VI

El triste día de la ejecución todo Madrid asistió a ella, lo mismo los

absolutistas rabiosos que los antiguos patriotas, a excepción de los

que no podían salir a la calle sin peligro de ser afeitados o arrojados

en los pilones de las fuentes, cuando no hechos trizas por el vulgo.

Pero entre tanto gentío faltó un hombre que durante el verano había

vivido casi constantemente en la calle, entreteniendo a los desocupados

y dando que reír a los pícaros. Echábanle de menos en las esquinas de

la Puerta del Sol y en los diversos mentideros, por lo cual le creían

fallecido. No era cierto. Sarmiento vivía, gozando además de una

regular salud.

La primera noche que se quedó en casa de Solita durmió de un tirón once

horas, y habiendo despertado al medio día llamó con fuertes voces para

que le llevaran chocolate. Dióselo la misma dueña de la casa con mucha

amabilidad, y entre sorbo y sorbo el preceptor decía:

—Puedo aceptar estos obsequios porque hoy mismo entraré por la senda

a que me lleva mi destino... Si fuera por mucho tiempo de ningún

modo aceptaría... Mi carácter, mi dignidad, los recuerdos de nuestro

antagonismo no me lo permiten.

—¿Qué tal está el chocolate? —le preguntó Sola con malignidad.

—Así, así..., mejor dicho, no está mal..., quiero decir, muy bueno,

excelente, o hablando con completa franqueza, riquísimo.

—¿Hoy se marcha usted?

—Ahora mismo... Me presentaré a las autoridades —repuso Sarmiento

dejando el cangilón y arropándose de nuevo entre las sábanas— y les

diré: «Aquí tenéis, infames sicarios, al que os ha hecho tanto daño;

quitadme esta miserable vida; bebed mi sangre, caníbales. Quiero

compartir la inmortalidad del insigne Riego...».

—¿Todo eso va a decir usted?... Pues un poco perezosillo está mi buen

viejo para hacer y decir tantas cosas.

—¡Yo perezoso! —exclamó incorporando el anguloso busto y extendiendo

los brazos—. ¡Venga al punto mi ropa!

Soledad le mostró ropa blanca limpia y planchada.

—Estuve arriba —dijo.

—¿En mi casa?

—Sí: saqué la llave del bolsillo de usted, subí, revolví todo buscando

ropa mejor que la que usted tiene puesta..., pero no encontré nada.

—¡Cómo había de encontrar, alma de Dios, lo que no tengo! No se burle

de mi miseria... Pero entendámonos, ¿qué ropa es esta que me ofrece?

—Ya lo ve..., son piezas desechadas, pero en buen uso.

—¡Ah! ya... Ropa desechada del señor don Salvador Monsalud... Pues mire

usted, si fuera obsequio de otra persona lo rehusaría; pero siendo de

aquel noble patriota lo acepto. Conste que no he pedido nada.

—De ropa exterior podríamos arreglarle algunas piezas decentes —dijo

Sola sonriendo—, siempre que usted tarde algunos días en marchar a la

inmortalidad.

—¡Tardar! Basta de bromas... ¿Para qué quiero yo ropas bonitas? ¿Voy

acaso a entrar en algún salón de baile, o en los Elíseos Campos, donde

los justos se pasean envueltos en mantos de nubes?... Figúrese usted la

falta que me hará a mí la buena ropa...

—Puede que tarden en matarle a usted un mes o dos. Y si siguen estos

fríos no le vendrá mal una buena capa.

—Tanto como venir mal precisamente, no... ¿La tiene usted?

—La buscaremos.

—No, no es preciso... Voy a levantarme.

Soledad se retiró, y al poco rato apareció en la sala don Patricio

completamente vestido. Sentose en el sofá, y contemplando a la joven

con bondadosa mirada, dijo así:

—Desde el tiempo de mi Refugio, no había dormido en una cama tan

buena... ¡Ay, ella era tan hacendosa, tan casera! Nuestro domicilio

estaba como un oro, y nuestro lecho nupcial podía haber servido para

que en él se revolcara un rey... ¡Pobre Refugio, si me vieras en mi

actual miseria!... ¡Pobre Lucas, pobre hijo mío! Hoy tu muerte es digna

de envidia, porque estás en la morada de los héroes y de los elegidos;

pero tu padre no tiene consuelo, ni puede vivir sin verte...

