Aquella mañana, cuando don Benigno estaba aún a dos leguas de la corte,
entraba Sola en su casa después de una breve excursión por las tiendas.
—Querida niña —le dijo Sarmiento suspendiendo el barrido y apoyándose
en el palo de la escoba—, Elenita Cordero ha venido a buscarte para que
la acompañes un poco. Hoy está sola todo el día.
—¿Y no ha venido nadie más?
—Sí, ha venido también el caballero que estuvo ayer —repuso Sarmiento
poniendo ceño de disgusto—. Puede que él crea que yo no le conozco a
pesar de las barbas de capuchino que gasta... Si me parece que le estoy
viendo en la sala de armas del castillo... Pero más vale callar...
¡Ah!, se me olvidaba decirte que ha dejado un paquete para ti.
—Sí..., hoy debía traerle —dijo Sola mirando a todos lados con
ansiedad—. ¿En dónde lo ha dejado?
Don Patricio señaló una puerta, por la cual entró Sola corriendo. Fue
derecha a tomar un paquete que estaba sobre su cama. Pálida y con
los labios secos, le dio vueltas en sus manos temblorosas, buscando
la lazada del cordón que lo ataba. La veía, la tocaba sin acertar
a deshacerla: de tal modo se había vuelto torpe a causa de su gran
emoción.
En el paquete había cartas, muchas cartas; pero Sola buscó entre todas
una que debía de ser la principal, y hallada se puso a leerla. Por
temor a ser interrumpida, encerrose en la alcoba, y sentándose en un
rincón, arrojó todo su espíritu sobre un papel escrito. Allí estuvo
largo rato aleteando sobre él, como la mariposa sobre la flor, y tan
pronto lloraba como reía, según los sentimientos expresados por aquella
sombra de un ser vivo a la cual se llama carta. Después miró uno por
uno los sobrescritos de las otras, y al hacer esto no mostraba mucho
contento, antes bien temor. Además, el paquete contenía una cajita
pequeña con dinero en monedas de oro. Contolas una por una, y después
lo guardó todo cuidadosamente, a excepción de las cartas que no eran
para ella. De estas hizo un nuevo paquete que ocultó en su seno.
Púsose la mantilla para salir. Don Patricio vio pintado en el semblante
de la joven el gran gozo que la dominaba, y dando el último escobazo,
se dirigió a ella sonriendo. Sola se detuvo en la puerta, y mirando a
su protegido con expresión de lástima y de bondad, le dijo:
—Abuelo Sarmiento, si yo tuviera que marcharme para Inglaterra, ¿qué
harías tú, viejecillo bobo?
Y diciendo esto y sin dejar de mirarle, bajó la escalera.
Inmóvil y perplejo don Patricio, empuñando con su derecha mano el palo
de la escoba, y alzando la siniestra hasta la altura de su frente,
parecía la estatua erigida para conmemorar la petrificación del hombre.
Solita entró en casa de Cordero. Elena, que corrió a abrirle la puerta,
le dijo:
—Hace una hora que te espero... Quítate la mantilla... Estoy sola con
Reyes... Tengo muchas cosas que contarte.
Entraron en la sala. En el centro de ella había una gran mesa llena de
puntillas que Elenita cosía unas con otras...
—¿Pero no te quitas la mantilla? —repitió la de Cordero, emprendiendo
la obra interrumpida—. Hoy no sales de aquí en todo el día.
—Ahora mismo me voy —replicó Solita dejando escapar por sus ojos el
contento.
—¡Vaya unas amigas! —dijo Elena manifestando en el tono su tristeza—.
¿A dónde vas ahora? Hace calor.
—Tengo que hacer —repuso la huérfana tocándose el pecho para ver si se
le habían perdido las cartas—. Hay cosas que no se pueden dejar para
mañana.
—Es verdad —dijo la muñeca poniendo un hilo entre los dientes—. Si yo
pudiera dejar esto para la semana que entra, lo dejaría... Parece que
estás contenta...
—Siempre no hemos de estar tristes.
—¿A dónde fuiste esta mañana?
—A comprar un vestido.
—¿Y a dónde vas ahora?
Sola vaciló un instante, porque era preciso mentir y su inventiva no
era grande.
—A comprar otro —repuso al fin.
—¡Qué lujo!... —exclamó Elena en son de amistosa burla.
