«La República se inició--dice en su citada monografía Barahona

Vega--con una junta provisoria de Gobierno, presidida por el mariscal

da Fonseca y compuesta de siete miembros más Benjamín Constant, Ruy

Barbosa, Quintino Bocayuba, Edmundo Wanden Kolk, Aristides da Silveira

Lobo, Manuel Ferraz de Campos Salles y Demetrio Nunes Ribeiro, las

más elevadas personalidades representativas del movimiento que habían

sido elegidas por los autores de la revolución republicana, como brazo

de la idea. La preocupación especial de la Junta de Gobierno fué

dictar la nueva Constitución, la cual tuvo una prolongada gestación

en el Congreso Nacional. Por fin, en una sesión solemnísima, el 24 de

Febrero de 1891, en el viejo palacio de los emperadores, transformado

triunfalmente en anfiteatro de una convención republicana se hizo

la promulgación del nuevo Código Fundamental del país. El Mariscal

da Fonseca «soldado de alma brava y sencilla» resultó electo por el

Congreso, y al siguiente día, Presidente Constitucional, hasta el 15

de Noviembre de 1894; pero por el golpe de estado del 5 de Noviembre

de 1891, que fué mal visto de la nación, resignó el mando, veinte días

después, en el Vicepresidente electo, Mariscal Floriano de Peixoto.

Cumplido el período presidencial de da Fonseca por el Vicepresidente

Peixoto, subió al poder el doctor Prudente de Moraes Barros. Con la

exaltación de este ciudadano, sube con él el civilismo a la alta

dirección de la República.

La evolución no podía ser más eficaz ni más rápida. Dos Gobiernos

militares con un período de dictadura, habían dado pie a ciertas

tendencias hacia el militarismo sectario; pero el primer gobierno

civil que tomó el poder acabó con ellas. Para esto hubo que cerrar

por tiempo indefinido la Escuela Militar, y se cerró; hubo que

destruir la escuadra, y se deshizo. El mérito histórico de aquellos

hombres fué saber ver con claridad en la confusión de los sucesos y de

los días, y proceder a asegurar la suprema conquista con abnegación

y energía. El 15 de Noviembre de 1898 recibió su investidura de

jefe del Estado el doctor Manuel Ferraz de Campo Salles, y sin más

interrupción que la brevísima del 19 de Octubre al 8 de Noviembre de

1900, en que fué subrogado por el Vicepresidente, doctor Francisco de

Assis Rosa e Silva, continuó consagrando sus desvelos de estadista

a la ejecución fiel del programa de reconstrucción de las finanzas,

sin salirse un punto de esta línea de conducta. Para la magistratura

suprema, en el siguiente período de 1901 a 1906, favorecieron los

sufragios del pueblo, para Presidente, al doctor Francisco Rodríguez

Alves, que no delegó el mando un solo día, y para Vicepresidente al

doctor F. Silviano de Almeida Brandao. El Presidente Rodríguez Alves

dedicó sus más tesoneros esfuerzos al saneamiento, transformación y

embellecimiento de la ciudad de Río Janeiro, y mejoramiento de los

puertos del país. El 15 de Noviembre de 1906, el Vicepresidente en

ejercicio, doctor Alfonso Augusto Moreira Penna, pasó a ejercer la

Presidencia de la República, y a llevar a la práctica, de un modo

sostenido, el programa de población y viación del país y la difusión

de la enseñanza, que había sido la hermosa y sincera plataforma de

su candidatura presidencial. Por la muerte de este hombre de estado

sucedióle el doctor Nilo Peçanha, que siguió estrictamente el mismo

programa. Por último, fué electo, con aplauso general, el pundonoroso

Mariscal Hermes da Fonseca, quien es un esclarecido jefe del Ejército,

Exministro de la Guerra de la Administración anterior, y personalidad

de rasgos enérgicos y francos, y de altas y atrevidas vistas

patrióticas.

Alma y certero brazo director de las relaciones internacionales, fué el

recientemente fallecido barón de Río Branco, cuya desaparición ha sido

lamentada en todas partes. Puede decirse que, por su tacto y pericia,

llegó a ser el primer estadista del continente. Digno heredero de su

ilustre padre, aumentó aún más el brillo de su nombre.

