Y Esteban Alvarez, poseído de entusiasmo, dió a conocer a su

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original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en

el texto. (la lista de los errores corregidos sigue el texto.)

VICENTE BLASCO IBAÑEZ

LA ARANA NEGRA

NOVELA

TOMO QUINTO

[Illustration: colofón]

EDITORIAL COSMÓPOLIS

APARTADO 3.030

MADRID

Imprenta Zoila Ascasíbar. Martín de los Heros, 65.--MADRID.

CUARTA PARTE

EL CAPITAN ALVAREZ

(CONTINUACIÓN)

XXVIII

Dúo de amor

Desde las siete que el capitán Alvarez, fumando cigarrillo tras

cigarrillo, estaba en su cuarto, ocupado en escribir a la luz de un

mezquino quinqué.

En fino papel de seda escribía con gran cuidado largas cartas que

firmaba con un complicado garabato y que iban dirigidas a otros tantos

nombres simbólicos, sacados en su mayoría de la antigua historia romana.

Aquello olía a conspiración, y los párrafos numerados que formaban

aquellas cartas, debían ser instrucciones dirigidas a los conjurados.

Así era, efectivamente. Alvarez, que era el secretario de la Junta

Militar Revolucionaria, había recibido del general Prim, aquella misma

tarde, una minuta encargándole sacase copias en la forma acostumbrada, y

las remitiera, por tal sistema de comunicación que los conspiradores

habían establecido, a todos los compañeros de provincias que estaban

dispuestos a desenvainar su espada contra la reacción imperante.

Alvarez, cuando escribía, fumaba automáticamente, sin darse cuenta del

prodigioso número de cigarros que consumía, y en torno de su persona

formábase una espesa nube de humo, que empañaba la luz del quinqué y

envolvía todos los objetos de la habitación en una vaguedad brumosa.

Nada molestaba tanto al capitán como ejercer de amanuense, copiando un

sinnúmero de veces las mismas palabras. Su imaginación se rebelaba

contra aquella monótona y embrutecedora tarea, y como su memoria, a las

pocas copias, retenía ya todo el contenido del original, podía

entretenerse silbando y canturreando mientras la fina pluma corría

diligente sobre el tenue papel.

Tenía ya escritas el capitán cerca de la mitad de las copias encargadas,

cuando en la cerrada puerta del cuarto sonaron los discretos golpes.

Alvarez levantó la cabeza con cierta alarma, instintivamente puso su

mano sobre los papeles, y gritó enérgicamente:

--¿Quién va?

--Soy yo, mi capitán--contestó la voz algo bronca de Perico, su

asistente--. Ahí fuera le buscan a usted.

--¿Quién es?

--Una señora vestida de negro.

--¿La conoces?

--No, mi capitán. Lleva el velo echado a la cara. Dice que le es muy

urgente hablar con usted.

--Déjala pasar.

Y el capitán se levantó a abrir la puerta, volviendo después a su mesa

para ocultar las copias bajo un montón de libros.

--Pase usted, señora--dijo el asistente--. En esa habitación está el

capitán.

Cuando éste miró a la puerta vió en ella a una mujer de gallarda figura,

con el rostro velado.

El nebuloso ambiente de aquella habitación parecía turbarla y aparecía

inmóvil en la puerta, sin atreverse a avanzar un paso.

El capitán creía ver brillar bajo aquel velo unos ojos fijos en él.

--Pase usted, señora--dijo con galante acento--. Pase usted y tome

asiento. Dispense el desorden de esta habitación. Ya ve usted, en mi

estado nadie es, por lo regular, un modelo de arreglo.

Y Alvarez se esforzaba en aparecer galante y ofrecía a la desconocida un

sillón viejo y descosido, que era el mejor asiento que tenía en su

cuarto.

Avanzó aquella mujer, y antes de sentarse, echó atrás su velo, diciendo

con voz dulce y tímida:

--Soy yo.

El capitán Esteban Alvarez no supo hasta aquel momento lo que era

experimentar una de esas sorpresas en que lo inverosímil se convierte en

real.

Retrocedió como si se encontrara en presencia de una visión, y mirando

con ojos de espanto a Enriqueta, sólo supo decir:

--¡Tú!..., ¿pero eres tú?

Reinó un largo silencio. Enriqueta estaba con la vista fija en el suelo,

como avergonzada de su atrevimiento al llegar hasta allí, y el capitán

la contemplaba con ansia. Después de una ausencia para él tan larga, sus

ojos tenían hambre de contemplar al ser querido.

Estaba hermosa como siempre, pero la expresión dolorosa impresa en su

semblante y las huellas que en éste había dejado el llanto, daban a su

belleza tan esplendorosa un tinte ideal.

Los dos amantes permanecieron silenciosos. Enriqueta estaba avergonzada

al verse en presencia del hombre amado, y el recuerdo de su injusto y

cruel rompimiento la martirizaba ahora. El capitán se hallaba tan

emocionado por aquella situación inesperada, que no sabía qué decir y

parecía abstraído en la contemplación de Enriqueta.

Esta fué la que por fin rompió aquella situación embarazosa,

levantándose del sillón y dirigiéndose a la puerta.

--Me voy--dijo con tímida voz.

Aquello hizo que el capitán recobrara la serenidad.

--¡Eh! ¿Qué es esto? ¿Dónde vas, Enriqueta?

Y avanzó hacia la joven, cogiendo con suavidad una de sus manos.

--Me voy, sí--continuó diciendo Enriqueta--. Veo que te molesto y que mi

presencia te es embarazosa. Tal vez me hayas olvidado. Haces bien; ¡fuí

tan vil contigo cuando te escribí por última vez!...

Y la joven, llevándose una mano a los ojos, pugnaba por desasir la otra,

que cada vez oprimía más cariñosamente el capitán.

--No, ángel mío, no te irás--decía éste--. Después de tanto tiempo sin

verte, ¿crees que voy a dejarte marchar hoy que apareces aquí como

llovida del cielo? Vamos, reina mía, sé razonable, siéntate otra vez,

permanece tranquila. ¿Es posible que yo te olvide? ¡Si supieras cuánto

he pensado en ti!...

Y Esteban, turbado por la dulce emoción, sin saber apenas lo que decía,

y dejando escapar palabras sin ilación, pero que respiraban profundo

cariño, tiraba dulcemente de la mano de Enriqueta, conduciéndola al

sillón en que la joven volvió a sentarse.

