VII

En los días sucesivos tuvo don Patricio los mismos deseos de salir,

si bien, a excepción de una vez, no fueron tan ardientes; pero hubo

gritos, amenazas, volvió a funcionar el inocente palo y la carcelera a

desplegar las armas de su convincente piedad, de la graciosa entereza

que tan buenos efectos produjera el primer día. Horas enteras pasaba

el vagabundo patriota, corriendo de un ángulo a otro de la sala, como

enjaulada bestia, deteniéndose a veces para oír los ruidos de la

calle, que a él le sonaban siempre como discursos, proclamas o himnos,

y poniéndose a cada rato el sombrero como para salir. Este acto de

cubrirse primero y descubrirse después, al caer en la cuenta de su

encierro, era gracioso, y excitaba la risa de su amable guardiana. En

la comida y cena mostrábase más manso, y se ponía con cierto orgullo

las prendas de vestir que Sola le arreglara. Desde la cabeza a los pies

cubríase con lo perteneciente al antiguo dueño de la casa, de cuya

adaptación no resultaba gran elegancia, a causa de la diferencia de

talle y estatura.

Por las noches daba a Soledad lección de escritura, poniendo en ella

tanto cuidado la discípula como el maestro. Él, particularmente,

mostraba una prolijidad desusada, esmerándose en transmitir a su alumna

sus altos principios caligráficos, la primorosa maestría de ejecución

que poseía y de que estaba tan orgulloso.

—Desde que el mundo es mundo —decía observando los trazos hechos por

Soledad sobre el papel pautado—, no se han dado lecciones con tanto

esmero. Hanse reunido, para producir colosales efectos, la disposición

innata de la discípula y la destreza del maestro. Ahora bien, señora

y carcelera mía: la justicia y el agradecimiento piden que en pago de

este beneficio me conceda usted la libertad, que es mi elemento, mi

vida, mi atmósfera.

—Bueno —respondió Sola—, cuando sepa escribir te abriré la puerta,

viejecillo bobo.

En los primeros días de noviembre estuvo muy tranquilo, apenas dio

señales de persistir en su diabólica manía, y se le vio reír y aun

modular entre dientes alegres cancioncillas; pero el 7 del mismo mes

llegaron a su encierro, no se sabe cómo (sin duda por el aguador o

la indiscreta criada), nuevas del suplicio de Riego, y entonces la

imaginación mal contenida de don Patricio perdió los estribos. Furioso

y desatinado, corría por toda la casa gritando:

—¡Esperad, verdugos, que allá voy yo también! No será él solo...

Esperad, hacedme un puesto en esa horca gloriosa... ¡Maldito sea el que

quiera arrancarme mis legítimos laureles!

Soledad tuvo miedo; mas sobreponiéndose a todo, logró contenerle

con no poco trabajo y riesgo, porque Sarmiento no cedía como antes

a la virtud del palo, ni oía razones, ni respetaba a la que había

logrado con su paciencia y dulzura tan gran dominio sobre él. Pero al

fin triunfaron las buenas artes de la celestial joven, y Sarmiento,

acorralado en la sala, sin esperanzas de lograr su intento, hubo de

contentarse con desahogar su espíritu poniéndose de rodillas y diciendo

con voz sonora:

—¡Oh tú, el héroe más grande que han visto los siglos, patriarca de la

libertad, contempla desde el cielo donde moras esta alma atribulada que

no puede romper las ligaduras que le impiden seguirte! Preso contra

todo fuero y razón; víctima de una intriga, me veo imposibilitado

de compartir tu martirio, y con tu martirio tu galardón eterno. Y

vosotros, asesinos, venid aquí por mí si queréis. Gritaré hasta que

mis voces lleguen hasta vuestros perversos oídos. Soy Sarmiento, el

digno compañero de Riego, el único digno de morir con él; soy aquel

Sarmiento cuya tonante elocuencia os ha confundido tantas veces; el que

no os ha ametrallado con balas, sino con razones; el que ha destruido

todos vuestros sofismas con la artillería resonante de su palabra. Aquí

estoy, matad la lengua de la libertad, así como habéis matado el brazo.

Vuestra obra no está completa mientras yo viva, porque mientras yo

aliente se oirá mi voz por todas partes diciendo lo que sois... Venid

por mí. La horca está manca: falta en ella un cuerpo. No será efectivo

el sacrificio sin mí. ¿No me conocéis, ciegos? Soy Sarmiento, el famoso

Sarmiento, el dueño de esa lengua de acero que tanto os ha hecho

rabiar... ¿No daríais algo por taparle la boca? Pues aquí le tenéis...

