Estas voces? Mas ¡qué miro!
D.ª BEAT.
No sé quién es.
D. DIEG.
Pues yo darte
El gusto de que lo sepas
Quiero; porque aunque me maten
Todos cuantos contra mí
Hoy solicitan vengarse,
He de ver quien es un hombre
Tan reportado ó cobarde,
Que á los ojos de su dama,
Llamándole otro, no sale.
ESCENA XVI.
DON CÁRLOS.—DICHOS.
D. CÁRL.
Eso no, que yo de atento
Puedo desviar un lance,
De cobarde no.
LEONOR.
Desdichas,
¿Hasta cuándo habeis de darme
Siempre que sentir?
ESCENA XVII.
DON PEDRO, DON JUAN.—DICHOS.
D. JUAN.
¿Qué es esto?
D. PED.
¡Qué confusion tan notable!
Un enemigo buscaba,
Y dos tengo ya delante.
Traidor Cárlos, vil Don Diego,
Si no puedo en dos mitades
Dividirme, para daros
Dos muertes á un tiempo iguales,
Ponéos de un bando los dos,
Para que de un golpe os mate.
D. JUAN.
Tenéos todos; que sí puede
De la razon el exámen
Mediarlo sin el acero,
Componerlo sin la sangre.
¿Haos dicho Beatriz, Don Diego,
El más conveniente y fácil
Medio?
D. DIEG.
El más dificultoso
Me ha dicho, que es que me case
Con Leonor, y no he de hacerlo.
D. PED.
Ya, Don Juan, no hay más que aguarde:
Pues no basta la razon,
Baste el acero.
D. CÁRL.
Dejadle.
_(Pónese Don Cárlos al lado de Don Diego.)_
D. JUAN.
¿Tú le defiendes, diciendo
Que no? Siendo así, ¿cómo haces
Tú la fineza?
D. CÁRL.
Don Juan,
Si dijera que sí, darle
Yo muerte vieras.
D. JUAN.
¿Por qué?
D. CÁRL.
Porque de uno en otro instante
Mejora tanto mi amor,
Que es fuerza que yo me case
Con Leonor.
D. JUAN.
¿Y sus agravios?
D. CÁRL.
Yo no satisfago á nadie:
Bástame á mí estarlo yo.—
Llega, Leonor, á tu padre.
LEONOR.
Señor...
D. PED.
No me digas nada;
Que como mi honor restaure,
En albricias de esta dicha
Perdono tantos pesares.
D. JUAN.
Pues ¿no me direis, Don Cárlos,
Qué novedad visteis?
D. CÁRL.
¿Daisme
Licencia de que lo diga?
D. JUAN.
Sí. _(Llega Don Cárlos junto á Don Diego.)_
D. CÁRL.
Pues dejad que pase
A vuestro lado, Don Diego...
D.ª BEAT.
_(Ap.)_ Él dice lo que oyó.
D. CÁRL.
Dadle
La mano á Beatriz.
D. DIEG.
Y el alma.
D. JUAN.
¿Pues cómo?
D. CÁRL.
Esto es importante,
Don Juan: con que ya sabreis
De qué mi mudanza nace;
Pues si adonde está Leonor
Y Beatriz él entra y sale,
Y yo caso con Leonor,
Fuerza es que él con Beatriz case.
D. JUAN.
¡Dichoso yo, que aunque tuve
Recelos, no supe ántes
El agravio que el remedio!
GINÉS.
¿Están hechas ya estas paces?
Pues, Inés, boda _me fecit_,
Para que con esto nadie
Desconfíe de su dama;
Que aunque la apariencia engañe,
_No siempre lo peor es cierto_.
Perdonad sus yerros grandes.
GUÁRDATE DEL AGUA MANSA.
PERSONAS.
CLARA, _dama_.
EUGENIA, _dama_.
BRÍGIDA, _criada_.
MARI-NUÑO, _dueña_.
HERNANDO, _criado_.
OTÁÑEZ, _escudero, vejete_.
DON FÉLIX, _galan_.
DON JUAN DE MENDOZA, _galan_.
DON PEDRO, _galan_.
