Parece inexcusable decir algo de la singular vida de esta solitaria
joven, e inquirir su conducta para deducir de su conducta sus
proyectos. Sin duda aquel espíritu valeroso, contrariado por lo que
hemos convenido en llamar suerte, no llevaba una existencia pasiva,
entregándose a la arbitraria fluctuación de los acontecimientos, sino
que vivía en actividad grande, aunque escondida, trabajando en obra
misteriosa o luchando con obstáculos tan oscuros como sus esfuerzos.
Para afirmar esto nos fundamos en conjeturas y en el conocimiento de su
carácter; mas nada positivo afirmamos aún.
Nos consta, sí, que recibía cartas de cuyo contenido no enteraba a
nadie; que a veces pasaba largas horas fuera de su casa; que escribía
de noche algún pliego y lo rompía después para volverlo a escribir,
repitiendo este trabajo cuatro o cinco veces hasta quedar medianamente
satisfecha; que su semblante expresaba con fidelidad pasmosa cambios
muy bruscos en su espíritu, presentándola ya sombríamente melancólica,
ya festiva y dichosa; que no cesaba un punto en su actividad, y cuando
los asuntos de la casa le daban reposo, discurría sobre mil temas
concernientes a la faena del día venidero.
No le conocemos otras relaciones de amistad que las que tenía con la
familia de Cordero, la cual, a consecuencia de las calamidades de la
época, había ido a vivir en la misma casa, descendiendo algunos grados
en la escala social.
Ya es conocido de nuestros lectores el gran don Benigno Cordero,[1]
comerciante de la subida a Santa Cruz, hombre que se preciaba de
ocupar dignamente su lugar en todas las ocasiones, y que sabía ser
bondadoso padre de familia, honrado tendero, puntual amigo y también
héroe glorioso, según lo que exigían las circunstancias. Siendo
tímido por naturaleza, mandole un día su deber que fuese héroe y lo
fue. Desgraciadamente no hay ninguna calle, ni monumento, ni lápida,
ni escultura que recuerden a la posteridad su nombre, símbolo de la
inocencia; pero los veteranos del 7 de julio saben que hubo en Boteros
un Leónidas de nariz picuda y roja como guindilla, de gafas de oro y
cuerpo más propio para sobresalir de la tabla de un mostrador que para
erguirse sobre el pedestal de gloria a quien llaman campo de batalla.
[1] Véase _Siete de julio_.
La espantosa reacción absolutista, como furibunda riada que todo lo
arrastra, arrastró también al digno patricio, que en su tienda de
encajes había adquirido la idea de que los pueblos no se han hecho para
los reyes. Esta idea se pagaba entonces con la cabeza, con la ruina o
con el destierro. Muchos perdieron la primera; infinito número buscó
refugio en suelo extranjero. No era, en verdad, de los más delincuentes
el buen don Benigno, porque no había ejercido cargo público del Estado
durante los _tres llamados años_. Su crimen había sido pertenecer a la
Milicia y vestir su honroso uniforme sin tacha, con la circunstancia
agravante de haber cargado charreteras como representante de las
más altas jerarquías. Su sobrino, don Primitivo Cordero, que se
había significado altamente como correveidile político (el grado
inmediatamente inferior al de personaje), fue condenado a muerte,
y tuvo que huir al extranjero disfrazado de pastor, abandonando su
comercio de hierro a la autoridad que lo embargara; mas con don Benigno
fueron más humanos, condenándole tan solo a hacer una visita a Melilla,
o a otra de las cortes del África, en lo que recibió más disgusto que
si le destinaran a la horca.
Él, no obstante, se dio su maña, y con ella, un poco de paciencia y un
puñado de onzas de oro (que entonces corrían de lo lindo para estos
arreglos), logró de la generosidad absolutista que se le comprendiera
en el decreto de proscripción de Jerez, el cual mandaba que todos los
que se habían significado durante el malhadado imperio del régimen
famoso, sin llegar al grado de culpabilidad necesario para incurrir
en otras penas mayores, no pudieran hallarse a cinco leguas en
contorno de los puntos que recorría el rey en su viaje, cerrándoseles
además la corte y Sitios reales dentro del radio de quince leguas.
Cien mil individuos fueron por este ridículo decreto privados de la
contemplación de la corte y Reales Sitios.
