doncella le hubo relatado el suicidio con tantos detalles como si lo
hubiera presenciado, la pobre mujer, que era ruidosa en extremo, tanto
en sus alegrías como en sus tristezas, comenzó a dar alaridos, al mismo
tiempo que sus ojos se cubrían de lágrimas.
El único deseo que manifestó, en medio de su dolor, fué ver a su
señorita, a su querida Enriqueta; pero la baronesa se lo prohibió, por
no querer que su hermana conociera repentinamente el trágico fin de su
padre. A la hora de cenar, doña Fernanda no se alteró al ver que su
hermana no bajaba, y dió a las once y media orden a toda la servidumbre
para que fuera a descansar; pero entonces fué cuando la antigua ama de
llaves, antes de ir a recogerse en el cuarto de la doncella, se deslizó
hasta la habitación de Enriqueta.
Momentos después volvió asombrada, gritando que en el cuarto no estaba
la señorita.
A la baronesa, según sus propias palabras, le dió un vuelco el corazón
cuando supo que su hermana no estaba en el cuarto. Corrió a éste, y al
verlo vacío se lanzó con presteza por toda la casa, llamando a gritos a
Enriqueta.
Nada; el silencio más completo en todas partes; no había ya duda:
Enriqueta habíase fugado de la casa paterna.
Cuando la baronesa se convenció de aquella terrible verdad, su
indignación no tuvo límites, y deseosa, sin duda, de hacer responsable a
alguien de aquel suceso, fijó sus ojos en Tomasa, cuya inesperada
aparición ya le resultaba muy extraña.
Aquella mujer tenía, sin duda, su parte en la fuga, y por evitar
responsabilidades había ido allí a hacer una comedia, lamentándose de un
suceso que con anterioridad conocía.
Doña Fernanda, presa de una terrible indignación, dirigióse contra
Tomasa, insultándola con soeces palabras; pero procuró no irse con ella
a las manos, como en otras ocasiones había hecho, pues recordaba aún los
golpes que recibió el día en que el difunto conde hubo de separarlas a
viva fuerza, cuando se tiraban de los pelos por cuestión de los amoríos
de Enriqueta.
Tomasa apenas si contestó a los insultos de la baronesa.
La muerte del conde y la fuga de su hija eran terribles noticias que la
habían dejado atolondrada, y por esto apenas si desmintió con algunas
palabras a la procaz doña Fernanda.
La suerte de Enriqueta era lo que a ella le preocupaba, y únicamente
pensaba en encontrarla, aunque para ello tuviera que correr medio
Madrid.
De pronto, y cuando la baronesa más recrudecía sus injurias, Tomasa
sonrió, como si hubiese visto el cielo abierto. ¡Qué torpe era! ¡No
habérsele ocurrido antes dónde podría estar Enriqueta!
Y apenas apareció en su imaginación la figura del amo de su sobrino,
salió corriendo para su casa. Era entonces la una de la madrugada.
La baronesa, ante tan rápida fuga, se convenció más aún de que la vieja
sirvienta tenía participación en aquel suceso, que ella calificaba de
rapto.
Deseosa de vengarse y de evitar el escándalo que produciría la fuga de
Enriqueta al hacerse pública, quiso adoptar alguna resolución que
hiciera volver a la fugitiva a su hogar antes que amaneciera.
Para doña Fernanda no había duda sobre el lugar donde estaba su hermana.
Desde el primer momento había pensado en aquel odiado capitán, cuya
correspondencia amorosa tan grande indignación le había producido, y la
precipitada fuga de Tomasa había ratificado sus sospechas. Acudir a la
policía en demanda de auxilio era el medio más apropiado para que el
suceso se hiciera público, y por esto la baronesa pensó en sus amigos
más íntimos, para encargarlos de la delicada misión de volver la joven a
su casa.
Al principio pensó en el padre Claudio, pero hacer que despertasen a
éste a altas horas de la noche, era empresa difícil, pues el poderoso
jesuíta daba a los suyos severas órdenes para que no turbasen su
descanso, y, al fin, la baronesa pensó que sería mejor llamar en su
auxilio al amable Quirós, y envió un criado a su casa.
--Mucho ha tardado usted, Joaquinito--siguió diciendo la baronesa con
precipitación--; pero aún es tiempo. Sobre todo, no se entretenga usted.
Piense que la honra de mi hermana va en ello. ¡Dios mío! ¡Cuánto
agradeceré a usted cuanto haga en esta ocasión!
