IX

Aquella mañana, cuando don Benigno estaba aún a dos leguas de la corte,

entraba Sola en su casa después de una breve excursión por las tiendas.

—Querida niña —le dijo Sarmiento suspendiendo el barrido y apoyándose

en el palo de la escoba—, Elenita Cordero ha venido a buscarte para que

la acompañes un poco. Hoy está sola todo el día.

—¿Y no ha venido nadie más?

—Sí, ha venido también el caballero que estuvo ayer —repuso Sarmiento

poniendo ceño de disgusto—. Puede que él crea que yo no le conozco a

pesar de las barbas de capuchino que gasta... Si me parece que le estoy

viendo en la sala de armas del castillo... Pero más vale callar...

¡Ah!, se me olvidaba decirte que ha dejado un paquete para ti.

—Sí..., hoy debía traerle —dijo Sola mirando a todos lados con

ansiedad—. ¿En dónde lo ha dejado?

Don Patricio señaló una puerta, por la cual entró Sola corriendo. Fue

derecha a tomar un paquete que estaba sobre su cama. Pálida y con

los labios secos, le dio vueltas en sus manos temblorosas, buscando

la lazada del cordón que lo ataba. La veía, la tocaba sin acertar

a deshacerla: de tal modo se había vuelto torpe a causa de su gran

emoción.

En el paquete había cartas, muchas cartas; pero Sola buscó entre todas

una que debía de ser la principal, y hallada se puso a leerla. Por

temor a ser interrumpida, encerrose en la alcoba, y sentándose en un

rincón, arrojó todo su espíritu sobre un papel escrito. Allí estuvo

largo rato aleteando sobre él, como la mariposa sobre la flor, y tan

pronto lloraba como reía, según los sentimientos expresados por aquella

sombra de un ser vivo a la cual se llama carta. Después miró uno por

uno los sobrescritos de las otras, y al hacer esto no mostraba mucho

contento, antes bien temor. Además, el paquete contenía una cajita

pequeña con dinero en monedas de oro. Contolas una por una, y después

lo guardó todo cuidadosamente, a excepción de las cartas que no eran

para ella. De estas hizo un nuevo paquete que ocultó en su seno.

Púsose la mantilla para salir. Don Patricio vio pintado en el semblante

de la joven el gran gozo que la dominaba, y dando el último escobazo,

se dirigió a ella sonriendo. Sola se detuvo en la puerta, y mirando a

su protegido con expresión de lástima y de bondad, le dijo:

—Abuelo Sarmiento, si yo tuviera que marcharme para Inglaterra, ¿qué

harías tú, viejecillo bobo?

Y diciendo esto y sin dejar de mirarle, bajó la escalera.

Inmóvil y perplejo don Patricio, empuñando con su derecha mano el palo

de la escoba, y alzando la siniestra hasta la altura de su frente,

parecía la estatua erigida para conmemorar la petrificación del hombre.

Solita entró en casa de Cordero. Elena, que corrió a abrirle la puerta,

le dijo:

—Hace una hora que te espero... Quítate la mantilla... Estoy sola con

Reyes... Tengo muchas cosas que contarte.

Entraron en la sala. En el centro de ella había una gran mesa llena de

puntillas que Elenita cosía unas con otras...

—¿Pero no te quitas la mantilla? —repitió la de Cordero, emprendiendo

la obra interrumpida—. Hoy no sales de aquí en todo el día.

—Ahora mismo me voy —replicó Solita dejando escapar por sus ojos el

contento.

—¡Vaya unas amigas! —dijo Elena manifestando en el tono su tristeza—.

¿A dónde vas ahora? Hace calor.

—Tengo que hacer —repuso la huérfana tocándose el pecho para ver si se

le habían perdido las cartas—. Hay cosas que no se pueden dejar para

mañana.

—Es verdad —dijo la muñeca poniendo un hilo entre los dientes—. Si yo

pudiera dejar esto para la semana que entra, lo dejaría... Parece que

estás contenta...

—Siempre no hemos de estar tristes.

—¿A dónde fuiste esta mañana?

—A comprar un vestido.

—¿Y a dónde vas ahora?

Sola vaciló un instante, porque era preciso mentir y su inventiva no

era grande.

—A comprar otro —repuso al fin.

—¡Qué lujo!... —exclamó Elena en son de amistosa burla.