El Brasil intelectual es de una fuerza e intensidad dignas de mayor

fama en el mundo. La lista de sus hombres eminentes llenaría más de

una página nuestra. Básteme con citar a Joaquín Nabuco, Ruy Barbosa,

Machado de Assis, Joao Ribeiro, José Verisimo, Araripe Junior, Taunay,

Graça Aranha, Galvao, Olavo Bilac, y tantos otros dignos de figuración

en cualquier nación europea. Su prensa, con órganos como el _Jornal do

Comercio_ y _O Pais_, es de un gran prestigio. Y Río y Sao Paulo, gozan

de un atractivo y de una celebridad ya mundiales. ¡Bello, soberbio,

opulento país!

URUGUAY

[Ilustración]

Desde los trabajos de Azara hasta las impresiones y datos publicados

por diferentes viajeros en épocas recientes, muchos son los libros

en donde pueden conocerse la geografía, la historia, las riquezas

y el progreso material y moral de la república del Uruguay. Una

obra monumental fué publicada en 1910, en Montevideo, por el Sr. D.

Carlos M. Maeso, en la cual se contienen variadísimas y detalladas

informaciones. Se titula tal libro _El Uruguay a través de un siglo_,

y en él se ve la creciente y brillante transformación, que, a pesar

de las agitaciones políticas y luchas guerreras, ha hecho del país

«oriental» un plantel de civilización y un emporio de trabajo.

He allí una tierra amable, feraz, con el encanto pintoresco de

América, sin muchos de los inconvenientes de otras regiones, y en

donde los habitantes, con un afán continuo desde la consecución de su

independencia, han procurado, en las disciplinas de la paz, y aun

a través de las bregas de las revoluciones, constituirse una patria

digna de haber realizado, según la palabra de Anatole France, «un tipo

superior de civilización».

¿Qué importan las fiebres del crecimiento, si se llega con vitalidad

y empuje al libre desarrollo de un pueblo viril y brillante? Pues hay

que advertir la bella aureola de romanticismo nacional que han tenido a

los ojos extraños, tierras de lucha, gloriosas y legendarias, como la

Grecia moderna en el continente europeo y el Uruguay en la América del

Sur.

Uruguay, tierra de heroísmo. Es ciertamente, en su historia, una

distintiva, entre las repúblicas de nuestra América, que han sido,

en sus esfuerzos por personalizarse en el coro de las naciones,

tierras de heroísmo. Es usual y fácil en el viejo mundo achacar un

exceso de primitivismo y una irremediable propensión a los conflictos

sangrientos, y a las revueltas intestinas a nuestras democracias;

«se nos ha juzgado, dice el autor uruguayo que he citado, con un

criterio especial, que no es el criterio humano que ha presidido el

juzgamiento de los hechos fundamentales a que ha obedecido la evolución

sufrida por las naciones europeas para llegar a la hora y al estado

presentes. Nosotros habremos pasado por pruebas dolorosas para fundar

principios de libertad y justicia, implantar la democracia triunfante

y consolidar el derecho propio y el ajeno; pero esas pruebas no han

tenido la intensidad terrible y feroz que para alcanzar idénticos

fines han sufrido Estados europeos que figuran al frente del avance

civilizador de esta época; la sangre que han derramado las revoluciones

americanas forman un mísero arroyuelo comparado con los mares de sangre

que se han vertido en Europa para satisfacer ambiciones de déspotas,

o alcanzar la libertad apetecida». Nada más fuerte en razón, y es el

hecho que algunas de esas repúblicas, entre las cuales se encuentra el

Uruguay, están, en muchas de las ventajas de la civilización y de la

humana cultura, a la par de las naciones principales de Europa, y aun

llevan la delantera a otras. Cierto que lo que aquí se ha amalgamado en

centurias, allá se ha improvisado en lustros.

