GERTRUDIS, que se había instalado en casa de su hermana desde que ésta
dió por última vez a luz y durante su enfermedad última, le dijo un día
a su cuñado:
--Mira, voy a levantar mi casa.
El corazón de Ramiro se puso al galope.
--Sí--añadió ella--, tengo que venir a vivir con vosotros y a cuidar de
los chicos. No se le puede, además, dejar aquí sola a esa buena pécora
del ama.
--Dios te lo pague, Tula.
--Nada de Tula, ya te lo tengo dicho; para ti soy Gertrudis.
--¿Y qué más da?
--Yo lo sé.
--Mira, Gertrudis...
--Bueno, voy a ver qué hace el ama.
A la cual vigilaba sin descanso. No le dejaba dar el pecho al pequeñito
delante del padre de éste, y le regañaba por el poco recato y mucha
desenvoltura con que se desabrochaba el seno.
--Si no hace falta que enseñes eso así; en el niño es en quien hay que
ver si tienes o no leche abundante.
Ramiro sufría y Gertrudis le sentía sufrir.
--¡Pobre Rosa!--decía de continuo.
--Ahora los pobres son los niños y es en ellos en quienes hay que
pensar...
--No basta, no. Apenas descanso. Sobre todo por las noches la soledad me
pesa; las hay que las paso en vela.
--Sal después de cenar, como salías de casado últimamente, y no vuelvas
a casa hasta que sientas sueño. Hay que acostarse con sueño.
--Pero es que siento un vacío...
--¿Vacío teniendo hijos?
--Pero ella es insustituíble...
--Así lo creo... Aunque vosotros los hombres...
--No creí que la quería tanto...
--Así nos pasa de continuo. Así me pasó con mi tío y así me ha pasado
con mi hermana, con tu Rosa. Hasta que ha muerto tampoco yo he sabido lo
que la quería. Lo sé ahora en que cuido a sus hijos, a vuestros hijos. Y
es que queremos a los muertos en los vivos...
--¿Y no acaso a los vivos en los muertos...?
--No sutilicemos.
Y por las mañanas, luego de haberse levantado Ramiro, iba su cuñada a la
alcoba y abría de par en par las hojas del balcón diciéndose: «para que
se vaya el olor a hombre». Y evitaba luego encontrarse a solas con su
cuñado, para lo cual llevaba siempre algún niño delante.
Sentada en la butaca en que solía sentarse la difunta, contemplaba los
juegos de los pequeñuelos.
--Es que yo soy chico y tú no eres más que chica--oyó que le decía un
día, con su voz de trapo, Ramirín a su hermanita.
--Ramirín, Ramirín--le dijo la tía--, ¿qué es eso? ¿Ya empiezas a ser
bruto, a ser hombre?
Un día llegó Ramiro, llamó a su cuñada y le dijo:
--He sorprendido tu secreto, Gertrudis.
--¿Qué secreto?
--Las relaciones que llevabas con Ricardo, mi primo.
--Pues bien, sí, es cierto; se empeñó, me hostigó, no me dejaba en paz y
acabó por darme lástima.
--Y tan oculto que lo teníais...
--¿Para qué declararlo?
--Y sé más.
--¿Qué es lo que sabes?
--Que le has despedido.
--También es cierto.
--Me ha enseñado él mismo tu carta.
--¿Cómo? No le creía capaz de eso. Bien he hecho en dejarle: ¡hombre al
fin!
Ramiro, en efecto, había visto una carta de su cuñada a Ricardo, que
decía así:
«Mi querido Ricardo: No sabes bien qué días tan malos estoy pasando
desde que murió la pobre Rosa. Estos últimos han sido terribles y no he
cesado de pedir a la Virgen Santísima y a su Hijo que me diesen fuerzas
para ver claro en mi porvenir. No sabes bien con cuánta pena te lo digo,
pero no pueden continuar nuestras relaciones; no puedo casarme. Mi
hermana me sigue rogando desde el otro mundo que no abandone a sus
hijos y que les haga de madre. Y puesto que tengo estos hijos a que
cuidar, no debo ya casarme. Perdóname, Ricardo, perdónamelo, por Dios, y
mira bien por qué lo hago. Me cuesta mucha pena porque sé que habría
llegado a quererte y, sobre todo, porque sé lo que me quieres y lo que
sufrirás con esto. Siento en el alma causarte esta pena, pero tú que
eres bueno, comprenderás mis deberes y los motivos de mi resolución y
encontrarás otra mujer que no tenga mis obligaciones sagradas y que te
pueda hacer más feliz que yo habría podido hacerte. Adiós, Ricardo, que
seas feliz y hagas felices a otros, y ten por seguro que nunca, nunca te
olvidará