Venid pronto... El hombre terrible, la voz destructora de tiranías,

callará para siempre.

Todo aquel día estuvo insufrible en tal manera, que otra persona de

menos paciencia y sufrimiento que Solita le habría puesto en la calle,

dejándole que siguiera su glorioso destino; pero se fue calmando, y un

sueño profundo durante la noche le puso en regular estado de despejo.

Habíale traído Soledad tabaco picado y librillos de papel para que se

entretuviese haciendo cigarrillos, y con esto y con limpiar la jaula de

un jilguero pasaba parte de la mañana. Sentándose después junto a la

huérfana mientras esta cosía, hablablan largo rato y agradablemente de

cosas diversas. Uno y otro contaban cosas pasadas: Sarmiento sus bodas,

la muerte de Refugio y la niñez de Lucas; Sola su desgraciado viaje al

reino de Valencia.

Continuaban las lecciones de escritura por las noches, y después leía

el anciano un libro de comedias antiguas que de la casa de Cordero

trajo Sola. Cuidaba esta de que en la vivienda no entrase papel

ninguno de política, y siempre que el anciano pedía noticias de los

sucesos públicos, se le contestaba con una amonestación acompañada

a veces de un ligero pellizco. Poco a poco iba acomodándose el buen

viejo a tal género de vida, y sus accesos de tristeza o de rabia

eran menos frecuentes cada día. Su carácter se suavizaba por grados,

desapareciendo de él lentamente las asperezas ocasionadas por un

fanatismo brutal, y la irritación y acritud que en él produjera la

gran enfermedad de la vida, que es la miseria. A las ocupaciones no

muy trabajosas de hacer cigarrillos y cuidar el pájaro, añadió Soledad

otras que entretenían más a Sarmiento. Como no carecía de habilidad de

manos y había herramientas en la casa, todos los muebles que tenían

desperfectos y todas las sillas que claudicaban recibieron compostura.

En la cocina se pusieron vasares nuevos de tablas; después nunca

faltaba una percha que asegurar, una cortina que suspender, lámpara que

colgar, lámina que mudar de sitio o madeja de algodón que devanar.

Llegó el invierno, y la sala se abrigaba todas las noches con hermoso

brasero de cisco bien pasado, en cuya tarima ponía los pies el

vagabundo, inclinándose sobre el rescoldo sin soltar de la mano la

badila. Era notable don Patricio en el arte de arreglar el brasero,

y de ello se preciaba. Su conocimiento de la temperatura teníale muy

orgulloso, y cuando el brasero empezaba a desempeñar sus funciones,

el patriota extendía la mano como para palpar el aire y decía; «Ya

principia a tomar calor la habitación... Va aumentando... Un poquito

más, y tendremos bastante. Yo no necesito más termómetro que la yema

del dedo meñique».

Más de una vez dijo, repitiendo una idea antigua.

—Desde el tiempo de mi Refugio no había visto yo un brasero tan

bueno. Por la mañana levantábase muy temprano y barría toda la casa,

canturreando entre dientes. No habían pasado tres meses desde el primer

día de su encierro, cuando parecía haber adquirido conformidad casi

perfecta con su pacífica existencia. Sus ratos de mal humor eran muy

escasos, y por lo general las turbonadas cerebrales estallaban mientras

Solita estaba fuera, disipándose desde que volvía. Para el espíritu

del pobre anciano la huérfana era como un sol que lo vivificaba. Verla

y sentir efectos semejantes a los de la aparición de una luz en sitio

antes oscuro, era para él una misma cosa.

«Parece que no —decía para sí—, y le estoy tomando cariño a esa

muchachuela... Quién lo había de decir, siendo, como éramos, enemigos

irreconciliables... ¡Ah, Patricio, Patricio!, si ahora te abrieran la

puerta de la casa y te echaran fuera, ¿abandonarías sin pena a esta

pobre huérfana que te mira como miraría la hija más cariñosa al padre

más desgraciado?».

Un día, allá por febrero o marzo del 24, Sarmiento observó que Sola

estaba más triste que de ordinario. Atribuyolo a no haber recibido

las cartas que una vez al mes causábanla tanto gozo. El siguiente día

lo pasó la huérfana llorando de la mañana a la noche, lo que afligió

extremadamente al patriota. Por más que agotó Sarmiento todo el

repertorio, no muy grande, por cierto, de sus trasnochados chistes, no

pudo sacarla de aquel estado, ni menos obligarla a revelar la causa de

su tristeza. Durante la cena, que casi fue de pura fórmula, Sarmiento

dijo:

—Pues si usted no se pone contenta, yo me volveré patriota como antes,

ea... Así estaremos los dos iguales... Me marcharé, sí, señora; estoy

decidido a marcharme..., y lo siento, porque le he tomado a usted mucho

cariño, tanto cariño que...

