XVII

GERTRUDIS, molesta por las insinuaciones de don Juan, el médico, que

menudeaba las visitas para los niños, y aun pretendió verla a ella como

enferma, cuando no sabía que adoleciese de cosa alguna, le anunció un

día hallarse dispuesta a cambiar de médico.

--¿Cómo así, Gertrudis?

--Pues muy claro: le observo a usted singularidades que me hacen temer

que está entrando en la chochera de una vejez prematura, y para médico

necesitamos un hombre con el seso bien despejado y despierto.

--Muy bien; pues que ha llegado el momento, usted me permitirá que le

hable claro.

--Diga lo que quiera, don Juan, mas en la inteligencia de que es lo

último que dirá en esta casa.

--¡Quién sabe!...

--Diga.

--Yo soy viudo y sin hijos, como usted sabe, Gertrudis. Y adoro a los

niños.

--Pues vuélvase usted a casar.

--A eso voy.

--¡Ah! ¿Y busca usted consejo de mí?

--Busco más que consejo.

--¿Que le encuentre yo novia?

--Yo soy médico, le digo, y no sólo no tuve hijos de mi mujer, que era

viuda, y perdimos el que ella me trajo al matrimonio, ¡aún le lloro al

pobrecillo!, sino que sé, sé positivamente, sé con toda seguridad, que

no he de tener nunca hijos propios, que no puedo tenerlos. Aunque no por

eso, claro está, me sienta menos hombre que otro cualquiera; ¿usted me

entiende, Gertrudis?

--Quisiera no entenderle a usted, don Juan.

--Para acabar, yo creo que a estos niños, a estos sobrinos de usted y a

los otros dos acaso...

--Son tan sobrinos para mí como los otros, más bien hijos.

--Bueno, pues que a estos hijos de usted, ya que por tales les tiene, no

les vendría mal un padre, y un padre no mal acomodado y hasta

regularmente rico.

--¿Y eso es todo?

--Sí, que yo creo que hasta necesitan padre.

--Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que está en los cielos.

--Y como madre usted, que es la representante de la Madre Santísima, ¿no

es eso?

--Usted lo ha dicho, don Juan, y por última vez en esta casa.

--¿De modo que...?

--Que toda esa historia de la necesidad que siente de tener hijos y de

su incapacidad para tenerlos, ¿le he entendido bien, don Juan?

--Perfectamente, y esto último, por supuesto, quede entre los dos.

--No seré yo quien le estorbe otro matrimonio. Y esa historia, digo, no

me ha convencido de que usted busque hijos que adoptar, que eso le será

muy fácil y casándose, sino que me busca a mí y me buscaría aunque

estuviese sola y hubiésemos de vivir solos y sin hijos; ¿le he

entendido, don Juan? ¿Me entiende usted?

--Cierto es, Gertrudis, que si estuviese sola lo mismo me casaría con

usted, si usted lo quisiera, ¡claro!, porque yo soy muy claro, muy

claro, y es usted la que me atrae; pero en ese caso nos quedaba el

adoptar hijos de cualquier modo, aunque fuese sacándolos del Hospicio.

Pues ya he podido ver que usted, como yo, se muere por los niños y que

los necesita y los busca y los adora.

--Pero ni usted ni nadie ha visto, don Juan, que yo haya sido y sea

incapaz de hacerlos; nadie puede decir que yo sea estéril, y no vuelva a

poner los pies en esta casa.

--¿Por qué, Gertrudis?

--¡Por puerco!

Y así se despidieron para siempre.

Mas luego que le hubo así despachado entróle una desdeñosa lástima, un

lastimero desdén de aquel hombre. «¿No le he tratado con demasiada

dureza?--se decía--. El hombre me sacaba de quicio, es cierto; sus

miradas me herían más que sus palabras, pero debí tratarle de otro modo.

El pobrecillo parece que necesita remedio, pero no el que él busca, sino

otro, un remedio heroico y radical.» Pero cuando supo que don Juan se

remediaba empezó a pensar si era, en efecto, calor de hogar lo que

buscaba, aunque bien pronto dió en otra sospecha que le sublevó aún más

el corazón. «¡Ah--se dijo--, lo que necesita es una de casa, una que le

cuide, que le ponga sobre la cama la ropa limpia, que haga que se le

prepare el puchero... peor, peor que el remedio, peor aún! ¡Cuando una

no es remedio es animal doméstico y la mayor parte de las veces ambas

cosas a la vez! Estos hombres... ¡O porquería o poltronería! ¡Y aún

dicen que el cristianismo redimió nuestra suerte, la de las mujeres!» Y

al pensar esto, acordándose de su buen tío, se santiguó diciéndole:

«¡No, no lo volveré a pensar...!»

¿Pero quién enfrenaba a un pensamiento que mordía en el fruto de la

ciencia del mal? «¡El cristianismo, al fin, y a pesar de la Magdalena,

es religión de hombres--se decía Gertrudis--; masculinos el Padre, el

Hijo y el Espíritu Santo...!» ¿Pero y la Madre? La religión de la Madre

está en: «He aquí la criada del Señor; hágase en mí según tu palabra» y

en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que embriaga

y alegra y hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: «¿Qué tengo

yo que ver contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.» ¿Qué tengo que

ver contigo...? Y llamarle mujer y no madre... Y volvió a santiguarse,

esta vez con verdadero temblor. Y es que el demonio de su guarda--así

creía ella--le susurró: «¡Hombre al fin!»

La Tía Tula (Novela) · 第 18 / 26 题