¿QUÉ le pasaba a la pobre Gertrudis que se sentía derretir por dentro?
Sin duda había cumplido su misión en el mundo. Dejaba a su sobrino
mayor, a su Ramiro, a su otro Ramiro, a cubierto de la peor tormenta,
embarcado en su barca de por vida, y a los otros hijos al amparo de él;
dejaba un hogar encendido y quien cuidase de su fuego. Y se sentía
deshacer. Sufría frecuentes embaimientos, desmayos, y durante días
enteros lo veía todo como en niebla, como si fuese bruma y humo todo. Y
soñaba; soñaba como nunca había soñado. Soñaba lo que habría sido si
Ramiro hubiese dejado por ella a Rosa. Y acababa diciéndose que no
habrían sido de otro modo las cosas. Pero ella había pasado por el mundo
fuera del mundo. El padre Alvarez creía que la pobre Gertrudis
chocheaba antes de tiempo, que su robusta inteligencia flaqueaba y que
flaqueaba al peso mismo de su robustez. Y tenía que defenderle de
aquellas sus viejas tentaciones.
Cuando un día se le acercó Caridad y, al oído, le dijo: «¡Madre...!», al
notarle el rubor que le encendía el rostro, exclamó: «¿Qué? ¿Ya?» «¡Sí,
ya!»--susurró la muchacha. «¿Estás segura?» «¡Segura; si no, no te lo
habría dicho!» Y Gertrudis, en medio de su goce, sintió como si una
espada de hielo le atravesase por medio el corazón. Ya no tenía qué
hacer en el mundo más que esperar al nieto, al nieto de los suyos, de su
Ramiro y su Rosa, a su nieto, e ir luego a darles la buena nueva. Ya
apenas se cuidaba más que de Caridad, que era quien para ella llenaba la
casa. Hasta de Manolita, de su obra, se iba descuidando, y la pobre niña
lo sentía; sentía que el esperado iba relegándole en la sombra.
--Ven acá--le decía Gertrudis a Caridad, cuando alguna vez se
encontraban a solas, ocasión que acechaba--, ven acá, siéntate aquí, a
mi lado... ¿Qué, le sientes, hija mía, le sientes?
--Algunas veces...
--¿No llama? ¿No tiene prisa por salir a luz, a la luz del sol? Porque
ahí dentro, a oscuras... aunque esté ello tan tibio, tan sosegado... ¿No
da empujoncitos? Si tarda no me va a ver... no le voy a ver... Es decir:
¡si tarda, no!, si me apresuro yo...
--Pero, madre, no diga esas cosas...
--¡_No digas_, hija! Pero me siento derretir... ya no soy para nada...
Veo todo como empañado... como en sueños... Si no lo supiera no podría
ahora decir si tu pelo es rubio o moreno...
Y le acariciaba lentamente la espléndida cabellera rubia. Y como si
viese con los dedos, añadía: «Rubia, rubia como el sol...»
--Si es chico, ya lo sabes, Ramiro, y si es chica... Rosa...
--No, madre, sino Gertrudis... Tula, mamá Tula.
--¡Tula... bueno...! Y mejor si fuese una pareja, mellizos, pero chico y
chica...
--¡Por Dios, madre!
--¿Qué? ¿Crees que no podrías con eso? ¿Te parece demasiado trabajo?
--Yo... no sé... no sé nada de eso, madre; pero...
--Sí, eso es lo perfecto, una parejita de gemelos... un chico y una
chica que han estado abrazaditos cuando no sabían nada del mundo, cuando
no sabían ni que existían; que han estado abrazaditos al calorcito del
vientre materno... Algo así debe de ser el cielo...
--¡Qué cosas se te ocurren, mamá Tula!
--No ves que me he pasado la vida soñando...
Y en esto, mientras soñaba así y como para guardar en su pecho este
último ensueño y llevarlo como viático al seno de la madre tierra, la
pobre Manolita cayó gravemente enferma. «¡Ah!, yo tengo la culpa--se
dijo Gertrudis--, yo que con esto de la parejita de mi ensueño me he
descuidado de esa pobre avecilla... Sin duda en un momento en que
necesitaba de mi arrimo ha debido de cojer algún frío...» Y sintió que
le volvían las fuerzas, unas fuerzas como de milagro. Se le despejó la
cabeza, y se dispuso a cuidar a la enferma.
--Pero, madre--le decía Caridad--, déjeme que le cuide yo, que le
cuidemos nosotras... entre yo, Rosita y Elvira le cuidaremos.
--No; tú no puedes cuidarla como es debido, no debes cuidarla... Tú te
debes al que llevas, a lo que llevas, y no es cosa de que por atender a
ésta malogres lo otro... y en cuanto a Rosita y Elvira, sí, son sus
hermanas, la quieren como tales, pero no entienden de eso, y además la
pobre, aunque se aviene a todo, no se halla sin mí... Un simple vaso de
agua que yo le sirva le hace más provecho que todo lo que los demás le
podáis hacer. Yo sola sé arreglarle la almohada de modo que no le duela
en ella la cabeza y que no tenga luego pesadillas...
--Sí, es verdad...