—¡Qué quieres tú...! Es posible que tenga que salir de Madrid para ir
a...
—¿A dónde? —preguntó la de Cordero con viveza.
—A... otra parte —repuso la huérfana cayendo en la cuenta de que había
sido indiscreta—. Todavía no hay nada de cierto.
—De modo que me quedaré sola... Pero muy satisfecha, muy oronda estás
hoy.
Sola se echó a reír. Este era el desahogo de un espíritu a quien la
prudencia imponía silencio absoluto. Cuando una alegría tiene en la
boca de su cráter una gran piedra de discreción que la tapa y la ahoga,
solo puede calmar su hervor riendo como los chicos y los tontos.
—Tú ríes y yo estoy desesperada —dijo la primorosa muñeca dando una
patadita en el suelo y rompiendo de un tirón el hilo que tenía entre
los dientes—. Solilla, anoche..., si supieras lo que me pasó anoche...
—¿Qué?
Este monosílabo lo pronunció Sola distraída y maquinalmente, porque
tenía fija toda su atención en sí misma.
—¡Anoche!
—¡Anoche!... —repitió la amiga, volviéndose a tocar el pecho para ver
si había perdido las cartas.
—Todavía no se me ha quitado el miedo —dijo Elena suspendiendo su
obra para que ningún acto perjudicase a la expresión de lo que iba a
decir—. Antes ese hombre me era muy antipático; pero ahora..., te juro
que le aborrezco con toda mi alma.
—¡Pobrecito!... No, no; quiero decir que le está bien merecido... El
señor Romo no cautivará a ninguna mujer. Sin ser feo, es tal que parece
más feo que los que lo son adrede.
—Justamente, has dicho la verdad... El amigo de la casa se empeña en
quererme y en que he de quererle yo. ¡Ay!, amiga, tienes razón en decir
que ese hombre es malo... Hay en su cara una cosa... ¿qué es? Parece
que va pasando por delante de él una máscara horrible que le hace
sombra en la cara. ¿No es así?
—Así mismo es, así —dijo Sola mirándose en un espejo colgado frente a
ella, y haciendo la observación de que no se encontraba tan poco bonita
como antes creyera.
—Pues ve a decirle a mamá que Francisco Romo no es la flor y nata de
los caballeros... Todo lo bueno lo hace el señor Romo... «¡Ay, cuándo
vendrá el señor de Romo para contarle lo que nos pasa!...». «De este
apuro nadie más que el señor de Romo puede sacarnos...». «Si el señor
de Romo no nos devuelve a tu padre, tenlo por perdido...». Y dale con
el señor _de_ Romo.
—¿Por qué no le cuentas o tu madre lo que te pasa?
—No puedo... De ningún modo —dijo Elenita mostrando en su hermoso
rostro perfilado la imagen de la mayor confusión—. ¡Ay, pobre de mí,
qué desgraciada soy!... Sí, la más desgraciada de todas las mujeres.
Diciendo esto, la figurita de porcelana cayó en una silla y llevó
a los ojos, acompañadas de un largo pañuelo, sus dos lindas manos.
Alarmada Solita, acudió hacia ella y abrazola tiernamente, rogándole
que explicase aquellas desgracias tan enormes que la abrumaban.
—Yo no puedo querer a Romo —afirmó esta sollozando— porque es muy feo,
muy bastote, y porque no me gusta... ¿Qué culpa tengo yo de que otro
me haya parecido mejor? Dime tú si cualquier mujer a quien le pongan
delante a Francisco Romo y a Angelito Seudoquis puede dudar.
—¡Oh!, no, de ningún modo. Angelito Seudoquis se ha de llevar la palma.
—Pues está claro —dijo Elena, recibiendo gran consuelo con la
declaración de su amiga—. El pobre muchacho es muy bueno, de noble
familia, superior a nosotros, que somos tenderos; es honrado,
caballero, muy fino, muy valiente, según él mismo me ha dicho..., y
quiere casarse conmigo.
—¿Y por qué no se ha de casar?
—Porque yo soy muy desgraciada..., no te rías..., la más desgraciada
de las mujeres —exclamó la doncella llorando como una Magdalena—, y
además, porque he sido mala, muy mala y Dios me está castigando.
—¿Qué has hecho?