Los uruguayos se enorgullecen con justicia de la hermosura de su suelo,

de la riqueza que se encierra en él, del encanto urbano de esa joya de

capital que se llama Montevideo, en donde al par que las actividades

del negocio, florece la intelectualidad y se estimula el estudio, del

que es _le morceau le plus digne d'envie, le coin le plus admirable

du Nouveau Monde par sa topographie, par son climat, par sa géologie

et son hidrographie, par sa fertilité_; como escribiera, ha tiempo, un

sabio y eminente francés. Y si el estado actual de esa república es

en extremo floreciente y envidiable, su futuro, cuando la inmigración

aumente, al ser más conocidos los veneros de prosperidad y las fuentes

de labor proficua que allí esperan brazos y voluntades, su futuro,

digo, es de un engrandecimiento y esplendor incalculables.

Muchas son las maravillas con que la naturaleza ha ornado el país

oriental, descriptas por notorios escritores y reproducidas por el

lápiz, el pincel o la máquina fotográfica; costas vistosas, montes y

sierras, llanuras extensas en que pastan miles de ganados, paisajes

deliciosos, bellas y fecundadoras corrientes hidrográficas, fauna

y flora de mucha variedad y exuberancia. Y si en la historia de la

república del Uruguay resalta como signo distintivo, según ya he dicho,

la singularidad heroica--Artigas es un personaje representativo y

simbólico--en su vida constitucional se hace admirar un culto, desde

antaño sostenido, por la libertad, y un deseo siempre constante de

mejoramiento y de progreso.

Hay en su Carta asegurados derechos y principios de las modernas

conquistas civiles que en otras naciones, a la cabeza de la

civilización por muchos conceptos, no han sido todavía conseguidos.

Así bien pudo asegurar ha tiempo un eminente abogado belga, M.

Stocquart, que «el Uruguay es innegablemente, desde el punto de vista

del derecho civil, el país más adelantado de la América del Sur». Una

de las últimas y más plausibles leyes a este respecto fué la nueva de

divorcio, que garantiza la disolución del matrimonio y deja absoluta

libertad para contraer un nuevo vínculo.

Montevideo, de rítmico y sonoro nombre, es ciudad-presea entre las

capitales hispano-americanas, y se distingue por la modernidad de

su conjunto, por su ambiente de urbana actividad y alegría, y por

la singular beldad de sus mujeres. He de insistir en el cultivo

mental, en el amor y gusto por las especulaciones del espíritu, al

lado del movimiento bancario, y del activo laborar de comerciantes y

estancieros. La instrucción pública uruguaya se encuentra a una notable

altura y se han ido introduciendo en ella las mejoras que en los países

más avanzados del globo han producido resultados superiores, esto desde

los tiempos en que José Pedro Varela, «el Horacio Mann uruguayo»

hiciera como el gran argentino Sarmiento, viaje a los Estados Unidos,

y visitara las escuelas norte-americanas; «y fué tal su admiración y

entusiasmo, dice un informe oficial, por los métodos de enseñanza que

vió aplicar en ellas, a la organización a que estaban sujetas, que se

resolvió a dedicar todas sus energías al estudio de las más acreditadas

obras pedagógicas, y al análisis de los múltiples problemas relativos

a la enseñanza. Sorprendido a la vista de las instituciones políticas

y sociales del pueblo que visitaba, fascinado por el carácter de la

prensa, la libertad de los tributos, la organización de los partidos,

su sistema electoral y el funcionamiento de todos los resortes de

la administración pública, creyó descubrir la base de todo esto en

la educación del ciudadano, y decidióse, una vez que hubo regresado

al suelo nativo, a trabajar con objeto de introducir en ella cuanto

había visto, respecto de instrucción pública, y pudiese contribuir a

la regeneración de la patria uruguaya...» José Pedro Varela fué un

bienhechor de su país y su nombre brilla entre los que constelan de

gloria los anales de la República Oriental.

El movimiento comercial, dado el número de habitantes, supera al de

otros estados americanos de mayor población, y los productos del país

encuentran cada día mayor mercado en el mundo. «Somos, escribe el Sr.