Quirós, que aún se sentía turbado por aquella inesperada noticia, no
pudo menos de fijarse en lo mucho que aumentaría la simpatía de la
baronesa hacia él si lograba devolverle a su hermana.
Además, por egoísmo, le interesaba mezclarse en aquel asunto. Si
Enriqueta era de otro, todos sus más hermosos planes, que le hacían
entrever un porvenir de grandezas, caerían inmediatamente, faltos de
base.
El joven estaba resuelto a hacer cuanto le mandara la baronesa, y así se
lo manifestó, con entusiasmo teatral.
--Pues bien--dijo doña Fernanda--, corra usted inmediatamente a casa de
ese capitán, donde indudablemente se encuentra mi hermana, y tráigala
usted, sin reparar en medios. No vacile usted si ha de emplear la
fuerza; ya sabe usted que tenemos buenos amigos.
--Está bien, baronesa. Voy allá inmediatamente. Pero, ¿dónde vive ese
capitán?
Doña Fernanda hizo un cómico gesto de admiración.
--¡Dios mío! ¡Cuán loca soy!... Pues no lo sé. Olvidaba que ignoro dónde
vive el tal capitán.
--Esto no fuera obstáculo si el asunto no fuese tan urgente y tuviéramos
más tiempo; pero conviene encontrar a Enriqueta antes del nuevo día, y
esto es imposible, no sabiendo el lugar donde se encuentra. ¡Si usted
pudiera proporcionarme algún otro detalle! Por ejemplo, ¿cuál es el
nombre de ese capitán?
--¡Oh, eso sí que lo sé! Permítame que lo recuerde. Le llaman... ¡ah!,
ya me acuerdo. Le llaman Esteban Alvarez.
Unicamente por su gran fuerza de voluntad pudo evitar Quirós hacer un
movimiento de sorpresa; pero, a pesar de esto, murmuró con extrañeza y
admiración:
--¡Esteban Alvarez!
--Sí, señor; ese es su nombre. Lo recuerdo perfectamente, pues lo leí en
varias cartas que él dirigía a mi tonta hermana. Mientras yo estaba de
viaje tuvieron ciertas relaciones, de las que Tomasa era cómplice.
¡Cosas de niños! ¡Tonterías ridículas, que yo evité a tiempo!
El joven estaba pensativo. Preocupábale aquella extraña coincidencia. El
que había delatado pocas horas antes para lograr un ascenso en su
carrera, salíale ahora al paso, como raptor de la mujer en que él
cifraba su definitivo engrandecimiento.
Pero una súbita alarma desvaneció inmediatamente sus pensamientos. La
policía caería de un momento a otro sobre el domicilio de Alvarez, tal
vez estaría ya allí en aquel momento, y Enriqueta sería detenida,
haciéndose visible su deshonra y quedando complicada en una causa por
conspiración, que seguramente sería ruidosa.
El joven quería evitar tal desgracia, no porque le doliese la deshonra
de la joven, sino porque tras un escándalo tan grande era ya imposible
que él la hiciese su esposa, quedando dueño de sus millones.
Había que obrar cuanto antes, y por esto Quirós se despidió de la
baronesa, diciéndola al salir:
--Descuide usted, antes que sea de día Enriqueta estará aquí. Podrá
costarme encontrar el sitio donde se ocultan, pero yo daré con ellos.
--¡Adiós, Joaquinito! Que Dios le ayude y cuente usted con mi
agradecimiento. Estos servicios no se olvidan nunca.
Cuando Quirós se encontró en la calle, el frío viento de la noche
pareció refrescar sus ideas, desvaneciendo la preocupación que en él
había producido la noticia de aquella fuga.
Subía la calle de Atocha sin tener aún ningún plan formado, y sin otra
idea que ir a casa de Alvarez, cuyas señas había dado algunas horas
antes en el Ministerio de la Gobernación.
Hacía el joven los mayores esfuerzos intelectuales por encontrar una
idea que le gustase, y su cerebro sólo sabía producir disparates, por lo
que se indignaba contra sí mismo.
La soledad lóbrega de las calles parecía reinar en su cerebro, y sus
pasos, que resonaban con gigantesco eco sobre las desiertas aceras,
repercutían en la bóveda de su cráneo, como un taconeo incesante y
diabólico.
Urgíale formar un plan antes de llegar al punto donde se dirigía, y su
inteligencia, siempre tan pronta a servirle, se mostraba ahora rebelde.
De repente Quirós encontró la solución a aquel conflicto en que se
hallaba.