DON TORIBIO CUADRADILLOS.
DON ALONSO, _viejo_.
La accion pasa en Madrid.
JORNADA PRIMERA.
_Sala en casa de Don Alonso, junto á los pozos de la nieve._
ESCENA PRIMERA.
DON ALONSO, OTÁÑEZ.
OTÁÑEZ.
Una y mil veces, señor,
Vuelvo á besarte la mano.
D. ALON.
Y yo una y mil veces vuelvo
A pagarte con los brazos.
OTÁÑEZ.
¿Posible es que llegó el dia
Para mí tan deseado,
Como verte en esta corte?
D. ALON.
No lo deseabas tú tanto
Como yo; pero ¿qué mucho,
Si en dos hijas dos pedazos
Del alma me estaban siempre
Con mudas voces llamando?
OTÁÑEZ.
Aun en viéndolas, señor,
Mejor lo dirán tus labios.
¡Oh si mi señora viera
Este dia!
D. ALON.
No mi llanto
Ocasiones con memorias
Que siempre presentes traigo.
Téngala Dios en el cielo;
Que á fe que he sentido harto
Su muerte; que desde el dia
Que su Majestad, premiando
Mis servicios, en el reino
De Méjico me dió el cargo
De que vengo, á no más ver
Me despedí de sus brazos.
No quiso pasar conmigo
A Nueva-España, no tanto
Por los temores del mar,
Como porque en tiernos años
Dos hijas eran estorbo
Para camino tan largo.
Criándolas quedó en casa:
Fué Dios servido que al cabo
De tantos años faltó.
A cuya causa, abreviando
Yo con mi oficio, dispuse
Volver para ser reparo
De su pérdida; que no
Estaban bien sin amparo
De padre y madre.
OTÁÑEZ.
Es muy justo,
Señor, en tí ese cuidado;
Pero si alguno pudiera
No tenerle, eras tú. Es llano,
Porque el dia que faltó
Mi señora, ambas entraron
Seglares en un convento,
Sin más familia ni gasto
Que á Mari-Nuño y á mí,
Donde en Alcalá han estado
Con sus tias hasta hoy,
Que obedientes al mandato
Tuyo, vuelven á la corte.
Y habiéndolas yo dejado
Ya en el camino, no pude
Sufrir del coche el espacio;
Y así, por verte, señor,
Me adelanté.
D. ALON.
Unos despachos
Que para su Majestad
Traje, demas del cuidado
De tener puesta la casa,
Tiempo ni lugar me han dado
De ir yo por ellas; demas
Que el camino es tan cosario,
Que perdona la fineza,
Pues es venir de otro barrio.
¿Cómo vienen?
_VOCES._
_(Dentro.)_ Pára, pára.
OTÁÑEZ.
Ya parece que han llegado:
Ellas lo dirán mejor.
D. ALON.
A recibirlas salgamos.
OTÁÑEZ.
Excusado será, pues
Están ya dentro del cuarto.
ESCENA II.
CLARA, EUGENIA Y MARI-NUÑO, _de camino_.—DON ALONSO, OTÁÑEZ.
CLARA.
Padre y señor, ya que el cielo,
Enternecido á mi llanto,
Me ha concedido piadoso
La dicha de haber llegado
Adonde, puesta á tus piés,
Merezca besar tu mano,
Cuanto desde hoy viva, vivo
De más; pues no me ha dejado
Ya que pedirle, si no es
Sólo el eterno descanso.
EUGENIA.
Yo, padre y señor, aunque
Logre en estas plantas cuanto
Me prometió mi deseo...
Más que pedir me ha quedado
Al cielo, y es que tal dicha
Dure en tu edad siglos largos;
Porque esto del morir, no
Lo tengo por agasajo.
D. ALON.
No en vano, mitades bellas
Del alma y vida, no en vano
Al corazon puso en medio
Del pecho el cielo, mostrando
Que con dos afectos puede
Comunicarse en los brazos.
Alzad del suelo; llegad
Al pecho, que enamorado
Vuelva á engendraros de nuevo.
CLARA.
Hoy puedo decir que nazco,
Pues hoy nuevo sér recibo.
