El triste día de la ejecución todo Madrid asistió a ella, lo mismo los
absolutistas rabiosos que los antiguos patriotas, a excepción de los
que no podían salir a la calle sin peligro de ser afeitados o arrojados
en los pilones de las fuentes, cuando no hechos trizas por el vulgo.
Pero entre tanto gentío faltó un hombre que durante el verano había
vivido casi constantemente en la calle, entreteniendo a los desocupados
y dando que reír a los pícaros. Echábanle de menos en las esquinas de
la Puerta del Sol y en los diversos mentideros, por lo cual le creían
fallecido. No era cierto. Sarmiento vivía, gozando además de una
regular salud.
La primera noche que se quedó en casa de Solita durmió de un tirón once
horas, y habiendo despertado al medio día llamó con fuertes voces para
que le llevaran chocolate. Dióselo la misma dueña de la casa con mucha
amabilidad, y entre sorbo y sorbo el preceptor decía:
—Puedo aceptar estos obsequios porque hoy mismo entraré por la senda
a que me lleva mi destino... Si fuera por mucho tiempo de ningún
modo aceptaría... Mi carácter, mi dignidad, los recuerdos de nuestro
antagonismo no me lo permiten.
—¿Qué tal está el chocolate? —le preguntó Sola con malignidad.
—Así, así..., mejor dicho, no está mal..., quiero decir, muy bueno,
excelente, o hablando con completa franqueza, riquísimo.
—¿Hoy se marcha usted?
—Ahora mismo... Me presentaré a las autoridades —repuso Sarmiento
dejando el cangilón y arropándose de nuevo entre las sábanas— y les
diré: «Aquí tenéis, infames sicarios, al que os ha hecho tanto daño;
quitadme esta miserable vida; bebed mi sangre, caníbales. Quiero
compartir la inmortalidad del insigne Riego...».
—¿Todo eso va a decir usted?... Pues un poco perezosillo está mi buen
viejo para hacer y decir tantas cosas.
—¡Yo perezoso! —exclamó incorporando el anguloso busto y extendiendo
los brazos—. ¡Venga al punto mi ropa!
Soledad le mostró ropa blanca limpia y planchada.
—Estuve arriba —dijo.
—¿En mi casa?
—Sí: saqué la llave del bolsillo de usted, subí, revolví todo buscando
ropa mejor que la que usted tiene puesta..., pero no encontré nada.
—¡Cómo había de encontrar, alma de Dios, lo que no tengo! No se burle
de mi miseria... Pero entendámonos, ¿qué ropa es esta que me ofrece?
—Ya lo ve..., son piezas desechadas, pero en buen uso.
—¡Ah! ya... Ropa desechada del señor don Salvador Monsalud... Pues mire
usted, si fuera obsequio de otra persona lo rehusaría; pero siendo de
aquel noble patriota lo acepto. Conste que no he pedido nada.
—De ropa exterior podríamos arreglarle algunas piezas decentes —dijo
Sola sonriendo—, siempre que usted tarde algunos días en marchar a la
inmortalidad.
—¡Tardar! Basta de bromas... ¿Para qué quiero yo ropas bonitas? ¿Voy
acaso a entrar en algún salón de baile, o en los Elíseos Campos, donde
los justos se pasean envueltos en mantos de nubes?... Figúrese usted la
falta que me hará a mí la buena ropa...
—Puede que tarden en matarle a usted un mes o dos. Y si siguen estos
fríos no le vendrá mal una buena capa.
—Tanto como venir mal precisamente, no... ¿La tiene usted?
—La buscaremos.
—No, no es preciso... Voy a levantarme.
Soledad se retiró, y al poco rato apareció en la sala don Patricio
completamente vestido. Sentose en el sofá, y contemplando a la joven
con bondadosa mirada, dijo así:
—Desde el tiempo de mi Refugio, no había dormido en una cama tan
buena... ¡Ay, ella era tan hacendosa, tan casera! Nuestro domicilio
estaba como un oro, y nuestro lecho nupcial podía haber servido para
que en él se revolcara un rey... ¡Pobre Refugio, si me vieras en mi
actual miseria!... ¡Pobre Lucas, pobre hijo mío! Hoy tu muerte es digna
de envidia, porque estás en la morada de los héroes y de los elegidos;
pero tu padre no tiene consuelo, ni puede vivir sin verte...