Si avisaba al capitán de la llegada de la policía y le incitaba a huir,
fracasaba su plan, pues el Gobierno no le daría recompensa alguna, y si
dejaba que Alvarez cayese en poder de la autoridad, se descubriría la
falta de Enriqueta, en cuyo caso ésta sería objeto de la maledicencia
social, y ningún hombre incapaz de romper con las públicas
conveniencias, se atrevería a solicitar su mano.
El había adivinado el medio de salvar aquel conflicto.
--La combinación es infalible--se decía el elegante aventurero,
apresurando el paso--. Con tal que llegue antes que la policía, lograré
que el amante se escape, dejándome en depósito la dama. Después ya sabré
yo arreglarme, y el temor al escándalo hará todo lo demás.
Y Quirós, halagado cada vez más por su plan, que conceptuaba magnífico,
corría por las desiertas calles, temeroso de llegar demasiado tarde.
En su interior sentía la sonrisa de la fortuna anhelada, que, aunque
tarde, llegaba por fin a favorecerle.
XXX
Desenlace inesperado
La fiel Tomasa, al encontrarse frente a la casa donde vivía el capitán
Alvarez, hubo de sostener una breve discusión con el vigilante de la
calle y desprenderse de una peseta para que le abriera el portal, y
después pasó más de un cuarto de hora en la escalera, tirando del cordón
de la campanilla, sin que ninguno de los durmientes en aquella casa
acudiese a su llamamiento.
Por fin, oyó unos pasos pesados con acompañamiento de bostezos, y tras
la consiguiente pregunta de "¿quién va?", dada por una voz soñolienta,
abrióse la puerta, apareciendo su sobrino Perico, casi en paños menores,
y alumbrándose con una candileja.
La sorpresa que experimentó el muchacho fué grande al ver a su tía, a
quien creía lejos de Madrid, a una hora tan intempestiva.
Tomasa entró prontamente en la habitación, preguntando con ansiedad:
--¿Dónde están ésos?
--¿Quiénes son ésos, tía?
--¿Por quién he de preguntar, grandísimo tonto? Por tu señorito y mi
señorita Enriqueta.
--¡Ah! Luego sabe usted...--exclamó con sorpresa el asistente.
--Yo lo sé todo--contestó Tomasa, interrumpiéndole--. Dime al momento
dónde están.
--En su cuarto, tía.
--Pues llamémosles inmediatamente.
Y la vieja y su sobrino encamináronse a la habitación del capitán, cuya
puerta golpearon repetidas veces.
Reinaba un silencio absoluto en el interior del cuarto, y la mortecina
luz del quinqué apenas si lograba disipar la densidad de aquella
nebulosa atmósfera que lo envolvía todo en espesa penumbra.
Después de golpear muchas veces la puerta y de llamar Perico a su señor,
éste se levantó, abriendo aquélla, aunque cuidándose de obstruir con su
cuerpo la entrada.
Al ver el capitán a la vieja aragonesa, experimentó una sorpresa aún
mayor que su asistente.
--¡Tomasa! ¡Usted aquí!--dijo avergonzado.
--Sí; aquí estoy. ¿Dónde está la señorita?
No necesitaba hacer tal pregunta, pues dentro sonó un suspiro ahogado y
el ruido de un cuerpo al caer sobre la cama.
--¡Oh, mi pobre señorita! ¿Qué le sucede? ¡Por Dios! Don Esteban, déjeme
usted el paso franco, o no respondo de mí.
Y la enérgica aragonesa, empujando rudamente al capitán, entró en la
habitación. Enriqueta estaba allí, tendida sobre la cama, inerte e
inanimada como un cadáver.
La pobre joven había despertado de su delirio de amor al oír aquellos
golpes en la puerta y notar que su amado se levantaba para abrir.
Cuando la voz de Tomasa llegó a sus oídos, experimentó una emoción sin
límites.
Toda la enormidad de la falta cometida aparecióse rápidamente en su
imaginación; sintióse arrepentida y avergonzada, y el rubor pudo sobre
ella lo que el dolor no logró alcanzar.
Tan vehemente era su deseo de ocultarse a los ojos de todos, tanto temía
las acusadoras miradas de aquella antigua y cariñosa doméstica, que,
después de incorporarse sobre la cama, cayó nuevamente en ella
temblorosa y desalentada, sintiendo que rápidamente perdía la noción de
su ser.