EUGENIA.
Dices bien, que tal abrazo
Infunde segunda vida.
D. ALON.
Entrad, no quedeis al paso:
Tomaréis la posesion
Desta casa en que os aguardo,
Para que seais dueños della,
Hasta que piadoso el hado
Traiga á quien merezca serlo
De dos tan bellos milagros;
Si bien en mí, esposo, padre
Y galan tendreis, en tanto
Que os vea como deseo.—
¡Brígida! _(Llamando.)_
ESCENA III.
BRÍGIDA.—DICHOS.
BRÍGIDA.
Señor.
D. ALON.
Su cuarto
Enseña á tus amas.
BRÍGIDA.
Todo
Limpio está y aderezado;
Pero ¿qué mucho es, si tales
Dueños espera, el estarlo
Como un cielo, con dos soles?
¡Feliz yo que á ver alcanzo
Este dia, aunque á pension
De haber, Eugenia, dejado
Las paredes del convento!
EUGENIA.
¡Feliz yo, pues he llegado
A ver calles de Madrid,
Sin rejas, redes, ni claustros!
_(Vanse Clara, Eugenia, Brígida y Otáñez.)_
ESCENA IV.
DON ALONSO.—MARI-NUÑO.
MARI-NU.
Ya, señor, que el alborozo
De dos hijas ha dejado
Algun lugar para mí,
Merezca tambien tu mano.
D. ALON.
Y no con menor razon
Que ellas, el alma y los brazos,
Pues por vuestra buena ley,
En lugar de madre os hallo.
Y ya que ausentes las dos,
Solos, Mari-Nuño, estamos,
Decidme sus condiciones;
Que como las dos quedaron
Niñas, mal puedo hacer juicio
Que no sea temerario,
Para que prudente y cuerdo
Pueda, como maestro sabio,
Gobernar inclinaciones
Que pone el cielo á mi cargo.
MARI-NU.
Con decir, señor, que son
Hijas tuyas, digo cuanto
Puedo decir; mas por que
No presumas que te hablo
Sólo al gusto, aunque de entrambas
La virtud y ejemplo es raro,
De lo general verás
Que á lo particular paso.
Doña Clara, mi señora,
Mayor en cordura y años,
Es la misma paz del mundo:
No se ha visto igual agrado
Hasta hoy en mujer. Pues ¿qué
Su modestia y su recato?
Apénas cuatro palabras
Habla al dia: no se ha hallado
Que haya dicho con enojo
A criada ni á criado
En su vida una razon:
Es, en fin, ángel humano,
Que á vivir solo con ella,
Pudiera uno ser esclavo.
Doña Eugenia, mi señora,
Aunque en virtud ha igualado
Sus buenas partes, en todo
Lo demas es al contrario.
Su condicion es terrible:
No se vió igual desagrado
En mujer: dará, señor,
Una pesadumbre á un santo.
Es muy soberbia y altiva,
Tiene á los libros humanos
Inclinacion, hace versos;
Y si la verdad te hablo,
De recibir un soneto
Y dar otro, no hace caso.
Pero no por eso...
D. ALON.
Basta,
Que en eso habeis dicho harto.
Yo os lo estimo, como es justo,
Que, prevenido del daño,
Sepa adónde he de poner
Desde hoy desvelo y cuidado.
Y así, aunque en edad menor,
Sea primera en estado;
Que el marido y la familia
Son los médicos más sabios
Para curar lozanías,
Flores de los verdes años.
Desde el dia que llegué,
A la montaña he enviado
Por un sobrino, que hijo
Es de mi mayor hermano;
Y en él quiero de mis padres
Y abuelos el mayorazgo
Aumentar: pobre es, yo rico,
Y es bien que el caudal fundamos
De la sangre y de la hacienda,
Porque conservemos ambos
El solar de Cuadradillos
Con más lustre. Así, en llegando,
Será Eugenia esposa suya:
Veamos si el nuevo cuidado
Enmienda las bizarrías
De los verdores lozanos.
ESCENA V.
OTÁÑEZ.—DON ALONSO, MARI-NUÑO.
OTÁÑEZ.
Un hombre espera allí fuera.