—¡Qué quieres tú...! Es posible que tenga que salir de Madrid para ir

a...

—¿A dónde? —preguntó la de Cordero con viveza.

—A... otra parte —repuso la huérfana cayendo en la cuenta de que había

sido indiscreta—. Todavía no hay nada de cierto.

—De modo que me quedaré sola... Pero muy satisfecha, muy oronda estás

hoy.

Sola se echó a reír. Este era el desahogo de un espíritu a quien la

prudencia imponía silencio absoluto. Cuando una alegría tiene en la

boca de su cráter una gran piedra de discreción que la tapa y la ahoga,

solo puede calmar su hervor riendo como los chicos y los tontos.

—Tú ríes y yo estoy desesperada —dijo la primorosa muñeca dando una

patadita en el suelo y rompiendo de un tirón el hilo que tenía entre

los dientes—. Solilla, anoche..., si supieras lo que me pasó anoche...

—¿Qué?

Este monosílabo lo pronunció Sola distraída y maquinalmente, porque

tenía fija toda su atención en sí misma.

—¡Anoche!

—¡Anoche!... —repitió la amiga, volviéndose a tocar el pecho para ver

si había perdido las cartas.

—Todavía no se me ha quitado el miedo —dijo Elena suspendiendo su

obra para que ningún acto perjudicase a la expresión de lo que iba a

decir—. Antes ese hombre me era muy antipático; pero ahora..., te juro

que le aborrezco con toda mi alma.

—¡Pobrecito!... No, no; quiero decir que le está bien merecido... El

señor Romo no cautivará a ninguna mujer. Sin ser feo, es tal que parece

más feo que los que lo son adrede.

—Justamente, has dicho la verdad... El amigo de la casa se empeña en

quererme y en que he de quererle yo. ¡Ay!, amiga, tienes razón en decir

que ese hombre es malo... Hay en su cara una cosa... ¿qué es? Parece

que va pasando por delante de él una máscara horrible que le hace

sombra en la cara. ¿No es así?

—Así mismo es, así —dijo Sola mirándose en un espejo colgado frente a

ella, y haciendo la observación de que no se encontraba tan poco bonita

como antes creyera.

—Pues ve a decirle a mamá que Francisco Romo no es la flor y nata de

los caballeros... Todo lo bueno lo hace el señor Romo... «¡Ay, cuándo

vendrá el señor de Romo para contarle lo que nos pasa!...». «De este

apuro nadie más que el señor de Romo puede sacarnos...». «Si el señor

de Romo no nos devuelve a tu padre, tenlo por perdido...». Y dale con

el señor _de_ Romo.

—¿Por qué no le cuentas o tu madre lo que te pasa?

—No puedo... De ningún modo —dijo Elenita mostrando en su hermoso

rostro perfilado la imagen de la mayor confusión—. ¡Ay, pobre de mí,

qué desgraciada soy!... Sí, la más desgraciada de todas las mujeres.

Diciendo esto, la figurita de porcelana cayó en una silla y llevó

a los ojos, acompañadas de un largo pañuelo, sus dos lindas manos.

Alarmada Solita, acudió hacia ella y abrazola tiernamente, rogándole

que explicase aquellas desgracias tan enormes que la abrumaban.

—Yo no puedo querer a Romo —afirmó esta sollozando— porque es muy feo,

muy bastote, y porque no me gusta... ¿Qué culpa tengo yo de que otro

me haya parecido mejor? Dime tú si cualquier mujer a quien le pongan

delante a Francisco Romo y a Angelito Seudoquis puede dudar.

—¡Oh!, no, de ningún modo. Angelito Seudoquis se ha de llevar la palma.

—Pues está claro —dijo Elena, recibiendo gran consuelo con la

declaración de su amiga—. El pobre muchacho es muy bueno, de noble

familia, superior a nosotros, que somos tenderos; es honrado,

caballero, muy fino, muy valiente, según él mismo me ha dicho..., y

quiere casarse conmigo.

—¿Y por qué no se ha de casar?

—Porque yo soy muy desgraciada..., no te rías..., la más desgraciada

de las mujeres —exclamó la doncella llorando como una Magdalena—, y

además, porque he sido mala, muy mala y Dios me está castigando.

—¿Qué has hecho?