Derramó algunas lágrimas, y por largo rato estuvo silencioso y
cabizbajo, dando muestras de verdadero dolor. Soledad, ocupada en sus
quehaceres, no se presentó a él sino a la hora de la comida.
—Supongo que no saldrá usted hasta después de comer —le dijo poniendo
la mesa.
—Saldré antes, ahora mismo, señora —dijo Sarmiento irguiéndose
súbitamente como un asta de bandera—. El peso de la vida me es
insoportable. Una voz secreta me grita: «Anda, corre...». Todo mi ser
avanza en pos de la gloria que me está destinada.
—¡Cuánto mejor irá usted después de comer!... ¿Es que desprecia usted
mi mesa?
—¡Oh!, no, señora, de ningún modo —replicó Sarmiento con cortesía—;
pero conste que solo por acompañar a usted...
Comieron tranquilamente, siendo de notar que el espiritual don
Patricio, creyendo sin duda inconveniente el aventurarse por los
ideales senderos con el estómago vacío, diose prisa a llenarlo de
cuanto la mesa sustentaba.
—¡Qué buena comida! —dijo permitiendo a su paladar aquel desliz de
sensualismo—. ¡Qué bien hecho todo, y con cuánto primor presentado!
Solita, si usted se casa, su marido de usted será el más feliz de los
hombres.
Al final de la comida, los ojos de don Patricio brillaron con
resplandores de gozo, viendo una taza llena de negro licor.
—¡También café!... ¡Oh, cuánto tiempo hace que no pruebo este delicioso
líquido!... El néctar de los dioses, el néctar de los héroes...
Gracias, mil gracias por tan delicada fineza.
—Yo sabía que a usted le gusta mucho este brebaje.
—¡Gracias!... ¡y qué bueno es!... ¡qué aroma!
—Será el último que beba usted, porque en la cárcel no dan estas
golosinas.
—¿Y qué importa? —repuso el anciano con solemne acento—. ¿Acaso somos
de alfeñique? Cuando un hombre se decide a escalar con gigantesco pie
el último círculo del cielo, ¿de qué vale el liviano placer de los
sentidos?
Dijo, y poniéndose el farolillo de fieltro que desempeñaba en su cabeza
las funciones propias de un sombrero, se dispuso a salir.
—Adiós, señora —murmuró—, gracias por sus atenciones, que no esperaba
en persona de quien soy encarnizado enemigo... político. Su papá de
usted y yo nos aborrecimos y nos aborreceremos en la otra vida... Abur.
Salió precipitadamente hacia la puerta; mas no pudiendo abrirla, volvió
diciendo:
—La llave, la llave...
Soledad rompió a reír.
—¡Y creía el muy tonto que iba a dejarle salir! No faltaba más. Eso
querrían los chicos para divertirse. ¿Quiere usted quitarse ese
sombrero, hombre de Dios, y sentarse ahí y estarse tranquilo?
—Señora, señora —dijo Sarmiento moviendo la cabeza y pateando
ligeramente en muestra de su decoroso enfado—, ábrame usted la puerta,
y déjeme en paz, que cada uno va a su destino, y el mío es... el que yo
me sé.
—No abro.
—Señora, señorita, que yo soy hombre de poca paciencia. Ábrame la
puerta, o reñimos de veras.
—Que no abro la puerta —replicó Sola, remedando el tonillo de cantinela
de su digno huésped.
—Basta de bromas, basta, repito —vociferó Sarmiento tomando el aire y
tono tragicómicos que empleaba al reprender a los alumnos—. Yo soy un
hombre formal... De mí no se ríe nadie y menos una chiquilla loca...
Ea, niña sin juicio, abra usted si no quiere saber quién es Patricio
Sarmiento.
—Un loco, un majadero, un vagabundo, a quien es preciso recoger por
caridad y encerrar por fuerza, para que no se degrade en las calles
como un pordiosero, haciendo el saltimbanquis y muriéndose de miseria,
ya que por el estado de su cabeza no puede morirse de vergüenza.