D. ALON.
¿Quién es?—Que ese breve espacio
Tardaré, á las dos decid.—
¿Versos? ¡Gentil cañamazo!
¿No fuera mucho mejor
Un remiendo y un hilado? _(Vase.)_
OTÁÑEZ.
¿Qué le has dueñado á señor,
Que es lo mismo que chismeado,
Que ya va tan desabrido?
MARI-NU.
¿Ahora sabes, mentecato,
Que apostatara una dueña,
Si supiera callar algo? _(Vanse.)_
* * * * *
_Sala en casa de Don Félix._
ESCENA VI.
DON FÉLIX, _vistiéndose_; HERNANDO.
HERNAN.
¡Bravas damas han venido,
Señor, á la vecindad!
D. FÉLIX.
El agasajo, en verdad,
Perdonara por el ruido,
Pues dormir no me han dejado.
HERNAN.
La una es dada.
D. FÉLIX.
¿Qué importó,
Si á la una duermo yo,
Que haya dado ó no haya dado?
Mas ¿qué género de gente
Es?
HERNAN.
De lo muy soberano:
Las hijas de aqueste indiano,
Que compró el jardin de enfrente,
Que dicen, señor, que lleno
De riquezas para ellas,
A solamente ponellas
Viene en estado.
D. FÉLIX.
Eso es bueno.
¿Son hermosas?
HERNAN.
Yo las ví
Al apearse, y á fe
Que por tales las juzgué.
D. FÉLIX.
¿Hermosas y ricas?
HERNAN.
Sí.
D. FÉLIX.
Buenas dos alhajas son:
Dirémoslas al momento
Todo nuestro pensamiento,
Por gozar de la ocasion,
Con estar cerca de casa;
Que estoy cansado de andar
Lo que hay desde aquí al lugar.
HERNAN.
Un vejete cuanto pasa
Me dijo: y al padre igualo
Al hombre de más valor,
Pues dice que por su honor
Matara al Sofí.
D. FÉLIX.
Eso es malo;
Que aunque yo no soy Sofí,
En extremo me pesara
Que para que él me matara,
Por él me tuviera aquí.
Y de las hijas ¿qué dijo?
Que escudero que empezó
A hablar, nada reservó.
HERNAN.
Diversas cosas colijo
De ambas que apruebo y condeno,
Porque hay del pan y del palo.
Una es callada.
D. FÉLIX.
Eso es malo.
HERNAN.
Otra es risueña.
D. FÉLIX.
Eso es bueno.
Para la alegre, por Dios,
Habrá sonetazo bello;
Y para la triste aquello
De «ojos, decídselo vos.»
HERNAN.
Alegre ó triste, me holgara
De verte, señor, un dia,
Con una galantería,
Que decirla te costara
Desvelo.
D. FÉLIX.
¿A mí? Harto fuera
Que alabarse, vive el cielo,
De que me costó un desvelo
Ninguna mujer pudiera.
Eso no, pues sabe Dios
Que si las hiciere ya
Algun terrero, será
Por estar cerca y ser dos.
Aunque á cualquiera me inclina
Ya fuerza más poderosa.
HERNAN.
Será ser rica y hermosa.
D. FÉLIX.
No es sino el estar vecina,
Que es mayor perfeccion, pues
Nada la iguala. _(Llaman.)_
Mas dí,
¿Llaman á la puerta?
HERNAN.
Sí.
D. FÉLIX.
Ve y mira, Hernando, quién es.
ESCENA VII.
DON JUAN, _en traje de camino_.—DON FÉLIX, HERNANDO.
D. JUAN.
Yo soy, Don Félix; que estando
La puerta abierta, no fuera
Bien, que más me detuviera.
D. FÉLIX.
Mal llamar ha sido, cuando
Sabeis que puertas y brazos
Están siempre para vos
De una suerte.
D. JUAN.
Guárdeos Dios,
Que ya sé que destos lazos
El estrecho nudo fuerte
Que en nuestras almas está,
Sin romperle, no podrá
Desatárnosle la muerte.
D. FÉLIX.
Seais bien venido; que aunque
En la jornada de Hungría,
Que veniades sabía,
No tan presto os esperé.