El capitán colocóse junto a ella, y estrechando sus manos entre las

suyas, sintióse como embriagado por la mirada triste de la joven.

Otra vez no sabía qué decir; pero de pronto se le ocurrió pensar en lo

extraña que era la aparición de Enriqueta, y se fijó en su semblante de

aflicción.

--¿Pero qué te sucede, ángel mío? ¿Cómo es que has venido aquí? ¿Qué

misterioso encanto es éste? Dí, ¿qué te ocurre? Yo soy tu amante, tu

esclavo; dí lo que quieres, para qué me necesitas, e inmediatamente te

obedeceré.

Alvarez sentía un entusiasmo sin límites. Aquella inesperada aparición

tenía mucho de novelesco, y él, creyendo adivinar una aventura

prodigiosa, se sentía capaz de los mayores esfuerzos y adoptaba un tono

caballeresco. Todo lo había olvidado: las órdenes del general, la

conspiración y la tarea que todavía le quedaba por hacer.

Enriqueta, al escuchar aquel ofrecimiento ingenuo, lanzó una dulce

mirada de agradecimiento a su amante, y murmuró:

--¡Cuán bueno eres, Esteban!

--Pero dí, ¿qué te sucede?

Aquella pregunta sacó a la joven de la felicidad que sentía entregándose

a la contemplación de su amado, y la arrojó en la horrible realidad. Una

densa palidez veló su rostro, y, sollozando, dijo al capitán:

--Mi padre ha muerto esta mañana.

Alvarez experimentó una terrible impresión. Todo lo esperaba menos

aquello, y su asombro subió de punto cuando la joven le fué relatando

que el conde había sido conducido a un manicomio y cómo ella había oído

horas antes la conversación de la baronesa con el padre Claudio.

Aquella espantosa tragedia pasmaba al capitán, a pesar de ser hombre

incapaz de impresionarse por el terror.

Después la joven, siempre sollozando y con voz balbuciente,

interrumpiéndose muchas veces y volviendo a hablar cuando el capitán se

lo rogaba con cariñosas palabras, expuso la idea que la había arrastrado

hasta allí.

Ella no quería ser monja. Por cariño a su padre había escrito aquella

malhadada carta que produjo el rompimiento de sus relaciones amorosas y

de la que tan arrepentida estaba: pero ahora que su padre no existía,

ella quedaba libre en sus compromisos, no tenía ya por quién violentar

su pasión ni sacrificarla, y venía a buscar su amor, huyendo de su

hermana y del poderoso jesuíta, de aquellos seres tétricos, que la

causaban terror, sin poder explicarse el por qué.

Ella era una huérfana desamparada, que veía su libertad en peligro, y

corría a ponerse bajo el amparo del único hombre que la amaba y podía

protegerla.

Y al hablar así interrogaba con triste mirada al capitán, como temerosa

de que aquel hombre no la amara ya y la abandonase a su triste suerte.

--¡Oh, sí, pobre Enriqueta mía! Yo te protegeré. Descuida; tu hermana y

todos los jesuítas juntos no lograrán meterte en un convento; me basto

yo para todos.

Y Alvarez levantaba con arrogancia su cabeza, como si tuviera enfrente a

toda la Compañía de Jesús y la desafiara con sus ojos.

Tan grande era la fe que le inspiraba su amor, que no veía en el

porvenir obstáculo alguno; y él, pobre, humilde y sin otra protección

que la que a sí mismo se pudiera proporcionar, creíase capaz de vencer a

aquellos poderosos enemigos que perseguían a Enriqueta.

--Has hecho bien, vida mía, en venir a buscarme. No entrarás en un

convento, y vivirás eternamente conmigo. Serás mi esposa. Tu

hermanastra, ya sabemos que se opondrá; pero como ella desea hacerte

monja, y tú, antes que entrar en un convento, quieres unirte al hombre

que tanto te ama, es seguro que saldremos vencedores, a pesar de la

ayuda que prestará a la baronesa ese padre Claudio, redomado perillán,

que un día me ofreció su protección, y que ahora conozco es uno de

nuestros más temibles enemigos. Yo no conozco las leyes; pero, ¡qué

diablo!, algo habrá en ellas que se pueda aplicar al presente caso y que

libre a una huérfana de las persecuciones de esa gentuza devota, que,

sin duda, al preocuparse tanto de tu salvación eterna, va en busca de

tus millones.

Enriqueta sentíase dominada por la optimista confianza que demostraba su

amado y comenzaba ya a tranquilizarse.

Se felicitaba de su enérgica resolución, que la había arrastrado allí, y

creía que en adelante no tendría ya que luchar con nadie. La ley

protegería sus amores, se casaría ella con el capitán y serían

eternamente felices. Era aquello un cuento de color de rosa, que

Enriqueta se relataba a sí misma, allá en su imaginación.

La joven, acariciada por tales ilusiones, comenzó a considerarse ya como

en su propia casa, en un nido de amor fabricado por ellos, para ocultar

al mundo los arrebatos de su pasión, y librando sus manos de las del

capitán, que las oprimía cariñosamente, quitóse la mantilla, y, después

de colocarla doblada sobre una silla, volvió a ocupar aquel sillón, con

una graciosa majestad de dueña de casa.

Alvarez la contemplaba embelesado, y al ver en su propia habitación, en

aquel desarreglado cuarto de soltero, a la misma a quien algún tiempo

antes sólo veía furtivamente bajando de su coche en el vestíbulo del

teatro Real o a la puerta de algún palacio, donde se verificaba

aristocrática fiesta, dudaba que aquello fuera verdad y hacía esfuerzos

de pensamiento para convencerse de que estaba despierto.

Enriqueta, tranquilizada ya, paseaba su vista por la habitación,

fijándose en todos los detalles, con esa complacencia que inspira lo

perteneciente al ser amado.

Aquel nido de amor resultaba bastante desarreglado y tenía demasiado

humo. Varias veces tosió por no poder respirar bien en una pesada

atmósfera, que olía a tabaco.

--Abriré, vida mía--dijo el capitán dirigiéndose al cerrado balcón--.

Debe incomodarte el humo del cigarro.

--No; no abras. Fuma cuanto quieras. Me parece, envuelta en este humo,

que estoy rodeada de ti por todas partes.

Enriqueta decía la verdad. Todo lo que era de aquel hombre, al que tan

injustamente había abandonado, y al que amaba ahora con un

recrudecimiento de pasión, agradábale en extremo; le parecía un avance

en su intimidad, y por esto, aquel humo que producía grande molestia en

sus pulmones, parecíale a su imaginación grato perfume que causaba

vértigos de placer.

