VIII

Parece inexcusable decir algo de la singular vida de esta solitaria

joven, e inquirir su conducta para deducir de su conducta sus

proyectos. Sin duda aquel espíritu valeroso, contrariado por lo que

hemos convenido en llamar suerte, no llevaba una existencia pasiva,

entregándose a la arbitraria fluctuación de los acontecimientos, sino

que vivía en actividad grande, aunque escondida, trabajando en obra

misteriosa o luchando con obstáculos tan oscuros como sus esfuerzos.

Para afirmar esto nos fundamos en conjeturas y en el conocimiento de su

carácter; mas nada positivo afirmamos aún.

Nos consta, sí, que recibía cartas de cuyo contenido no enteraba a

nadie; que a veces pasaba largas horas fuera de su casa; que escribía

de noche algún pliego y lo rompía después para volverlo a escribir,

repitiendo este trabajo cuatro o cinco veces hasta quedar medianamente

satisfecha; que su semblante expresaba con fidelidad pasmosa cambios

muy bruscos en su espíritu, presentándola ya sombríamente melancólica,

ya festiva y dichosa; que no cesaba un punto en su actividad, y cuando

los asuntos de la casa le daban reposo, discurría sobre mil temas

concernientes a la faena del día venidero.

No le conocemos otras relaciones de amistad que las que tenía con la

familia de Cordero, la cual, a consecuencia de las calamidades de la

época, había ido a vivir en la misma casa, descendiendo algunos grados

en la escala social.

Ya es conocido de nuestros lectores el gran don Benigno Cordero,[1]

comerciante de la subida a Santa Cruz, hombre que se preciaba de

ocupar dignamente su lugar en todas las ocasiones, y que sabía ser

bondadoso padre de familia, honrado tendero, puntual amigo y también

héroe glorioso, según lo que exigían las circunstancias. Siendo

tímido por naturaleza, mandole un día su deber que fuese héroe y lo

fue. Desgraciadamente no hay ninguna calle, ni monumento, ni lápida,

ni escultura que recuerden a la posteridad su nombre, símbolo de la

inocencia; pero los veteranos del 7 de julio saben que hubo en Boteros

un Leónidas de nariz picuda y roja como guindilla, de gafas de oro y

cuerpo más propio para sobresalir de la tabla de un mostrador que para

erguirse sobre el pedestal de gloria a quien llaman campo de batalla.

[1] Véase _Siete de julio_.

La espantosa reacción absolutista, como furibunda riada que todo lo

arrastra, arrastró también al digno patricio, que en su tienda de

encajes había adquirido la idea de que los pueblos no se han hecho para

los reyes. Esta idea se pagaba entonces con la cabeza, con la ruina o

con el destierro. Muchos perdieron la primera; infinito número buscó

refugio en suelo extranjero. No era, en verdad, de los más delincuentes

el buen don Benigno, porque no había ejercido cargo público del Estado

durante los _tres llamados años_. Su crimen había sido pertenecer a la

Milicia y vestir su honroso uniforme sin tacha, con la circunstancia

agravante de haber cargado charreteras como representante de las

más altas jerarquías. Su sobrino, don Primitivo Cordero, que se

había significado altamente como correveidile político (el grado

inmediatamente inferior al de personaje), fue condenado a muerte,

y tuvo que huir al extranjero disfrazado de pastor, abandonando su

comercio de hierro a la autoridad que lo embargara; mas con don Benigno

fueron más humanos, condenándole tan solo a hacer una visita a Melilla,

o a otra de las cortes del África, en lo que recibió más disgusto que

si le destinaran a la horca.

Él, no obstante, se dio su maña, y con ella, un poco de paciencia y un

puñado de onzas de oro (que entonces corrían de lo lindo para estos

arreglos), logró de la generosidad absolutista que se le comprendiera

en el decreto de proscripción de Jerez, el cual mandaba que todos los

que se habían significado durante el malhadado imperio del régimen

famoso, sin llegar al grado de culpabilidad necesario para incurrir

en otras penas mayores, no pudieran hallarse a cinco leguas en

contorno de los puntos que recorría el rey en su viaje, cerrándoseles

además la corte y Sitios reales dentro del radio de quince leguas.

Cien mil individuos fueron por este ridículo decreto privados de la

contemplación de la corte y Reales Sitios.

