AHORA, ahora que se había quedado viudo era cuando Ramiro sentía todo lo
que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de
sus consuelos, el mayor, era recojerse en aquella alcoba en que tanto
habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.
Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento
reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma
siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la
conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de
recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma.
Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de
Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo
ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre
novios, sino a medir sus palabras.
Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas
de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era éste tan sencillo,
tan trasparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado
ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y
extendida ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al
aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven
las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu
de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol
de que aquél era el manantial cerrado.
Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a Ramiro las
escamas de la vista, y purificada ésta vió claro con el corazón. Rosa no
era una hermosura cual él se la había creído y antojado, sino una figura
vulgar, pero con todo el más dulce encanto de la vulgaridad recojida y
mansa; era como el pan de cada día, como el pan casero y cotidiano y no
un raro manjar de turbadores jugos. Su mirada que sembraba paz, su
sonrisa, su aire de vida, eran encarnación de un ánimo sedante,
sosegado y doméstico. Tenía su pobre mujer algo de planta en la
silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con
los ojos y derramarla luego convertida en paz; tenía algo de planta en
aquella fuerza velada y a la vez poderosa con que de continuo, momento
tras momento, chupaba jugos de las entrañas de la vida común ordinaria y
en la dulce naturalidad con que abría sus perfumadas corolas.
¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la
perseguía él por la casa toda fingiendo un triunfo para cobrar como
botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cojerle la cara con
ambas manos y estarse en silencio mirándole al alma por los ojos y,
sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella ciñéndole con
los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón le
decía: «¡Calla, déjale que hable!»
Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos
de luto a que se asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: «Sois
unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no
es esa la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se
instituyó para casar, dar gracia a los casados y que críen hijos para el
cielo.»
¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó
un mes y otro y algunos más, y al no notar señal ni indicio de que
hubiese fructificado aquel amor, «¿tendría razón--decíase
entonces--Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido
y mujer y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto
de la bendición del amor justo?» Pero lo que más le molestaba entonces,
recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso
hubiese quien le creyera a él, por eso de no haber podido hacer hijos,
menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que
cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor
propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses
justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o
no tenerlos debía de depender--decíase entonces--de la mayor o menor
fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay
enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por
conveniencias de fortuna y ventura, que se carguen de críos. Pero--y
esto sí que lo recordaba bien ahora--pero para explicárselo había
fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y conciente, de
cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y
otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los
mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y justos,
amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría
lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar
el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y
oscuro de la noche y susurrándola una y otra vez al oído en letanía un
rosario de: «¿me quieres, me quieres, Rosa?», mientras a ella se la
escapaban síes desfallecidos. Aquello fué una locura, una necia locura,
de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando
serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando
le fué anunciado el hijo. Fué un trasporte loco... ¡había vencido! Y
entonces fué cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.
El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores
amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en
quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No
amor, sino mejor cariño. Eso de amor--decíase Ramiro ahora--sabe a
libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el _yo te amo_; en la
vida de carne y sangre y hueso el entrañable _¡te quiero!_ y el más
entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin
nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más
de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los
masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración
no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio
apartado y recojido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo
todo votivamente con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser
el comer y el beber y el pasearse y el jugar y el leer y el escribir y
el conversar y hasta el dormir, y rezo todo, y nuestra vida un continuo
y mudo «¡hágase tu voluntad!» y un incesante «¡venga a nos el tu reino!»
no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó
de la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por
maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara
a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fué,
que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo
había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que
le fué como el aire que se respira y al que no se le siente sino en
momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase
Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío
del amor pasado y vivido.
Al principio de su matrimonio fué, sí, el imperio del deseo; no podía
juntar carne con carne sin que la suya se le encendiese y alborotase y
empezara a martillarle el corazón, pero era porque la otra no era aún de
veras y por entero suya también; pero luego, cuando ponía su mano sobre
la carne desnuda de ella, era como si en la propia la hubiese puesto,
tan tranquilo se quedaba; mas también si se la hubiesen cortado habríale
dolido como si se la cortaran a él. ¿No sintió acaso en sus entrañas los
dolores de los partos de su Rosa?
Cuando la vió gozar, sufriendo al darle su primer hijo, es cuando
comprendió cómo es el amor más fuerte que la vida y que la muerte, y
domina la discordia de éstas; cómo el amor hace morirse a la vida y
vivir la muerte; cómo él vivía ahora la muerte de su Rosa y se moría en
su propia vida. Luego, al ver al niño dormido y sereno, con los labios
en flor entreabiertos vió al amor hecho carne que vive. Y allí, sobre la
cuna, contemplando a su fruto, traía a sí a la madre, y mientras el niño
sonreía en sueños palpitando sus labios, besaba él a Rosa en la corola
de sus labios frescos y en la fuente de paz de sus ojos. Y le decía
mostrándole dos dedos de la mano: «¡Otra vez, dos, dos...!» Y ella:
«¡No, no, ya no más, uno y no más!» Y se reía. Y él: «¡Dos, dos, me ha
entrado el capricho de que tengamos dos melguizos, una parejita, niño y
niña!» Y cuando ella volvió a quedarse encinta, a cada paso y tropezón,
él: «¡Qué cargado viene eso! ¡Qué granazón! ¡Me voy a salir con la mía;
por lo menos, dos!» «¡Uno, el último, y basta!», replicaba ella riendo.