—Escribí una carta a Angelito —dijo Elena observando su pañuelo.

—Eso sí que no me lo habías dicho.

—Pensaba decírtelo hoy... Le he escrito dos cartas.

—¿Dos?

—No..., me parece que han sido tres..., o quizás sean cuatro.

—¿Cuatro?

—La verdad, amiga de mi alma: llevo escritas cinco cartas.

—No digas más, porque si sigue la cuenta, va a resultar que le has

escrito cincuenta.

—Él pasaba todos los días por aquí... Yo sentía sus taconazos con el

rechinchín de las espuelas, y me daba mucha lástima... No podía menos

de asomarme... Un día me mandó con Reyes un papelito... En fin, en la

última carta que le escribí...

—Eso es: vamos a la última.

—En la última carta le decía muchas bobadas... Como él es tan tierno y

en las cartas pinta corazones ensartados chorreando sangre...

—¿Tu también le pintaste corazones?

—No..., pero le decía que Romo es un animal..., porque está celoso de

Romo... También le decía que con él (es decir, con Angelito) o con

nadie..., que me metería monja..., que el sepulcro me era más dulce que

casarme con otro... En fin, esas cosillas que se dicen...

—¿Y nada más?

—Pero es el caso que la policía ha puesto preso a Angelito ayer por la

mañana.

—¡Jesús, mujer!

—Sí —añadió Elena más acongojada—. Le han puesto preso porque parece

que un hermano suyo que estaba emigrado en Inglaterra ha venido para

conspirar. Le buscan, y como no pueden encontrarle, han cogido al

hermanito..., y..., y...

Elena soltó un torrente de lágrimas y se deshizo en sollozos.

—¡Y..., y le van ahorcar! —prosiguió con lastimeros ayes.

—No seas tonta, mujer —le dijo Sola, que se había puesto muy pálida—. Y

dices que por haber llegado su hermano...

—Sí, un condenado masón que ha venido a armar revoluciones; y como no

le han podido coger...

Soledad pasó de la sorpresa a la estupefacción más profunda.

—¡Esos infames polizontes son tan malos!... —añadió la de Cordero—.

¿Qué culpa tiene el pobre Angelito?... Él es liberal, muy liberal;

pero se halla decidido, así me lo ha dicho, a no desenvainar su espada

contra el rey. Ya sabes que es cadete. No, no: jamás Angelito atentará

a los derechos del trono... Pues volviendo a ese vil Romo..., ya sabes

que es amigo de los de la policía y de Chaperón.

Sola no oía nada. Estaba absorta y no apartaba su mano del seno. Creía

sentir sobre él un peso colosal que la abrumaba.

—Como es amigo de la policía... —añadió Elena—. Ya sabes que registran

a todos los presos... Romo encontró en el bolsillo de Angelito la

última carta que le escribí... ¿Conoces tú desgracia semejante?

—¿Y qué?

— Que la tiene él..., Romo..., y me la enseñó anoche..., y dice que

se la va a enseñar a mamá y a papá cuando venga..., y dice que cuando

ahorquen a Angelito él le tirará de los pies...

Un nuevo temporal deshecho de lágrimas, ayes y acongojados sollozos,

interrumpió la narración de la inocente doncella.

—Yo me voy —dijo Sola levantándose bruscamente.

—No digas eso —repuso Elena tirando de la falda de su amiga—. Voy a

estar llorando todo el día: acompáñame.

—Después.

—Ahora.

—Tengo que salir —repitió Sola sin mirar a su amiga y oprimiéndose el

seno.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó Elena tocando también y sintiendo rumor de

papeles.

—Nada, nada —repuso la huérfana con turbación.

—¡Ah!, pícara..., las cartas de tu novio..., y no me has querido decir

quién es..., y dices que no tienes ninguno; ¡y te escribe tantos

pliegos!... Ahí llevas una resma... No te vayas, por amor de Dios.

Sola se despidió de su amiga con gran desasosiego.

—Parece que se te ha desvanecido la alegría —le dijo la muñeca.

—Adiós.

—Espera un rato.

—Ni un minuto... Voy a ver a una persona...

—¿No me has dicho que a comprar otro vestido?

—Es verdad... Volveré pronto. Adiós.

X

Elenita se quedó sola en la calma y silencio de la casa, apenas

interrumpidos por los cantorrios de la criada, que chillaba en la

cocina acompañándose con el almirez.

