* * * * *
--Y ahora--añadió Ramiro--, a pesar de esto Ricardo quiere verte.
--¿Es que yo me oculto acaso?
--No, pero...
--Dile que venga cuando quiera a verme a esta nuestra casa.
--Nuestra casa, Gertrudis, nuestra...
--Nuestra, sí, y de nuestros hijos...
--Si tú quisieras...
--¡No hablemos de eso!--y se levantó.
Al siguiente día se le presentó Ricardo.
--Pero, por Dios, Tula.
--No hablemos más de eso, Ricardo, que es cosa hecha.
--Pero, por Dios--y se le quebró la voz.
--¡Sé hombre, Ricardo, sé fuerte!
--Pero es que ya tienen padre...
--No basta; no tienen madre... es decir, sí la tienen.
--Puede él volver a casarse.
--¿Volverse a casar él? En ese caso los niños se irán conmigo. Le
prometí a su madre, en su lecho de muerte, que no tendrían madrastra.
--¿Y si llegases a serlo tú, Tula?
--¿Cómo yo?
--Sí, tú; casándote con él, con Ramiro.
--¡Eso nunca!
--Pues yo sólo así me lo explico.
--Eso nunca, te he dicho; no me expondría a que unos míos, es decir, de
mi vientre, pudiesen mermarme el cariño que a ésos tengo. ¿Y más hijos,
más? Eso nunca. Bastan éstos para bien criarlos.
--Pues a nadie le convencerás, Tula, de que no te has venido a vivir
aquí por eso.
--Yo no trato de convencer a nadie de nada. Y en cuanto a ti, basta que
yo te lo diga.
Se separaron para siempre.
--¿Y qué?--le preguntó luego Ramiro.
--Que hemos acabado; no podía ser de otro modo.
--Y que has quedado libre...
--Libre estaba, libre estoy, libre pienso morirme.
--Gertrudis... Gertrudis--y su voz temblaba a súplica.
--Le he despedido porque me debo, ya te lo dije, a tus hijos, a los
hijos de Rosa...
--Y tuyos... ¿no dices así?
--¡Y míos, sí!
--Pero si tú quisieras...
--No insistas; ya te tengo dicho que no debo casarme ni contigo ni con
otro menos.
--¿Menos?--y se le abrió el pecho.
--Sí, menos.
--¿Y cómo no fuiste monja?
--No me gusta que me manden.
--Es que en el convento en que entrases serías tú la abadesa, la
superiora.
--Menos me gusta mandar. ¿Ramirín?
El niño acudió al reclamo. Y cojiéndole su tía le dijo: «¡vamos a jugar
al escondite, rico!»
--Pero Tula...
--Te he dicho--y para decirle esto se le acercó, teniendo cojido de la
mano al niño, y se lo dijo al oído--que no me llames Tula, y menos
delante de los niños. Ellos sí, pero tú no. Y ten respeto a los
pequeños.
--¿En qué les falto al respeto?
--En dejar así al descubierto delante de ellos tus instintos...
--Pero si no comprenden...
--Los niños lo comprenden todo; más que nosotros. Y no olvidan nada. Y
si ahora no lo comprende, lo comprenderá mañana. Cada cosa de estas que
ve u oye un niño es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da
fruto. ¡Y basta!