FUERA de este cuidado maternal por la pobre criaturita de la muerte de
Manuela, cuidado que celaba una expiación y un culto místicos, y sin
desatender a los otros y esforzándose por no mostrar preferencias a
favor de los de su sangre, Gertrudis se preocupaba muy en especial de
Ramirín y seguía su educación paso a paso, vigilando todo lo que en él
pudiese recordar rasgos de su padre, a quien físicamente se parecía
mucho. «Así sería a su edad»--pensaba la tía y hasta buscó y llegó a
encontrar entre los papeles de su cuñado retratos de cuando éste era un
chicuelo y los miraba y remiraba para descubrir en ellos al hijo. Porque
quería hacer de éste lo que de aquél habría hecho a haberle conocido y
podido tomar bajo su amparo y crianza cuando fué un mozuelo a quien se
le abrían los caminos de la vida. «Que no se equivoque como él--se
decía--, que aprenda a detenerse para elegir, que no encadene la
voluntad antes de haberla asentado en su raíz viva, en el amor perfecto
y bien alumbrado, a la luz que le sea propia.» Porque ella creía que no
era al suelo, sino al cielo, a lo que había que mirar antes de plantar
un retoño; no al mantillo de la tierra, sino a las razas de lumbre que
del sol le llegaran, y que crece mejor el arbolito que prende sobre una
roca al solano dulce del mediodía que no el que sobre un mantillo
vicioso y graso se alza a la umbría. La luz era la pureza.
Fué con Ramirín aprendiendo todo lo que él tenía que aprender, pues le
tomaba a diario las lecciones. Y así satisfacía aquella ansia por saber
que desde niña le había aquejado y que hizo que su tío le comparase
alguna vez con Eva. Y de entre las cosas que aprendió con su sobrino y
para enseñárselas, pocas le interesaron más que la geometría. ¡Nunca lo
hubiese ella creído! Y es que en aquellas demostraciones de la
geometría, ciencia árida y fría al sentir de los más, encontraba
Gertrudis un no sabía qué de luminosidad y de pureza. Años después, ya
mayor Ramirín, y cuando el polvo que fué la carne de su tía reposaba
bajo tierra, sin luz de sol, recordaba el entusiasmo con que un día de
radiante primavera le explicaba cómo no puede haber más que cinco y sólo
cinco poliedros regulares; tres formados de triángulos: el tetraedro, de
cuatro; el octaedro, de ocho, y el icosaedro, de veinte; uno de
cuadrados: el cubo, de seis, y uno de pentágonos: el dodecaedro, de
doce. «¿Pero no ves qué claro?», me decía--contaba el sobrino--; «¿no lo
ves?, sólo cinco y no más que cinco, ni uno menos, ni uno más, ¡qué
bonito! ¡Y no puede ser de otro modo, tiene que ser así!», y al decirlo
me mostraba los cinco modelos en cartulina blanca, blanquísima, que ella
misma había construído, con sus santas manos, que eran prodigiosas para
toda labor, y parecía como si acabase de descubrir por sí misma la ley
de los cinco poliedros regulares... ¡pobre tía Tula! Y recuerdo que como
a uno de aquellos modelos geométricos le cayera una mancha de grasa,
hizo otro porque decía que con la mancha no se veía bien la
demostración. Para ella la geometría era luz y pureza.
En cambio huyó de enseñarle anatomía y fisiología. «Esas son
porquerías--decía--y en que nada se sabe de cierto ni de claro.»
Y lo que sobre todo acechaba era el alborear de la pubertad en su
sobrino. Quería guiarle en sus primeros descubrimientos sentimentales y
que fuese su amor primero el último y el único. «¿Pero es que hay un
primer amor?», se preguntaba a sí misma sin acertar a responderse.
Lo que más temía era las soledades de su sobrino. La soledad, no siendo
a toda luz, la temía. Para ella no había más soledad santa que la del
sol y la de la Virgen de la Soledad cuando se quedó sin su Hijo, el Sol
del Espíritu. «Que no se encierre en su cuarto--pensaba--, que no esté
nunca, a poder ser, solo; hay soledad que es la peor compañía; que no
lea mucho sobre todo, que no lea mucho; y que no se esté mirando
grabados.» No temía tanto para su sobrino a lo vivo cuanto a lo muerto,
a lo pintado. «La muerte viene por lo muerto»--pensaba.
Confesábase Gertrudis con el confesor de Ramirín, y era para, dirigiendo
al director del muchacho en la dirección de éste, ser ella la que de
veras le dirigiese. Y por eso en sus confesiones hablaba más que de sí
misma de su hijo mayor, como le llamaba. «Pero es, señora, que usted
viene aquí a confesar sus pecados y no los de otros»--le tuvo que decir
alguna vez el padre Alvarez, a lo que ella contestó: «Y si ese chico es
mi pecado...»
Cuando una vez creyó observar en el muchacho inclinaciones ascéticas,
acaso místicas, acudió alarmada al padre Alvarez.
--¡Eso no puede ser, padre!
--Y si Dios le llamase por ese camino...
--No, no le llama por ahí; lo sé, lo sé mejor que usted y desde luego
mejor que él mismo; eso es... la sensualidad que se le despierta...
--Pero, señora...
--Sí, anda triste, y la tristeza no es señal de vocación religiosa. ¡Y
remordimiento no puede ser! ¿De qué...?
--Los juicios de Dios, señora...
--Los juicios de Dios son claros. Y esto es oscuro. Quítele eso de la
cabeza. ¡El ha nacido para padre y yo para abuela!
--¡Ya salió aquello!
--¡Sí, ya salió aquello!
--¡Y cómo le pesa a usted eso! Líbrese de ese peso... Me ha dicho cien
veces que había ahogado ese mal pensamiento...
--¡No puedo, padre, no puedo! Que ellos, que mis hijos--porque son mis
hijos, mis verdaderos hijos--que ellos no lo sepan, que no lo sepan,
padre, que no lo adivinen...
--Cálmese, señora, por Dios, cálmese... y deseche esas aprensiones...
esas tentaciones del Demonio, se lo he dicho cien veces... Sea la que
es... la tía Tula que todos conocemos y veneramos y admiramos...; sí,
admiramos...
--¡No, padre, no! ¡Usted lo sabe! Por dentro soy otra...
--Pero hay que ocultarlo...
--Sí, hay que ocultarlo, sí; pero hay días en que siento ganas de reunir
a sus hijos, a mis hijos...
--¡Sí, suyos, de usted!
--¡Sí, yo madre, como usted... padre!
--Deje eso, señora, deje eso...
--Sí, reunirles y decirles que toda mi vida ha sido una mentira, una
equivocación, un fracaso...
--Usted se calumnia, señora. Esa no es usted, usted es la otra... la que
todos conocemos... la tía Tula...
--Yo le hice desgraciado, padre; yo le hice caer dos veces: una con mi
hermana, otra vez con otra...
--¿Caer?
--¡Caer, sí! ¡Y fué por soberbia!
--No, fué por amor, por verdadero amor...
--Por amor propio, padre--y estalló a llorar.