ESCENA XI.

CLARA Y EUGENIA.

CLARA.

Por cierto, casa y adorno,

Todo, Eugenia, está extremado.

EUGENIA.

A mí no me ha parecido

Sino de la corte el asco.

CLARA.

¿Por qué?

EUGENIA.

Cuanto á lo primero,

Porque este, Clara, es el barrio

Donde de la corte habitan

Los pájaros solitarios.

A los pozos de la nieve

Casa mi padre ha tomado:

¡Fresca vecindad! Agosto

Le agradezca el agasajo.

CLARA.

Por la quietud y el jardin

Lo haría.

EUGENIA.

¡Lindos cuidados!

¿Quietud y jardin? Para eso

Yuste está juntico á Cuacos.

Pero en Madrid, ¿qué quietud

Hay como el ruido? y ¿qué cuadro,

Aunque con más tulipanes

Que trajo extranjero mayo,

Como una calle que tenga

Gente, coches y caballos,

Llena de lodo el invierno,

Llena de polvo el verano,

Donde una mujer se esté

De la celosía en los lazos,

Al estribo de un balcon,

A todas horas paseando?—

Pues ¿qué los adornos?

CLARA.

¿No es

De terciopelo este estrado

Y sillas y con su alfombra,

De granadillo y damasco

Estas camas, los tapices

De buena estofa, y los cuadros

De buen gusto, y el demas

Menaje, Eugenia, ordinario,

Limpio y nuevo? Pues ¿qué quieres?

EUGENIA.

Buenos son; pero diez años

De Indias son mucho mejores.

Yo pensaba que el adagio

De tener el padre alcalde,

Era niño comparado

Con la suma dignidad

De tener el padre indiano.

Fuera de que entre estas cosas

Que tú me encareces tanto,

La mejor cuadra y mejor

Alhaja es la que no hallo.

CLARA.

¿Cuáles son?

EUGENIA.

Coche y cochera,

Que ella en invierno y verano

Es la mejor galería,

Y el más hermoso trasto.

¿Qué Indias hay donde no hay coche?

¡Aquí de Dios y sus santos!

¿Que ensayados trae, no ha escrito,

Muchos pesos? Pues veamos,

Si no han de hacer su papel,

¿Para qué se han ensayado?

CLARA.

¿Ni áun á tu padre reserva

La sátira de tus labios?

¡Jesus mil veces!

EUGENIA.

¡Mala hija!

Vivir quisiera mil años,

Sólo por ver si me logro.

CLARA.

Advierte, Eugenia, que estamos

Ya en la corte, y que el despejo,

El brío y el desenfado

Del buen gusto, aquí es delito;

Que aquí dan los cortesanos

Estatua al honor, de cera,

Y á la malicia, de mármol.

No digo que no sea bueno

Lo galante y lo bizarro;

Pero ¿qué importa si no

Lo parece? Y no es tan malo

No ser bueno y parecerlo,

Como serlo y no mostrarlo.

El honor de una mujer,

Y más mujer sin estado,

Al más fácil accidente

Suele enfermar, y no hay ampo

De nieve que más aprisa

Aje su tez al contacto

De cualquiera: planta no hay,

Que padezca los desmayos

Mas presto; que sin el cierzo,

Basta á marchitarla el austro.

Cuantos tus versos celebran,

Cuantos tus donaires, cuantos

Tu ingenio, son los primeros,

Eugenia, que al mismo paso

Que te lisonjean el gusto,

Te murmuran el recato,

Rematando en menosprecio

Lo mismo que empieza aplauso.

Y una mujer como tú

No ha de exponerse á los daños

De que parezca delito

Nada, ni le sea notado

Hacer profesion de risa,

Que tan presto ha de ser llanto.

¿Hasta hoy en carta de dote,

Eugenia, ha capitulado

La gracia?

EUGENIA.

_Quam mihi et vobis_

_Præstare_ se te ha olvidado,

Para acabar el sermon

Con todos sus aparatos.