Maeso, actualmente, uno de los pueblos más comerciales de América,

pudiendo ostentar con legítima satisfacción los guarismos de nuestra

actividad en los negocios, porque ellos evidencian que, a pesar de

tener aun poca población en comparación de otros Estados, superamos

en mucho las cifras de su vida comercial. Baste con señalar que de

1862 a 1868, la importación y exportación reunidas, eran de pesetas

109.886.156; y de 1904 a 1908, ha llegado a pesetas 338.009.777. Mucho

tiene que mejorar la agricultura en tan fecundo país; mas la suma de

lo que por año produce en este ramo de sus progresos es ya de más de

noventa millones de francos. Sus líneas férreas tienen un valor de

trescientos setenta y siete millones de francos, su ganadería cuenta

con treinta y siete millones de cabezas. Su porvenir económico, en

fin, despierta las más brillantes y legítimas esperanzas. Un notable

ingeniero francés ha manifestado su sentir en estas palabras: «El

Uruguay tiene en sus tierras valores incalculables y tiene en sus hijos

excelentes elementos de trabajo, que sabrán aprovecharlo». Es, pues,

un pueblo dueño de su destino.

Montevideo se enorgullece de su espléndido puerto, de sus compañías

de navegación y salvataje, en que es famoso universalmente el nombre

de Lussich. La red hidráulica uruguaya cuenta con tesoros de «hulla

blanca». La ganadería ha logrado un gran adelanto gracias a iniciadores

eficaces como el Sr. Reyles y sus émulos; las riquezas del subsuelo

sólo esperan el esfuerzo de las empresas; el inmigrante en pocas partes

encontrará las ventajas que en el suelo del Uruguay.

¿Y la intelectualidad? Largamente podría escribirse sobre el desarrollo

de la cultura y de la producción literaria en aquella nación, desde los

tiempos de la colonia hasta nuestros días. Se ha llamado la atención

sobre la tendencia a un marcado nacionalismo y al color local. Más

allí, como en todas partes de América en que se habla el castellano,

no ha habido sino dos grandes influencias en el dominio del pensar

y el escribir: la influencia peninsular antaño, y la del movimiento

que desde hace algún tiempo ha dado nuevos vuelos y libertades a los

talentos, a la idea, a la creación artística. Saludemos los nombres

de Acuña de Figueroa, Pacheco y Obes, Berro; a los románticos del

tiempo de Juan Carlos Gómez y de Magariños Cervantes. Al fuerte Acevedo

Díaz, a otros eminentes. Y luego, a los que representan la vitalidad

y la gloria actuales, a la cabeza el conspicuo y alto Rodó; a un gran

precursor admirado en su patria y fuera de ella, el noble poeta Juan

Zorrilla de San Martín.

En resumen, la República Oriental del Uruguay es uno de los países que

con mayor complacencia puede la América latina presentar ante los ojos

del mundo civilizado, y uno de los más apropiados refugios para los

ejércitos de inmigrantes que a nuestro continente vayan en busca de

labor y bienestar.

PARAGUAY

[Ilustración]

Tierra de sol, tierra de épica historia, tierra de leyendas. Lo que

hicieron sus hombres en la guerra terrible, se ha contado a los niños

de América, como las hazañas de los héroes homéricos o los cuentos

fabulosos. Porque allí se demostró con sangre y muerte, saber de patria

y de sacrificio, quizás como en ninguna parte, y el poeta argentino de

la barba florida pudo cantar:

Llora, llora, Urutaú

En las ramas del yatay;

Ya no existe el Paraguay

Donde nací, como tú:

¡Llora, llora, Urutaú!

Y cuando los niños que quedaron fueron a su vez hombres, ya que no

lucharon con el extranjero, lucharon y luchan entre ellos, como en

otras tierras de nuestra América. ¡Fatalidad!

Y esa región es bella, ubérrima, digna de los halagos y de los

beneficios del porvenir, si paz y trabajo hubiese en la concordia de

sus hijos.

Leyendo la monografía de Lisoni, se admira el portento de ese suelo

feraz que riegan las corrientes copiosas del Paraná y el Paraguay;

sus bosques llenos de árboles preciosos; sus plantaciones de

hierba-mate, verdadera mina vegetal que produce al año 17.600.000

libras; el _quebracho colorado_ y el _palo rosa_, aparte de otras

maderas preciosas que son tesoros para la ebanistería, y el _árbol del

incienso_ y el _bombax de seda_. Todo lo más rico, variado y bello que

da la tierra fuerte, hay en aquella Mesopotamia gloriosa del Sur, en

aquel país mediterráneo, privilegiado por la Naturaleza en el portento

de su flora y en una primavera eterna y saludable. Solamente la cosecha

de tabaco llega a 6.000.000 de libras por año. La institución agrícola

oficial trabaja con celo y constancia y anualmente se multiplican los

rendimientos agrarios.

