CORRIERON unos años apacibles y serenos. La orfandad daba a aquel hogar,
en el que de nada de bienestar se carecía, una íntima luz espiritual de
serena calma. Apenas si había que pensar en el día de mañana. Y seguían
en él viviendo, con más dulce imperio que cuando respirando llenaban con
sus cuerpos sus sitios, los tres que le dieron a Gertrudis masa con que
fraguarlo, Ramiro y sus dos mujeres de carne y hueso. De continuo
hablaba Gertrudis de ellos a sus hijos. «¡Mira que te está mirando tu
madre!» o «¡Mira que te ve tu padre!» Eran sus dos más frecuentes
amonestaciones. Y los retratos de los que se fueron presidían el hogar
de los tres.
Los niños, sin embargo, íbanlos olvidando. Para ellos no existían sino
en las palabras de mamá Tula, que así la llamaban todos. Los recuerdos
directos del mayorcito, de Ramirín, se iban perdiendo y fundiendo en los
recuerdos de lo que de ellos oía contar a su tía. Sus padres eran ya
para él una creación de ésta.
Lo que más preocupaba a Gertrudis era evitar que entre ellos naciese la
idea de una diferencia, de que había dos madres, de que no eran sino
medio hermanos. Mas no podía evitarlo. Sufrió en un principio la
tentación de decirles que las dos, Rosa y Manuela, eran, como ella
misma, madres de todos ellos, pero vió la imposibilidad de mantener
mucho tiempo el equívoco; y, sobre todo, el amor a la verdad, un amor en
ella desenfrenado, le hizo rechazar tal tentación al punto.
Porque su amor a la verdad confundíase en ella con su amor a la pureza.
Repugnábanle esas historietas corrientes con que se trata de engañar la
inocencia de los niños, como la de decirles que los traen a este mundo
desde París, donde los compran. «¡Buena gana de gastar el dinero en
tonto!»--había dicho un niño que tenía varios hermanos y a quien le
dijeron que a un amiguito suyo le iban a traer pronto un hermanito sus
padres. «Buena gana de gastar mentiras en balde»--se decía Gertrudis;
añadiéndose: «toda mentira es cuando menos en balde».
--Me han dicho que soy hijo de una criada de mi padre; que mi mamá fué
criada de la mamá de mis hermanos.
Así fué diciendo un día a casa el hijo de Manuela. Y la tía Tula, con su
voz más seria y delante de todos, le contestó:
--Aquí todos sois hermanos, todos sois hijos de un mismo padre y de una
misma madre, que soy yo.
--¿Pues no dices, mamita, que hemos tenido otra madre?
--La tuvisteis, pero ahora la madre soy yo; ya lo sabéis. ¡Y que no se
vuelva a hablar de eso!
Mas no lograba evitar el que se trasparentara que sentía preferencias. Y
eran por el mayor, el primogénito, Ramirín, al que engendró su padre
cuando aún tuviera reciente en el corazón el cardenal del golpe que le
produjo el haber tenido que escojer entre las dos hermanas, o mejor el
haber tenido que aceptar de mandato de Gertrudis a Rosa, y por la
pequeñuela, por Manolita, pálido y frágil botoncito de rosa que hacía
temer lo hiciese ajarse un frío o un ardor tempranos.
De Ramirín, del mayor, una voz muy queda, muy sumisa, pero de un susurro
sibilante y diabólico, que Gertrudis solía oir que brotaba de un rincón
de las entrañas de su espíritu--y al oirla se hacía, santiguándose, una
cruz sobre la frente y otra sobre el pecho, ya que no pudiese taparse
los oídos íntimos de aquélla y de éste--de Ramirín decíale ese tentador
susurro que acaso cuando le engendró su padre soñaba más en ella, en
Gertrudis, que en Rosa. Y de Manolita, de la hija de la muerte de la
hospiciana, se decía que sin su decisión de casar segunda vez a Ramiro,
sin aquel haberle obligado a redimir su pecado y a rescatar a la víctima
de él, a la pobre Manuela, no viviría el pálido y frágil botoncito.
¡Y lo que le costó criarla! Porque el primer hijo de Ramiro y Manuela
fué criado por ésta, por su madre. La cual, sumisa siempre como una res,
y ayudada a la vez por su natural instinto, no intentó siquiera
rehusarlo a pesar de la endeblez de su carne, pero fué con el hombre,
fué con el marido, con quien tuvo que bregar Gertrudis. Porque Ramiro,
viendo la flaqueza de su pobre mujer, procuró buscar nodriza a su hijo.
Y fué Gertrudis la que le obligó a casarse con aquélla, quien se plantó
en firme en que había de ser la madre misma quien criara al hijo. «No
hay leche como la de la madre»--repetía, y al redargüir su cuñado: «Sí,
pero es tan débil que corren peligro ella y el niño, y éste se criará
enclenque», replicaba implacable la soberana del hogar: «¡Pretextos y
habladurías! Una mujer a la que se le puede alimentar, puede siempre
criar y la naturaleza ayuda, y en cuanto al niño, te repito que la mejor
leche es la de la madre, si no está envenenada.» Y luego, bajando la
voz, agregaba: «Y no creo que le hayas envenenado la sangre a tu mujer.»