Derramó algunas lágrimas, y por largo rato estuvo silencioso y

cabizbajo, dando muestras de verdadero dolor. Soledad, ocupada en sus

quehaceres, no se presentó a él sino a la hora de la comida.

—Supongo que no saldrá usted hasta después de comer —le dijo poniendo

la mesa.

—Saldré antes, ahora mismo, señora —dijo Sarmiento irguiéndose

súbitamente como un asta de bandera—. El peso de la vida me es

insoportable. Una voz secreta me grita: «Anda, corre...». Todo mi ser

avanza en pos de la gloria que me está destinada.

—¡Cuánto mejor irá usted después de comer!... ¿Es que desprecia usted

mi mesa?

—¡Oh!, no, señora, de ningún modo —replicó Sarmiento con cortesía—;

pero conste que solo por acompañar a usted...

Comieron tranquilamente, siendo de notar que el espiritual don

Patricio, creyendo sin duda inconveniente el aventurarse por los

ideales senderos con el estómago vacío, diose prisa a llenarlo de

cuanto la mesa sustentaba.

—¡Qué buena comida! —dijo permitiendo a su paladar aquel desliz de

sensualismo—. ¡Qué bien hecho todo, y con cuánto primor presentado!

Solita, si usted se casa, su marido de usted será el más feliz de los

hombres.

Al final de la comida, los ojos de don Patricio brillaron con

resplandores de gozo, viendo una taza llena de negro licor.

—¡También café!... ¡Oh, cuánto tiempo hace que no pruebo este delicioso

líquido!... El néctar de los dioses, el néctar de los héroes...

Gracias, mil gracias por tan delicada fineza.

—Yo sabía que a usted le gusta mucho este brebaje.

—¡Gracias!... ¡y qué bueno es!... ¡qué aroma!

—Será el último que beba usted, porque en la cárcel no dan estas

golosinas.

—¿Y qué importa? —repuso el anciano con solemne acento—. ¿Acaso somos

de alfeñique? Cuando un hombre se decide a escalar con gigantesco pie

el último círculo del cielo, ¿de qué vale el liviano placer de los

sentidos?

Dijo, y poniéndose el farolillo de fieltro que desempeñaba en su cabeza

las funciones propias de un sombrero, se dispuso a salir.

—Adiós, señora —murmuró—, gracias por sus atenciones, que no esperaba

en persona de quien soy encarnizado enemigo... político. Su papá de

usted y yo nos aborrecimos y nos aborreceremos en la otra vida... Abur.

Salió precipitadamente hacia la puerta; mas no pudiendo abrirla, volvió

diciendo:

—La llave, la llave...

Soledad rompió a reír.

—¡Y creía el muy tonto que iba a dejarle salir! No faltaba más. Eso

querrían los chicos para divertirse. ¿Quiere usted quitarse ese

sombrero, hombre de Dios, y sentarse ahí y estarse tranquilo?

—Señora, señora —dijo Sarmiento moviendo la cabeza y pateando

ligeramente en muestra de su decoroso enfado—, ábrame usted la puerta,

y déjeme en paz, que cada uno va a su destino, y el mío es... el que yo

me sé.

—No abro.

—Señora, señorita, que yo soy hombre de poca paciencia. Ábrame la

puerta, o reñimos de veras.

—Que no abro la puerta —replicó Sola, remedando el tonillo de cantinela

de su digno huésped.

—Basta de bromas, basta, repito —vociferó Sarmiento tomando el aire y

tono tragicómicos que empleaba al reprender a los alumnos—. Yo soy un

hombre formal... De mí no se ríe nadie y menos una chiquilla loca...

Ea, niña sin juicio, abra usted si no quiere saber quién es Patricio

Sarmiento.

—Un loco, un majadero, un vagabundo, a quien es preciso recoger por

caridad y encerrar por fuerza, para que no se degrade en las calles

como un pordiosero, haciendo el saltimbanquis y muriéndose de miseria,

ya que por el estado de su cabeza no puede morirse de vergüenza.