Es grande la exportación de algodón paraguayo, de larga fibra, tan

estimado en los mercados alemán, holandés y británico. El aceite

de _petit-grain_--zumo de hojas de naranjo--es fabricado en varios

establecimientos destiladores del distrito de Yaguarón. El cultivo del

arroz se realiza con provechoso esmero, y la Sociedad Nacional de

Agricultura otorga premios a los cultivadores del mejor grano.

El negocio pecuario durante los dos últimos lustros se ha desarrollado

inmensamente, hasta el punto de que ganaderos argentinos y brasileros

han sentado sus reales en el país, efectuando exportaciones continuas

de tasajo a España, Brasil y Cuba, y de cueros a Europa, donde alcanzan

altos precios.

No obstante los desórdenes revolucionarios frecuentes, los gobernantes

paraguayos se preocupan de estimular la inmigración, y hay colonias

italianas que han dado excelentes resultados. En la actualidad se

piensa introducir familias asiáticas para el cultivo del tabaco, la

caña dulce y el arroz.

En mineralogía no es escaso el Paraguay. Cuenta con minerales diversos,

entre los cuales deben contarse el cuarzo, el caolín, el hierro, el

manganeso, el cobre, el mercurio, y con piedras preciosas como el ópalo

y la ágata.

Según los mejores cálculos estadísticos, el movimiento comercial

paraguayo asciende a 12.000.000 de pesos anuales. En 1907, por ejemplo,

llegó a la suma de 12.233.823 pesos. Todo lo cual indica de manera

indudable que el Paraguay, gozando de paz sólida, sus hijos entregados

a la noble labor de la riqueza nacional, podría llegar a un desarrollo

inmenso, aportando producciones cuantiosas al mercado universal.

Hacer que llegue esa hora de concordia y de labor, debe ser la idea

primordial de cada buen patriota en la linda tierra Guaraní.

A consecuencia de la guerra espantosa de 1865 a 1870 que desoló al

Paraguay, llevándolo a una miseria inaudita, las ciudades y pueblos

quedaron reducidos a escombros, y sólo restan de los tiempos de bravura

heroica muy contados edificios. Entre ellos son de recordar, por su

sobriedad y su belleza arquitectónicas, el palacio de Solano López y

la iglesia Catedral de La Asunción, ciudad la más ilustre en época

memorable, cuando fué el centro metropolitano del Sud-América, por su

ruidoso fausto. En los arsenales de La Asunción se construían barcos,

armas y municiones para la guerra, y ese gran desarrollo industrial

animaba extraordinariamente la capital por aquel entonces, cuyos ecos

ha sabido recoger y eternizar la historia en capítulo aparte.

Hoy el Paraguay trata de renacer, como el ave mitológica, de sus

cenizas y escombros, y en el recuerdo de sus épicas desventuras

se levanta en el continente americano, como un ejemplo admirable

de patriotismo. El Paraguay es un ejemplo hoy que el águila yankee

mira hacia el Sur, como orientándose para un vuelo de rapacidad

conquistadora.

Véase lo que una pluma serena--aunque optimista en la

actualidad--escribió sobre el Paraguay, haciéndose intérprete de la

nueva era:

«Enclavado el Paraguay en el centro mediterráneo de Sud-América,

rodeado de grandes ríos, pero apartado de los centros y vías oceánicas

de comunicación directa con Europa, vióse obligado a permanecer muchos

años como viuda feudal envuelta en sus negras tocas, a la húmeda sombra

de sus terrones.