Se echó a llorar, y tuvo que correr a ocultar sus lágrimas en la alcoba

inmediata.

Tres días después Sola salió muy de mañana, y volvió asaz contenta,

disipada la aflicción y con frescos colores en la cara, que eran como

la irradiación de su alegría, demasiado grande para contenerse en los

límites del alma. Tampoco entonces pudo el preceptor saber la causa de

tan rápido cambio; pero contentose con ver los efectos, y se puso a

bailar en medio de la sala, diciendo:

—¡Viva mi señora doña Solita, que ya está contenta, y yo también! No

más lágrimas, no más suspiros. Señora, si usted me lo permite, me voy a

tomar la libertad de darle un abrazo.

Soledad aceptó con júbilo la idea, y el anciano la estrechó en sus

brazos con fuerza.

—¿Sabe usted —dijo limpiándose una lágrima— que hoy se quedó la llave

en casa, y que habría podido escaparme si hubiera querido?

—¿Y por qué no saliste, viejecillo bobo?

—Porque no me ha dado la gana, vamos a ver..., porque estoy aquí muy

re-que-te-bien.

—¡Cosa más rara! —observó Soledad jovialmente—. Ya no quieres salir...

—No, señora, no. Vea usted lo que son los gustos. Ya no quiero salir,

y no saldré sino cuando usted me arroje. Así, de _bóbilis bóbilis_, me

he ido acostumbrando a esta vida tonta, y... No es que yo renuncie al

cumplimiento de mi destino; pero ya vendrá la ocasión, ¿no es verdad,

niña mía? Hay más días que longanizas, y tiempo hay, tiempo hay.

Don Patricio hacía con su mano derecha movimientos semejantes al

fluctuar de las olas, queriendo expresar de este modo el lento rodar

del tiempo.

—Ahora, hija mía..., y no se me enfade usted si le doy este nombre, que

me sale del corazón..., sí, señor, porque usted se ha portado conmigo

como una hija, y es justo que yo sea un buen padre para usted... Pues

decía, hija querida, que si usted no lo tiene a mal..., me estorba en

la boca el tratamiento de usted..., si no te llamo de _tú_, reviento...

Pues decía, hija de mi alma, que ya es hora de que me des de comer.

Un momento después comían los dos, departiendo alegremente, que no

hay cosa que tan bien acompañe a un buen apetito como la conversación

amistosa y grata. Por la tarde, Soledad preparaba a su viejo una bonita

sorpresa.

—Como te vas portando bien —dijo—, y vas curándote de esas ideas

ridículas, voy a darte una golosina.

—¿Qué, hija de mi alma? —preguntó don Patricio con la curiosidad de los

niños, cuando se les anuncia algún regalo.

—Una golosina..., ya la verás.

—¿Pero qué es? Estoy rabiando. ¿Café? Si lo tomo todos los días... ¿Un

periódico?

—Ahora no hay periódicos.

—¡No hay periódicos!... ¡Oh, vil absolutismo! ¿Conque no hay prensa

periódica?

Con un simple gesto apagó Soledad aquel chispazo de la hoguera que

parecía sofocada.

—¿Pues cuál es la golosina? Dímelo, angelito de mi corazón.

—La golosina es un paseo... Esta tarde te llevaré a dar un paseíto.

Está hermosa la tarde.

—¡Bien, bravísimo, archibravísimo! —exclamó el vagabundo arrojando su

sombrero al aire—. Estrenaré esa magnífica capa que me has arreglado.

Vamos pronto... Mira, hija, que puede llover...

—Si no hay nubes...

—Puede ocurrir cualquier cosa.

—Nada puede ocurrir. Aguardaremos.

—¡Qué hermoso día! Haces bien en sacarme a pasear. Mira que tengo

ganitas de saber lo que es el aire libre.