D. JUAN.
Fuerza adelantarme ha sido
Para un negocio, en razon,
Don Félix, de mi perdon.
D. FÉLIX.
¿Habeisle ya conseguido?
D. JUAN.
Sí, y habiendo perdonado
La parte, gozar quisiera
Del indulto que se espera
Por las bodas; y así, he dado
Priesa á venir, para que,
En vuestra casa escondido,
Me halle á todo prevenido.
D. FÉLIX.
Dicha es mia. Y ¿cómo fué?
D. JUAN.
Ya sabeis que por la muerte,
Félix, de aquel caballero,
Fuí á Italia. Pues, lo primero,
Dispuso mi buena suerte
Ser ocasion que el señor
Duque excelso y generoso
De Terranova famoso,
Iba por embajador
A Alemania. Acomodado
Con él á Alemania fuí;
Y hallándose allá de mí
Bien servido y obligado,
A España escribió, porqué
Conocimiento tenía
Con la parte: y así un dia,
Sin saberlo yo, me hallé
Con el perdon, en un pliego
Que de su mano me dió.
D. FÉLIX.
El lance fué tal, que erró
La parte en no darle luégo,
Pues fué casual la pendencia
Que dió la conversacion.
D. JUAN.
Esa es, Félix, la opinion
Comun; pero mi impaciencia
De mayor causa nacía,
Que la que ocasiona el juego.
D. FÉLIX.
Eso es lo que yo no llego
A saber.
D. JUAN.
Pues yo servia
(Ya que decirlo no importa)
A una dama rica y bella
Para casarme con ella;
Y no con suerte tan corta,
Que esperanzas no tuviese;
Aunque me las dilataba
Que ausente su padre estaba,
Y la madre no quisiese
Tratar su estado sin él.
En este tiempo entendí
Servirla el muerto; y así,
Ocasionado de aquel
Lance que el juego nos dió,
Con capa de otros desvelos
Venganza tomé á mis celos,
Con que todo se perdió;
Pues fueran necios engaños,
Confiado de mi estrella,
Pensar hoy que áun viva en ella
Memoria de tantos años.
D. FÉLIX.
Vos estais bien persuadido;
Que en Madrid, cosa es notoria
Que en las damas, la memoria
Vive á espaldas del olvido.
Su favor y su desden
Ya en ningun estado no
Hizo fe: ¡bien haya yo,
Que en mi vida quise bien!
D. JUAN.
¿Todavía dese humor?
D. FÉLIX.
Sí, pues aunque ellas son bellas,
Me quiero á mí más que á ellas;
Y así tengo por mejor,
A la que me ha de engañar,
Engañarla yo primero;
Que yo por amigo quiero
Al gusto más que al pesar.
Y para que no se crea
Que lo es para vos mi humor,
Ni para mí vuestro amor,
Otra la plática sea.
¿Cómo en la jornada os ha ido?
D. JUAN.
Como á quien viene de ver
Darse poder á poder
Desempeños á partido;
Porque tal autoridad,
Pompa, aparato y riqueza
Como ostentó la grandeza
De una y otra majestad,
El dia que la hija bella
Del águila soberana,
Generosamente ufana
Trocó el Norte por la estrella
Del hispano (en cuya accion,
Llanto á gozo competido,
Dejó del águila el nido
Por el lecho del leon),
No la vió otra vez el dia.
D. FÉLIX.
De paso no estoy contento
De oirla.
D. JUAN.
Pues estadme atento,
Porque á la relacion mia
Los afectos cortesanos
Pagueis.
D. FÉLIX.
Yo os la ofrezco brava.
D. JUAN.
Deudora Alemania estaba...
ESCENA VIII.
DON PEDRO, _vestido de color_.—DON FÉLIX, DON JUAN, HERNANDO.
D. PED.
Don Félix, bésôs las manos.
D. FÉLIX.
Seais, Don Pedro, bien venido.
Por esta puerta en un punto
Hoy se entra el bien todo junto.
Pues ¿qué venida esta ha sido?
¿Acabóse el curso?
D. PED.
No.
