XXIV

¿MURIÓ la tía Tula? No, sino que empezó a vivir en la familia, e

irradiando de ella, con una nueva vida más entrañada y más vivífica, con

la vida eterna de la familiaridad inmortal. Ahora era ya para sus hijos,

sus sobrinos, la Tía, no más que la Tía, ni _madre_ ya ni _mamá_, ni aun

tía Tula, sino sólo la Tía. Fué este nombre de invocación, de verdadera

invocación religiosa, como el canonizamiento doméstico de una santidad

de hogar. La misma Manolita, su más hija y la más heredera de su

espíritu, la depositaria de su tradición, no le llamaba sino la Tía.

Mantenía la unidad y la unión de la familia, y si al morir ella

afloraron a vista de todos, haciéndose patentes, divisiones intestinas

antes ocultas, alianzas defensivas y ofensivas entre los hermanos, fué

porque esas divisiones brotaban de la vida misma familiar que ella creó.

Su espíritu provocó tales disensiones y bajo de ellas y sobre ellas la

unidad fundamental y culminante de la familia. La tía Tula era el

cimiento y la techumbre de aquel hogar.

Formáronse en éste dos grupos: de un lado, Rosita, la hija mayor de

Rosa, aliada con Caridad, con su cuñada y no con su hermano, no con

Ramiro; de otro, Elvira, la segunda hija de Rosa, con Enrique, su

hermanastro, el hijo de la hospiciana, y quedaban fuera Ramiro y

Manolita. Ramiro vivía, o más bien se dejaba vivir, atento a su hijo y

al porvenir que podía depararle otros y a sus negocios civiles, y

Manolita, atenta a mantener el culto de la Tía y la tradición del hogar.

Manolita se preparaba a ser el posible lazo entre cuatro probables

familias venideras. Desde la muerte de la Tía habíase revelado. Guardaba

todo su saber, todo su espíritu; las mismas frases recortadas y

aceradas, a las veces repetición de las que oyó a la otra, la misma

doctrina, el mismo estilo y hasta el mismo gesto. «¡Otra

tía!»--exclamaban sus hermanos, y no siempre llevándoselo a bien. Ella

guardaba el archivo y el tesoro de la otra; ella tenía la llave de los

cajoncitos secretos de la que se fué en carne y sangre; ella guardaba,

con su muñeca de cuando niña, la muñeca de la niñez de la Tía, y algunas

cartas, y el devocionario y el breviario de don Primitivo; ella era en

la familia quien sabía los dichos y hechos de los antepasados dentro de

memoria: de don Primitivo, que nada era de su sangre; de la madre del

primer Ramiro; de Rosa; de su propia madre Manuela, la hospiciana--de

ésta no dichos ni hechos, sino silencios y pasiones--, ella era la

historia doméstica; por ella se continuaba la eternidad espiritual de la

familia. Ella heredó el alma de ésta, espiritualizada en la Tía.

¿Herencia? Se trasmite por herencia en una colmena el espíritu de las

abejas, la tradición abejil, el arte de la melificación y de la fábrica

del panal, la _abejidad_, y no se trasmite, sin embargo, por carne y por

jugos de ella. La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni

los zánganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar

panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron

trasmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus crías. La tradición

del arte de las abejas, de la fábrica del panal y el laboreo de la miel

y la cera, es, pues, colateral y no de trasmisión de carne, sino de

espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni fecundan huevecillos

ni los ponen. Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se lo había

enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida de las

abejas y la estudió y meditó, y hasta soñó sobre ella. Y una de las

frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la

Tía y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy

al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: «¡Cállate,

zángano!» Y zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía,

un sentido de largas y profundas resonancias. Sentido que sus hermanos

adivinaban.

La alianza entre Elvira, la hija del primer Ramiro que le costó la vida

a Rosa, su primera mujer, y Enrique, el hijo del pecado de aquél y de la

hospiciana, era muy estrecha. Queríanse los hermanastros más que

cualesquiera otros de los cinco entre sí. Siempre andaban en cuchicheos

y en secreteos. Y esta a modo de conjura desasosegábale a Manolita. No

que le doliera que su hermano uterino, el salido del mismo vientre de

donde ella salió, tuviese más apego a hermana nacida de otra madre, no;

sentía que a ella no había de apegársele ninguno de sus hermanos y

complacíase en ello. Pero aquel afecto más que fraternal le era

repulsivo.

--Ya estoy deseando--les dijo una vez--que uno de vosotros se enamore;

que tú, Enrique, te eches novia o que a ésta, a ti, Elvira, te pretenda

alguno...

--¿Y para qué?--preguntó ésta.

--Para que dejéis de andar así, de bracete por la casa, y con

cuentecitos al oído y carantoñas, arrumacos y lagoterías...

--Acaso entonces más...--dijo Enrique.

--¿Y cómo así?

--Porque ésta vendrá a contarme los secretos de su novio, ¿verdad,

Elvira?, y yo le contaré, ¡claro está!, los de mi novia...

--Sí, sí...--exclamó Elvira a punto de palmotear.

--Y os reiréis uno y otro del otro novio y de la otra novia, ¿no es

así?... ¡qué bonito!

--Bueno, ¿y qué diría a esto la Tía?--preguntó Elvira mirándole a

Manolita a los ojos.

--Diría que no se debe jugar con las cosas santas y que sois unos

chiquillos...

--Pues no repitas con la Tía--le arguyó Enrique--aquello del Evangelio

de que hay que hacerse niño para entrar en el reino de los cielos...

--¡Niño, sí! ¡Chiquillo, no!

--¿Y en qué se le distingue al niño del chiquillo...?

--¿En qué? En la manera de jugar.

--¿Cómo juega el chiquillo?

--El chiquillo juega a persona mayor. Los niños no son, como los

mayores, ni hombres ni mujeres, sino que son como los ángeles. Recuerdo

haberle oído decir a la Tía que había oído que hay lenguas en que el

niño no es ni masculino ni femenino, sino neutro...

--Sí--añadió Enrique--en alemán. Y la señorita es neutro...

--Pues esta señorita--dijo Manolita intentando, sin conseguirlo, teñir

de una sonrisa estas palabras--no es neutra...

--¡Claro que no soy neutra; pues no faltaba más...!

--¡Pero bueno, nada de chiquilladas!

--Chiquilladas, no; niñerías, eso, ¿no es eso?

--¡Eso es!

--Bueno, ¿y en qué las conoceremos?

--Basta, que no quiero deciros más. ¿Para qué? Porque hay cosas que al

tratar de decirlas se ponen más oscuras...

--Bien, bien, tiíta--exclamó Elvira abrazándola y dándole un beso--, no

te enfades así... ¿Verdad que no te enfadas, tiíta...?

--No; y menos porque me llames tiíta...

--Si lo hacía sin intención...

--Lo sé; pero eso es lo peligroso. Porque la intención viene después...

Enrique le hizo una carantoña a su hermana completa y cojiendo a la

otra, a la hermanastra, por debajo de un brazo, se la llevó consigo.

Y Manolita, viéndoles alejarse, quedó diciéndose: «¿Chiquillos? ¡En

efecto, chiquillos! ¿Pero he hecho bien en decirles lo que les he dicho?

¿He hecho bien, Tía?»--e invocaba mentalmente a la Tía.--«La intención

viene después... ¿No soy yo la que con mis reconvenciones voy a darles

una intención que les falta? Pero, ¡no, no! ¡Que no jueguen así! ¡Porque

están jugando...! ¡Y ojalá les salga pronto el novio a ella y la novia a

él!»

La Tía Tula (Novela) · 第 25 / 26 题