sido extractados de

las valiosas monografías de diferentes autores, publicadas por el Sr.

Eduardo Poirier en su obra voluminosa, _Chile en 1910_.

Nicaragua, para su comunicación con el mundo, tiene puertos en ambos

Océanos, que pueden llegar a ser de gran desarrollo. El de Cabo de

Gracias a Dios--que vieron los ojos de Colón--está señalado para

un porvenir brillante. Se llamó algunos meses Puerto Dietrick, por

concesiones hechas a un fuerte especulador de ese nombre. Está

servido, aunque irregularmente, por la _Atlas Line_. La compañía

Hamburguesa y la _Prinzapolka Exploitation C.^o_ recorren los ríos

Grande, Prinzapolka y Onaona. Bluefields es un hermoso Puerto, capital

del departamento Zelaya--ignoro si los rencores políticos hayan hecho

cambiar de nombre a esa región--y da acceso, por su situación en la

embocadura del río Escondido, a toda la región donde se cría la banana

del departamento, al distrito del Siquia (Rama) y a las minas de oro

del departamento de Jerez. En la aduana del Bluff está instalado el

nuevo faro de ochenta pies de altura, de cuatro fuegos y alumbrado por

acetileno; una embarcación a gasolina pone en comunicación a Bluefields

con San Juan del Norte. _La Compagnie Générale Transsatlantique_ remite

mercaderías directas del Havre para ese puerto, que está en combinación

con la Bluefields S. S. C.^o Hay en el Bluff almacenes de aduanas y

muchas facilidades de carga y descarga. Su clima es sano. Los vapores

de la Atlas Line tocan allí.

Bluefields ha exportado durante el tercer trimestre de 1906 por valor

total de $410.806. De esta manera: $136.667 (10.526 onzas de oro);

$79.416 (96.916 libras de Caucho), el resto en cueros secos y bananas.

Monkey Point es un puerto nuevo, en donde se pensaba, durante el

gobierno de Zelaya, que comenzaría la línea férrea que, terminando en

San Miguelito--en el lago de Nicaragua--, se conectaría por vapores

con Granada, y desde allí a Corinto, por el actual ferrocarril. Es

una ciudad de porvenir económico, punto terminal de comunicación

interoceánica. En sus alrededores, un tanto al Norte de la embocadura

del río Puntagorda o Caño Madre, se encuentran terrenos excelentes

para pastos y cultivo de la banana, del caucho, que, como se sabe, es

una verdadera riqueza, del cacao, del café y de la naranja. La United

Fruit C.^o está muy al tanto de todo esto que dejamos señalado. San

Juan del Norte es un gran puerto, indudablemente de mucha importancia,

aunque se le haya tenido en abandono y descuido durante los últimos

años. Está situado en la embocadura del río San Juan, que se comunica

con el lago de Nicaragua, o gran Lago, y hubiera sido el final del

Canal interoceánico por Nicaragua, antes de que este proyecto fuera

abandonado por los americanos. En este puerto también tocan, aunque

irregularmente, los vapores de la Atlas Line.

El precio del pasaje de Granada con New-York, comprendido el embarque

de San Juan del Norte--o Greytown, como dicen los anglo-americanos, es

de 450 francos; el de San Juan del Norte a Limón 30 francos en primera,

y la mitad en tercera. El flete, para este puerto, por la Atlas

Line--vía Hamburgo New-York--para vinos y champañas, es de 60 francos

por tonelada.

El Tempisque es otro puerto, en el Estero Real, que da a la bahía

de Fonseca. No es actualmente más que un puerto fluvial, pero sin

mirar a El Viejo, Chimandega y León, hace esperar que el ferrocarril

se extienda hasta allí, y que hagan entonces escala los vapores del

pacífico.

Corinto es uno de los más bellos puertos de ese Océano, a 732 millas

de Panamá, por mar. Es punto terminal de la línea férrea que sirve

a Chimandega, León, Managua y Granada. Desde 1907, está abierto

al comercio el nuevo muelle, por el cual todos los navíos deben

obligatoriamente realizar sus operaciones. Una sociedad norte-americana

dueña de tal empresa, se encarga de todo. San Juan del Sur es puerto

que utilizan Rivas y las ciudades y pueblos del gran Lago, del valle

Menier, etc. Hay allí una oficina de cable submarino inglés.

Ved ahora la tierra de los lagos. El de Nicaragua y el de Managua,

situados a unos treinta metros sobre el nivel del mar, se comunican

entre sí por el pequeño río Tipitapa. Barcos de vapor pertenecientes al

Estado sirven las varias localidades de los lagos. El Managua, el más

pequeño, tiene una superficie de 650 millas cuadradas, y el Nicaragua,

1.827 kilómetros. Es el mayor de la América latina; este lago tuvo una

importancia internacional como centro, base, recipiente natural de

la alimentación del proyectado Canal interoceánico, antes de que se

adoptase el de Panamá.

Prosa Política (Las Repúblicas Americanas) Obras Completas Vol. XIII · 第 4 / 8 段