Y para que de una vez

Demos al tema de mano,

Has de saber, Clara, que

Los _non fagades_ de antaño

Que hablaron con las doncellas

Y las demas deste caso,

Con las calzas atacadas

Y los cuellos se llevaron

A Simancas, donde yacen

Entre mugrientos legajos.

Don Escrúpulo de honor

Fué un pesadísimo hidalgo,

Cuyos privilegios ya

Ne se lên de puro rancios.

Yo he de vivir en la corte

Sin melindres y sin ascos

Del qué dirán, porque sé

Que no dirán que hice agravio

A mi pundonor; y así,

Derribado al hombro el manto,

Descollada la altivez,

Atento el desembarazo,

Libre la cortesanía,

He de correr á mi salvo

Los siempre tranquilos golfos

De calle Mayor y Prado,

Cosaria de cuantos puertos

Hay desde Atocha á Palacio.

Uso nuevo no ha de haber

Que no le estrene mi garbo:

¿Amiga sin coche? Tate;

Y ¿sin chocolate estrado?

No en mis dias; porque sé

Que es el consejo más sano

El mejor amigo el coche,

Y él el mejor agasajo.

Las fiestas no ha de saberlas

Mejor que yo el calendario:

Desde el Ángel á San Blas,

Desde el Trapillo á Santiago.

Si picaren en el dote

Los amantes cortesanos,

Que enamorados de sí

Más que de mí enamorados,

Me festejen, has de ver

Que al retortero los traigo,

Haciendo gala el rendirlos,

Y vanidad el dejarlos.

Todo esto quiero que tengas,

Clara, entendido; y si acaso

Vieres en mí...

CLARA.

¿Qué he de ver,

Si áun de escucharte me espanto?

ESCENA XII.

DON ALONSO, _muy alegre_.—CLARA, EUGENIA.

D. ALON.

¡Eugenia! ¡Clara!

LAS DOS.

Señor.

D. ALON.

Pediros albricias puedo.

LAS DOS.

¿De qué?

D. ALON.

De la mejor dicha,

Mayor bien, mayor contento

Que sucederme pudiera,

Despues de llegar á veros.

Don Toribio Cuadradillos,

Hijo mayor y heredero

De mi hermano, mayorazgo

Del solar de mis abuelos,

Llegará al punto: una posta

Que se adelantó, me ha hecho

Relacion de que ahora queda

Muy cerca de aquí.

EUGENIA.

Por cierto

Que pensé que habia venido,

Segun tu encarecimiento,

Algun plenipotenciario

Con la paz del universo.

D. ALON.

_(Llamando.)_

Mari-Nuño.

ESCENA XIII.

MARI-NUÑO; _despues_ BRÍGIDA Y OTÁÑEZ.—DICHOS.

MARI-NU.

¿Qué me mandas?

D. ALON.

Aderécese al momento

Aquese cuarto de abajo,

Y esté aliñado y compuesto.—

Tú, ¡Brígida!... _(Llamando.)_

_(Sale Brígida.)_ Saca ropa

De la excusada.

BRÍGIDA.

Ya tengo

Un azafate, que pueden

Beber su holanda los vientos.

_(Vanse Mari-Nuño y Brígida.)_

D. ALON.

_(Llamando.)_

¡Otáñez! _(Sale Otáñez.)_

OTÁÑEZ.

Señor...

D. ALON.

Buscad

Algo de regalo presto,

Para que coma en llegando. _(Vase Otáñez.)_

Y á las dos, hijas, os ruego

Le agasajeis mucho. Ved

Que es vuestra cabeza; y creo

Que será la más dichosa

La que le tenga por dueño,

Pues será escudera suya

La otra. (_Ap._ Así inclinar pretendo

A Eugenia.)

EUGENIA.

Yo desa dicha

Pocas esperanzas tengo,

Que Clara es mayor.

CLARA.

¿Qué importa,

Si es más tu merecimiento?

EUGENIA.

¿Falsedad conmigo, Clara?

D. ALON.

Ya en el portal hay estruendo.

Oid.

ESCENA XIV.

DON TORIBIO, OTÁÑEZ.—DON ALONSO Y SUS HIJAS.

