LA tía Tula no podía ya más con su cuerpo. El alma le revoloteaba dentro
de él, como un pájaro en una jaula que se desvencija, a la que deja con
el dolor de quien le desollaran, pero ansiando volar por encima de las
nubes. No llegaría a ver al nieto. ¿Lo sentía? «Allá arriba, estando con
ellos--soñaba--sabré cómo es, y si es niño o niña... o los dos... y lo
sabré mejor que aquí, pues desde allí arriba se ve mejor y más limpio lo
de aquí abajo.»
La última fiebre teníala postrada en cama. Apenas si distinguía a sus
sobrinos más que por el paso, sobre todo a Caridad y a Manolita. El paso
de aquélla, de Caridad, llegábale como el de una criatura cargada de
fruto y hasta le parecía oler a sazón de madurez. Y el de Manolita era
tan leve como el de un pajarito que no se sabe si corre o vuela a ras de
tierra. «Cuando ella entra--se decía la tía--siento rumor de alas caídas
y quietas.»
Quiso despedirse primero de ésta, a solas, y aprovechó un momento en que
vino a traerle la medicina. Sacó el brazo de la cama, lo alargó como
para bendecirla, y poniéndole la mano sobre la cabeza, que ella inclinó
con los claros ojos empañados, le dijo:
--¿Qué, palomita sin hiel, quieres todavía morirte...? ¡La verdad!
--Si con ello consiguiera...
--Que yo no me muera, ¿eh? No, no debes querer morirte... tienes a tu
hermano, a tus hermanos... Estuviste cerca de ello, pero me parece que
la prueba te curó de esas cosas... ¿No es así? Dímelo como en confesión,
que voy a contárselo a los nuestros...
--Sí, ya no se me ocurren aquellas tonterías...
--¿Tonterías? No, no eran tonterías. ¡Ah!, y ahora que dices eso de
tonterías, tráeme tu muñeca, porque la guardas, ¿no es así? Si, sé que
la guardas... Tráeme aquella muñeca, ¿sabes? Quiero despedirme de ella
también y que se despida de mí... ¿Te acuerdas? Vamos, ¿a que no te
acuerdas?
--Sí, madre, me acuerdo.
--¿De qué te acuerdas?
--De cuando se me cayó en aquel patín de la huerta y Elvira me llamaba
tonta porque lloraba tanto y me decía que de nada sirve llorar...
--Eso... eso... ¿y qué más? ¿Te acuerdas de más?
--Sí, del cuento que nos contaste entonces...
--¿A ver, qué cuento?
--De la niña que se le cayó la muñeca en un pozo seco adonde no podía
bajar a sacarla y se puso a llorar, a llorar, a llorar, y lloró tanto
que se llenó el pozo con sus lágrimas y salió flotando en ellas la
muñeca...
--¿Y qué dijo Elvirita a eso? ¿Qué dijo? Que no me acuerdo...
--Sí, sí se acuerda, madre...
--Bueno, ¿pues qué dijo?
--Dijo que la niña se quedaría seca y muerta de haber llorado tanto...
--¿Y yo qué dije?
--Por Dios, madre...
--Bueno, no lo digas, pero no llores así, palomita, no llores así...
que por mucho que llores no se llenará con tus lágrimas el pozo en que
voy cayendo y no saldré flotando...
--Si pudiera ser...
--¡Ah, sí! Si pudiera ser yo saldría a cojerte y llevarte conmigo...
Pero hay que esperar la hora. Y cuida de tus hermanos. Te los entrego a
ti, ¿sabes? a ti. Haz que no se den cuenta de que me he muerto.
--Haré todo lo que pueda...
--Y yo te ayudaré desde arriba.
--Que no se enteren de que me he muerto...
--Te rezaré, madre...
--A la Virgen, hija, a la Virgen...
--Te rezaré, madre, todas las noches antes de acostarme...
--Bueno, no llores así...
--Pero si no lloro, ¿no ves que no lloro?
--Para lavar los ojos cuando han visto cosas feas no está mal, pero tú
no has visto cosas feas, no puedes verlas...
--Y si es caso, cerrando los ojos...
--No, no, así se ven cosas más feas. Y pide por tu padre, por tu madre,
por mí... No olvides a tu madre...
--Si no la olvido...
--Como no la conociste...
--¡Sí, la conozco!
--Pero a la otra, digo, a la que te trajo al mundo.
--¡Sí, gracias a ti la conozco; a aquélla!
--¡Pobrecilla! Ella no había conocido a la suya...
--¡Su madre fuiste tú, lo sé bien!
--Bueno, pero no llores...
--¡Si no lloro!--y se enjugaba los ojos con el dorso de la mano
izquierda mientras con la otra temblorosa, sostenía el vaso de la
medicina.
--Bueno, y ahora trae a la muñeca, que quiero verla. ¡Ah! ¡Y allí en un
rincón de aquella arquita mía que tú sabes... ahí está la llave... sí,
ésa, ésa!... Allí donde nadie ha tocado más que yo, y tú alguna vez;
allí, junto a aquellos retratos, ¿sabes?, hay otra muñeca... la mía...
la que yo tenía siendo niña... mi primer cariño... ¿el primero?...
¡bueno! Tráemela también... Pero que no se entere ninguna de ésas, no
digan que son tonterías nuestras, porque las tontas somos nosotras...
Tráeme las dos muñecas, que me despida de ellas, y luego nos pondremos
serias para despedirnos de los otros... Vete, que me viene un mal
pensamiento--y se santiguó.
El mal pensamiento era que el susurro diabólico allá, en el fondo de las
entrañas doloridas con el dolor de la partida, le decía: «¡muñecos
todos!»