Los dos amantes, con las manos cogidas, las miradas fijas y

embriagándose con sus alientos, entregábanse a esa charla insustancial

del amor, compuesta las más de las veces por palabras estúpidas, pero

que despiertan hondo eco en el corazón.

Ambos sentían verdadera ansia por saber lo que había sido del otro,

durante el tiempo que permanecieron alejados.

Enriqueta, con graciosa ingenuidad, pedía cuentas al capitán sobre su

conducta en dicho tiempo, y contrayendo lindamente su entrecejo con

cómico furor, le preguntaba cuántas novias había tenido desde que ella

accedió a escribir aquella maldita carta por satisfacer a su padre.

Esteban, por su parte, le asediaba a preguntas sobre el género de vida

que su hermana la había hecho sufrir desde el rompimiento amoroso:

interesábale también saber cómo ella había llegado hasta allí, y

escuchaba con atención el relato de Enriqueta, verdadera odisea

callejera que comprendía desde que salió, loca de dolor, de su elegante

vivienda, hasta que entró en aquella modesta casa de huéspedes.

Enriqueta había sufrido mucho en aquella peregrinación por las calles de

Madrid, que nunca había corrido sola. Recordaba la calle y el número de

la casa donde vivía Alvarez, por habérselo oído a éste y a Tomasa en

varias ocasiones; pero no sabía a punto fijo a qué lado de Madrid se

hallaba; y conocedora únicamente de las principales vías de la capital,

vagó sin rumbo fijo y sin darse cuenta de lo que hacía, antes de que se

le ocurriera rogar a un viejo guardia que la orientara.

Para hacer mayor su desdicha, estaba en las primeras horas de la noche,

el momento en que el vicio levanta todas sus esclusas y lanza en plena

sociedad tropeles de desgraciadas, pasto cotidiano de las virtudes

hipócritas. Su aspecto misterioso de enlutada joven, con el rostro

cubierto, hacía que se fijaran en ella con marcada predilección los

transeúntes, y dos mozalbetes la siguieron mucho tiempo, asediándola con

infames proposiciones y deslizando en su oído palabras cuyo solo

recuerdo la hacía enrojecer.

¡Qué repugnante himno de obscenidades, de insultos y de horribles

proposiciones la había acompañado en su desesperada carrera por las

calles de Madrid, siempre en busca de aquel protector, de aquel hombre

amado, que le parecía ahora más adorable, comparándolo con el tropel de

lobos lujuriosos que le salían al paso! ¡Qué repugnancia le producían

aquellos hombres, que ella, desde su carruaje y a la luz del sol, había

visto siempre graves, estirados y con todo el aspecto de virtuosos

incorruptibles! Estaba horrorizada y aceleraba su paso, marchando

siempre en la dirección indicada por el viejo guardia, y así, después de

muchas cavilaciones y no pocos equívocos, consiguió encontrar la tan

buscada casa de huéspedes, amparándose en ella como en un refugio contra

la impudencia pública.

El capitán Alvarez estaba admirado del valor y la energía de una

criatura tan delicada y débil, y esto aumentaba su amor. Aquel hombre,

nacido para la guerra, sentía inmensa satisfacción al ver que su futura

compañera era tan fuerte como él.

Hablaban los dos amantes sin pausa alguna, como si temieran que acabasen

sus existencias antes que ellos pudiesen decirse todo cuanto pensaban, y

así transcurrió veloz el tiempo, sin que llegasen a notarlo.

El "cuc-cuc" que la patrona de la casa tenía en lo que llamaba la gran

sala, dió las diez.

--¡Cómo pasa el tiempo!--murmuró Alvarez.

Y después, como si quisiera reparar una distracción lamentable, dijo a

Enriqueta:

--Pero tú no habrás comido. ¿Quieres algo? Habla con entera confianza:

piensa que en adelante hemos de vivir juntos.

No; Enriqueta no quería nada, no sentía la menor necesidad; pero Alvarez

creía que era una prueba de que la joven iba a quedarse allí y a no

desvanecerse como las apariciones fantásticas de las leyendas el que

comiese algo, y mostró tal empeño, repitiendo varias veces lo que su

asistente podría traer a aquellas horas, que al fin accedió a tomar una

copa de Jerez con bizcochos.

Salió el capitán a dar sus órdenes al asistente, que, muy preocupado por

aquella visita extraña, estaba ya dos horas paseándose y atisbando cerca

de la habitación.

Cuando Perico, un cuarto de hora después, entró con su botella de Jerez

y su paquete de bizcochos, al ver a aquella linda señorita, experimentó

una sorpresa, únicamente comparable con la grotesca impresión que en el

"Don Juan" sufre Ciutti sirviendo a la mesa, al verse ante la viviente

estatua del comendador.

El conocía bien a aquella señorita, y, al verla, se quedó inmóvil en la

puerta, con un aire de admiración tan estúpida, que aquélla y el capitán

no pudieron menos de reírse. Faltó poco para que la bandeja, con su

botella y sus copas, se escapara de las trémulas manos de Perico.

--¡Qué!, ¿conoces a esta señorita?--dijo el capitán poseído de

satisfacción infantil, al notar el asombro que causaba en su asistente

ver en el cuarto una mujer tan hermosa.

--Sí, mi capitán, la conozco. He visto muchas veces a la señorita,

aunque de paso, cuando iba en busca de mi tía Tomasa.

Enriqueta sonreía complacida por aquella turbación respetuosa del

sencillo muchacho.

--En adelante--continuó el capitán--has de considerarla como tu dueña y

obedecerla en todo.

--Está bien, mi capitán--contestó Perico con la misma expresión que si

recibiera una orden en el cuartel.

Salió el asistente muy preocupado por aquel inesperado suceso, y

calculando únicamente la parte que le haría perder en el afecto de su

amo aquel ser que se introducía en la inquebrantable sociedad formada

por el señor y el criado.

El capitán sirvió a Enriqueta una copa de Jerez, en la que la joven

apenas si mojó más de un bizcocho.

Pasada ya la primera impresión, la grata novedad que en su ánimo había

producido la presencia del hombre amado y aquella intimidad protectora,

volvían a su memoria los tristes recuerdos, y el suicidio de su padre la

obsesionaba de nuevo, haciéndola en ciertos momentos arrepentirse de su

audaz resolución.