D. TORIB.

_(Dentro.)_ ¿Vive aquí un señor tio

Que yo en esta corte tengo,

Con dos hijas, por más señas

Con quien á casarme vengo,

De dos la una, como apuesta?

OTÁÑEZ.

_(Dentro.)_ Esta es la casa.

D. ALON.

Yo creo

Que es él sin duda. Llegad

Conmigo al recibimiento.

_(Pasan los tres desde la sala al recibimiento, que está en el fondo

del teatro.)_

D. TORIB.

_(Dentro.)_ ¿Y está acá?

OTÁÑEZ.

_(Dentro.)_ En casa está.

D. TORIB.

_(Dentro.)_ Pues

Ten ese estribo, Lorenzo.

_(Don Alonso va á encontrarse con Don Toribio; Eugenia y Clara miran

por la puerta hácia afuera.)_

EUGENIA.

¡Jesus! ¡qué rara figura!

CLARA.

Tú tienes razon por cierto.

EUGENIA.

¡Ay, que consintió mi hermana

En murmuracion!

_(Vuelve Don Alonso con Don Toribio, vestido de camino ridículamente.)_

D. ALON.

Contento,

Sobrino y señor, de ver

Que haya concedido el cielo

Esta ventura á mi casa,

Salgo alegre á conoceros

Por mayor pariente della.

D. TORIB.

Pues bien poco haceis en eso;

Que en el valle de Toranzos,

Desde tamañito, tengo

El ser cabeza mayor

Adonde quiera que llego.

D. ALON.

Llegad: ved que vuestras primas

Desean mucho conoceros,

Y han salido á recibiros.

D. TORIB.

Razonables primas tengo.

CLARA.

Vos seais muy bien venido.

D. TORIB.

Tanto favor agradezco.

D. ALON.

¿Cómo venís?

D. TORIB.

Muy cansado;

Que traigo un macho, os prometo,

De tan mal asiento, que

Me ha hecho á mí de mal asiento.

_(Pasan del recibimiento á la sala.)_

D. ALON.

Miéntras de comer os dan.

Sentaos.

D. TORIB.

¿No será más bueno

El trocarlo, y que me den

De comer miéntras me siento?

Pero por no ser porfiado, _(Siéntase.)_

Que os senteis los tres os ruego;

Que yo de cualquier manera

Estoy bien.

CLARA.

_(Ap.)_ ¡Lindo despejo!

EUGENIA.

_(Ap. á Clara.)_ ¿Esta es mi cabeza?

CLARA.

Sí.

EUGENIA.

En aqueste instante creo,

Cierto, que soy loca, pues

Tan mala cabeza tengo.

D. TORIB.

Finalmente, primas mias,

Como digo de mi cuento,

Parece que sois hermosas,

Ahora que caigo en ello;

Y tanto, que ya me pesa

Que seais á la par tan bellos

Ángeles.

LAS DOS.

¿Por qué?

D. TORIB.

Porque...

Mas explíqueme un ejemplo

Escriben los naturales

Que puesto un borrico en medio

De dos piensos de cebada,

Se deja morir primero

Que haga del uno eleccion,

Por más que los mire hambriento:

Yo así en medio de las dos,

Que sois mis mejores piensos,

No sabiendo á cuál llegue ántes,

Me quedaré de hambre muerto.

D. ALON.

¡Oh sencillez de mi patria,

Cuánto de hallarte me huelgo!

CLARA.

¡Buen concepto y cortesano!

EUGENIA.

_(Ap.)_ De borrico es, por lo ménos.

D. TORIB.

Mas remedio hay para todo.

¿No ha de traerse, á lo que entiendo,

Tio, una dispensacion,

Por razon del parentesco,

Para la una?

D. ALON.

Claro está.

D. TORIB.

Pues traigan dos, que yo quiero

Dar el dinero doblado;

Y desa suerte, en teniendo

Para cada una la suya,

Casaré con ambas. Pero

¡Ah sí! que se me olvidaba.

¿Cómo estais, saber deseo,

Vos y mis señoras primas?

D. ALON.

Muy alegre y muy contento

De ver mi casa y mis hijas,

Y á vos, para que seais dueño

Del fruto de mis trabajos.

