XX

LOGRÓ sacar a su sobrino de aquellas veleidades ascéticas y se puso a

vigilarle, a espiar la aparición del primer amor. «Fíjate bien, hijo--le

decía--y no te precipites, que una vez que hayas comprometido a una no

debes dejarla...»

--Pero, mamá, si no se trata de compromisos... Primero hay que probar...

--No, nada de pruebas; nada de esos noviazgos; nada de eso de «hablo con

Fulana». Todo seriamente...

En rigor la tía Tula había ya hecho, por su parte, su elección y se

proponía ir llevando dulcemente a su Ramirín a aquella que le había

escojido, a Caridad.

--Parece que te fijas en Carita--le dijo un día.

-¡Psé!

--Y ella en ti, si no me equivoco.

--Y tú en los dos, a lo que parece...

--¿Yo? Eso es cosa vuestra, hijo mío, cosa vuestra...

Pero les fué llevando el uno al otro, y consiguió su propósito. Y luego

se propuso casarlos cuanto antes. «Y que venga acá--decía--y viviremos

todos juntos, que hay sitio para todos... ¡Una hija más!»

Y cuando hubo llevado a Carita a su casa, como mujer de su sobrino, era

con ésta con la que tenía sus confidencias. Y era de quien trataba de

sonsacar lo íntimo de su sobrino.

Le obligó, ya desde un principio, a que le tutease y le llamase madre. Y

le recomendaba que cuidase sobre todo de la pequeñita, de la mansa,

tranquila y medrosica Manolita.

--Mira, Caridad--le decía--, cuida sobre todo de esa pobrecita, que es

lo más inocente y lo más quebradizo que hay y buena como el pan... Es mi

obra...

--Pero si la pobrecita apenas levanta la voz... si ni se le siente andar

por la casa... Parece como que tuviera vergüenza hasta de presentarse...

--Sí, sí, es así... Harto he hecho por infundirle valor, pero en no

estando arrimada a mí, cosida a mi falda, la pobrecita se encuentra como

perdida. ¡Claro, como criada con biberón!

--El caso es que es laboriosa, obediente, servicial, pero ¡habla tan

poco...! ¡Y luego no se la oye reir nunca...!

--Sólo alguna vez cuando está a solas conmigo, porque entonces es otra

cosa, es otra Manolita... entonces resucita... Y trato de animarla, de

consolarla, y me dice: «No te canses, mamita, que yo soy así... y

además, no estoy triste...»

--Pues lo parece...

--Lo parece, sí, pero he llegado a creer que no lo está. Porque yo, yo

misma, ¿qué te parezco, Carita, triste o alegre?

--Usted, tía...

--¿Qué es eso de usted y de tía?

--Bueno, tú, mamá, tú... pues no sé si eres triste o alegre, pero a mí

me pareces alegre...

--¿Te parezco así? ¡Pues basta!

--Por lo menos a mí me alegras...

--Y es a lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los demás.

--Pero para alegrar a los demás hay que estar alegre una...

--O no...

--¿Cómo no?

--Nada alegra más que un rayo de sol, sobre todo si da sobre la verdura

del follaje de un árbol, y el rayo de sol no está ni alegre ni triste, y

quién sabe... acaso su propio fuego le consume... El rayo de sol alegra

porque está limpio; todo lo limpio alegra... Y esa pobre Manolita debe

alegrarte, porque a limpia...

--¡Sí, eso sí! Y luego esos ojos que tiene, que parecen...

--Parecen dos estanques quietos entre verdura... Los he estado mirando

muchas veces y desde cerca. Y no sé de dónde ha sacado esos ojos... No

son de su madre, que tenía ojos de tísica, turbios de fiebre... ni son

los de su padre, que eran...

--¿Sabes de quién parecen esos ojos?

--¿De quién?--y Gertrudis temblaba al preguntarlo.

--¡Pues son tus ojos...!

--Puede ser... puede ser... No me los he mirado nunca de cerca ni puedo

vérmelos desde dentro, pero puede ser... puede ser... Al menos le he

enseñado a mirar...

La Tía Tula (Novela) · 第 21 / 26 题