La desgraciada joven, más infeliz que todas las mujeres nacidas, según

su propio parecer, reanudó su trabajo de coser puntillas, en el cual,

si no ponía la artífice gran atención, había de salir muy imperfecto.

No iba a las mil maravillas la obra, por cuya razón Elena deshacía con

frecuencia lo hecho, tornando a empezar. A ratos aparecían entre la

delicada tela de araña algunas lágrimas que se quedaban temblando en

los menudos hilos negros, como insectos de diamantes cogidos en una

red de pelo. A ratos los suspiros de la obrera hacían moverse y volar

los pedazos más pequeños, que se remontaban en busca de otros climas.

Frecuentemente se picaba Elenita con la aguja, y muy a menudo se le

enredaba el hilo entre los dedos, obligándola a detenerse y a perder

los minutos. También solía pasar la aguja con tanta presteza como si

fuera puñal y con él tratara de atravesar un corazón aborrecido.

Absorta en sus reflexiones, la niña no advirtió que habían llamado a

la puerta, que la criada acababa de abrir, y que un hombre avanzaba

con pie muy quedo, al modo de ladrón, hacia la salita donde estaba

el taller de encajes. Así es que al sentir las palabras: «¿Se puede

pasar?», la joven dio un grito y saltó despavorida, cual si se viera en

presencia de un toro del Jarama.

—Váyase usted, señor de Romo, váyase usted —exclamó con terror,

refugiándose en un rincón de la estancia—. Mamá no está aquí... Estoy

sola...

—Mejor —repuso Romo sonriendo y tratando de dar a su rostro y a

su ademán el aire no aprendido de la cortesía—. ¿Me como yo a la

gente? ¿Soy ladrón o facineroso?... No; yo vengo aquí con móviles de

honradez... ¿Podrán todos decir lo mismo?

—No, aquí no ha entrado nadie, nadie más que usted.

—Puesto que usted lo dice, Elenita, lo creo —dijo el hombre oscuro

tomando una silla—. Con la venia de usted me sentaré. Estoy muy

fatigado.

—¡Y se sienta!

—Sí, porque tenemos que hablar. Atención, Elenita: yo tengo la

desgracia de estar prendado de usted.

—Pues mire usted, yo tengo muchas desgracias, menos esa.

Romo contrajo su semblante, expresando sus afectos, como los animales,

de una manera muy opaca, digámoslo así, por ser incapaz de hacerlo de

otro modo. No podía decirse si era el ruin despecho o la meritoria

resignación lo que determinaba aquel signo ilegible, que en él

reemplazaba a la clara sonrisa, señal genérica de la raza humana.

—Pues mire usted —dijo afectando candidez—, a otros les ha pasado lo

mismo, y al fin, a fuerza de paciencia, de buenas acciones y de finezas

se han hecho adorar de las que les menospreciaban.

—No conseguirá usted tal cosa de la hija de mi madre.

—Pues qué... ¿tan feo soy? —preguntó Romo, indicando que no tenía la

peor idea respecto a sus gracias personales.

—No, no; es usted monísimo —dijo Elena con malicia—, pero yo estoy por

los feos... ¿Quiere usted hacer una cosa que me agradará mucho?

—No tiene usted más que hablar, y obedeceré.

—Pues déjeme sola.

—Eso no... —repuso frunciendo el ceño—. No pasa un hombre los días y

las noches oyendo leer sentencias de muerte, y acompañando negros a la

horca; no pasa un hombre, no, su vida entre lágrimas, suspiros, sangre

y cuerpos horribles que se zarandean en la soga, para venir un rato

en busca de goces puros junto a la que ama, y verse despedido como un

perro.

—Pero yo, pobre de mí, ¿qué puedo remediar? —dijo Elena cruzando las

manos.

—Es terrible cosa —continuó el hombre-cárcel con hueco acento— que ni

siquiera gratitud haya para mí.

—¿Gratitud?..., eso sí..., estamos muy agradecidos.