--¡Claro, yo la crié...! Y yo debo cuidarle.
Resucitó. Volvióle todo el luminoso y fuerte aplomo de sus días más
heroicos. Ya no le temblaba el pulso ni le vacilaban las piernas. Y
cuando teniendo el vaso con la pócima medicinal que a las veces tenía
que darle, la pobre enferma le posaba las manos febriles en sus manos
firmes y finas, pasaba sobre su enlace como el resplandor de un dulce
recuerdo, casi borrado para la encamada. Y luego se sentaba la tía Tula
junto a la cama de la enferma y se estaba allí, y ésta no hacía sino
mirarle en silencio.
--¿Me moriré, mamita?--preguntaba la niña.
--¿Morirte? ¡No, pobrecita alondra, no! Tú tienes que vivir...
--Mientras tú vivas...
--Y después... y después...
--Después... no... ¿para qué...?
--Pero las muchachas deben vivir...
--¿Para qué...?
--Pues... para vivir... para casarse... para criar familia...
--Pues tú no te casaste, mamita...
--No, yo no me casé; pero como si me hubiese casado... Y tú tienes que
vivir para cuidar de tu hermano...
--Es verdad... de mi hermano... de mis hermanos...
--Sí, de todos ellos...
--Pero si dicen, mamita, que yo no sirvo para nada...
--¿Y quién dice eso, hija mía?
--No, no lo dicen... no lo dicen... pero lo piensan...
--¿Y cómo sabes tú que lo piensan?
--¡Pues... porque lo sé! Y además, porque es verdad... porque yo no
sirvo para nada, y después de que tú te me mueras yo nada tengo que
hacer aquí... Si tú te murieras me moriría de frío...
--Vamos, vamos, arrópate bien y no digas esas cosas... Y voy a
arreglarte esa medicina...
Y fué a ocultar sus lágrimas y a echarse a los pies de su imagen de la
Virgen de la Soledad y a suplicarla: «¡Mi vida por la suya, Madre, mi
vida por la suya! Siente que yo me voy, que me llaman mis muertos, y
quiere irse conmigo; quiere arrimarse a mí, arropada por la tierra, allí
abajo, donde no llega la luz, y que yo le preste no sé qué calor... ¡Mi
vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Que no caiga tan pronto
esa cortina de tierra de las tinieblas sobre esos ojos en que la luz no
se quiebra, sobre esos ojos que dicen que son los míos, sobre esos ojos
sin mancha que le di yo... sí, yo... Que no se muera... que no se
muera... Sálvala, Madre, aunque tenga yo que irme sin ver al que ha de
venir...»
Y se cumplió su ruego.
La pobre niña enferma fué recobrando vida; volvieron los colores de rosa
a sus mejillas; volvió a mirar la luz del sol dando en el verdor de los
árboles del jardincito de la casa, pero la tía Tula cayó con una
broncopneumonía cojida durante la convalecencia de Manolita. Y entonces
fué ésta la que sintió que brotaba en sus entrañas un manadero de salud,
pues tenía que cuidar a la que le había dado vida.
Toda la casa vió con asombro la revelación de aquella niña.
--Di a Manolita--decía Gertrudis a Caridad--que no se afane tanto, que
aún estará débil... Tú tampoco, por supuesto; tú te debes a los tuyos,
ya lo sabes... Con Rosita y Elvira basta... Además, como todo ha de ser
inútil... Porque yo ya he cumplido...
--Pero, madre...
--Nada, lo dicho, y que esa palomita de Dios no se malgaste...
--Pero si se ha puesto tan fuerte... Jamás hubiese creído...
--Y ella que se quería morir y creía morirse... Y yo también lo temí...
¡Porque la pobre me parecía tan débil...! Claro, no conoció a su padre
que estaba ya herido de muerte cuando la engendró... y en cuanto a su
pobre madre, yo creo que siempre vivió medio muerta... ¡Pero esa chica
ha resucitado!
--¡Sí, al verte en peligro ha resucitado!
--¡Claro, es mi hija!
--¿Más?
--¡Sí, más! Te lo quiero declarar ahora que estoy en el zaguán de la
eternidad; si, más. ¡Ella y tú!
--¿Ella y yo?
--¡Sí, ella y tú! Y porque no tenéis mi sangre. Ella y tú. Ella tiene la
sangre de Ramiro, no la mía, pero la he hecho yo, ¡es obra mía! Y a ti
yo te casé con mi hijo.
--Lo sé...
--Sí, como le casé a su padre con su madre, con mi hermana, y luego le
volví a casar con la madre de Manolita...
--Lo sé... lo sé...
--Sé que lo sabes, pero no todo...
--No, todo no...
--Ni yo tampoco... O al menos no quiero saberlo. Quiero irme de este
mundo sin saber muchas cosas... Porque hay cosas que el saberlas
mancha... Eso es el pecado original, y la Santísima Virgen Madre nació
sin mancha de pecado original...
--Pues yo he oído decir que lo sabía todo...
--No, no lo sabía todo; no conocía la ciencia del mal... que es
ciencia...
--Bueno, no hables tanto, madre, que te perjudica...
--Más me perjudica cavilar, y si me callo cavilo... cavilo...