Abandonando tienda y familia, partió Cordero a Zaragoza, donde fue
molestado y reducido a prisión por la feroz policía de aquella ciudad,
viéndose precisado a buscar en su bolsa nuevos argumentos contra la
famélica justicia de aquel bendito tiempo. Entre tanto, la familia
vivía en Madrid en la mayor aflicción, esperando todos los días nuevas
tristes de Zaragoza, atendiendo al comercio de encajes con el mayor
celo, y economizando todo lo posible para ver de reparar los estragos
hechos por la política en el erario corderil. Esta última razón fue la
que les impulsó a mudar de domicilio, pues una habitación arreglada
cuadraba admirablemente a su presupuesto, más estirado ya que cuerda de
ballesta. Desde noviembre se instalaron en el principal de la casa que
ya conocemos en la calle de la Emancipación Social, según don Patricio,
y de Coloreros según el municipio. La tienda continuaba en el mismo
sitio, a mano derecha como vamos a la plazuela de Santa Cruz y a la
cárcel de Villa.
Componían tan hidalga familia la señora de Cordero y tres hijos, hembra
la mayor y ya mujer, varones y pequeñuelos los otros dos. Acontecía
en aquel matrimonio un contraste que no deja de ser frecuente en este
extravagantísimo mundo, a saber, que si el esposo era diminuto y
ligero, corpulenta y pesada era la esposa. Doña Robustiana podía coger
a su marido debajo del brazo como un falderillo y aun jugar con él
a la pelota si hubiera tenido tal antojo. Era avilesa y natural de
Arenas de San Pedro, de una familia nombrada Toros de Guisando, sin
duda porque en la antigüedad adquirió fama de dar hombres y mujeres de
gran corpulencia. Alta estatura, blancas y apretadas carnes, admirables
contornos y blanduras que estirando la tela pugnaban por mostrarse;
arrogante cabeza con ojos negros y cejas de terciopelo, manos gruesas,
semblante más correcto que agraciado, con cierto ceño no muy simpático
y algo de avinagrado mohín, boca demasiado pequeña con blancos dientes,
carrillos con demasiada carne, nariz castellana, escasísima agilidad en
los movimientos y mucha fuerza en los puños, componían la persona de
doña Robustiana Toros de Guisando de Cordero.
De la incongrua pareja que formaba esta mujer con el benemérito
hombrecillo del arco de Boteros (pareja admirablemente acordada en
el orden moral) había nacido el día mismo de la batalla de Trafalgar
(21 de octubre de 1805) Elena Cordero, en cuya persona se verificó
una preciosa amalgama del ser físico del padre y del de la madre. No
salió a ella ni a él, sino a los dos, realizando en sí uno de esos
maravillosos términos medios que solo resultan bien en los divinos
talleres de la naturaleza. No era Elena grande ni chica, ni gorda ni
flaca, sino admirablemente proporcionada en talle, color y estatura. Su
cabeza era de las más hermosas que pueden imaginarse, de tal modo que
viéndola se comprendía que el valor sereno de don Benigno no era el
único parentesco de aquella familia con la raza helénica. Su cara era
la más bella que se ha visto durante muchos años en toda la zona del
comercio matritense desde Majaderitos a la calle de Milaneses.
Quizás faltaba a su rostro aquella movilidad de la fisonomía española,
que es como el temblor de la luz jugando sobre la superficie del agua
agitada; quizás le faltaba esa facultad de hablar en silencio, lenguaje
admirable del cual son signos las pestañas, el iris negro que alumbra
como una luz, la sombra de la cara, el modo de mover el cuello, la
olvidada guedeja sobre la sien, el rumorcillo del pendiente que se
mueve ensartado en la oreja. Quizás Elena era demasiado selecta y tenía
demasiada corrección en su persona; mas no por esto dejaba de ser
acabado tipo de hermosura. Sus apasionados alegaban para defenderla que
era más bella su timidez inocente y aquella perfección muñequil tan
esmerada en sus limpios perfiles que la desenvoltura y graciosa viveza
de otras. Algunos la ponían resueltamente en el orden de los juguetes
finos; otros en el de las imágenes de iglesia. Pero, no obstante tal
diversidad de opiniones, era generalmente admirada, contribuyendo
además la fama de su virtud a aumentar la aureola de respeto y
consideración que circundaba como nimbo luminoso a toda la familia de
Cordero.
