GERTRUDIS, molesta por las insinuaciones de don Juan, el médico, que
menudeaba las visitas para los niños, y aun pretendió verla a ella como
enferma, cuando no sabía que adoleciese de cosa alguna, le anunció un
día hallarse dispuesta a cambiar de médico.
--¿Cómo así, Gertrudis?
--Pues muy claro: le observo a usted singularidades que me hacen temer
que está entrando en la chochera de una vejez prematura, y para médico
necesitamos un hombre con el seso bien despejado y despierto.
--Muy bien; pues que ha llegado el momento, usted me permitirá que le
hable claro.
--Diga lo que quiera, don Juan, mas en la inteligencia de que es lo
último que dirá en esta casa.
--¡Quién sabe!...
--Diga.
--Yo soy viudo y sin hijos, como usted sabe, Gertrudis. Y adoro a los
niños.
--Pues vuélvase usted a casar.
--A eso voy.
--¡Ah! ¿Y busca usted consejo de mí?
--Busco más que consejo.
--¿Que le encuentre yo novia?
--Yo soy médico, le digo, y no sólo no tuve hijos de mi mujer, que era
viuda, y perdimos el que ella me trajo al matrimonio, ¡aún le lloro al
pobrecillo!, sino que sé, sé positivamente, sé con toda seguridad, que
no he de tener nunca hijos propios, que no puedo tenerlos. Aunque no por
eso, claro está, me sienta menos hombre que otro cualquiera; ¿usted me
entiende, Gertrudis?
--Quisiera no entenderle a usted, don Juan.
--Para acabar, yo creo que a estos niños, a estos sobrinos de usted y a
los otros dos acaso...
--Son tan sobrinos para mí como los otros, más bien hijos.
--Bueno, pues que a estos hijos de usted, ya que por tales les tiene, no
les vendría mal un padre, y un padre no mal acomodado y hasta
regularmente rico.
--¿Y eso es todo?
--Sí, que yo creo que hasta necesitan padre.
--Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que está en los cielos.
--Y como madre usted, que es la representante de la Madre Santísima, ¿no
es eso?
--Usted lo ha dicho, don Juan, y por última vez en esta casa.
--¿De modo que...?
--Que toda esa historia de la necesidad que siente de tener hijos y de
su incapacidad para tenerlos, ¿le he entendido bien, don Juan?
--Perfectamente, y esto último, por supuesto, quede entre los dos.
--No seré yo quien le estorbe otro matrimonio. Y esa historia, digo, no
me ha convencido de que usted busque hijos que adoptar, que eso le será
muy fácil y casándose, sino que me busca a mí y me buscaría aunque
estuviese sola y hubiésemos de vivir solos y sin hijos; ¿le he
entendido, don Juan? ¿Me entiende usted?
--Cierto es, Gertrudis, que si estuviese sola lo mismo me casaría con
usted, si usted lo quisiera, ¡claro!, porque yo soy muy claro, muy
claro, y es usted la que me atrae; pero en ese caso nos quedaba el
adoptar hijos de cualquier modo, aunque fuese sacándolos del Hospicio.
Pues ya he podido ver que usted, como yo, se muere por los niños y que
los necesita y los busca y los adora.
--Pero ni usted ni nadie ha visto, don Juan, que yo haya sido y sea
incapaz de hacerlos; nadie puede decir que yo sea estéril, y no vuelva a
poner los pies en esta casa.
--¿Por qué, Gertrudis?
--¡Por puerco!
Y así se despidieron para siempre.
Mas luego que le hubo así despachado entróle una desdeñosa lástima, un
lastimero desdén de aquel hombre. «¿No le he tratado con demasiada
dureza?--se decía--. El hombre me sacaba de quicio, es cierto; sus
miradas me herían más que sus palabras, pero debí tratarle de otro modo.
El pobrecillo parece que necesita remedio, pero no el que él busca, sino
otro, un remedio heroico y radical.» Pero cuando supo que don Juan se
remediaba empezó a pensar si era, en efecto, calor de hogar lo que
buscaba, aunque bien pronto dió en otra sospecha que le sublevó aún más
el corazón. «¡Ah--se dijo--, lo que necesita es una de casa, una que le
cuide, que le ponga sobre la cama la ropa limpia, que haga que se le
prepare el puchero... peor, peor que el remedio, peor aún! ¡Cuando una
no es remedio es animal doméstico y la mayor parte de las veces ambas
cosas a la vez! Estos hombres... ¡O porquería o poltronería! ¡Y aún
dicen que el cristianismo redimió nuestra suerte, la de las mujeres!» Y
al pensar esto, acordándose de su buen tío, se santiguó diciéndole:
«¡No, no lo volveré a pensar...!»
¿Pero quién enfrenaba a un pensamiento que mordía en el fruto de la
ciencia del mal? «¡El cristianismo, al fin, y a pesar de la Magdalena,
es religión de hombres--se decía Gertrudis--; masculinos el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo...!» ¿Pero y la Madre? La religión de la Madre
está en: «He aquí la criada del Señor; hágase en mí según tu palabra» y
en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que embriaga
y alegra y hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: «¿Qué tengo
yo que ver contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.» ¿Qué tengo que
ver contigo...? Y llamarle mujer y no madre... Y volvió a santiguarse,
esta vez con verdadero temblor. Y es que el demonio de su guarda--así
creía ella--le susurró: «¡Hombre al fin!»