—Escribí una carta a Angelito —dijo Elena observando su pañuelo.
—Eso sí que no me lo habías dicho.
—Pensaba decírtelo hoy... Le he escrito dos cartas.
—¿Dos?
—No..., me parece que han sido tres..., o quizás sean cuatro.
—¿Cuatro?
—La verdad, amiga de mi alma: llevo escritas cinco cartas.
—No digas más, porque si sigue la cuenta, va a resultar que le has
escrito cincuenta.
—Él pasaba todos los días por aquí... Yo sentía sus taconazos con el
rechinchín de las espuelas, y me daba mucha lástima... No podía menos
de asomarme... Un día me mandó con Reyes un papelito... En fin, en la
última carta que le escribí...
—Eso es: vamos a la última.
—En la última carta le decía muchas bobadas... Como él es tan tierno y
en las cartas pinta corazones ensartados chorreando sangre...
—¿Tu también le pintaste corazones?
—No..., pero le decía que Romo es un animal..., porque está celoso de
Romo... También le decía que con él (es decir, con Angelito) o con
nadie..., que me metería monja..., que el sepulcro me era más dulce que
casarme con otro... En fin, esas cosillas que se dicen...
—¿Y nada más?
—Pero es el caso que la policía ha puesto preso a Angelito ayer por la
mañana.
—¡Jesús, mujer!
—Sí —añadió Elena más acongojada—. Le han puesto preso porque parece
que un hermano suyo que estaba emigrado en Inglaterra ha venido para
conspirar. Le buscan, y como no pueden encontrarle, han cogido al
hermanito..., y..., y...
Elena soltó un torrente de lágrimas y se deshizo en sollozos.
—¡Y..., y le van ahorcar! —prosiguió con lastimeros ayes.
—No seas tonta, mujer —le dijo Sola, que se había puesto muy pálida—. Y
dices que por haber llegado su hermano...
—Sí, un condenado masón que ha venido a armar revoluciones; y como no
le han podido coger...
Soledad pasó de la sorpresa a la estupefacción más profunda.
—¡Esos infames polizontes son tan malos!... —añadió la de Cordero—.
¿Qué culpa tiene el pobre Angelito?... Él es liberal, muy liberal;
pero se halla decidido, así me lo ha dicho, a no desenvainar su espada
contra el rey. Ya sabes que es cadete. No, no: jamás Angelito atentará
a los derechos del trono... Pues volviendo a ese vil Romo..., ya sabes
que es amigo de los de la policía y de Chaperón.
Sola no oía nada. Estaba absorta y no apartaba su mano del seno. Creía
sentir sobre él un peso colosal que la abrumaba.
—Como es amigo de la policía... —añadió Elena—. Ya sabes que registran
a todos los presos... Romo encontró en el bolsillo de Angelito la
última carta que le escribí... ¿Conoces tú desgracia semejante?
—¿Y qué?
— Que la tiene él..., Romo..., y me la enseñó anoche..., y dice que
se la va a enseñar a mamá y a papá cuando venga..., y dice que cuando
ahorquen a Angelito él le tirará de los pies...
Un nuevo temporal deshecho de lágrimas, ayes y acongojados sollozos,
interrumpió la narración de la inocente doncella.
—Yo me voy —dijo Sola levantándose bruscamente.
—No digas eso —repuso Elena tirando de la falda de su amiga—. Voy a
estar llorando todo el día: acompáñame.
—Después.
—Ahora.
—Tengo que salir —repitió Sola sin mirar a su amiga y oprimiéndose el
seno.
—¿Qué llevas ahí? —preguntó Elena tocando también y sintiendo rumor de
papeles.
—Nada, nada —repuso la huérfana con turbación.
—¡Ah!, pícara..., las cartas de tu novio..., y no me has querido decir
quién es..., y dices que no tienes ninguno; ¡y te escribe tantos
pliegos!... Ahí llevas una resma... No te vayas, por amor de Dios.
Sola se despidió de su amiga con gran desasosiego.
—Parece que se te ha desvanecido la alegría —le dijo la muñeca.
—Adiós.
—Espera un rato.
—Ni un minuto... Voy a ver a una persona...
—¿No me has dicho que a comprar otro vestido?
—Es verdad... Volveré pronto. Adiós.