Alvarez la veía palidecer y cómo de su rostro desaparecía aquella

animación que tanto la hermoseaba poco antes.

--¿Qué tienes, vida mía?--preguntaba con ansiedad--.¿Por qué esa

tristeza?

Pero Enriqueta, con la cabeza inclinada, negábase a responder, y, por

fin, comenzó a llorar.

Aquel llanto desconcertó al capitán.

--Pero, ¿qué te ocurre?--preguntó con angustia--.¿Te incomoda algo? ¿He

podido yo ofenderte?

No; ella no sentía el menor resentimiento contra él, y bien lo

demostraba estrechando cariñosamente sus manos. Era que los más tristes

recuerdos le asaltaban, que su imaginación evocaba sin cesar el trágico

fin de su padre, y que a ella le parecía un crimen encontrarse en la

misma noche en una casa extraña, en una habitación cerrada y al lado del

hombre a quien quería. ¡Cómo sufría su honradez! ¡Qué dirían de ella al

saberlo las gentes de su clase! ¿Y si su padre se levantara de la tumba

y la viera en tal situación?

Y mientras la joven, después de decir esto con voz entrecortada por los

suspiros, gemía y lloraba, el capitán hacía esfuerzos por alejar de su

imaginación tan tristes ideas.

¿Por qué recordar desgracias que ya no podían remediarse?

Había que tener calma y despreciar lo que el mundo pudiera decir. Ellos

se amaban, no tardarían en ser esposos, y todas las murmuraciones

acabarían muy pronto: el día en que los dos se unieran con el lazo del

matrimonio. Para conquistar la felicidad, había que despreciar lo que

las gentes pudieran decir en sus murmuraciones.

Además, él no pensaba oponer ningún obstáculo a la voluntad de su amada,

ni quería que su honra sufriera en lo más mínimo. Si estaba arrepentida

de su radical resolución, aún se hallaba a tiempo para remediar lo

hecho; él lloraría su decepción, su dicha, que sólo había durado algunos

instantes, pero se encontraba pronto a acompañarla a su casa, dejándola

en poder de la baronesa.

El infeliz decía esto con el mismo desaliento del que se cree en plena

felicidad y, al despertar, conoce que todo ha sido un sueño. Se

estremecía de temor al pensar que Enriqueta pudiera aceptar su

proposición, alejándose de su lado para siempre; pero, a pesar de esto,

seguía valerosamente instando a su amada a que se decidiera, si es que

sentía escrúpulos y permanecía violenta en aquel lugar.

La joven, al oír el nombre de su hermana, experimentó una reacción.

¿Volver a aquella casa para vivir en una guerra continua, ser

martirizada, e ir, por fin, a encerrarse en un convento donde llorar un

amor perdido voluntariamente? No; antes la deshonra y sufrir todos los

mordiscos de la maledicencia social.

Y Enriqueta, con un ademán, indicó a su amado que no estaba dispuesta a

salir de allí.

Aquello dió a Alvarez nuevas fuerzas para seguir persuadiendo a su

amada, instándola a que desechase todos sus escrúpulos. ¿Por qué temer a

su padre? Los muertos nunca volvían a este mundo, y, además, si el conde

veía desde la tumba lo que a su hija la ocurría, tal vez se

tranquilizara y durmiera mejor el sueño eterno contemplándola al lado de

un hombre honrado, que sabría protegerla. Esto siempre le satisfacería

más que verla sometida a la dirección de la baronesa con su cohorte de

jesuítas, que bien pudieran ser los verdaderos autores de su muerte.

Y al llegar aquí, Alvarez manifestó que, aunque carecía de pruebas,

tenía la convicción de que doña Fernanda y el padre Claudio habían sido

los que por sus fines particulares habían declarado loco al conde sin

estarlo. ¿Quién sabe si su suicidio había sido hijo de la desesperación,

propia de quien con sano entendimiento se ve encerrado en un manicomio?

El capitán se expresaba así únicamente por aumentar el odio que

Enriqueta sentía contra la baronesa y el poderoso jesuíta; ignoraba que

aquello era la verdad de todo lo ocurrido.

Tanto se extremó Alvarez en desvanecer los escrúpulos de Enriqueta, que

al fin ésta pareció más tranquila. Únicamente, miró a su adorador con

timidez, como si no se atreviera a formular una exigencia.

--¿Qué quieres?--dijo con acento apasionado Esteban--. Ordena lo que

gustes, que te obedeceré inmediatamente. Pide, vida mía..., pero no me

abandones.

--Esteban--contestó la joven con gravedad--. Sé bien lo que el mundo

dirá de esta audaz aventura, de la que tú no tienes culpa alguna. Pero

aunque todos me injurien con sus murmuraciones, quiero tener mi

conciencia tranquila. Me basta ser honrada para ti, aunque a los ojos de

los demás no lo parezca. ¡Júrame, por la memoria de mi padre, que me

respetarás, que no te acercarás a mí hasta el instante en que seamos

esposos! Si no te sientes capaz de este juramento, me iré

inmediatamente.

--Te lo juro--se apresuró a contestar el capitán con solemne acento.

El no había pensado, ni por un solo momento, aprovecharse de aquella

desesperación de su amada, que la arrastraba hacia él; era en todos sus

actos un caballero y respetaba su amor lo suficiente para no mancharlo,

valiéndose de los medios que le proporcionaban las circunstancias.

Hablaba el capitán con tal calor e ingenuidad, que la joven le

contemplaba con admiración, comparándolo interiormente con aquellos

hombres que en la calle la habían insultado con infames proposiciones.

--Sí, alma mía--siguió diciendo el capitán--: juro respetarte y puedes

descansar tranquila con la seguridad de que no intentaré nada contra ti.

Mañana mismo comenzaré a ocuparme de nuestro casamiento; no faltará

quien me ilustre sobre tal punto y pronto serás mi esposa. Yo no sé cómo

se arreglan esta clase de asuntos, pero no he de descansar hasta dejarlo

todo ultimado. Entretanto, vivirás aquí, pero separada de mí. Dormirás

en esta habitación, yo ya pediré a la patrona que me coloque en otro

sitio de la casa. Nuestra situación no es muy hermosa, pero, ¡qué

diablo!, todo se arreglará con el tiempo, y ya verás cómo un porvenir

feliz nos compensa de todos los contratiempos actuales. ¡Si supieras

cuan brillante porvenir me está reservado!