Esto lo dijo con tanta seriedad y entereza, que por breve rato estuvo

el patriota aturdido y confuso.

—Aquí hay algo, aquí hay algún designio oculto que no puedo comprender

—afirmó el anciano—, pero que tiene por objeto, sí, tiene por objeto

impedir una resolución demasiado ruidosa y que quizás perjudicaría al

absolutismo.

Otra vez se echó a reír Sola de tan buena gana, que Sarmiento se

enfureció más.

—Por vida de la chilindraina —gritó agitando sus brazos—, que si usted

no me da la llave, la tomaré yo donde quiera que se encuentre.

—Atrévase —dijo Soledad con festiva afectación de valor, incorporándose

en su asiento—. Mujer y de poca fuerza, no temo a un fastasmón como

usted... Quieto ahí, y cuidado con apurarme la paciencia.

—Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca —gruñó

Sarmiento con sarcasmo—. ¡Querer detener a un hombre como yo! No

sabe usted las bromas que gasto. Repito que aquí hay una conjuración

infame... ¡Oh, si es usted hija del conspirador más grande que han

abortado los despóticos infiernos!... ¡Ah, taimada muchachuela! Ahora

me explico a qué venían los chocolatitos, la ropita blanca, el buen

cocido y mejor sopa... ¡Quite usted allá! ¿Cree usted que con eso se

ablanda este bronce? ¿Cree usted que así se abate esta montaña? ¿Soy

yo de mantequillas? Aunque fuera preciso derribar a puñetazos estas

paredes y arrancar con los dientes esos cerrojos del despotismo, yo

lo haría, yo..., porque he de ir a donde me llama mi hado feliz, y mi

hado, _fatum_ que decían los antiguos, se ha de cumplir, y la víctima

preciosa inscrita en el eterno libro no puede faltar, ni la sangre

redentora puede dejar de derramarse, ni la libertad ha de quedarse

sin la víctima que necesita. De modo que saldré, pese a quien pese,

aunque tenga que emplear la fuerza contra miserables mujeres, lo que es

impropio de la nobleza de mi carácter.

—¿Se atreverá usted?

—Sí; deme usted la llave de esa puerta nefanda —contestó Sarmiento con

énfasis petulante que no tenía nada de temible—, o se arrepentirá de su

crimen..., porque esto es un crimen... ¡La llave, la llave!

—Ahora lo veremos.

Corriendo afuera, prontamente volvió Sola con un palo de escoba, y

enarbolándolo frente a don Patricio, le hizo retroceder algunos pasos.

—Aquí están mis llaves, pícaro, vagabundo. O renuncia usted a salir, o

le rompo la cabeza.

—Señora —exclamó don Patricio acorralado en un ángulo de la sala—, no

abuse usted de mi delicadeza..., de mi dignidad, que me impide poner la

férrea mano sobre una hembra... ¡Esto es un ardid, pero qué ardid!...

Una trama verdaderamente absolutista.

—Siéntese usted —gritó Soledad conteniendo la risa y sin dejar el

argumento de caña—. Fuera el sombrero.

—Vaya, me siento y me descubro —repuso Sarmiento con la sumisión del

esclavo—. ¿Qué más?

—¿Se compromete usted a no salir en quince días?

—Jamás, jamás, jamás. Antes la muerte —murmuró cerrando los ojos—.

Pegue usted.

—Esto es una broma —dijo Soledad arrojando el palo, sentándose junto al

anciano y poniéndole la mano amorosamente sobre el hombro—. ¿Cómo había

yo de castigar al pobre viejecito demente miserable que se pasa la

vida en las calles divirtiendo a los muchachos? Si no hay en el mundo

ser alguno más digno de lástima... ¡Pobre viejecillo! Me he propuesto

hacer una buena obra de caridad y he de conseguirlo. Yo he de traer a

este infeliz a la razón. ¿Y cómo? Asistiéndole, cuidándole, dándole de

comer cositas buenas y sabrosas, arreglándole su ropa para que esté

decente y no tenga frío, proporcionándole todo lo necesario para que no

carezca de nada y tenga una vejez alegre y pacífica.