X
Elenita se quedó sola en la calma y silencio de la casa, apenas
interrumpidos por los cantorrios de la criada, que chillaba en la
cocina acompañándose con el almirez.
La desgraciada joven, más infeliz que todas las mujeres nacidas, según
su propio parecer, reanudó su trabajo de coser puntillas, en el cual,
si no ponía la artífice gran atención, había de salir muy imperfecto.
No iba a las mil maravillas la obra, por cuya razón Elena deshacía con
frecuencia lo hecho, tornando a empezar. A ratos aparecían entre la
delicada tela de araña algunas lágrimas que se quedaban temblando en
los menudos hilos negros, como insectos de diamantes cogidos en una
red de pelo. A ratos los suspiros de la obrera hacían moverse y volar
los pedazos más pequeños, que se remontaban en busca de otros climas.
Frecuentemente se picaba Elenita con la aguja, y muy a menudo se le
enredaba el hilo entre los dedos, obligándola a detenerse y a perder
los minutos. También solía pasar la aguja con tanta presteza como si
fuera puñal y con él tratara de atravesar un corazón aborrecido.
Absorta en sus reflexiones, la niña no advirtió que habían llamado a
la puerta, que la criada acababa de abrir, y que un hombre avanzaba
con pie muy quedo, al modo de ladrón, hacia la salita donde estaba
el taller de encajes. Así es que al sentir las palabras: «¿Se puede
pasar?», la joven dio un grito y saltó despavorida, cual si se viera en
presencia de un toro del Jarama.
—Váyase usted, señor de Romo, váyase usted —exclamó con terror,
refugiándose en un rincón de la estancia—. Mamá no está aquí... Estoy
sola...
—Mejor —repuso Romo sonriendo y tratando de dar a su rostro y a
su ademán el aire no aprendido de la cortesía—. ¿Me como yo a la
gente? ¿Soy ladrón o facineroso?... No; yo vengo aquí con móviles de
honradez... ¿Podrán todos decir lo mismo?
—No, aquí no ha entrado nadie, nadie más que usted.
—Puesto que usted lo dice, Elenita, lo creo —dijo el hombre oscuro
tomando una silla—. Con la venia de usted me sentaré. Estoy muy
fatigado.
—¡Y se sienta!
—Sí, porque tenemos que hablar. Atención, Elenita: yo tengo la
desgracia de estar prendado de usted.
—Pues mire usted, yo tengo muchas desgracias, menos esa.
Romo contrajo su semblante, expresando sus afectos, como los animales,
de una manera muy opaca, digámoslo así, por ser incapaz de hacerlo de
otro modo. No podía decirse si era el ruin despecho o la meritoria
resignación lo que determinaba aquel signo ilegible, que en él
reemplazaba a la clara sonrisa, señal genérica de la raza humana.
—Pues mire usted —dijo afectando candidez—, a otros les ha pasado lo
mismo, y al fin, a fuerza de paciencia, de buenas acciones y de finezas
se han hecho adorar de las que les menospreciaban.
—No conseguirá usted tal cosa de la hija de mi madre.
—Pues qué... ¿tan feo soy? —preguntó Romo, indicando que no tenía la
peor idea respecto a sus gracias personales.
—No, no; es usted monísimo —dijo Elena con malicia—, pero yo estoy por
los feos... ¿Quiere usted hacer una cosa que me agradará mucho?
—No tiene usted más que hablar, y obedeceré.
—Pues déjeme sola.
—Eso no... —repuso frunciendo el ceño—. No pasa un hombre los días y
las noches oyendo leer sentencias de muerte, y acompañando negros a la
horca; no pasa un hombre, no, su vida entre lágrimas, suspiros, sangre
y cuerpos horribles que se zarandean en la soga, para venir un rato
en busca de goces puros junto a la que ama, y verse despedido como un
perro.
—Pero yo, pobre de mí, ¿qué puedo remediar? —dijo Elena cruzando las
manos.
—Es terrible cosa —continuó el hombre-cárcel con hueco acento— que ni
siquiera gratitud haya para mí.
—¿Gratitud?..., eso sí..., estamos muy agradecidos.