De los dos varones poco puede decirse; eran pequeñuelos traviesos y
muy devotos hermanos de la Hermandad del Novillo. En aquel tiempo las
familias discurrían el modo de congraciarse con el bando dominante, y
uno de los sistemas más eficaces durante el trienio había sido vestir a
los niños de milicianos nacionales. Cambiadas radicalmente las cosas,
doña Robustiana, que quería estar en paz con la situación, siguió
la general moda, vistiendo a los borregos de frailes. Los domingos,
Primitivo y Segundito salían a la calle hechos unos padres priores que
daban gozo.
La familia, que antes de la catástrofe de la Constitución era feliz y
vivía tranquila en su paz laboriosa, había caído en gran desaliento y
tristeza desde la proscripción del padre. Temían nuevas desgracias,
y como no veían en torno de sí más que cuadros de luto, ignominia,
venganzas horribles, asesinatos jurídicos, delaciones infames, horcas
y traición, no respiraban. Resuelta doña Robustiana a no ser en manera
alguna sospechosa a los ojos de la reacción, se esmeraba en variar los
vestidos domingueros de los niños, dándoles la forma y color de todas
las órdenes religiosas imaginables.
Compartían el tiempo hija y madre entre la tienda y la casa. En la
primera tenían un mancebo jovenzuelo que era muy despierto y les
prestaba no poca ayuda. En la casa vivían recogidamente, sin cultivar
amistades que podrían resultar peligrosas; huyendo de tratar mucha y
diversa gente; consagrando bastantes horas a rezar por la vuelta del
padre, y a imaginar medios pacíficos y legales para hacer su situación
menos aflictiva. La amistad más íntima y cariñosa que cultivaban era
la de Sola, que bajaba todos los días un par de horas lo menos, cuando
no subía Elena a hacerle compañía y ayudarla en sus quehaceres. La
amistad de la huérfana databa de 1822 en vida de su padre, que era
paisano de Cordero; pero se había aumentado y encendido más el afecto
con la común desgracia. Había sentido Elena desde luego hacia ella una
de esas vivas inclinaciones de la primera juventud, que establecen
lazos duraderos para toda la vida, y a la cual daban aliciente la
belleza moral de Sola y aquel peculiar atractivo indefinible que
sometía los corazones. La de Cordero reconocía en ella una gran
superioridad espiritual, que le infundía respeto no inferior a su
cariño, y subyugada por el misterioso, invencible despotismo que ejerce
a la callada la aristocracia moral, se sometía a los pensamientos y
al sentir de Sola, con la docilidad de la niñez ante la edad madura.
Siendo Sola poco menos joven que ella, se le representaba, por la
seriedad de sus consejos y su precoz experiencia, como de edad mucho
más alta. Hermana mayor antes que amiga, la huérfana fue erigida en
confesor, en consejero, y en depositaria de los secretos del corazón
de Elenita, porque el corazón de la muñeca perfilada, tan metódica y
acabadita tenía secretos.
También tenían amistad los Cordero con la familia de los Romos, y
particularmente con Francisco Romo, jefe a la sazón del comercio
conocido con este nombre en la plazuela de Herradores. Las excelentes
relaciones mercantiles entre ambos tenderos anudaron las de la
amistad, y durante la emigración de don Benigno, Romo colmó de
atenciones y finezas a la familia, sirviéndoles al mismo tiempo de
amparo contra la reacción, por ser voluntario realista de los más
significados. Doña Robustiana fiaba mucho en la amistad de aquel joven
de tanto poder entre las turbas realistas, y por nada del mundo la
diera en cambio de la de un príncipe. Creía tener en él fortísimo
escudo contra las brutalidades de la época, y fiaba en que por
mediación suya sería restituido prontamente Cordero a la dulzura de su
hogar.
—Hay que tener un poquito de paciencia —les decía Romo—. Se hace todo
lo que se puede para que el señor don Benigno vuelva a su casa; pero no
se podrá mucho, hasta que los liberales no estén sometidos. Figúrese
usted, señora doña Robustiana, que el gobierno abre un poco la mano y
empieza a perdonar, a perdonar... Pues ya tiene usted la revolución
encima. No lo digo por el señor don Benigno, que es un hombre de bien,
sino por esos pillos que están acechando nuestra debilidad para soltar
las riendas de su desvergüenza... No se aflijan ustedes; que vamos a
dar una amnistía, una amnistía amplia, general, con excepción de todos
los pillos se entiende, y entonces o no soy quien soy, o don Benigno
será comprendido en ella.
Con estas promesas se consolaba la familia; pero pasaban los meses, y
la deseada amnistía no era más que una esperanza. En su lugar veíanse
nuevas proscripciones, encarcelamientos, la horca siempre en pie, la
venganza más cruel gobernando a la nación, y la vida de los españoles
pendiente del capricho de un salvaje frailón o de fieros polizontes.