Estas palabras debieron hacer ligera impresión en el espíritu del

viejo, porque moviendo la cabeza, se dejó acariciar y no dijo nada.

—Jesucristo nos manda hacer bien a los pobres, cuidar a los enfermos

y aliviar a los menesterosos —añadió Sola acercando su agraciado

rostro a la rugosa efigie del vagabundo—. Y cuando esto se hace con

enemigos, el mérito es mayor, mucho mayor, y el placer de hacerlo

también aumenta. Recordando que este pobre iluso y fanático negó a

mi padre un vaso de agua en un trance terrible, más me alegro de

hacerle beneficios, sí, porque además yo sé que el desgraciado vejete

loco no es malo en realidad, ni carece de buen corazón, sino que por

causa del condenado fanatismo hizo aquella y otras maldades... Por

consiguiente, papá Sarmiento, aquí estarás encerradito, comiendo bien y

cenando mejor, libre de chicos, de insultos, de atropellos, de hambre

y desnudez; aquí vivirás tranquilo, haciéndome compañía, porque yo soy

sola como mi nombre, y estaré sola por mucho tiempo, quizás toda la

vida... ¿Quedamos en eso? Ya ves que te tuteo en señal de parentesco y

familiaridad.

—¡Ah, mujer melosa y liviana! —dijo Sarmiento haciendo un esfuerzo de

energía, semejante al de los anacoretas cuando se veían en grande y

peligrosa tentación—. ¡Quita allá! Mi alma es demasiado fuerte para

sucumbir a tus pérfidos halagos.

—Esta noche cenaremos —dijo Soledad hablando como cuando se les anuncia

a los niños lo que han de comer—. Oye tú lo que cenaremos; pollo,

chuletas, uvas...

Iba contando por los dedos cada cosa, y haciendo gran pausa en cada

parada.

—Mañana —añadió— voy a ocupar a mi ancianito en cosas útiles. Me ha

de trabajar para que yo pueda tratarle bien. Yo necesito reformar

mi letra, porque escribo patas de mosca y no tengo ortografía. El

viejecillo me dará lección todas las noches. Por el día le emplearé en

algo que le entretenga. Darele buenos libros..., nada de política..., y

cuando esté domesticado, le sacaré a paseo por las tardes.

A don Patricio se le humedecieron los ojos. Difícil es saber lo que

pasaba en su alma.

—¿Y mi gloria, pero esa gloria que me está llamando? —dijo dando fuerte

porrazo en el brazo de la silla—. ¡Vaya un modo de hacer caridades,

señora, quitándole a uno la inmortalidad, el lauro de oro que se le

tiene destinado!

Don Patricio dijo esto con una seriedad que hacía llorar y reír al

mismo tiempo.

—¿Qué gloria? —repuso Soledad—. No conozco sino la que Dios da a los

que se portan bien y cumplen sus mandamientos.

—¿Pero y esa víctima, esa víctima de quien necesita la libertad?

—La libertad no necesita víctimas, sino hombres que la sepan

entender... Conque Sarmientillo, seremos amigos. De aquí no se sale

mientras esa cabeza no esté buena.

Diole dos cariñosas palmadas en ella la encantadora joven, mientras

el insigne patriota exhalaba de su noble pecho un suspiro de a libra,

permítase la frase. ¿Era que hacía el sacrificio de su ideal sublime?

¿Era que pedía a su espíritu fuerzas para sobreponerse a seducción tan

poderosa? No es fácil saberlo. Los próximos sucesos lo dirán.

—¡Ah, señora —exclamó tomando la mano de Sola—, no sabe usted bien lo

que hace! La historia, quizás, pedirá a usted cuentas de su acción

abominable, aunque declaro que es inspirada por un noble impulso de

caridad... Engañosa Circe, no sabe usted bien qué clase de ímpetus

sojuzga y contiene al encerrarme; no sabe usted bien qué especie de

monstruo encarcela, ni qué heroicas acciones se pierden con este hecho,

ni qué días gloriosos serán borrados de la serie del tiempo.

Dijo, y un rato después dormía la siesta.

El terror de 1824 · 第 9 / 32 题