Aquel valor que la sostuvo al oír la relación del trágico fin de su
padre y que la impulsó a abandonar su casa, faltábale ahora, quebrantada
como estaba por la revelación de secretos de la Naturaleza, que hasta
poco antes le eran desconocidos y por el remordimiento de su falta. El
recuerdo de su padre y la consideración de que estando todavía caliente
su cadáver, ella había perdido su honra en los brazos de un hombre, fué
lo que produjo aquel desmayo, desvaneciendo los últimos restos de su
energía.
Tomasa acudió inmediatamente en auxilio de su señorita, a la que prodigó
toda clase de cuidados.
Alvarez, en un extremo de la habitación, permanecía absorto y como
avergonzado de su anterior conducta. La presencia de aquella vieja le
llenaba de rubor, a pesar de que ésta no le habia dirigido la menor
recriminación.
En cuanto al fiel asistente, habia desaparecido para demostrar su
discreción, pero andaba por las habitaciones inmediatas, pronto a acudir
al menor llamamiento.
Por fin, volvió Enriqueta en si, y al ver junto al lecho a su antigua
doméstica, prorrumpió en tristes lamentos y se abrazó a ella llorando
copiosamente.
--Vamos; calma, señorita Enriqueta--dijo Tomasa con expresión
bonachona--. No se entristezca usted, pues al fin, lo mismo que usted ha
hecho, lo hacen otras muchas y con menos motivo. Todo tiene arreglo en
este mundo, y no es muy aventurado pensar que dentro de poco, usted
podrá pasearse del brazo de ese guapo mozo que ahí está, presentándose
en todas partes como su legítima esposa. No se apure usted, señorita,
¡Quién sabe si todo esto que le sucede será por su bien! Tal vez éste
sea el único medio de que usted se vea libre de aquella arrastrada
baronesa.
Y Tomasa seguía consolando a su señorita, que bien fuese por las
palabras de la animosa vieja o porque el dolor moral comenzaba a
calmarse naturalmente en ella, recobró un tanto su tranquilidad.
Aquel lecho parecía quemarle, pues le recordaba su reciente deshonra, y
pálida, ojerosa y quebrantada, se incorporó, bajando de él apoyada en
los hombros de Tomasa.
La embriaguez del amor se había disipado por completo, y tanto Enriqueta
como Esteban evitaban mirarse como avergonzados de su falta.
Transcurrió mucho tiempo sin que ninguno de los tres hablara; pero por
fin, Tomasa rompió aquel silencio embarazoso:
--¡Vamos a ver! ¿Y qué piensan hacer ustedes? ¿Vamos a permanecer de
este modo hasta el día del juicio? Urge adoptar una resolución, y es
preciso que usted, don Esteban, que tanto sabe, nos diga qué será lo más
conveniente. Aquella mujer--continuó aludiendo a la baronesa--está hecha
una furia, y es muy capaz de llamar a la justicia para que les eche el
guante a ustedes, y esto... (y soltó un taco redondo, como era su
costumbre cuando se enfadaba), esto no lo puedo yo consentir. ¡Ver yo a
mi Enriqueta tratada como una cualquiera! Vamos, don Esteban; diga usted
algo; aconséjenos qué es lo que se ha de hacer.
¡Bueno estaba el capitán para dar consejos! Encontrábase aturdido por
lo que acababa de sucederle, y los gozados placeres del amor, en vez de
halagar su memoria, punzábanle como terribles recuerdos. Sin embargo,
tenía que satisfacer las incesantes reclamaciones de Tomasa, y por esto,
contestó:
--Yo creo que debíamos aguardar el nuevo día para hacer algo. A la
madrugada nos presentaremos a la autoridad y Enriqueta quedará bajo su
protección mientras yo sufriré todas las consecuencias. Yo creo que la
ley nos apoyará y a su amparo nos uniremos para siempre.
Tomasa aceptó aquella proposición como otra cualquiera, pues con tal de
que Enriqueta no volviera a casa de la baronesa, cuyo genio conocía,
todo le resultaba perfectamente bien.
Decidióse, pues, entre los tres, dejar que transcurrieran las últimas
horas de la noche, y sumidos en un embarazoso silencio, permanecieron
cerca de media hora, hasta que algunos vigorosos campanillazos en la
puerta de la escalera, los sacaron de su abstracción.
Momentos después, Perico asomó prudentemente la cabeza, y dijo con gran
alarma:
--Señorito, salga usted inmediatamente. Ahí fuera le busca un amigo.
Salió el capitán muy extrañado por tal visita, y en el comedor, que era
una pieza inmediata, vió a un hombre envuelto en una capa andaluza.