»Llegó, sin embargo, al Paraguay la gran revolución del siglo; tendió

el progreso sobre la tierra los _rails_ de la ferrovía, por aire los

alambres del telégrafo y teléfono, y el vapor por sus ríos navegables,

y la heroica viuda, cumplido el luto por el fatal destino, abrió de

nuevo su pecho a la esperanza, despojó a sus hijos de anticuadas

preocupaciones, ensanchó sus estrechas creencias para que entrara en

sus templos la luz de la fraternidad y de la tolerancia, dió a fundir

para calderas de vapor el hierro de sus montañas, empleado antes en

campanas, fusiles y cañones, compró segadoras y trilladoras para los

colonos, cargó los trenes y navíos con las producciones naturales

y desarrolló la industria y el comercio, que sirven de base a la

prosperidad.

»Desde 1870, todo se ha modificado y transformado en el Paraguay

en sentido favorable. El trabajo ha emancipado al pueblo de la

miseria y de la orfandad en que lo dejaron los desastres pasados,

mejorando su condición moral y social; la riqueza pública ha aumentado

considerablemente, debido a las múltiples causas económicas, y

el movimiento general en todas las esferas de la actividad es

en la actualidad superior al de cualquier otra época pasada. El

desenvolvimiento que adquieren las instituciones de crédito, las

industrias que cada día se implantan, la rápida y creciente valoración

de la propiedad y la importancia que han adquirido las transacciones

comerciales por sus proporciones, son signos de prosperidad, que

vienen a revelar que existen en el país gérmenes fecundos de vitalidad

que, desarrollados convenientemente, concurrirán a la formación de la

grandeza futura.»

La historia del valiente Paraguay es una epopeya _sui generis_. Pueblo

fundado en condiciones tan especiales como las dispuestas por la real

cédula de 1609, su organización fué única en el Continente.

Dice Lisoni en la monografía:

«Los jesuítas encargáronse de la sumisión de los nativos y de su

conversión al cristianismo. Fundaron ciudades, construyeron templos

y establecieron el régimen especial de las _reducciones_. Fué tal la

organización de las misiones paraguayas y la educación que daban a

los aborígenes, que no sólo desarrollaron enormes riquezas, sino que

también cimentaron el poder religioso más grande que recuerden los

fastos americanos.

»Dueños así de más de 160.000 indígenas, provocaron graves dificultades

a los gobernadores españoles por fines netamente materiales, hasta que,

cansado el Gobierno central, hubo de disponer su expulsión y la de

todos los dominicos ibéricos, en 1767, pasando las misiones a poder de

frailes franciscanos y mercedarios.

»La obra de los jesuítas vivió mientras ellos dominaron; pues como dice

Héctor Decoud, el edificio social levantado por ellos se desplomó con

su salida, dejando sólo el triste rastro de una funesta educación.

Aquellos padres, en lugar de organizar pueblos con aspiraciones a

la libertad y al progreso, formaron esclavos fanáticos sin ninguna

iniciativa personal.

»Latente ese estado de cosas, llega el instante solemne de la

Independencia, inspirada por Fulgencio Yegros y Pedro Juan Caballero.

Realizóse el 14 de Mayo de 1811, sin efusión de sangre, merced a la

energía y decisión de este último, a la adhesión incondicional del

pueblo a la causa emancipadora y a la tentativa del gobernador español

para restaurar el régimen de la colonia, constituyéndose la primera

Junta gubernativa de la República con Bernardo de Velasco, como

presidente, y los vocales Gaspar Rodríguez de Francia y Juan Valeriano

Zeballos.

»El 18 de Julio del mismo año, reunida la Asamblea paraguaya, creó

una nueva Junta de Gobierno, formada por cinco miembros: Fulgencio

Yegros, Gaspar Rodríguez de Francia, Pedro Juan Caballero, Francisco

Javier Bogarin y Fernando de la Mora; el primero como Presidente y el

último como Secretario, y dictó una serie de leyes relativas a empleos

políticos, civiles y militares, acordándose, en lo que respecta a los

negocios extranjeros, conservar íntimas relaciones con Buenos Aires y

demás provincias confederadas anular el juramento prestado al Consejo

de Regencia y desconocer la Corte de España, y nombrar al doctor

Francia diputado al Congreso General de las Provincias Unidas.

Prosa Política (Las Repúblicas Americanas) Obras Completas Vol. XIII · 第 3 / 8 段