Las delaciones, como puñaladas recibidas en la oscuridad, traían en
gran consternación a la corte. Desaparecían los ciudadanos sin que
fuera posible saber en qué calabozo habían caído. Las cárceles tragaban
gente como las tumbas en una epidemia. Nadie, libre hoy, podía estar
seguro de conservar la libertad mañana, porque la virtud más pura no
podía estar segura del golpe secreto, como no puede estarlo del miasma
invisible.
Al fin, allá en mayo del 24, vino la amnistía. Por ella se concedía
_indulto y perdón general_; mas eran tantas las excepciones, que antes
que amnistía parecía el decreto una sangrienta burla. Se perdonaba a
todo el mundo, y se exceptuaba después a todo el mundo. La familia
de Cordero, viendo que pasaban meses sin que el proscrito volviese,
examinaba detenidamente los 15 artículos de las excepciones, por ver
si don Benigno podía ser comprendido en alguno de ellos; pero Romo
tranquilizaba a las dos señoras, diciéndoles:
—Eso corre de mi cuenta. Don Benigno vendrá; en caso que la
Superintendencia de Policía tenga algún escrúpulo, le purificaremos
y..., santas pascuas.
En efecto, una mañana del mes de agosto hallábase doña Robustiana en el
mostrador midiendo algunas varas de puntilla, cuando vio que oscurecía
la luz de la puerta un objeto, un bulto, un cuerpo, un hombre, ¡don
Benigno!... Cayósele de las manos la vara de medir, y dando un grito,
extendió los macizos brazos por encima del mostrador. Cordero, a quien
la emoción tenía mudo y aturdido, no acertaba a abrazar a su esposa
convenientemente, hallándose por medio, como guión entre dos letras,
la dura tabla del mostrador, y le dio una cabezada en el pecho.
Entonces doña Robustiana cogiole con sus robustas manazas, tiró de él
suspendiéndole, y don Benigno quedó de rodillas sobre el mostrador. Su
amante esposa le oprimía contra su delantera, y así estuvieron largo
rato entre babas y sollozos, hasta que vencida por su sensibilidad,
que era más fuerte que ella, cayó redonda al suelo la esposa, como un
colchón que recobra su posición natural. El mancebo corrió en busca de
un sangrador.
—Esto no es nada —dijo don Benigno corriendo a desabrochar el corsé de
su esposa, que no era tarea de un momento—. Robustiana... Robustiana...
¿Y qué tal? ¿Están buenos los niños? ¿Y Elena?... ¿En dónde están mis
hijos?
El héroe de Boteros se bebía las lágrimas. No tardó la señora en
volver de su soponcio, y abrazándose nuevamente ambos, derramaron más
lágrimas. Don Benigno dijo entre pucheros:
—No más política, no más tonterías. La lección ha sido buena. Viva mi
familia, que es lo único que me interesa en el mundo.
Los amigos de las tiendas cercanas acudieron a felicitarle; el mancebo
corrió a traer a los chicos que ya habían ido a la escuela, y él, no
pudiendo refrenar su impaciente anhelo de ver a Elena, corrió a la
calle de Coloreros. Por el camino topaba a cada instante con amigos que
le daban la bienvenida, y como casi todos se empeñaban en manifestarle
su gozo con apretones de manos, abrazos y otras muestras de
sensibilidad, al feliz padre le consumía el desasosiego, y procurando
desasirse de las amistosas manos, exclamaba:
—Yo bueno... Estoy bien... Hasta luego, señores... Voy a ver a mi hija
querida.
Y penetrando en el portal decía:
—Estará sola la pobrecita... ¡Qué alegría tendrá cuando me vea!...
¡Pobre ángel de mi vida!
Subió temblando, y al acercarse a la puerta, y cuando alargaba la mano
para coger el verde cordón de la campanilla, sintió una voz de hombre
que sonaba dentro de la casa. Era una voz agria, bronca, y pronunciaba
atropelladamente palabras que no podían entenderse bien desde la
escalera. Luego oyó don Benigno la voz de su hija, expresándose con
agitación. Al buen ciudadano matritense se le heló la sangre en las
venas, a pesar de no haber formado aún idea concreta de lo que oía, y
llamó fuertemente con la campanilla y con los puños, gritando:
—Elena, hija mía, soy yo... ¡tu padre!