—Se compromete uno, se hace sospechoso a sus amigos, intercediendo
siempre por un don Benigno que mató a muchos guardias del rey en el
Arco de Boteros; trabaja uno, se desvive, se desacredita, echa los
bofes..., y en pago..., vea usted... ¡Rayo!, hay una niña que en nada
estima los beneficios hechos a su familia... ¿Qué le importan a ella
la buena opinión del favorecedor de su padre, su honradez, su limpia
fama en el comercio?... Todo lo pospone al morrioncillo, a las espuelas
doradas y al bigotejo rubio de un mozalbete que no tiene sobre qué
caerse muerto, hijo y hermano de conspiradores...
Encendida como la grana, Elena se sentía cobarde. Pero si su valor
igualara a su indignación, y sus tijeras pudieran cortar a un hombre
como cortaban un hilo, allí mismo dividiera en dos pedazos a Romo.
—Cállese usted, cállese usted —exclamó sofocada.
—Y, sin embargo —añadió el hombre opaco poniéndose más amarillo de
lo que comúnmente era—, soy bueno, tengo paciencia, me conformo,
callo y padezco... Es verdad que tengo en mi poder un instrumento de
venganza..., pero no lo emplearé por razón de amor, no; lo emplearé tan
solo por el decoro de esta familia, a quien estimo tanto.
Elena tuvo un arranque de esos que se han visto alguna vez, muy pocas,
pero se han visto, en las palomas, en los corderos, en las liebres, en
las mariposas, en los seres más pacíficos y bondadosos, y pálida de
ira, con los labios secos, y los puños cerrados, apostrofó al amigo de
su familia, gritando así:
—Usted es un malvado, y si yo supiera que algún día había de caer en el
pecado de quererle, ahora mismo me quitaría la vida para que no pudiera
llegar ese día. Usted es un tunante, hipócrita y falsario, y si mi
padre dice que no, yo diré que sí, y si mi padre y mi madre me mandan
que le quiera, yo les desobedeceré. Hágame usted todo el daño que
guste, pues todo lo que venga de usted lo desprecio, sí, señor, como
desprecio su persona toda, sí, señor; su alma y su cuerpo, sí, señor...
Ahora, ¿quiere usted quitárseme de delante, o tendré que llamar a la
vecindad para que me ayude a echarle por la escalera abajo?
Al concluir su apóstrofe, la doncella se quedó sin fuerzas y cayó en
una silla; cayó blanda, fría, muerta como la ceniza del papel cuando
ha concluido la rápida llama. No tenía fuerzas para nada, ni aun para
mirar a su enemigo, a quien suponía levantado ya para matarla. Pero
el tenebroso Romo, más que colérico, parecía meditabundo, y miraba
al suelo, juzgando sin duda indigno de su perversidad grandiosa el
conmoverse por la flagelación de una mano blanca. Su resabio de
mascullar se había hecho más notable. Parecía estar rumiando un orujo
amargo, del cual había sacado ya el jugo de que nutría perpetuamente su
bilis. Veíase el movimiento de los músculos maxilares sobre el carrillo
verdoso, donde la fuerte barba afeitada extendía su zona negruzca.
Después miró a Elena de un modo que si indicaba algo, era una especie
de paciencia feroz o el aplazamiento de su ira. La córnea de sus ojos
era amarilla, como suele verse en los hombres de la raza etiópica, y su
iris, negro con azulados cambiantes. Fijaba poco la vista, y rara vez
miraba directamente como no fuera al suelo. Creeríase que el suelo era
un espejo, donde aquellos ojos se recreaban viendo su polvorosa imagen.
Levantose pesadamente, y dando vueltas entre las manos al sombrero,
habló así:
—Y sin embargo, Elena, yo la adoro a usted... Usted me insulta, y yo
repito que la adoro a usted... Cada uno según su natural; el mío es
requemarme de amor... ¡Rayo!, si usted me quisiera, aunque no fuese
sino poquitín, me dejaría gobernar como un perro faldero... Sería usted
la más feliz de las mujeres y yo el más feliz de los hombres, porque la
quiero a usted más que a mi vida.
Sus palabras veladas y huecas parecían salir de una mazmorra. Sin
embargo, hubo en el tono del hombre oscuro una inflexión que casi,
casi podría creerse sentimental; pero esto pasó, fue cosa de brevísimo
instante, como la rápida y apenas perceptible desafinación de un buen
instrumento músico en buenas manos. Elena se echó a llorar.
—Ya ve usted que no puede ser —balbució.