Y Esteban Alvarez, poseído de entusiasmo, dió a conocer a su amada todas

sus gloriosas ambiciones, que iba a ver realizadas después de la

revolución que se estaba fraguando. El general Prim lo estimaba como uno

de sus más inteligentes y atrevidos subalternos; la revolución tenía en

él su más activo y audaz agente; estaba decidido a hacer heroicidades en

la próxima lucha por la libertad; en una palabra, era un hombre que, o

dejaría su cadáver tendido a la puerta de su cuartel, o llegaría a

general muy joven.

Y Alvarez, al hablar así, estaba magnífico, con su mirada centelleante y

sus nerviosos ademanes, que delataban una gran agitación interior.

Enriqueta seguía contemplándolo con admiración, y sentía cierto orgullo

al pensar que iba a ser la esposa de un futuro héroe.

Ella, en su carácter de aristócrata de nacimiento, no comprendía bien

aquello de morir por el pueblo, que en su limitado concepto era una masa

de gentes desharrapadas y sin educación; no sabía lo que significaba la

palabra democracia, que tantas veces repetía Esteban; pero, en cambio,

le parecía muy bien que él fuese general dentro de breve plazo, y le

lisonjeaba mucho la ilusión de que algún día podría presentarse en los

salones del brazo del hombre amado, convertido ya en personaje ilustre,

excitando la envidia de las mismas amigas, que ahora tanto murmurarían

contra ella, al saber que había abandonado su casa para ir en busca de

su amante.

Aquellas risueñas ilusiones sobre el porvenir, que aún aumentaba Alvarez

con sus optimismos revolucionarios, contribuyeron a que Enriqueta

comenzase a olvidarse de las tristes ideas que la obsesionaban momentos

antes.

A los veinte años, y sintiendo un verdadero amor, se desechan con

pasmosa facilidad los pensamientos fúnebres.

Enriqueta, acariciada por aquella sinfonía de amorosas ilusiones, fué

entrando en un período de restablecimiento moral. Sus ojos, amortiguados

por el llanto, volvían a recobrar su hermosa brillantez, y sus mejillas

se teñían nuevamente de un carmín pálido.

La momentánea alegría parecía devolverle algo de su vigor, y como si con

esto se diera cuenta de las necesidades de su estómago, mojaba bizcochos

en el Jerez que le servía su amante.

La conversación resultaba interminable, pues los dos se enfrascaban cada

vez más en embellecer su porvenir, presagiando la felicidad que les

esperaba.

Así transcurrió veloz el tiempo, sin que el capitán pensara en

retirarse, como lo había prometido, ni Enriqueta se lo exigiera.

Era ya la una; en la solitaria calle sólo sonaba la estridente voz de

algún vecino trasnochador llamando al sereno, para que le abriera la

puerta, y dentro de la casa se había extinguido ya todo ruido, pues la

mayoría de los huéspedes acababan de entregarse al sueño.

Aquel silencio absoluto envolvía a los dos amantes en un misterio que

les complacía, por dar a sus palabras cierto tono de solemnidad.

Enriqueta, después de las continuas crisis de dolor que había sufrido en

pocas horas, se encontraba ahora decaída, y cierta plácida languidez se

posesionaba de todo su cuerpo.

Tenía los ojos abiertos y el rostro animado, pero las impresiones

sufridas en aquel día dormitaban ya; sentía su cerebro embargado por un

dulce sopor, y, a través de un velo de color de rosa, veía a su amante,

que seguía hablando con creciente apasionamiento.

El amor, la hora y aquel misterioso silencio que les rodeaba, contribuía

a que la joven fuese perdiendo lentamente su dolorosa preocupación y

olvidase qué serie de terribles acontecimientos la había arrastrado

hasta aquel lugar.

Ella misma era la que, soñolienta, inconsciente y sin preocuparse de lo

que hacía, había apoyado un brazo en los hombros de Alvarez, e inclinaba

hacia él su encantadora cabeza, como atraída por el brillo viril de sus

ojos, y deseosa de oír sus palabras de más cerca.

Aquella situación iba tomando el aspecto de una noche de bodas, y ya no

parecía la tranquila conversación de dos amantes a los que separaban

recientes tristezas y un juramento de respeto.

Esteban, agitado por el contacto del brazo robusto y tibio, cuya

satinada piel se notaba a través de la ropa, y embriagado por aquella

atmósfera de sana y atrayente belleza que envolvía a su amada, sentía

desvanecerse la fuerza de voluntad que poco antes poseía, y como un

niño, poco a poco, sin que se aperciba la madre, va acercándose a la

golosina que acaricia, iba lentamente, y sin cesar de hablar, llevando a

sus labios aquella mano pequeña y suave, que al fin rozó con ligeros

besos.

Enriqueta sonreía. Aquello la parecía natural. ¡Besos en las manos! Esto

era lo mismo que ocurría en aquella novela de Joaquinito Quirós, que,

por tener un epílogo moral, y ser el autor amigo de la casa, era el

único libro profano que le dejaba leer la baronesa de Carrillo.

La joven no hizo la menor resistencia, antes al contrario, sintióse

halagada por el homenaje, y se creyó toda una heroína de novela, al

estilo de aquella Eulalia que, ojerosa, pálida y siempre vestida de

blanco, ejercía de protagonista en el soporífero libro de Quirós.

Aquel silencioso consentimiento de la joven, y su languidez marcada,

excitaron la pasión de Alvarez, que se mostró cada vez más audaz.

¡Adiós tristes ideas y formal juramento de respeto! El fuego de la

juventud, el ardor de los cuerpos exuberantes de vida derrite las más

firmes promesas.

Enriqueta no supo cómo fué aquello, pero despertó de aquel ensueño de

amor que la acariciaba despierta, al sentir en sus labios una impresión

ardiente.

Esteban la estrechaba entre sus brazos; Esteban la besaba en la boca con

interminable frenesí.

Enriqueta se revolvió como una fiera herida, y librándose de aquellos

brazos, que la oprimían cariñosamente, irguióse pálida, altiva, y

llevando en sus ojos la llamarada de la indignación.

Pero esta impresión no duró mucho tiempo. Vió casi a sus pies al

capitán, que parecía avergonzado y confuso, por su arranque, y se sintió

conmovida.

--¡Márchate! ¡Sal de aquí inmediatamente!--había gritado en el primer

arranque; pero al ver a Esteban en aquella actitud humilde, y como

pidiéndole perdón, se conmovió, y las lágrimas asomaron a sus ojos.