Y vino el segundo, la niña, Tulita, y luego que salió con vida, cuando
descansaba la madre, la besó larga y apretadamente en la boca, como en
premio, diciéndose: «¡bien has trabajado, pobrecilla!»; mientras Rosa,
vencedora de la muerte y de la vida, sonreía con los domésticos ojos
apacibles.
¡Y murió!; aunque pareciese mentira, se murió. Vino la tarde terrible
del combate último. Allí estuvo Gertrudis, mientras el cuidado de la
pobrecita niña que desfallecía de hambre se lo permitió, sirviendo
medicinas inútiles, componiendo la cama, animando a la enferma,
encorazonando a todos. Tendida en el lecho que había sido campo de donde
brotaron tres vidas, llegó a faltarle el habla y las fuerzas, y cojida
de la mano a la mano de su hombre, del padre de sus hijos, mirábale como
el navegante, al ir a perderse en el mar sin orillas, mira al lejano
promontorio, lengua de la tierra nativa, que se va desvaneciendo en la
lontananza y junto al cielo; en los trances del ahogo miraban sus ojos,
desde el borde la eternidad, a los ojos de su Ramiro. Y parecía aquella
mirada una pregunta desesperada y suprema, como si a punto de partirse
para nunca más volver a tierra, preguntase por el oculto sentido de la
vida. Aquellas miradas de congoja reposada, de acongojado reposo,
decían: «Tú, tú que eres mi vida, tú que conmigo has traído al mundo
nuevos mortales, tú que me has sacado tres vidas, tú, mi hombre, dime,
¿esto qué es?» Fué una tarde abismática. En momentos de tregua, teniendo
Rosa entre sus manos, húmedas y febriles, las manos temblorosas de
Ramiro, clavados en los ojos de éste sus ojos henchidos de cansancio de
vida, sonreía tristemente, volviéndolos luego al niño, que dormía allí
cerca, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un hilito de
voz: «¡No despertarle, no!, ¡que duerma, pobrecillo!, ¡que duerma... que
duerma hasta hartarse, que duerma!» Llególe por último el supremo
trance, el del tránsito, y fué como si en el brocal de las eternas
tinieblas, suspendida sobre el abismo, se aferrara a él, a su hombre,
que vacilaba sintiéndose arrastrado. Quería abrirse con las uñas la
garganta la pobre, mirábale despavorida, pidiéndole con los ojos aire;
luego, con ellos le sondó el fondo del alma, y soltando su mano cayó en
la cama donde había concebido y parido sus tres hijos. Descansaron los
dos; Ramiro, aturdido, con el corazón acorchado, sumergido como en un
sueño sin fondo y sin despertar, muerta el alma, mientras dormía el
niño. Gertrudis fué quien, viniendo con la pequeñita al pecho, cerró
luego los ojos a su hermana, la compuso un poco y fuese después a cubrir
y arropar mejor al niño dormido y a trasladarle en un beso la tibieza
que con otro recojió de la vida que aún tendía sus últimos jirones sobre
la frente de la rendida madre.
Pero, ¿murió acaso Rosa? ¿Se murió de veras? ¿Podía haberse muerto
viviendo él, Ramiro? No; en sus noches, ahora solitarias, mientras se
dormía solo en aquella cama de la muerte y de la vida y del amor, sentía
a su lado el ritmo de su respiración, su calor tibio, aunque con una
congojosa sensación de vacío. Y tendía la mano, recorriendo con ella la
otra mitad de la cama, apretándola algunas veces. Y era lo peor que,
cuando recojiéndose se ponía a meditar en ella, no se le ocurrieran sino
cosas de libro, cosas de amor de libro y no de cariño de vida, y le
escocía que aquel robusto sentimiento, vida de su vida y aire de su
espíritu, no se le cuajara más que en abstractas lucubraciones. El dolor
se le espiritualizaba, vale decir que se le intelectualizaba, y sólo
cobraba carne, aunque fuera vaporosa, cuando entraba Gertrudis. Y de
todo esto sacábale una de aquellas vocecitas frescas que piaba: «¡Papá!»
Ya estaba, pues, allí, ella, la muerta inmortal. Y luego, la misma
vocecita: «¡Mamá!» Y la de Gertrudis, gravemente dulce, respondía:
«¡Hijo!»
No, Rosa, su Rosa, no se había muerto, no era posible que se le hubiese
muerto; la mujer estaba allí, tan viva como antes, y derramando vida en
torno; la mujer no podía morir.