D. FÉLIX.
Pues ¿qué os trae?
D. PED.
Yo os lo diré.
D. JUAN.
Si yo embarazo, me iré.
D. PED.
No, caballero; que yo,
Hallándôs con Félix, fío
Mucho de vos, porque arguyo
Que baste que amigo suyo
Seais, para ser dueño mio.
Demas, que aquí es mi venida
(Que en decirlo no hago nada)
Una dama celebrada,
Que á mi amor agradecida
Pude en Alcalá servir:
Vino hoy á Madrid, y á vella
Vengo, Don Félix, tras ella.
D. FÉLIX.
¿Y qué más?
D. PED.
Que por huir
De mi padre, aquí escondido
Dos dias habré de estar.
D. FÉLIX.
Albricias me podeis dar
De haber á tiempo venido,
Que en ella Don Juan tambien
Puede haceros compañía.
D. JUAN.
Será gran ventura mia
Que en mí conozcais á quien
Serviros desea.
D. PED.
Los cielos
Os guarden.
D. FÉLIX.
Pues vive Dios
Que no habeis de hablar los dos
Tocados de amor y celos.—
Haz que nos den de comer,—
_(A Hernando, que se va.)_
Y pues no hemos de salir
De casa, por divertir
El tiempo que puede haber,
La relacion me decid,
Don Juan, de la real jornada.
ESCENA IX.
DON FÉLIX, DON JUAN, DON PEDRO.
D. JUAN.
Con calidad, que acabada,
La prevencion de Madrid
Direis despues.
D. FÉLIX.
Soy contento.
D. PED.
Yo vengo á buena ocasion,
Que una y otra relacion
Nueva es para mí.
D. JUAN.
Oid atento.
Deudora Alemania estaba
A España de la más rica,
De la más hermosa prenda,
Desde el venturoso dia
Que María nuestra infanta,
Generosamente altiva,
Trocó la española alteza
Por la majestad de Hungría.
Deudora Alemania estaba
(Otra vez mi voz repita)
De tanto logro al empeño,
De tanto empeño á la dicha,
Sin esperanzas de que
Pudiese su corte invicta
Desempeñarse con otra
De iguales méritos digna,
Hasta que piadoso el cielo
Ilustró su monarquía
De quien, si no la excedió,
Pudo al ménos competirla,
Para que nos restituya
En Marïana su hija
Tan una misma beldad,
Que parece que es la misma.
Pues si de las dos esferas
Vamos corriendo las líneas,
Y en florida primavera
Le dimos la maravilla,
La maravilla nos vuelve
En primavera florida,
Que apénas catorce abriles
Bebió del alba la risa.
Si la real sangre de Austria
Sus hojas tiñó en la tiria
Púrpura, en ella tambien
Quiso que esotras se tiñan.
Si prudencia, si virtud,
Si ingenio y partes divinas
La dimos, esas nos vuelve,
Porque de todas es cifra.
Despues de capitulado
El Rey, que mil siglos viva,
Se dilataron las bodas
Más tiempo del que queria
La ánsia de los españoles;
Mas no fueran conocidas
Las dichas, si no vinieran
Con su pereza las dichas.
Fué causa á la dilacion
Esperar que la festiva
Tierna edad de la niñez
Creciese, hasta ver que hoy pisa
De la juventud la márgen:
¡Buen defecto es el de niña,
Pues se va, aunque ella no quiera,
Enmendando cada dia!
Llegó, pues, el deseado
De que feliz se despida
El águila generosa
Del real nido que la abriga,
Porque saliendo á volar,
El cuarto planeta diga
Que imperial águila es, puesto
Que de hito en hito le mira.
Y porque no sin decoro
Deje la corte que habita,
Llegó la nueva á Madrid,
De que allí el Rey se despida
De su hermana, hasta la entrega,
Mezclando el llanto y la risa;
Que siempre en bodas de infanta
El pesar y el alegría
Se equivocan, hasta que
De gala el dolor se vista,
Saliendo de ellas casada.