Abandonando tienda y familia, partió Cordero a Zaragoza, donde fue

molestado y reducido a prisión por la feroz policía de aquella ciudad,

viéndose precisado a buscar en su bolsa nuevos argumentos contra la

famélica justicia de aquel bendito tiempo. Entre tanto, la familia

vivía en Madrid en la mayor aflicción, esperando todos los días nuevas

tristes de Zaragoza, atendiendo al comercio de encajes con el mayor

celo, y economizando todo lo posible para ver de reparar los estragos

hechos por la política en el erario corderil. Esta última razón fue la

que les impulsó a mudar de domicilio, pues una habitación arreglada

cuadraba admirablemente a su presupuesto, más estirado ya que cuerda de

ballesta. Desde noviembre se instalaron en el principal de la casa que

ya conocemos en la calle de la Emancipación Social, según don Patricio,

y de Coloreros según el municipio. La tienda continuaba en el mismo

sitio, a mano derecha como vamos a la plazuela de Santa Cruz y a la

cárcel de Villa.

Componían tan hidalga familia la señora de Cordero y tres hijos, hembra

la mayor y ya mujer, varones y pequeñuelos los otros dos. Acontecía

en aquel matrimonio un contraste que no deja de ser frecuente en este

extravagantísimo mundo, a saber, que si el esposo era diminuto y

ligero, corpulenta y pesada era la esposa. Doña Robustiana podía coger

a su marido debajo del brazo como un falderillo y aun jugar con él

a la pelota si hubiera tenido tal antojo. Era avilesa y natural de

Arenas de San Pedro, de una familia nombrada Toros de Guisando, sin

duda porque en la antigüedad adquirió fama de dar hombres y mujeres de

gran corpulencia. Alta estatura, blancas y apretadas carnes, admirables

contornos y blanduras que estirando la tela pugnaban por mostrarse;

arrogante cabeza con ojos negros y cejas de terciopelo, manos gruesas,

semblante más correcto que agraciado, con cierto ceño no muy simpático

y algo de avinagrado mohín, boca demasiado pequeña con blancos dientes,

carrillos con demasiada carne, nariz castellana, escasísima agilidad en

los movimientos y mucha fuerza en los puños, componían la persona de

doña Robustiana Toros de Guisando de Cordero.

De la incongrua pareja que formaba esta mujer con el benemérito

hombrecillo del arco de Boteros (pareja admirablemente acordada en

el orden moral) había nacido el día mismo de la batalla de Trafalgar

(21 de octubre de 1805) Elena Cordero, en cuya persona se verificó

una preciosa amalgama del ser físico del padre y del de la madre. No

salió a ella ni a él, sino a los dos, realizando en sí uno de esos

maravillosos términos medios que solo resultan bien en los divinos

talleres de la naturaleza. No era Elena grande ni chica, ni gorda ni

flaca, sino admirablemente proporcionada en talle, color y estatura. Su

cabeza era de las más hermosas que pueden imaginarse, de tal modo que

viéndola se comprendía que el valor sereno de don Benigno no era el

único parentesco de aquella familia con la raza helénica. Su cara era

la más bella que se ha visto durante muchos años en toda la zona del

comercio matritense desde Majaderitos a la calle de Milaneses.

Quizás faltaba a su rostro aquella movilidad de la fisonomía española,

que es como el temblor de la luz jugando sobre la superficie del agua

agitada; quizás le faltaba esa facultad de hablar en silencio, lenguaje

admirable del cual son signos las pestañas, el iris negro que alumbra

como una luz, la sombra de la cara, el modo de mover el cuello, la

olvidada guedeja sobre la sien, el rumorcillo del pendiente que se

mueve ensartado en la oreja. Quizás Elena era demasiado selecta y tenía

demasiada corrección en su persona; mas no por esto dejaba de ser

acabado tipo de hermosura. Sus apasionados alegaban para defenderla que

era más bella su timidez inocente y aquella perfección muñequil tan

esmerada en sus limpios perfiles que la desenvoltura y graciosa viveza

de otras. Algunos la ponían resueltamente en el orden de los juguetes

finos; otros en el de las imágenes de iglesia. Pero, no obstante tal

diversidad de opiniones, era generalmente admirada, contribuyendo

además la fama de su virtud a aumentar la aureola de respeto y

consideración que circundaba como nimbo luminoso a toda la familia de

Cordero.

