LUEGO llamó a todos, y Caridad entre ellos.
--Esto es, hijos míos, la última fiebre, el principio del fuego del
Purgatorio...
--Pero qué cosas dices, mamá...
--Sí; el fuego del Purgatorio, porque en el Infierno no hay fuego... el
Infierno es de hielo y nada más que de hielo. Se me está quemando la
carne... Y lo que siento es irme sin ver, sin conocer, al que ha de
llegar... o a la que ha de llegar... o a los que han de llegar...
--Vamos, mamá...
--Bueno, tú, Cari, cállate y no nos vengas ahora con vergüenza... Porque
yo querría contarles todo a los que me llaman... Vamos, no lloréis
así... Allí están... los tres...
--Pero no digas esas cosas...
--Ah, ¿queréis que os diga cosas de reir? Las tonterías ya nos las hemos
dicho Manolita y yo, las dos tontas de la casa, y ahora hay que hacer
esto como se hace en los libros...
--Bueno, ¡no hables tanto! El médico ha dicho que no se te deje hablar
mucho.
--¿Ya estás ahí tú, Ramiro? ¡El hombre! ¿El médico dices? ¿Y qué sabe el
médico? No le hagáis caso... Y además es mejor vivir una hora hablando
que dos días más en silencio. Ahora es cuando hay que hablar. Además,
así me distraigo y no pienso en mis cosas...
--Pues ya sabes que el padre Alvarez te ha dicho que pienses ahora en
tus cosas...
--Ah, ¿ya estás ahí tú, Elvira, la juiciosa? ¿Conque el padre Alvarez,
eh?... el del remedio... ¿Y qué sabe el padre Alvarez? ¡Otro médico!
¡Otro hombre! Además, yo no tengo cosas mías en que pensar... yo no
tengo mis cosas... Mis cosas son las vuestras... y las de ellos... las
de los que me llaman... Yo no estoy ni viva ni muerta... no he estado
nunca ni viva ni muerta... ¿Qué? ¿Qué dices tú ahí, Enriquín? Que estoy
delirando...
--No, no digo eso...
--Sí, has dicho eso, te lo he oído bien... se lo has dicho al oído a
Rosita... No ves que siento hasta el roce en el aire de las alas quietas
de Manolita. Pues si deliro... ¿qué?
--Que debes descansar...
--Descansar... descansar... ¡tiempo me queda para descansar!
--Pero no te destapes así...
--Si es que me abraso... Y ya sabes, Caridad, Tula, Tula como yo... y
él, el otro, Ramiro... Sí, son dos, él y ella, que estarán ahora
abrazaditos... al calorcito...
Callaron todos un momento. Y al oir la moribunda sollozos entrecortados
y contenidos, añadió:
--Bueno, ¡hay que tener ánimo! Pensad bien, bien, muy bien, lo que
hayáis de hacer, pensadlo muy bien... que nunca tengáis que arrepentiros
de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho... Y si veis que el que
queréis se ha caído en una laguna de fango y aunque sea en un pozo
negro, en un albañal, echaos a salvarle, aun a riesgo de ahogaros,
echaos a salvarle... que no se ahogue él allí... o ahogaros juntos... en
el albañal... servidle de remedio... sí, de remedio... ¿que morís entre
légamo y porquería? no importa... Y no podréis ir a salvar al compañero
volando sobre el ras del albañal porque no tenemos alas... no, no
tenemos alas... o son alas de gallina, de no volar... y hasta las alas
se mancharían con el fango que salpica el que se ahoga en él... No, no
tenemos alas... a lo más de gallina... no somos ángeles... lo seremos en
la otra vida... donde no hay fango... ni sangre! Fango hay en el
Purgatorio, fango ardiente, que quema y limpia... fango que limpia,
sí... En el Purgatorio les queman a los que no quisieron lavarse con
fango... sí, con fango... Les queman con estiércol ardiente... les lavan
con porquería... Es lo último que os digo, no tengáis miedo a la
podredumbre... Rogad por mí, y que la Virgen me perdone.
Le dió un desmayo. Al volver de él no coordinaba los pensamientos. Entró
luego en una agonía dulce. Y se apagó como se apaga una tarde de otoño
cuando las últimas razas del sol, filtradas por nubes sangrientas, se
derriten en las aguas serenas de un remanso del río en que se reflejan
los álamos--sanguíneo su follaje también--que velan a sus orillas.