Lloraba una decepción sufrida, la pérdida de una ilusión.

Ella había creído a Esteban un hombre diferente a todos, un ser incapaz

de dejarse dominar por la pasión y firme hasta el punto de domar la

carne y cumplir sus juramentos caballerescos, y ahora encontraba que era

semejante a la vulgaridad de su sexo; un organismo que se sublevaba,

ebrio de pasión, al sentir el contacto de un brazo femenil.

Enriqueta creía encontrarse con un ángel, y se hallaba al lado de un

hombre.

Desalentada por aquella decepción, profundamente ofendida por lo que

creía un abuso de su situación, y llorando con el desconsuelo de ver que

el protector sólo era un amante, se dirigió al fondo del cuarto, sin

saber lo que hacía, y se dobló, dejando caer su hermoso busto sobre la

cama de Esteban.

Su hermoso rostro chocó con aquellas ropas, e inmediatamente sintió algo

que la conmovió de pies a cabeza. Parecía como que sus músculos y sus

venas estallaban, abriendo infinitos orificios por donde entraba algo

extraño, punzante y embriagador, como esos licores fuertes que abrasan

en la garganta, pero que provocan una feliz locura en el cerebro.

Era el olor del macho. Su organismo virgen, pero robusto y sanguíneo,

abríase como la rosa que hace estallar sus rojos pétalos a las caricias

del ardiente sol.

El sexo se revelaba en ella con una fuerza incontrastable, y parecía que

de aquella cama surgía un vapor venenoso, que se esparcía por sus venas

como torrente de fuego.

Enriqueta se irguió loca y llevando en sus ojos una extraña luz. Parecía

una mujer fenicia, poseída de la lujuriosa demencia de las fiestas de

Adonis.

Alvarez seguía en el fondo de la habitación, en actitud suplicante.

La voz trémula de Enriqueta le sacó de tal situación.

--Ven, alma mía. ¿Para qué resistir?... Ya que el mundo ha de hablar,

que sea verdad.

Esteban corrió a ella.

¡Descansad en paz, juramentos de respeto! Ahora podían hablar ya las

lenguas maldicientes, seguras de que, por mucho que dijeran, ni

Enriqueta ni Esteban las desmentirían.

XXIX

Los planes de Quirós.

A las diez de la noche salió Joaquinito Quirós del Ministerio de la

Gobernación.

Había esperado al ministro más de dos horas, por estar éste reunido con

sus compañeros en Palacio, y cuando al fin llegó, retuvo al joven

escritor católico otra hora larga, haciéndole que repitiera varias veces

la delación, como si temiera que algún detalle importante quedase

olvidado.

El alto funcionario despidió por fin a Quirós, a quien había tratado

algo en los aristocráticos salones, y le prometió hacer que el Gobierno

premiase con largueza sus servicios.

El escritor católico estuvo elocuente. ¡Oh! El no hacía la delación

únicamente por ser recompensado, sino que le impulsaban sus principios

políticos y religiosos, su afecto inmenso a la virtuosa Reina, su

adhesión incondicional al Gobierno, su amor a la causa del orden y del

catolicismo, puesta en peligro por los pícaros revolucionarios, su...

Y así siguió el hipócrita agente de los jesuítas, enjaretando mentiras y

lugares comunes. Después de dejar sobre la mesa ministerial el papel en

que estaban las señas del capitán Alvarez y el domicilio donde se

reunían los conspiradores, salió Quirós del despacho, y aún pudo oír,

antes de atravesar la sala, cómo el ministro daba órdenes para que

fuesen llamados con urgencia su colega en la cantera de la Guerra y el

gobernador de Madrid.

Cuando Quirós, pisando la gran acera de la Puerta del Sol, miró el reloj

del Ministerio y vió que eran más de las diez, púsose a pensar cómo

pasaría la noche.

No estaba de humor para asistir a ninguna reunión aristocrática, pues le

faltaba fuerza para vestirse, y prefería pasar la noche de un modo más

divertido que bailando con señoritas insufribles, que al fin y al cabo

no habían de casarse con un pobre como él, o entreteniendo a las devotas

mamás, que le consideraban como un juguete entretenido, con sus puntas y

ribetes de preceptor moral.

Ya estaba decidido lo que haría. Hasta media noche se entretendría en

un teatrillo por horas, donde se representaban piezas bufas, con gran

exhibición de pantorrillas, algunas de las cuales había manoseado con

intimidad el escritor católico, y después iría a charlar hasta las

primeras horas de la madrugada con los redactores de "La Voz del

Catolicismo", diario en el que publicaba de vez en cuando artículos

críticos, y en los cuales magullaba a todos los grandes hombres

revolucionarios, aun cuando éstos nunca llegaban a enterarse.

Cuando a media noche salió Quirós del teatro, iba pensativo y

malhumorado.

Aquel género escénico, punzante afrodisíaco, que conmovía de lujuria a

todo el público culto, sensato y conservador que ocupaba las butacas, no

había conseguido divertirle, como en otras noches.

Le preocupaba la idea de que a aquellas horas la autoridad estaba

preparando la red para apresar al capitán objeto de su denuncia. Y no es

que él experimentase compasión alguna. Lo único que le interesaba era la

recompensa que le daría el Gobierno, y le era indiferente que aquel

desgraciado militar fuese fusilado, o, cuando menos, saliera para los

presidios de Africa; pero no dejaba de causarle cierto escozor la idea

de que había contribuído a la eterna ruina de un joven que, como él, era

pobre y trabajaba por conquistarse una posición.

El aventurero aristocrático no podía evitar cierta simpatía a favor de

aquel desconocido que, audazmente y con riesgo de su vida, buscaba el

engrandecerse. Quirós no se sentía capaz de buscar la fortuna de un modo

tan franco y peligroso.

Aquella preocupación era, pues, producto del espíritu de clase y de la

admiración que le inspiraba el valeroso desconocido.

Absorto en tales pensamientos caminaba Quirós, hasta que una sensación

de frío le hizo volver en sí. Soplaba un vientecillo helado que punzaba

la cara, y el joven levantóse el cuello del gabán, al mismo tiempo que

pensaba en la conveniencia de entrar en el café Suizo, ya que se

encontraba frente a él.

Con aquel frío no vendrían mal unas copitas de ron. Además, en aquel

café siempre se encontraban algunas tertulias de compañeros, jóvenes

periodistas, que, aunque liberales y poco afectos a la hipocresía, eran

buenos muchachos, y hacían pasar agradablemente el rato con sus chistes.