D. TORIB.

Eso y mucho más merezco.

Si vierais mi ejecutoria,

Primas mias, os prometo

Que se os quitaran mil canas.

¡Vestida de terciopelo

Carmesí, y allí pintados

Mis padres y mis abuelos,

Como unos santicos de Horas!...

En las alforjas la tengo.

Esperad, iré por ella,

Para que veais que no os miento.

ESCENA XV.

MARI-NUÑO.—DICHOS.

MARI-NU.

La comida está en la mesa.

_(Espántase Don Toribio de ver á Mari-Nuño.)_

D. TORIB.

¡Ay, señor tio! ¿qué es esto?

¿Trajisteis este animal

De las Indias? que no creo

Que es hombre ni mujer, y habla.

D. ALON.

Es dueña.

D. TORIB.

¿Y es mansa?

MARI-NU.

_(Ap. á Eugenia.)_ Ingenio

Cerril tiene el primo.

EUGENIA.

No es,

Sino tonto por extremo.

D. ALON.

Cómo queda vuestro padre

Y su casa, saber quiero.

D. TORIB.

No me haga mal hijodalgo

De comedias, si me acuerdo.

MARI-NU.

La mesa está puesta.

D. TORIB.

¿Y dónde

Teneis la mesa?

MARI-NU.

Allá dentro.

D. TORIB.

No sé si lo crea.

MARI-NU.

¿Por qué?

D. TORIB.

Porque la instruccion que tengo

Es, que no me crea de dueñas.

Pero yo lo veré presto.

Perdonadme, que no soy

Amigo de cumplimientos. _(Vase.)_

ESCENA XVI.

DON ALONSO, CLARA, EUGENIA, MARI-NUÑO.

CLARA.

_(Ap.)_ ¡Lindo primo, por mi vida!

MARI-NU.

_(Ap.)_ Él no es galan; pero es puerco.

EUGENIA.

_(Ap.)_ Las guardas de peste ¿cómo

Entrar le dejaron dentro?

D. ALON.

¿De qué estais tristes las dos?

LAS DOS.

Yo de nada.

D. ALON.

Ya os entiendo.

¡Os habrá el estilo y traje

Desagradado! Pues esto

Es lo más y lo mejor

Que tiene: vereis cuán presto

Le mejoran corte y trato.

Los más vienen así, y luégo

Son los más agudos. Mas

Explicaros cuán contento

Y alegre estoy, no es posible,

De ver que vuelva á mis nietos

La casa de mis mayores.

Don Toribio ¡vive el cielo!

Se ha de casar con la una,

Sin pensar la otra por eso

Que no ha de casar con otro

Como él; porque no quiero

Que lo que á mí me ha costado

Tanta fatiga y anhelos,

Me malbarate un mocito

Que gaste en medias de pelo

Más que vale un mayorazgo.

Si viera por un sombrero

De castor dar veinte ó treinta

Reales de á ocho yo á mi yerno

Sacados de mi sudor,

Perdiera mi entendimiento;

Y así no hay que hablar, sino

Persuadiros desde luego

Que este y otro como este

Han de ser esposos vuestros. _(Vase.)_

CLARA.

Primero pierda la vida.

EUGENIA.

La vida no; mas primero

Me quedaré sin casar,

Que es más encarecimiento.

JORNADA SEGUNDA.

_Sala en casa de Don Félix._

ESCENA PRIMERA.

DON FÉLIX, DON JUAN, HERNANDO.

D. FÉLIX.

¿Cómo habeis, Don Juan, pasado

La noche?

D. JUAN.

¿Cómo pudiera,

Don Félix, en vuestra casa,

Sino muy bien, puesto que ella

De mi tristeza no tiene

La culpa?

D. FÉLIX.

Pues ¿qué tristeza

Es la que ahora os aflige?

D. JUAN.

No sé cómo os la encarezca.

Desde el instante que ví

Esa divina belleza

Que áun en mi memoria vive

A pesar de tanta ausencia,

Todas aquellas cenizas,

Que entre olvidadas pavesas

Aun no juzgué que eran humo.