De los dos varones poco puede decirse; eran pequeñuelos traviesos y

muy devotos hermanos de la Hermandad del Novillo. En aquel tiempo las

familias discurrían el modo de congraciarse con el bando dominante, y

uno de los sistemas más eficaces durante el trienio había sido vestir a

los niños de milicianos nacionales. Cambiadas radicalmente las cosas,

doña Robustiana, que quería estar en paz con la situación, siguió

la general moda, vistiendo a los borregos de frailes. Los domingos,

Primitivo y Segundito salían a la calle hechos unos padres priores que

daban gozo.

La familia, que antes de la catástrofe de la Constitución era feliz y

vivía tranquila en su paz laboriosa, había caído en gran desaliento y

tristeza desde la proscripción del padre. Temían nuevas desgracias,

y como no veían en torno de sí más que cuadros de luto, ignominia,

venganzas horribles, asesinatos jurídicos, delaciones infames, horcas

y traición, no respiraban. Resuelta doña Robustiana a no ser en manera

alguna sospechosa a los ojos de la reacción, se esmeraba en variar los

vestidos domingueros de los niños, dándoles la forma y color de todas

las órdenes religiosas imaginables.

Compartían el tiempo hija y madre entre la tienda y la casa. En la

primera tenían un mancebo jovenzuelo que era muy despierto y les

prestaba no poca ayuda. En la casa vivían recogidamente, sin cultivar

amistades que podrían resultar peligrosas; huyendo de tratar mucha y

diversa gente; consagrando bastantes horas a rezar por la vuelta del

padre, y a imaginar medios pacíficos y legales para hacer su situación

menos aflictiva. La amistad más íntima y cariñosa que cultivaban era

la de Sola, que bajaba todos los días un par de horas lo menos, cuando

no subía Elena a hacerle compañía y ayudarla en sus quehaceres. La

amistad de la huérfana databa de 1822 en vida de su padre, que era

paisano de Cordero; pero se había aumentado y encendido más el afecto

con la común desgracia. Había sentido Elena desde luego hacia ella una

de esas vivas inclinaciones de la primera juventud, que establecen

lazos duraderos para toda la vida, y a la cual daban aliciente la

belleza moral de Sola y aquel peculiar atractivo indefinible que

sometía los corazones. La de Cordero reconocía en ella una gran

superioridad espiritual, que le infundía respeto no inferior a su

cariño, y subyugada por el misterioso, invencible despotismo que ejerce

a la callada la aristocracia moral, se sometía a los pensamientos y

al sentir de Sola, con la docilidad de la niñez ante la edad madura.

Siendo Sola poco menos joven que ella, se le representaba, por la

seriedad de sus consejos y su precoz experiencia, como de edad mucho

más alta. Hermana mayor antes que amiga, la huérfana fue erigida en

confesor, en consejero, y en depositaria de los secretos del corazón

de Elenita, porque el corazón de la muñeca perfilada, tan metódica y

acabadita tenía secretos.

También tenían amistad los Cordero con la familia de los Romos, y

particularmente con Francisco Romo, jefe a la sazón del comercio

conocido con este nombre en la plazuela de Herradores. Las excelentes

relaciones mercantiles entre ambos tenderos anudaron las de la

amistad, y durante la emigración de don Benigno, Romo colmó de

atenciones y finezas a la familia, sirviéndoles al mismo tiempo de

amparo contra la reacción, por ser voluntario realista de los más

significados. Doña Robustiana fiaba mucho en la amistad de aquel joven

de tanto poder entre las turbas realistas, y por nada del mundo la

diera en cambio de la de un príncipe. Creía tener en él fortísimo

escudo contra las brutalidades de la época, y fiaba en que por

mediación suya sería restituido prontamente Cordero a la dulzura de su

hogar.

—Hay que tener un poquito de paciencia —les decía Romo—. Se hace todo

lo que se puede para que el señor don Benigno vuelva a su casa; pero no

se podrá mucho, hasta que los liberales no estén sometidos. Figúrese

usted, señora doña Robustiana, que el gobierno abre un poco la mano y

empieza a perdonar, a perdonar... Pues ya tiene usted la revolución

encima. No lo digo por el señor don Benigno, que es un hombre de bien,

sino por esos pillos que están acechando nuestra debilidad para soltar

las riendas de su desvergüenza... No se aflijan ustedes; que vamos a

dar una amnistía, una amnistía amplia, general, con excepción de todos

los pillos se entiende, y entonces o no soy quien soy, o don Benigno

será comprendido en ella.

Con estas promesas se consolaba la familia; pero pasaban los meses, y

la deseada amnistía no era más que una esperanza. En su lugar veíanse

nuevas proscripciones, encarcelamientos, la horca siempre en pie, la

venganza más cruel gobernando a la nación, y la vida de los españoles

pendiente del capricho de un salvaje frailón o de fieros polizontes.