—Se compromete uno, se hace sospechoso a sus amigos, intercediendo

siempre por un don Benigno que mató a muchos guardias del rey en el

Arco de Boteros; trabaja uno, se desvive, se desacredita, echa los

bofes..., y en pago..., vea usted... ¡Rayo!, hay una niña que en nada

estima los beneficios hechos a su familia... ¿Qué le importan a ella

la buena opinión del favorecedor de su padre, su honradez, su limpia

fama en el comercio?... Todo lo pospone al morrioncillo, a las espuelas

doradas y al bigotejo rubio de un mozalbete que no tiene sobre qué

caerse muerto, hijo y hermano de conspiradores...

Encendida como la grana, Elena se sentía cobarde. Pero si su valor

igualara a su indignación, y sus tijeras pudieran cortar a un hombre

como cortaban un hilo, allí mismo dividiera en dos pedazos a Romo.

—Cállese usted, cállese usted —exclamó sofocada.

—Y, sin embargo —añadió el hombre opaco poniéndose más amarillo de

lo que comúnmente era—, soy bueno, tengo paciencia, me conformo,

callo y padezco... Es verdad que tengo en mi poder un instrumento de

venganza..., pero no lo emplearé por razón de amor, no; lo emplearé tan

solo por el decoro de esta familia, a quien estimo tanto.

Elena tuvo un arranque de esos que se han visto alguna vez, muy pocas,

pero se han visto, en las palomas, en los corderos, en las liebres, en

las mariposas, en los seres más pacíficos y bondadosos, y pálida de

ira, con los labios secos, y los puños cerrados, apostrofó al amigo de

su familia, gritando así:

—Usted es un malvado, y si yo supiera que algún día había de caer en el

pecado de quererle, ahora mismo me quitaría la vida para que no pudiera

llegar ese día. Usted es un tunante, hipócrita y falsario, y si mi

padre dice que no, yo diré que sí, y si mi padre y mi madre me mandan

que le quiera, yo les desobedeceré. Hágame usted todo el daño que

guste, pues todo lo que venga de usted lo desprecio, sí, señor, como

desprecio su persona toda, sí, señor; su alma y su cuerpo, sí, señor...

Ahora, ¿quiere usted quitárseme de delante, o tendré que llamar a la

vecindad para que me ayude a echarle por la escalera abajo?

Al concluir su apóstrofe, la doncella se quedó sin fuerzas y cayó en

una silla; cayó blanda, fría, muerta como la ceniza del papel cuando

ha concluido la rápida llama. No tenía fuerzas para nada, ni aun para

mirar a su enemigo, a quien suponía levantado ya para matarla. Pero

el tenebroso Romo, más que colérico, parecía meditabundo, y miraba

al suelo, juzgando sin duda indigno de su perversidad grandiosa el

conmoverse por la flagelación de una mano blanca. Su resabio de

mascullar se había hecho más notable. Parecía estar rumiando un orujo

amargo, del cual había sacado ya el jugo de que nutría perpetuamente su

bilis. Veíase el movimiento de los músculos maxilares sobre el carrillo

verdoso, donde la fuerte barba afeitada extendía su zona negruzca.

Después miró a Elena de un modo que si indicaba algo, era una especie

de paciencia feroz o el aplazamiento de su ira. La córnea de sus ojos

era amarilla, como suele verse en los hombres de la raza etiópica, y su

iris, negro con azulados cambiantes. Fijaba poco la vista, y rara vez

miraba directamente como no fuera al suelo. Creeríase que el suelo era

un espejo, donde aquellos ojos se recreaban viendo su polvorosa imagen.

Levantose pesadamente, y dando vueltas entre las manos al sombrero,

habló así:

—Y sin embargo, Elena, yo la adoro a usted... Usted me insulta, y yo

repito que la adoro a usted... Cada uno según su natural; el mío es

requemarme de amor... ¡Rayo!, si usted me quisiera, aunque no fuese

sino poquitín, me dejaría gobernar como un perro faldero... Sería usted

la más feliz de las mujeres y yo el más feliz de los hombres, porque la

quiero a usted más que a mi vida.

Sus palabras veladas y huecas parecían salir de una mazmorra. Sin

embargo, hubo en el tono del hombre oscuro una inflexión que casi,

casi podría creerse sentimental; pero esto pasó, fue cosa de brevísimo

instante, como la rápida y apenas perceptible desafinación de un buen

instrumento músico en buenas manos. Elena se echó a llorar.

—Ya ve usted que no puede ser —balbució.