Ferdinando, rey de Hungría
Y Bohemia, ínclito jóven,
Que no vanamente aspira
Que heredada la eleccion,
Roma su laurel le ciña,
En nombre del Rey con ella
Se desposa, y ejercita
Tan amante sus poderes,
Que sin perderla de vista,
Hasta Trento la acompaña
Con la pompa más lucida,
Con el fausto más real
Que vió el sol; pues á porfía
Españoles, alemanes
Y italianos, con su vista
Se compitieron de suerte,
Que era gloriosa la envidia,
Porque unos y otros hicieron
En costosas libreas ricas,
Tratable el oro en sus venas,
Fácil la plata en sus minas,
Agotando de una vez
Todo el caudal á las Indias.
Y porque por mar y tierra
Halle siempre prevenida
Quien por la tierra y el mar
De parte del Rey la sirva,
El cargo del mar al Duque
De Túrsis (de esclarecida
Generosa casa de Oria,
Siempre afecta y siempre fina
A esta corona) le dió,
Porque de nuevo repita
En servicios y finezas
Obligaciones antiguas.
La Reina estuvo en Milan
Detenida algunos dias,
Por ocasion de que el mar
Embarazó con sus iras
De España el pasaje; pero
¿Quién de su inconstancia fía,
Que no motive de culpa
Lo que no es más que desdicha?
Del mar y del viento, en fin,
Las condiciones esquivas
O vencidas ó templadas
(Aténgome á que vencidas),
Llegó el dia de embarcarse;
Y apénas la vió en su orilla
El mar, cuando convocó
Todo el coro de sus ninfas
Para que corriendo á tropas
La campaña cristalina,
Tan sólo en ella dejaran
Aquella inquietud tranquila,
Que no bastando á temerla,
Baste á hermosearla y lucirla.
Entró la Reina en la Real,
Cuya popa era encendida
Brasa de oro, que á despecho
De tanta agua, estaba viva.
La chusma, toda de tela
Nácar y plata vestida,
Con camisolas de holanda,
Que su gala es estar limpias,
Velámen, jarcias y velas
A su modo guarnecidas
De mil colores, formaban
Un pensil, á quien matizan
De flores los gallardetes
Y las flámulas, que heridas
Del aire que las tremola
Y el agua que las salpica,
Venganza daban al aire
Y el agua de la ojeriza
Que tenian con las salvas,
Por ver que de ver les quitan
Las negras nubes de humo
Que dejó la artillería,
La más pura, la más bella,
La más noble y más divina
Vénus que sobre la espuma
Flechas de constancia vibra.
Aquí al compas de las piezas,
Clarines y chirimías,
A leva tocó la Real,
Cuya seña, obedecida,
Aun primero que escuchada
Fué de todos, con tal prisa,
Que á un mismo tiempo la boga
Arrancó; y siendo la grita
Segunda salva vocal,
Nos pareció, cuando se iba
De la tierra, una vistosa
Primavera fugitiva.
Cuarenta galeras fueron
Las que siguieron su quilla,
Que más que rompen las olas,
Las encrespan y las rizan.
El golfo tomó la nao,
Aun sin tocar en las islas
Mallorca, Ibiza y Cerdeña;
No á causa de la enemiga
Oposicion de los puertos
De Francia; que bien podia,
Viniéndose tierra á tierra,
Tomar puerto en sus marinas,
Porque en las enemistades
De las coronas, militan
En la campaña las armas,
Y en la paz la cortesía;
Y así, con salvoconducto
General en sus milicias,
Francia esperó á nuestra reina.
¡Qué bien lidian los que lidian
Para vencer cuando vencen,
Aun ménos que cuando obligan!
—Mas no puedo detenerme
En referir las festivas
Demostraciones que Francia
La tenía prevenidas.—
El golfo tomó la nao,
Trayendo siempre benigna
En los vientos y los mares
La fortuna, porque mira
Que con solo este festejo
Que hace á España, se desquita
De otras penas que la debe
La vanidad de su envidia.
En fin, con serena paz
La vaga ciudad movida,
Ya del remo que la impele,
Ya del viento que la inspira,
Los mares sulca de España,
Y de sus campos divisa
Los celajes, que quisieran
Que el mar en sus ondas frias
Huéspedes los admitiese,
Porque una vez se compitan
Golfos de verde esmeralda
Con montes de nieve riza.