Quirós entró en el café, y allí permaneció hasta las dos de la

madrugada, hora en que se disolvió la tertulia. Aquella noche no estaban

en el Suizo más que unos cuantos escritores de perversas ideas, mordaces

hasta la crueldad, que se recrearon "tomándole el pelo" al publicista

católico, cuyas verdaderas costumbres conocían al dedillo.

El joven abandonó el café con un humor endiablado. El fastidio le

perseguía, y se encaminó a su querida Redacción con la esperanza de

pasar allí mejor el rato.

Cuando después de subir casi a tientas la mal alumbrada escalera,

tropezando con un aprendiz de la imprenta, que se llevaba el último

original, entró en la sala común de la Redacción, vió a sus compañeros

enfrascados en una discusión que debía ser violenta, a juzgar por el

calor con que se expresaban.

--Aquí está Joaquín--dijo con alegría uno de los redactores, al verle

entrar--. Es el amigo de la casa, y podrá ilustrarnos con su opinión

mejor que nadie.

--¿De qué se trata?--preguntó con tono indiferente Quirós, que esperaba

ser consultado sobre alguna murmuración del gran mundo.

--Vas a hablarnos con franqueza--continuó el periodista--.¿Cuál es tu

opinión verdadera sobre lo del conde de Baselga?

El joven hizo un gesto de extrañeza.

--¿Y qué es lo que le ha ocurrido al conde?

--Vamos, hombre, no te hagas el lila y contesta. Estos dicen que Baselga

se ha matado en un momento de locura, y yo aseguro que ese suicidio ha

sido preparado hábilmente por alguien. Es muy raro entrar en un

manicomio y matarse inmediatamente.

--¿Pero el conde de Baselga se ha suicidado?

Quirós dijo esto con tal expresión de sorpresa, que los periodistas se

convencieron de que recibía por primera vez la fatal noticia.

¿Conque no lo sabía Joaquín, a pesar de ser íntimo de la familia?

Pues, sí, señor; el conde se había suicidado aún no hacía diez y seis

horas, y su hija, la baronesa de Carrillo, había enviado la esquela

mortuoria para que la publicasen al día siguiente en la primera plana

del periódico, y al mismo tiempo rogaba al director, con una conmovedora

cartita, que se ocupara con gran prudencia del suceso y defendiera el

honor de la familia, si algún diario indiscreto, a pesar de sus

súplicas, se atrevía a decir que el conde habíase suicidado.

Quirós escuchaba con el mayor asombro aquellas noticias que le

comunicaban sus amigos.

Su sorpresa no tenía límites, y en su interior surgía una sospecha que,

poco a poco, iba adquiriendo certidumbre.

El no quería mediar en la discusión de los periodistas, y se negaba a

decir si el suicidio había sido por voluntad propia y espontáneo, o

hábilmente preparado por enemigos; pero, en su interior tenía ya la

opinión formada, y sentía cierto respetuoso temor al pensar en el padre

Claudio. ¡Oh, gigantesco maestro! ¡Y con qué limpieza sabía barrer a un

hombre del mundo, cuando le estorbaba!

A Quirós no le cabía duda de que en aquella tragedia había intervenido

el diabólico talento del padre Claudio. El no podía precisar la

verdadera causa de aquel hábil crimen y los procedimientos de que se

había valido el poderoso jesuíta, pero presentía la verdad del hecho y

veía el invisible brazo del padre Claudio moviendo la mano del conde,

que empuñaba la pistola suicida.

Las sospechas que le habían acometido al saber que a Baselga lo

declaraban loco y que iba a ser conducido a un manicomio, volvían a

reproducirse ya en su imaginación, como hechos indiscutibles. El tenía

la solución del obscuro problema. La Compañía deseaba los millones de

los hijos de Baselga, y era capaz el padre Claudio de suprimir a cuantos

se interpusieran en su camino.

Sentado junto a la gran mesa de la Redacción, con la cabeza entre las

manos, bajo la mancha de amarillenta luz de gas que arrojaba una gran

lámpara con colgantes de percalina verde, y dejando vagar su mirada por

el montón de periódicos de provincias revueltos con tinteros y plumas,

permaneció Quirós mucho tiempo, entregado a sus pensamientos y arrullado

por aquella discusión interminable que excitaba la bilis de los

periodistas.

¿Qué haría él? Esto era lo que se ocupaba en reflexionar Quirós, pronto

siempre a pensar en sus negocios, aun en los momentos más difíciles.

El había tenido ciertos planes en otro tiempo, que después desechó por

imposibles. Viviendo el conde, resultaba absurdo abrigar, un pobre como

él, ciertas pretensiones acerca de Enriqueta; mas ahora, libre ya de tal

estorbo, y quedando la joven bajo la dirección de su hermana, tal vez

pudiera lograr algo. El se tenía por el hombre de confianza de la

baronesa; sabía que ésta le apreciaba, y no era aventurado esperar algún

éxito en sus pretensiones; pero... ¡maldición!, estaba en medio el padre

Claudio, aquel diabólico jesuíta, a quien siempre encontraba

obstruyéndole el camino y al que eternamente tendría que pedir permiso

para intentar el menor avance. ¡No poder él librarse de tal servidumbre!

¡Verse obligado a no trabajar jamás por su cuenta y riesgo!

Pero Quirós no quería dejar pasar aquella ocasión, que parecía venírsele

a las manos, con la muerte del conde. Creía él que la fatalidad

colaboraba con sus ambiciones, y que sería una necedad imperdonable

despreciar sus favores.

Adelante, pues; ya se entendería con el padre Claudio cuando llegase el

momento, y buscaría el mejor medio de engañarlo, si es que la baronesa

acogía bien su plan. Ahora lo importante era tener de su parte a la

hermana de Enriqueta.

Y pensando en esto se le ocurrió a Quirós cuán triste debía ser el

estado de ánimo de doña Fernanda a aquellas horas.

Era una verdadera desgracia que él no hubiese tenido antes noticias del

triste fin del conde. En aquella casa debía reinar la desolación, y en

tales instantes es cuando se conocen los amigos verdaderos. Su puesto,

desde aquella tarde, estaba en la casa de Baselga, al lado de la

baronesa y de Enriqueta, prodigándolas cristianos consuelos. ¡Diablo!

¿Por qué habían tenido tan oculta aquella noticia?