—Ya veo que no puede ser —añadió Romo mirando a su espejo, es decir,

a los ladrillos—. Puede que sea un bien para usted. Mi corazón es

demasiado grande y negro... Ama de una manera particular..., tiene

esquinas y picos..., de modo que no podrá querer sin hacer daño... A

mí me llaman el hombre de bronce... Adiós, Elenita..., quedamos en que

me resigno..., es decir, en que me muero... Usted me aborrece... ¡Rayo,

con cuánta razón!... Es que soy malo, perverso, y amenacé a usted con

hacer ahorcar a ese pobre pajarito de Seudoquis... No lo haré... Si lo

ahorcara, al fin le olvidaría usted, olvidándose también de mí... Eso

sí que no me gusta. Es preciso que usted se acuerde de este desgraciado

alguna vez.

Elena, no comprendiendo nada de tan incoherentes razones, vacilaba

entre la compasión y la repugnancia.

—Además, yo había amenazado a usted con otra cosa —dijo Romo

retrocediendo después de dar dos pasos hacia la puerta—. Yo tengo

una carta, sí, aquí está..., en mi cartera la llevo siempre. Es una

esquela que usted escribió a esa lagartija. En ella dice que yo soy

un animal... Bien: puede que sea verdad. Yo dije que iba a mostrar

la carta a su mamá de usted... No; ¿a qué viene eso? Me repugnan las

intriguillas de comedia. ¡Yo enseñando cartas ajenas, en que me llaman

animal!... Tome usted el papelejo y no hablemos más de eso.

Romo largó la mano con un papel arrugado, del cual se apoderó Elena,

guardándolo prontamente.

—Gracias —murmuró.

En aquel instante oyose la campanilla de la puerta, y la voz de don

Benigno que gritaba:

—¡Hija mía, soy yo, tu padre!

Elena corrió a abrir, y el amoroso don Benigno abrazó con frenesí a su

adorada hija, comiéndose a besos la linda cara, sonrosada de llorar.

También él lloraba como una mujer.

—¿Quién está aquí?... ¿Con quién hablabas? —preguntó con viveza el

padre, luego que pasaron las primeras expansiones de su amor.

Al entrar en la sala, don Benigno vio a Romo que iba a su encuentro

abriendo también los brazos.

—¡Ah! ¿Estaba usted aquí..., era usted...? ¡Amigo mío!

—No esperábamos todavía al señor Cordero —dijo Romo—. Desconfiaba de

que le soltaran a usted.

—¿Por qué llorabas, hija mía, antes de yo entrar? —dijo el patriota,

fijando en esto toda su atención.

—El señor Romo —repuso Elena muy turbada, pero en situación de poder

disimularlo bien— acababa de entrar...

—Yo creí que estaría aquí doña Robustiana —añadió el realista.

—Y me decía —prosiguió Elena—, me estaba diciendo que usted..., pues,

que no había esperanzas de que le soltaran, padre.

—Eso me dijeron esta mañana en la Superintendencia; pero por lo visto

las órdenes que se dieron la semana pasada han hecho efecto.

—Venga acá el mejor de los amigos, venga acá —exclamó don Benigno con

entusiasmo, abriendo los brazos para estrechar en ellos a su salvador—.

Otro abrazo..., y otro... A usted debo mi libertad. No sé cómo pagarle

este beneficio... Es como deber la vida... Venga otro abrazo... ¡Haber

dado tantos pasos para que no me maltrataran en Zaragoza, haberme

servido tan lealmente, tan desinteresadamente! No, no se ve esto todos

los días. Y es más admirable en tiempos en que no hay amigo para

amigo... Yo liberal, usted absolutista, y sin embargo, me ha librado de

la horca. Gracias, mil gracias, señor don Francisco Romo —añadió con

emoción que brotaba como un torrente de su alma honrada—. ¡Bendita sea

la memoria de su padre de usted! Por ella juro que mi gratitud será tan

duradera como mi vida.

Era la hora de comer; y cerrada la tienda, llegaron la señora, los

niños y el mancebo. Quiso don Benigno que les acompañase Romo a la

frugal mesa; pero excusose el voluntario y partió, dejando a la hidalga

familia entregada a su felicidad. Elena no respiró fácilmente hasta que

no vio la casa libre de la desapacible lobreguez de aquel hombre.

El terror de 1824 · 第 12 / 32 题