La luz de la lamparilla que el asistente había puesto sobre la mesa, y
que apenas si conseguía trazar en aquella sombra un débil círculo de
claridad no dejaba ver el rostro del recién llegado, pero éste se
adelantó diciendo al capitán:
--Soy yo, Esteban. Vengo de prisa, y únicamente por hacerte un favor.
Alvarez reconoció a su amigo el insustancial alférez Luidoro, vizconde
del Pinar. Esto aumentó aún más su sorpresa:
--¿Qué te trae por aquí a estas horas?
--Tu salvación, desgraciado. Mira, no pierdas tiempo, pues la policía va
a llegar de un momento a otro, y si no quieres ir a Melilla o morir
fusilado, debes poner inmediatamente pies en polvorosa.
--Pero, ¿qué maldita broma se te ha ocurrido? ¿Qué es eso? ¿Por qué debo
huir?
--Ya sabes, Esteban, que te conozco bien, y hace tiempo que noto te
encuentras metido en terribles compromisos. Si nada te he dicho, es
porque no quería meterme voluntariamente en tus líos; pero ahora, que te
veo en peligro, el compañerismo me arrastra a intervenir en tus
asuntos; conque escápate sin perder tiempo.
--¿Pero, por qué? ¡Explícate, con mil demonios!
--Pues bien; tú eres de los que conspiran con Prim, y hasta creo que
posees todos los secretos de la conjuración. Esto lo sabe el Gobierno, y
a estas horas ya habrá dado orden para que te prendan.
Al capitán Alvarez le pareció que el cielo caía sobre su cabeza, y como
si sintiera una necesidad imprescindible de protestar contra los
sucesos, lanzó una terrible maldición contra la Providencia, capaz de
hacerla palidecer de horror, si es que realmente existiese.
¡Descubrirse sus trabajos revolucionarios, justamente cuando tan
comprometido se hallaba en una aventura amorosa! ¡Verse obligado a huir,
teniendo a pocos pasos de allí a la desconsolada Enriqueta, que acababa
de sacrificarle su honor!
El capitán se llevó las manos a la frente, como si no pudiera con
aquella fatalidad que sobre él caía.
El terror que mostraba en su rudo rostro aquel fiel asistente, que mudo
y sombrío presenciaba la conversación de los dos militares, demostraba a
Alvarez lo terrible de su situación.
Sin embargo, el infeliz capitán, como todos los desgraciados, no se
convencía por completo de su infortunio, y se asía a un rayo de
esperanza con la tenacidad desesperada del náufrago.
--¿Pero, cómo sabes tú eso? ¿No te habrán engañado?
--No; ¡mal rayo me parta si lo que te digo es mentira! Aún no hace media
hora que, cenando en Fornos con algunos amigos, uno de éstos, que es
ayudante del ministro de la Guerra, me ha dicho cómo su superior había
conferenciado con el de la Gobernación, ordenando, en vista de pruebas
claras y concluyentes, que te detuvieran esta misma noche. Ya ves que la
noticia no puede ser más auténtica. Conque no pierdas tiempo y escapa.
Alvarez estaba aturdido por la noticia. La idea de que para salvarse
había de abandonar a Enriqueta, le tenía clavado en aquel sitio, y su
indecisión parecía molestar mucho al aristocrático alférez.
--Mira, Esteban; yo no voy a estarme aquí como un papanatas, esperando
que llegue la Guardia civil y me prenda a mí también, sin tener culpa de
tus calaveradas. Ya sabes que mis convicciones de familia y mi posición
social me impiden mezclarme en aventuras revolucionarias y que sería
para mí un terrible descrédito el aparecer complicado en tu proceso.
Ahora ya estás avisado de lo que ocurre, y no puedes decir de mí que he
sido un mal amigo. Conque... ¡que Dios te proteja!
Y el vizconde, sin aguardar contestación de su amigo, salió del comedor,
y abriendo a tientas la puerta de la habitación, se lanzó en la oscura
escalera, bajándola con una rapidez no exenta de peligro en aquellas
tinieblas.
Preocupábale la idea de que los agentes del Gobierno le pillasen dentro
de aquella casa, y justamente en el instante que más pavor sentía, oyó
el ruido producido por la puerta de la calle al ser abierta y en los
primeros peldaños tropezó con un individuo que, a juzgar por cierto
roce, estaba ocupado en encender un fósforo.