Llama han sido: de manera

Que conocí que han estado

En ocioso fuego envueltas,

Tibias, pero no apagadas;

Calladas, pero no muertas.

No volví á verla ayer tarde,

Porque no volvió á la reja;

Y así, hoy con la esperanza

De que siendo hoy dia de fiesta

No dejará de salir,

He madrugado por verla.

A la puerta de la calle

Voy á esperar que amanezca

Segundo sol para mí.

Vos haced, por vida vuestra,

Puesto que no importa el caso,

Que nada Don Pedro entienda. _(Vase.)_

D. FÉLIX.

¿Habrá hombre tan necio como

El que hallar memorias piensa

En una mujer, al cabo

De tantos años de ausencia?

HERNAN.

Déjale que con su engaño

Viva.

D. FÉLIX.

Un cortesano, que era,

Decia, el engaño la cosa

Que más y que ménos cuesta.

Veamos estotro doliente

En qué estado está, ya que esta

Casa, de locos de amor

Se ha vuelto convalecencia.

ESCENA II.

DON PEDRO.—DON FÉLIX, HERNANDO.

D. FÉLIX.

¿Qué hay, Don Pedro? Buenos dias.

D. PED.

Fuerza será que lo sean,

Recibiéndolos de vos

Y en vuestra casa, por vuestra,

Y por la dicha de estar

Mis esperanzas tan cerca.

No crêreis cuánto gozoso

Y ufano estoy de que sea

Vuestra vecina esta dama;

Pues con eso, cosa es cierta

Que para verla, Don Félix,

Dos mil ocasiones tenga;

Y por no perder ninguna

Voy á esperarla á la puerta,

Pues sin duda que hoy á misa

Habrá de salir por fuerza.

D. FÉLIX.

En ella Don Juan aguarda.

D. PED.

Así se hará la deshecha

Mejor, paseándonos todos.

Vos, aunque llevaros quiera

A otra parte, no vais; pero

De suerte que nada entienda. _(Vanse.)_

* * * * *

_Calle._

ESCENA III.

DON FÉLIX Y DON PEDRO, _encontrándose con_ DON JUAN.

D. FÉLIX.

¿Qué haceis, Don Juan?

D. JUAN.

Esperaros

Para saber á qué iglesia

Quereis que vamos á misa.

(_Ap. á él._ De aquí no hagamos ausencia.)

D. PED.

Lo mismo le decia yo.

Vamos adonde os parezca.—

No os vais, Don Félix, de aquí. _(Ap. á él.)_

D. FÉLIX.

(_Ap._ Desta suerte fácil fuera

Servir un hombre á dos amos,

Mandando una cosa mesma.)

Vuesarcedes, caballeros

Muy enamorados, ¿piensan

Que no hay más que irse y llevarme

Cada cual á su querencia?

Pues no ¡vive Dios! que hoy

Se han de estar donde yo quiera;

Que quiero yo enamorar

Tambien un dia en conversa.

Y así, hasta que mis vecinas

Salgan y vamos tras ellas,

Para ver la que me toca

Festejar (pues cosa es cierta

Que yo la que quiero más,

Es la que tengo más cerca),

No se ha de ir de aquí ninguno.

D. PED.

Por mí sea norabuena.

D. JUAN.

Por mí tambien.

D. PED.

_(Ap. á Don Félix.)_ ¡Lindamente

Habeis hecho la deshecha

Con Don Juan!

D. JUAN.

_(Ap. á Don Félix.)_ ¡Bien con Don Pedro

Desmentido habeis mis penas!

D. FÉLIX.

_(Ap.)_ Más lo hago por saber

Si es que es la dama una mesma.

Y si es la que de las dos...

Mas no prosiga mi lengua;

Que es tarde para que á mí

Beldad alguna me venza.

D. JUAN.

Pues ya que quereis, Don Félix,

Que os asistamos, no sea

Tan de balde, que no os cueste

El pagarnos una deuda

Que nos debeis.

D. PED.

Es verdad,

Y es famosa ocasion esta,

Pues sólo para hacer hora

Son las relaciones buenas.