Las delaciones, como puñaladas recibidas en la oscuridad, traían en

gran consternación a la corte. Desaparecían los ciudadanos sin que

fuera posible saber en qué calabozo habían caído. Las cárceles tragaban

gente como las tumbas en una epidemia. Nadie, libre hoy, podía estar

seguro de conservar la libertad mañana, porque la virtud más pura no

podía estar segura del golpe secreto, como no puede estarlo del miasma

invisible.

Al fin, allá en mayo del 24, vino la amnistía. Por ella se concedía

_indulto y perdón general_; mas eran tantas las excepciones, que antes

que amnistía parecía el decreto una sangrienta burla. Se perdonaba a

todo el mundo, y se exceptuaba después a todo el mundo. La familia

de Cordero, viendo que pasaban meses sin que el proscrito volviese,

examinaba detenidamente los 15 artículos de las excepciones, por ver

si don Benigno podía ser comprendido en alguno de ellos; pero Romo

tranquilizaba a las dos señoras, diciéndoles:

—Eso corre de mi cuenta. Don Benigno vendrá; en caso que la

Superintendencia de Policía tenga algún escrúpulo, le purificaremos

y..., santas pascuas.

En efecto, una mañana del mes de agosto hallábase doña Robustiana en el

mostrador midiendo algunas varas de puntilla, cuando vio que oscurecía

la luz de la puerta un objeto, un bulto, un cuerpo, un hombre, ¡don

Benigno!... Cayósele de las manos la vara de medir, y dando un grito,

extendió los macizos brazos por encima del mostrador. Cordero, a quien

la emoción tenía mudo y aturdido, no acertaba a abrazar a su esposa

convenientemente, hallándose por medio, como guión entre dos letras,

la dura tabla del mostrador, y le dio una cabezada en el pecho.

Entonces doña Robustiana cogiole con sus robustas manazas, tiró de él

suspendiéndole, y don Benigno quedó de rodillas sobre el mostrador. Su

amante esposa le oprimía contra su delantera, y así estuvieron largo

rato entre babas y sollozos, hasta que vencida por su sensibilidad,

que era más fuerte que ella, cayó redonda al suelo la esposa, como un

colchón que recobra su posición natural. El mancebo corrió en busca de

un sangrador.

—Esto no es nada —dijo don Benigno corriendo a desabrochar el corsé de

su esposa, que no era tarea de un momento—. Robustiana... Robustiana...

¿Y qué tal? ¿Están buenos los niños? ¿Y Elena?... ¿En dónde están mis

hijos?

El héroe de Boteros se bebía las lágrimas. No tardó la señora en

volver de su soponcio, y abrazándose nuevamente ambos, derramaron más

lágrimas. Don Benigno dijo entre pucheros:

—No más política, no más tonterías. La lección ha sido buena. Viva mi

familia, que es lo único que me interesa en el mundo.

Los amigos de las tiendas cercanas acudieron a felicitarle; el mancebo

corrió a traer a los chicos que ya habían ido a la escuela, y él, no

pudiendo refrenar su impaciente anhelo de ver a Elena, corrió a la

calle de Coloreros. Por el camino topaba a cada instante con amigos que

le daban la bienvenida, y como casi todos se empeñaban en manifestarle

su gozo con apretones de manos, abrazos y otras muestras de

sensibilidad, al feliz padre le consumía el desasosiego, y procurando

desasirse de las amistosas manos, exclamaba:

—Yo bueno... Estoy bien... Hasta luego, señores... Voy a ver a mi hija

querida.

Y penetrando en el portal decía:

—Estará sola la pobrecita... ¡Qué alegría tendrá cuando me vea!...

¡Pobre ángel de mi vida!

Subió temblando, y al acercarse a la puerta, y cuando alargaba la mano

para coger el verde cordón de la campanilla, sintió una voz de hombre

que sonaba dentro de la casa. Era una voz agria, bronca, y pronunciaba

atropelladamente palabras que no podían entenderse bien desde la

escalera. Luego oyó don Benigno la voz de su hija, expresándose con

agitación. Al buen ciudadano matritense se le heló la sangre en las

venas, a pesar de no haber formado aún idea concreta de lo que oía, y

llamó fuertemente con la campanilla y con los puños, gritando:

—Elena, hija mía, soy yo... ¡tu padre!

El terror de 1824 · 第 11 / 32 题