El era un ser imprescindible en ciertas familias, tanto en las

desgracias como en las alegrías. Por cosas menos importantes, por un

casamiento o un bautizo, lo llamaban, lo consultaban y encargábanle las

invitaciones, las formalidades consiguientes en los Centros públicos, y

hasta el arreglo de la mesa; y ¡ahora que se trataba de una familia por

la que tanto interés sentía, no encontraba hasta aquel momento una buena

alma que le avisara lo sucedido!

¡Cuánta falta haría allá, para aliviar a doña Fernanda de las enojosas

tareas de arreglar el entierro y demás formalidades! ¡Cómo hubiera él

adquirido nuevo realce a los ojos de la baronesa, que le consultaba

continuamente sobre asuntos de las cofradías, encargándose de todas esas

comisiones engorrosas que produce la muerte en una familia del gran

mundo!

Pero nada se había perdido; aún era tiempo de acudir; y apenas Quirós

formuló tal pensamiento en su mente, púsose en pie.

¿Que era tarde? ¿Que resultaría extemporánea su visita? Mejor aún; así

podría parecer espontánea e hija del cariño, y doña Fernanda la

agradecería más.

Quirós, sin despedirse apenas de sus amigos, abandonó la Redacción, y

con paso apresurado dirigióse a la calle de Atocha.

Al llegar frente a la casa de Baselga detúvose algo cohibido al ver la

obscura fachada, en la que no se notaba el menor signo de vida

interior.

De seguro dormían, y su visita iba a resultar inoportuna en extremo.

Pero en Quirós la duda duraba muy poco y no era hombre capaz de

retroceder así que adoptaba una resolución.

Empuñó el pesado aldabón de bronce y dió un golpe, no muy fuerte, como

si procurara atenuar su inoportunidad.

--De seguro, no me oyen--pensó Quirós al dar el golpe.

Pero, con gran sorpresa, oyó inmediatamente tardas pisadas en el portal;

abrióse el postigo y el obeso portero, sin otro traje que pantalones,

camisa y bordados tirantes, apareció con una luz en la mano y tiritando

de frío.

--¡Ah! Es usted, don Joaquín--dijo el portero, después de cerrar el

postigo tras el recién llegado--. Hace ya más de una hora que lo espero

a usted. Suba usted en seguida; la señora baronesa le espera con gran

impaciencia. Hace ya más de una hora que el ayuda de cámara fué a

buscarle a su casa. ¡Qué desgracias, Dios mío, qué desgracias! Cuando el

diablo se mete en una casa, tarde sale.

Y el obeso portero expresaba con ademanes trágicos su desesperación,

mientras subía la escalera, alumbrando a Quirós.

Este se sentía satisfecho y adquiría mayor confianza al saber que la

baronesa se había acordado de él mandando que le llamaran. Por esto se

felicitaba de su resolución, que resultaba oportuna.

La baronesa recibió a su amigo en un gabinete que servía de antecámara a

su dormitorio, y al verla Quirós no pudo reprimir un movimiento de

sorpresa.

Doña Fernanda tenía un aspecto de quebrantamiento que, a los ojos del

joven escritor, demostraba la cruel y profunda impresión que en ella

había producido la muerte de su padre.

Toda la casa estaba en conmoción, pues Quirós, en las habitaciones

exteriores, había visto a los criados que, vestidos y prontos a acudir

al servicio de la señora, aunque apoyándose en la pared o medio tendidos

en los divanes, cabeceaban de vez en cuando, entregándose al sueño.

La baronesa, que contraía su rostro con una mueca natural e indefinible

entre el dolor y la rabia, estrechó lánguidamente la mano que le tendía

el joven con ceremoniosa aflicción.

--Baronesa, he venido sin perder tiempo, porque en estas ocasiones es

cuando se conocen los verdaderos amigos.

--Gracias, Joaquinito. Ya sabrá usted mi desgracia en toda su extensión.

En esta casa se repiten los sucesos tristes con una rapidez abrumadora.

--Efectivamente, baronesa. La muerte del conde es una desgracia...

--Pues, ¿y lo otro?--exclamó la baronesa, interrumpiendo a su amigo.

Este hizo un gesto de extrañeza, como preguntando qué era lo otro. La

baronesa le comprendió.

--¡Cómo! ¿Usted no sabe lo ocurrido aquí esta noche? Pero, ¡Dios mío,

cuán loca soy! Usted no puede saberlo, pues ninguno de mis amigos, ni

aun el padre Claudio, tiene noticia de lo sucedido.

--Pero, ¿qué ocurre, baronesa? ¿Otra desgracia, después de la muerte del

conde?

--Sí, Joaquinito. Mi hermana Enriqueta ha huído de casa esta misma

noche.

Quirós aún quedó más asombrado al escuchar aquello que al saber el

suicidio del conde.

Le resultaba el mayor de los absurdos la fuga de aquella joven tan

humilde y recatada, que él consideraba poco menos que tonta.

El inesperado suceso dejó absorto por mucho rato al joven, que vió por

el suelo sus más risueñas ilusiones. Después de esto resultaba imposible

aquel magnífico proyecto de casamiento que le había de hacer rico y

poderoso.

--¡Pero, baronesa! ¿Cómo ha sido eso?--preguntó Quirós, cuando se repuso

de aquella primera impresión.

--¡Dios mío! ¡Si yo misma no puedo explicármelo! ¿Quién había de esperar

semejante cosa de Enriqueta? Yo no puedo comprender qué idea ha

enloquecido a esa muchacha hasta el punto de hacerla abandonar su casa.

--¿Sabe Enriqueta la muerte de su padre?

--No; es decir, yo creo que no, pues nadie en esta casa le ha hecho la

menor indicación. Vea usted lo que ha sucedido.

Y la baronesa relató a Quirós la inmensa y dolorosa sorpresa que había

producido en la casa la desaparición de Enriqueta.

Justamente a las ocho de la noche había llegado de las posesiones que el

conde tenía en Castilla la antigua ama de llaves, Tomasa, a la cual la

baronesa seguía profesando un odio irreconciliable. Había hecho el viaje

alarmada por cierta carta que una persona de la servidumbre (la doncella

de la baronesa) la había enviado, dándola cuenta de la locura del conde

y acudía presurosa la sencilla aragonesa, creyendo que con su presencia

podía aliviar el triste estado de doña Fernanda.

La araña negra, t. 5/9 · 第 1 / 14 段