D. FÉLIX.

Yo me huelgo, pues así

Hablaré un rato siquiera,

Sin que á la mano me vayan

Con amor, celos y ausencia.

—Con el general contento,

Madrid, digno á su fineza,

A su lealtad y su amor,

Oyó las felices nuevas

De las bodas de su rey;

Y más cuando supo que era

La divina Marïana...

D. JUAN.

Tened, que dejar es fuerza

Otra vez la relacion

Para otra ocasion suspensa.

D. FÉLIX.

¿Por qué?

D. JUAN.

Porque sale gente.

D. FÉLIX.

¿Cuánto va que se me queda

La relacion en el cuerpo,

Y vienen otros á hacerla?

D. PED.

Un criado es el que sale,

Que á su amo sin duda espera.

D. JUAN.

Bien podeis ya proseguir.

D. FÉLIX.

Digo que en gozosa muestra

Del alegría de todos...

—Pues todos juntos quisieran

Significar los afectos

En regocijos y fiestas;

Y aunque, como vos dijisteis,

Caminan con su pereza

Las dichas, y no es el gusto

Correo á toda diligencia;

Con todo eso...—llegó el dia

De saberse que en Vïena

El Rey desposado estaba,

Remitiéndole que ejerza

Sus poderes Ferdinando,

Rey de Hungría y de Bohemia:

Ferdinando, ínclito jóven,

En quien la sacra diadema

De rey de romanos, presto

Hará la eleccion herencia.

El pues, no del poder sólo

Usó, mas de la fineza:

Con que sirviendo á su hermana,

Hizo de la corte ausencia.

Dejemos en el camino

Las dos majestades (que esta

No es la accion que á mi me toca,

Ya que vos con la agudeza

De vuestro ingenio dijisteis

El aparato y grandeza),

Y vamos á que Madrid,

Desvelada, fiel y atenta

Al servicio de sus reyes,

Que es de lo que más se precia,

En tanto que prevenia

La usada lid de sus fiestas,

Convidó lo más ilustre

De la española nobleza,

Para una máscara; haciendo

(Fuese acaso ó diligencia)

A propósito de bodas

Ceremoniosa la fiesta;

Porque si á la antigüedad

Revolveis humanas letras,

Hallaréis cómo en las nupcias

Aun ménos ilustres que estas,

Con antorchas en las manos

Corrian tropas diversas

A quien llamaban preludios,

Invocando la suprema

Deidad del sacro Himeneo,

A cuyas aras las teas

Sacrificaban, cantando

Epitalamios, en prendas

De que á aquellos casamientos

Favorable á asistir venga.

Y así de la antigüedad

Tomando Madrid aquella

Parte festiva, y dejando

La gentílica depuesta,

Usó el regocijo sólo,

Mejorando ilustre y cuerda

El rito, pues que fué dando

Al cielo gracias inmensas

De sus dichas, cuyas voces

Váriamente lisonjeras,

Fueron el epitalamio

Que España cantó contenta,

En música, que es confusa,

Más dulce, si no más diestra.

En toda mi vida ví

Tan hermosa tropa bella,

Como la máscara junta,

Cuando al compas de trompetas,

Clarines y chirimías

Empezaron á moverla

Los dos polos que de España

Y de Alemania sustentan

La política, bien como

Dando generosas muestras

De que Alemania y España

Por todo el tiempo interesan,

Una en que tal prenda da,

Y otra en que admite tal prenda.

Bien quisiera yo pintarlos;

Pero aunque más lo pretenda,

No es posible, si no es

Que la retórica quiera

En sus figuras prestarme

El uso de sus licencias,

Cometiendo una que llaman

Tropo de prosopopeya,

Que es cuando lo no posible

Bajo objeto de la idea,

O callando se imagina,

O hablando se representa.

Porque si no es que finjais

Allá en la fantasía vuestra

Bajar de púrpura un monte,

Arder de plata una selva,

Y de selva y monte luégo

Formais un monstruo, que á fuerza

De nuevo metamorfósis

Todo en fuego se convierta,

No podreis imaginar

Cómo aquel peñasco era

De luz y nácar y plata,

En cuya abrasada selva

Fueron las plumas las flores,

Y las hachas las estrellas.