El alférez, creyéndose ya cogido, tuvo un arranque de firmeza, y
empujando rudamente al desconocido, pasó adelante y ganó el portal,
desapareciendo inmediatamente.
Aquel desconocido quedó por algunos instantes inmóvil y como indeciso,
pero por fin encendió el fósforo y continuó subiendo la escalera.
Mientras tanto, el capitán Alvarez seguía en el comedor, absorto, con la
cabeza inclinada, y creyendo que aquella calamidad que sobre él caía,
por ser tan inmensa, no podía ser real, sino producto de una pesadilla
que le dominaba en aquel instante.
--¿Pero, qué hacemos, mi capitán?
--¿Qué hacemos?--contestó Alvarez con desesperación--. Pues no lo sé.
--Yo creo que debemos huir inmediatamente.
--¡Abandonar a Enriqueta!
--¡Bah! La vida es antes que todo. Piense usted en que si lo cogen, lo
fusilan antes de tres días. Bien mirado, esa gente que ahora manda tiene
motivos de sobra. Conque... ¿qué es lo que hago?
--Lo que quieras.
--Pues huir. Voy a arreglarlo todo en un momento y usted, entretanto,
puede despedirse de la señorita, si es que tiene fuerzas para ello.
Desapareció el asistente, e iba ya a entrar el capitán en la habitación,
cuando oyó en la antesala ruido de pasos.
¡La policía! Este fué el pensamiento que se le ocurrió inmediatamente a
Alvarez. Ya estaban allí sus aprehensores. Sin duda, el aturdido
vizconde había dejado abierta la puerta de la habitación, y la policía
entraba encontrando el paso franco.
Entró un hombre en el comedor con el gabán abrochado, y al ver a
Alvarez, que vestía de paisano, se quitó cortésmente su sombrero de
copa, preguntándole con rapidez:
--¿Don Esteban Alvarez? ¿Está visible a estas horas?
--Soy yo, caballero; ¿quién es usted?
--Mi nombre es Joaquín Quirós, y soy empleado en el Ministerio de
Estado. Vengo aquí comisionado por mi amiga, la baronesa de Carrillo,
para buscar a su hermana Enriqueta, y al mismo tiempo, por el deseo de
hacer un bien. Si dispusiéramos de más tiempo, le diría los motivos de
simpatía que me impulsaron a dar este paso; pero en vista del peligro
inmediato que le amenaza, me limito a rogarle que escape usted
inmediatamente.
--¡Escapar!--dijo Alvarez con desesperación--. ¡Y cómo! ¿Voy a dejar
abandonada a esa mujer, que está ahí dentro? Eso sería impropio de un
caballero.
--Huya usted; todo tiene arreglo en este mundo. Lo que no tendría apaño
posible es que usted se dejase prender, pues antes de tres días lo
fusilarían. Pero, ¿por qué está usted tan quieto? Piense que la policía
va a llegar dentro de poco, tal vez ahora mismo, y que un hombre sólo
debe despreciar su vida hasta cierto punto. Usted tendrá papeles
comprometedores en su poder, y dejando que caigan en manos de la
policía, puede causar la ruina de muchas familias. Vamos, señor Alvarez,
más decisión, y a huir inmediatamente.
La consideración de que quedándose en aquel lugar causaba la pérdida de
algunos centenares de compañeros, fué lo que hizo salir al capitán de su
inercia moral.
--Para huir--dijo mirando con expresión suplicante a aquel
desconocido--, necesito que alguien se encargue de Enriqueta. ¡Si yo
tuviera un verdadero amigo!
--¿No me tiene usted a mí?--contestó Quirós como escandalizado de que se
dudase de su afecto--. Es verdad que usted no me conoce; pero día
llegará en que, modestia aparte, me aprecie usted en lo que valgo. En
casa de Enriqueta me conocen bien y saben que me desvivo por servir a
todo el mundo. Además, entre jóvenes como nosotros, debe reinar siempre
cierta simpática solidaridad. Hoy por ti, mañana por mí. Yo me encargo
de todo; pero no perdamos el tiempo y resulte todo esto infructuoso. La
policía va a llegar, y no es cosa de que nos pille a todos aquí.
¡Vayamos listos, señor Alvarez!
--¡Oh! ¡Gracias, gracias!--dijo el capitán enternecido, estrechando con
efusión la mano de aquel joven que se le aparecía como un ángel
salvador.
Alvarez, decidido ya a escapar, se dirigió a su cuarto; pero en la
puerta encontró a Tomasa, que había estado escuchando la conversación.