Ya el mar saluda á la tierra,
Ya la tierra al mar se humilla,
Siendo la primera que
Sus reales plantas pisan,
Denia. ¡Oh tú, mil veces tú
Felice, pues en tu orilla
Hoy de la concha de un tronco
Sacas la perla más rica!
Querer que yo diga ahora
La majestad de las vistas,
El séquito de su corte,
Las galas, las bizarrías,
El amor de sus vasallos,
De sus reinos la alegría,
No es posible, si no es que
Con la voz de todos diga
Que este repetido lazo,
En quien de esposa y sobrina
El nudo apretó dos veces,
Con propagada familia,
Para bien comun de España
Venturosos siglos viva.
D. FÉLIX.
No tuve gusto mayor.
Estad ahora vos atento.
Con el general contento
Digno á su lealtad...
ESCENA X.
HERNANDO.—DICHOS.
HERNAN.
Señor.
D. FÉLIX.
¿Qué dices?
HERNAN.
Que las dos bellas
Damas que al barrio han venido
A la ventana han salido,
Y desde esta puedes vellas.
D. FÉLIX.
Perdone la relacion,
Pues dice á voces la fama:
«Antes que todo es mi dama»
Y despues habrá ocasion
Para ella; que ver deseo
Qué cosas son mis vecinas.
_(Asómase á la ventana.)_
¡Vive Dios, que son divinas!
D. JUAN.
Veámoslas todos.
_(Llega Don Juan á mirar.)_
(_Ap._ ¡Qué veo!
Ella es.)
D. PED.
Pues las visteis vos,
A mí me dejad llegar. _(Llega Don Pedro.)_
D. FÉLIX.
A fe que hay bien que admirar
En cualquiera de las dos.
D. PED.
(_Ap._ ¿Qué es lo que veo? Ella es. ¡Cielos!)
Gran dicha ha sido venir _(A Don Félix.)_
A vuestro barrio á vivir.
D. JUAN.
(_Ap._ Disimulen mis desvelos.)
Bizarra cualquiera es.
D. PED.
(_Ap._ Finja mi pena amorosa.)
Cualquiera es dellas hermosa.
_(Vase Hernando.)_
D. FÉLIX.
¿Oyen vuesarcedes? Pues
Bizarras y hermosas son,
Quítense de aquí, porqué
Son muy tiernos para que
Les dé mi jurisdiccion.
A su dama cada uno,
Pues están enamorados:
Déjenme con mis cuidados,
Sin alabarme ninguno
Bellezas ni bizarrías;
Que aquestas damas, les digo
Que son cosas de un amigo.
D. JUAN.
(_Ap._ ¡Qué poco mis alegrías
Duraron!) Ya se quitaron
De la ventana. (_Ap._ Porqué
Yo llore su ausencia fué.
La primer cosa que hallaron,
¡Cielos! mis penas, ha sido
Dellas la causa. ¡Ay de mí!)
D. PED.
_(Ap.)_ La primer cosa que ví,
Es por la que aquí he venido.
_(Sale Hernando.)_
HERNAN.
La mesa espera, señor. _(Vase.)_
D. FÉLIX.
Vamos á comer, que aunqué
Tan enamorado esté,
Tengo más hambre que amor.
D. JUAN.
_(Ap. á Don Félix.)_ Aunque de burlas hablais,
Sabed que de mi fortuna
Una es la causa. _(Vase.)_
D. FÉLIX.
_(Ap.)_ Adios, una.
D. PED.
Aunque tan de humor estais,
Por sí y por no, sabed que
Una de las dos, por Dios,
Es la que sigo. _(Vase.)_
D. FÉLIX.
Adios, dos.
¡Qué corta mi dicha fué!
Si no es que una misma sea
(Que áun peor que esto sería)
La que uno y otro queria.
¡Plegue á Dios que no se vea
Empeñado en los desvelos
De dos amigos mi honor,
Y pague celos y amor
Quien no tiene amor ni celos! _(Vase.)_
* * * * *
_Sala en casa de Don Alonso._