Salieron a las calles, y de las calles al campo con vivo contento del

patriota, que experimentó grandísimo gozo por tal expansión, y luego

se volvieron a casa haciendo planes para nuevos paseos en los días

sucesivos. Así corría mansamente la vejez del buen maestro, que se

asombraba de encontrarse feliz sin saberlo, es decir, que miraba aquel

maravilloso cambio de sus sentimientos y de sus gustos sin acertar a

darse cuenta de él, como observa el vulgo los grandes fenómenos de

la naturaleza sin explicárselos. Él pensaba a ratos en estas cosas,

tratando de examinar de cerca la metamorfosis de su alma, y decía:

—Es que yo soy todo corazón... Esta joven me ha recogido, me ha dado

de comer y de vestir, me trata como a un padre. ¿Cómo no adorarla?

Patricio no es, no puede ser ingrato, y su corazón está dispuesto a

encenderse, a arder, a derretirse con los sentimientos más vivos, así

como con los más delicados... No es que en mí se hayan enfriado los

sublimes afectos de la patria, no, de ningún modo... (Ponía mucho

empeño en convencerse a sí mismo de esta verdad). Soy lo mismo que era,

el mismo gran patriota, y persisto en mi noble idea de sacrificarme por

la libertad, ofreciendo mi sangre preciosísima... Esto no puede faltar,

porque está escrito en el sacrosanto libro del destino... Es que Dios

no quiere que sea tan pronto como yo esperaba. Vendrá el sacrificio, el

cruento martirio, los lauros, la inmortalidad; pero vendrán en oportuna

sazón y cuando suene la hora. A cada sublime momento de la historia le

llega su hora, y entonces, _consummatum est_... He aquí que Dios me

depara un medio de corresponder a las bondades de ese mi ángel tutelar.

(Al decir esto se frotaba las manos en señal de gozo). Es evidente que

yo no tengo ningún bien mundano que dejarle, pues carezco de fincas

y de dinero, como no sea el que ella misma me da. ¿Quiere decir esto

que no pueda legarle algo? No..., le dejaré un tesoro que vale más

que todas las fincas y caudales, un tesoro que es para beneficio del

espíritu, no del cuerpo; le dejo, pues, mi gloria, y así, cuando la

vean dirán: «Esa es la compañera del gran Sarmiento, esa es su hija

adoptiva, la que le socorrió en sus últimos días. ¡Loor eterno a la

muchacha!».

Como se ve, el patriota no estaba curado; poro su enfermedad ofrecía

menos peligro, por haber entrado en un período que podremos llamar

médicamente de revulsión. El cariño que Sarmiento había tomado a su

favorecedora era síntoma muy favorable, que sin duda anunciaba, si no

la extirpación del fanatismo, una nueva dirección de él. No mentía

el infeliz al decir que era todo corazón. Capaz era este de los

sentimientos más delicados, así como de los más ardientes; bastaba que

las misteriosas corrientes de la vida consumasen su obra, llevando,

como las del cielo, la tempestad a otra región y zona distinta; pero el

pensamiento no podía obedecer a este cambio, porque había en la máquina

del cerebro sarmentil una clavija rota de difícil o quizás imposible

arreglo.

También Sola había tomado mucho cariño al desvalido anciano. Le

recogió por caridad; propúsose realizar sin ayuda de nadie uno de

esos admirables actos de la voluntad, tanto más meritorios cuanto más

oscuros, y sofocando resentimientos antiguos, indignos de la grandeza

de su alma, consumó valerosamente su obra bendita, digna de figurar en

el _Flos Sanctorum_. Con el tiempo encendiose en su alma un vivo afecto

hacia el mendigo abandonado, y esto, unido a los dulces placeres que

trae consigo el amar, fue el más digno premio de su noble acción. Llegó

a acostumbrarse de tal modo a la compañía del patriota vagabundo, que

la habría echado muy de menos si en cualquiera ocasión le faltara.

Un día Sarmiento le dijo:

—Querida Sola, hoy voy a pedirte un favor que creo no has de negarme...

Es un caprichillo de anciano mimoso, un antojillo de abuelo... Si me

lo niegas por cualquier pretexto, no me enfadaré, pero me pondré muy

triste.

—¿Qué es?

—Que me permitas darte un beso, hija mía. Hace muchos días que estoy

bregando con esta idea en la imaginación. Ya no puedo esperar más.

Soledad corrió hacia él, y don Patricio la tuvo largo rato sobre sus

rodillas prodigándole tiernas caricias.

—Por vida de la grandísima chilindraina, niña de mi corazón —exclamó

hecho un mar de lágrimas—, si ahora me separaran de ti, juro que me

moriría de pena. ¡Bendita seas tú mil veces!... Bendita seas, amparo

mío, angelito mío, consuelo de mi vejez y heredera de mi gloria...

¡Toda, toda ella será para ti!

El terror de 1824 · 第 10 / 32 题