—Ya veo que no puede ser —añadió Romo mirando a su espejo, es decir,
a los ladrillos—. Puede que sea un bien para usted. Mi corazón es
demasiado grande y negro... Ama de una manera particular..., tiene
esquinas y picos..., de modo que no podrá querer sin hacer daño... A
mí me llaman el hombre de bronce... Adiós, Elenita..., quedamos en que
me resigno..., es decir, en que me muero... Usted me aborrece... ¡Rayo,
con cuánta razón!... Es que soy malo, perverso, y amenacé a usted con
hacer ahorcar a ese pobre pajarito de Seudoquis... No lo haré... Si lo
ahorcara, al fin le olvidaría usted, olvidándose también de mí... Eso
sí que no me gusta. Es preciso que usted se acuerde de este desgraciado
alguna vez.
Elena, no comprendiendo nada de tan incoherentes razones, vacilaba
entre la compasión y la repugnancia.
—Además, yo había amenazado a usted con otra cosa —dijo Romo
retrocediendo después de dar dos pasos hacia la puerta—. Yo tengo
una carta, sí, aquí está..., en mi cartera la llevo siempre. Es una
esquela que usted escribió a esa lagartija. En ella dice que yo soy
un animal... Bien: puede que sea verdad. Yo dije que iba a mostrar
la carta a su mamá de usted... No; ¿a qué viene eso? Me repugnan las
intriguillas de comedia. ¡Yo enseñando cartas ajenas, en que me llaman
animal!... Tome usted el papelejo y no hablemos más de eso.
Romo largó la mano con un papel arrugado, del cual se apoderó Elena,
guardándolo prontamente.
—Gracias —murmuró.
En aquel instante oyose la campanilla de la puerta, y la voz de don
Benigno que gritaba:
—¡Hija mía, soy yo, tu padre!
Elena corrió a abrir, y el amoroso don Benigno abrazó con frenesí a su
adorada hija, comiéndose a besos la linda cara, sonrosada de llorar.
También él lloraba como una mujer.
—¿Quién está aquí?... ¿Con quién hablabas? —preguntó con viveza el
padre, luego que pasaron las primeras expansiones de su amor.
Al entrar en la sala, don Benigno vio a Romo que iba a su encuentro
abriendo también los brazos.
—¡Ah! ¿Estaba usted aquí..., era usted...? ¡Amigo mío!
—No esperábamos todavía al señor Cordero —dijo Romo—. Desconfiaba de
que le soltaran a usted.
—¿Por qué llorabas, hija mía, antes de yo entrar? —dijo el patriota,
fijando en esto toda su atención.
—El señor Romo —repuso Elena muy turbada, pero en situación de poder
disimularlo bien— acababa de entrar...
—Yo creí que estaría aquí doña Robustiana —añadió el realista.
—Y me decía —prosiguió Elena—, me estaba diciendo que usted..., pues,
que no había esperanzas de que le soltaran, padre.
—Eso me dijeron esta mañana en la Superintendencia; pero por lo visto
las órdenes que se dieron la semana pasada han hecho efecto.
—Venga acá el mejor de los amigos, venga acá —exclamó don Benigno con
entusiasmo, abriendo los brazos para estrechar en ellos a su salvador—.
Otro abrazo..., y otro... A usted debo mi libertad. No sé cómo pagarle
este beneficio... Es como deber la vida... Venga otro abrazo... ¡Haber
dado tantos pasos para que no me maltrataran en Zaragoza, haberme
servido tan lealmente, tan desinteresadamente! No, no se ve esto todos
los días. Y es más admirable en tiempos en que no hay amigo para
amigo... Yo liberal, usted absolutista, y sin embargo, me ha librado de
la horca. Gracias, mil gracias, señor don Francisco Romo —añadió con
emoción que brotaba como un torrente de su alma honrada—. ¡Bendita sea
la memoria de su padre de usted! Por ella juro que mi gratitud será tan
duradera como mi vida.
Era la hora de comer; y cerrada la tienda, llegaron la señora, los
niños y el mancebo. Quiso don Benigno que les acompañase Romo a la
frugal mesa; pero excusose el voluntario y partió, dejando a la hidalga
familia entregada a su felicidad. Elena no respiró fácilmente hasta que
no vio la casa libre de la desapacible lobreguez de aquel hombre.