Tan iguales todos juntos

Y cada uno, que no hubiera

Pareja que poder darles,

Si ellos mismos no se hubieran

Antes convenido á ser

Ellos mismos sus parejas.

Cuando del un puesto al otro

Corrian las tropas, eran

Disueltas exhalaciones

Y dilatados cometas.

Tan hermosa fué la noche,

Que el dia entre pardas nieblas

Sucedió por muchos dias

La faz de nubes cubierta,

Llorando lo que llovía,

O de envidia ó de vergüenza.

Hasta que desempeñada

Vió su luz con la belleza

Del dia, que vió la plaza

Para los toros dispuesta.

Porque aunque su hermoso circo

Siempre ha sido heroica afrenta

De cuantos anfiteatros

Roma en ruina nos acuerda,

Nunca con más causa, pues

Nunca se vió su grandeza,

A fuer de dama, ni más

Despejada ni más bella

Ser, que cuando vió que á tropas

Ocupaban la palestra

De los lucidos criados

Las adornadas catervas,

Que como á triunfo trajeron

Los grandes héroes, que en ella

La suerte han hecho precisa;

Porque ya el acaso deja

De ser acaso, pues ya

No viene á ser sino fuerza

El que ha sacado al acierto

Del nombre de contingencia.

A ninguno he de nombraros,

Y es justo; que no quisiera

Que habiendo ya tantas plumas

Pintado á sus excelencias,

Los desluciesen ahora

Cortedades de mi lengua.

Solo os diré que no hubo

Bruto que armada la testa,

La piel manchada, arrugado

El ceño, hendida la huella,

Dilatado el cuello, el pecho

Corto, la cerviz inhiesta,

De una vez escriba osados

Caracteres en la arena,

Como quien dice: «Esta es

O vuestra huesa ó mi huesa,»

Que no fuese triunfo fácil

Del primor y la destreza,

Del que más hidalgo bruto

Soberbio con la obediencia,

Dócil con la lozanía,

Sus amenazas desprecia

Al tacto del acicate,

O al aviso de la rienda;

Pues ya el asta y ya la espada,

En ambas acciones diestra,

Airosamente mezclaban

La hermosura y la fiereza.

Feliz acabó la tarde,

Quedando Madrid contenta

Con ella y con la esperanza

De que su deidad se acerca;

Y así, sólo en prevenciones

Desde entónces se desvela,

Porque siendo, como es,

La corte el centro y la esfera

Que ha de merecer lograrla

Más suya, desaire fuera,

Habiendo de paso tantas

Ciudades héchola fiestas,

Exceder ella en las dichas,

Y las otras en finezas:

Y más estando á su aplauso

Las naciones extranjeras,

O de envidiosas pendientes,

O de curiosas atentas.

Y así, la prolijidad

De las horas de la ausencia

Gastó sólo en disponer

Aparatos que ahora es fuerza

Que yo remita á mejor

Pluma que nos los refiera.

Diciendo ahora solamente

Que la señora condesa

De Medellin, de Cardona

Ilustre familia excelsa,

A Denia fué á recibirla

Como mayor camarera,

Adonde esperó hasta el dia

De la deseada nueva

De que ya su Majestad

(Que Dios guarde) estaba en Denia.

Aquí el señor Almirante

A darla la enhorabuena

De parte del Rey salió;

Y aunque salió á la ligera

Fué con aquel lucimiento

Digno á ser quien es; que fuera

En su excelencia muy tibia

La disculpa de la priesa.

De deudos, criados y amigos

Fué el séquito de manera,

Que á no hacer particular

Eleccion, pienso que fuera

Dejar sin gente á Castilla;

Que de un almirante della,

¿Quien de ser deudo, ó amigo,

O criado se reserva?

¡Oh felice casa, adonde

Entre todas tus grandezas,

El afecto es patrimonio,

Y lo bien visto es herencia!