Y Ramiro tenía que someterse. Y la querella terminó un día en que a
nuevas instancias del hombre, que vió que su nueva mujer sufrió un
vahido, para que le desahijaran el hijo, la soberana del hogar,
cojiéndole aparte, le dijo: «¡Pero qué empeño, hombre! Cualquiera
creería que te estorba el hijo...»
--¿Cómo que me estorba el hijo...? No lo comprendo...
--¿No lo comprendes? ¡Pues yo sí!
--Como no te expliques...
--¿Que me explique? ¿Te acuerdas de lo de aquel bárbaro de Pascualón, el
guarda de tu cortijo de Majadalaprieta?
--¿Qué? ¿Aquello que comentamos de la insensibilidad con que recibió la
muerte de su hijo...?
--Sí.
--¿Y qué tiene que ver esto con aquello? Por Dios, Tula...
--Que a mí aquello me llegó al fondo del alma, me hirió profundamente y
quise averiguar la raíz del mal...
--Tu manía de siempre...
--Sí, ya me decía el pobre tío que yo era como Eva, empeñada en conocer
la ciencia del bien y del mal.
--¿Y averiguaste...?
--Que a aquel... hombre...
--¿Ibas a decir...?
--Que a aquel hombre, digo, le estorbaba el niño para más cómodamente
disponer de su mujer. ¿Lo entiendes?
--¡Qué barbaridad!
Pero ya Ramiro tuvo que darse por vencido y dejó que su Manuela criara
al niño mientras Gertrudis lo dispusiese así.
Y ahora se encontraba ésta con que tenía que criar a la pequeñuela, a la
hija de la muerte, y que forzosamente había de dársela a una madre de
alquiler, buscándole un pecho mercenario. Y esto le horrorizaba.
Horrorizábale porque temía que cualquier nodriza, y más si era soltera,
pudiese tener envenenada, con la sangre, la leche, y abusase de su
posición. «Si es soltera--se decía--, ¡malo! Hay que vigilarla para que
no vuelva al novio o acaso a otro cualquiera, y si es casada, malo
también, y peor aún si dejó al hijo propio para criar el ajeno.» Porque
esto era lo que sobre todo le repugnaba. Vender el jugo maternal de las
propias entrañas para mantener mal, para dejarlos morir acaso de hambre,
a los propios hijos, era algo que le causaba dolorosos retortijones en
las entrañas maternales. Y así es como se vió desde un principio en
conflicto con las amas de cría de la pobre criatura, y teniendo que
cambiar de ellas cada cuatro días. ¡No poder criarle ella misma! Hasta
que tuvo que acudir a la lactancia artificial.
Pero el artificio se hizo en ella arte, y luego poesía, y por fin más
profunda naturaleza que la del instinto ciego. Fué un culto, un
sacrificio, casi un sacramento. El biberón, ese artefacto industrial,
llegó a ser para Gertrudis el símbolo y el instrumento de un rito
religioso. Limpiaba los botellines, cocía los pisgos cada vez que los
había empleado, preparaba y esterilizaba la leche con el ardor recatado
y ansioso con que una sacerdotisa cumpliría un sacrificio ritual. Cuando
ponía el pisgo de caucho en la boquita de la pobre criatura, sentía que
le palpitaba y se le encendía la propia mama. La pobre criatura posaba
alguna vez su manecita en la mano de Gertrudis, que sostenía el frasco.
Se acostaba con la niña, a la que daba calor con su cuerpo, y contra
éste guardaba el frasco de la leche por si de noche se despertaba
aquélla pidiendo alimento. Y se le antojaba que el calor de su carne,
enfebrecida a ratos por la fiebre de la maternidad virginal, de la
virginidad maternal, daba a aquella leche industrial una virtud de vida
materna y hasta que pasaba a ella, por misterioso modo, algo de los
ensueños que habían florecido en aquella cama solitaria. Y al darle de
mamar, en aquel artilugio, por la noche, a oscuras y a solas las dos,
poníale a la criaturita uno de sus pechos estériles, pero henchidos de
sangre, al alcance de las manecitas para que siquiera las posase sobre
él mientras chupaba el jugo de vida. Antojábasele que así una vaga y
dulce ilusión animaría a la huérfana. Y era ella, Gertrudis, la que así
soñaba. ¿Qué? Ni ella misma lo sabía bien.
Alguna vez la criaturita se vomitó sobre aquella cama, limpia siempre
hasta entonces como una patena, y de pronto sintió Gertrudis la punzada
de la mancha. Su pasión morbosa por la pureza, de que procedía su culto
místico a la limpieza, sufrió entonces, y tuvo que esforzarse para
dominarse. Comprendía, sí, que no cabe vivir sin mancharse y que aquella
mancha era inocentísima, pero los cimientos de su espíritu se conmovían
dolorosamente con ello. Y luego le apretaba a la criaturita contra sus
pechos pidiéndole perdón en silencio por aquella tentación de su
pureza.