En este intermedio pues

Hizo Madrid diligencias

Más afectivas en órden

A que todo se prevenga

Con majestad y aparato,

Para la entrada á la Reina,

Asistida dignamente

Del que tio la festeja,

Del que esposo la merece,

Del que amante la celebra,

Poniendo á sus piés dos mundos;

Pues como cuarto planeta,

Cuanto ilumina, la postra,

Cuanto dora, la sujeta,

Coronándola tres veces,

Esposa, sobrina y reina.

Con que hasta el felice dia

Que nuestros ojos la vean

Entrar triunfante en su corte,

Mi relacion se suspenda,

Divertida en la esperanza

De que generosa venga

A ser fin de nuestras ánsias,

Término de nuestras penas,

Logro de nuestros deseos,

Y á par de las dichas nuestras,

Con felice sucesion

Nos viva edades eternas.

D. JUAN.

La relacion con el tiempo

Se ha medido de manera,

Que acabarla y salir gente,

Ha sido una cosa mesma.

D. PED.

Sí, mas no la que esperamos.

D. FÉLIX.

No, porque es el padre dellas.

D. JUAN.

No le conocí hasta ahora,

(_Ap._ Que en mi tiempo estaba fuera.)

D. PED.

Nunca hasta ahora le ví,

(_Ap._ Que yo siempre amé en su ausencia.)

D. JUAN.

¿Quién es el que con él viene?

HERNAN.

Yo podré dar esa cuenta.

Es un sobrino asturiano,

Con quien el padre desea

Casar una de las dos.

D. JUAN.

_(Ap.)_ Quiera el cielo que no sea

La novia la que yo adoro.

D. PED.

_(Ap.)_ Plegue á Dios que no sea Eugenia.

ESCENA IV.

DON ALONSO; DON TORIBIO, _vestido de negro, ridículo_.—DON FÉLIX, DON

JUAN, DON PEDRO, HERNANDO.

D. FÉLIX.

Pasêmonos.

D. TORIB.

Como digo,

¿Qué hacen, tio, á nuestra puerta

Estos mocitos?

D. ALON.

¿No están

En la calle? ¿Qué os altera?

D. TORIB.

¡En la calle de mis primas,

Sin más ni más, se pasean!

D. ALON.

Pues ¿por qué no?

D. TORIB.

Porque no

Me ha de haber paseante en ella

Ni piante, ni mamante;

Y más estos de melena,

Que Filenos de golilla

De candil, y bigotera,

Andan cerrados de sienes

Y trasparentes de piernas.

D. ALON.

¿Qué habemos de hacer, si son

Vecinos?

D. TORIB.

Que no lo sean.

D. ALON.

¿Cómo, si tienen aquí

Sus casas?

D. TORIB.

Que no las tengan.

D. FÉLIX.

Fuerza es hablarle. Yo llego,

Pues buena ocasion es esta.

Dadme, señor Don Alonso,

Aunque de paso, licencia

Para besaros la mano

Y daros la enhorabuena

De haber al barrio venido;

Que aunque excusarlo debiera

Hasta estar en vuestra casa

Y visitaros en ella,

El alborozo de ver

Que tan buen vecino tenga,

Dilatar no me permite

Que á su servicio me ofrezca.

D. PED.

Todos lo mismo decimos.

D. TORIB.

_(Ap.)_ ¡Qué ceremonia tan necia!

D. ALON.

Guárdeos Dios por la merced

Que me haceis; que si supiera

La dicha de mereceros

Tantos favores, hubiera

Cumplido mi obligacion,

Visitándôs en la vuestra.

Conoced á mi sobrino,

Que quiero que desde hoy sea

Vuestro servidor.

D. TORIB.

_(Ap. á Don Alonso.)_ ¿Yo habia

De ser alhaja tan puerca?

D. ALON.

Esta es accion cortesana.

D. TORIB.

Más me huele á corte-enferma.

D. ALON.

Llegad, Don Toribio: ved

Que estos señores esperan

Conoceros. _(Llega Don Toribio.)_

D. JUAN.

En nosotros

Tendreis á vuestra obediencia

Hoy amigos y criados.

D. TORIB.

Guárdeos Dios por la fineza.

D. FÉLIX.

¿Venís con salud?

D. TORIB.

Teatro selecto, tomo 4 de 4 · 第 5 / 19 段