Esto lo dijo con tanta seriedad y entereza, que por breve rato estuvo
el patriota aturdido y confuso.
—Aquí hay algo, aquí hay algún designio oculto que no puedo comprender
—afirmó el anciano—, pero que tiene por objeto, sí, tiene por objeto
impedir una resolución demasiado ruidosa y que quizás perjudicaría al
absolutismo.
Otra vez se echó a reír Sola de tan buena gana, que Sarmiento se
enfureció más.
—Por vida de la chilindraina —gritó agitando sus brazos—, que si usted
no me da la llave, la tomaré yo donde quiera que se encuentre.
—Atrévase —dijo Soledad con festiva afectación de valor, incorporándose
en su asiento—. Mujer y de poca fuerza, no temo a un fastasmón como
usted... Quieto ahí, y cuidado con apurarme la paciencia.
—Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca —gruñó
Sarmiento con sarcasmo—. ¡Querer detener a un hombre como yo! No
sabe usted las bromas que gasto. Repito que aquí hay una conjuración
infame... ¡Oh, si es usted hija del conspirador más grande que han
abortado los despóticos infiernos!... ¡Ah, taimada muchachuela! Ahora
me explico a qué venían los chocolatitos, la ropita blanca, el buen
cocido y mejor sopa... ¡Quite usted allá! ¿Cree usted que con eso se
ablanda este bronce? ¿Cree usted que así se abate esta montaña? ¿Soy
yo de mantequillas? Aunque fuera preciso derribar a puñetazos estas
paredes y arrancar con los dientes esos cerrojos del despotismo, yo
lo haría, yo..., porque he de ir a donde me llama mi hado feliz, y mi
hado, _fatum_ que decían los antiguos, se ha de cumplir, y la víctima
preciosa inscrita en el eterno libro no puede faltar, ni la sangre
redentora puede dejar de derramarse, ni la libertad ha de quedarse
sin la víctima que necesita. De modo que saldré, pese a quien pese,
aunque tenga que emplear la fuerza contra miserables mujeres, lo que es
impropio de la nobleza de mi carácter.
—¿Se atreverá usted?
—Sí; deme usted la llave de esa puerta nefanda —contestó Sarmiento con
énfasis petulante que no tenía nada de temible—, o se arrepentirá de su
crimen..., porque esto es un crimen... ¡La llave, la llave!
—Ahora lo veremos.
Corriendo afuera, prontamente volvió Sola con un palo de escoba, y
enarbolándolo frente a don Patricio, le hizo retroceder algunos pasos.
—Aquí están mis llaves, pícaro, vagabundo. O renuncia usted a salir, o
le rompo la cabeza.
—Señora —exclamó don Patricio acorralado en un ángulo de la sala—, no
abuse usted de mi delicadeza..., de mi dignidad, que me impide poner la
férrea mano sobre una hembra... ¡Esto es un ardid, pero qué ardid!...
Una trama verdaderamente absolutista.
—Siéntese usted —gritó Soledad conteniendo la risa y sin dejar el
argumento de caña—. Fuera el sombrero.
—Vaya, me siento y me descubro —repuso Sarmiento con la sumisión del
esclavo—. ¿Qué más?
—¿Se compromete usted a no salir en quince días?
—Jamás, jamás, jamás. Antes la muerte —murmuró cerrando los ojos—.
Pegue usted.
—Esto es una broma —dijo Soledad arrojando el palo, sentándose junto al
anciano y poniéndole la mano amorosamente sobre el hombro—. ¿Cómo había
yo de castigar al pobre viejecito demente miserable que se pasa la
vida en las calles divirtiendo a los muchachos? Si no hay en el mundo
ser alguno más digno de lástima... ¡Pobre viejecillo! Me he propuesto
hacer una buena obra de caridad y he de conseguirlo. Yo he de traer a
este infeliz a la razón. ¿Y cómo? Asistiéndole, cuidándole, dándole de
comer cositas buenas y sabrosas, arreglándole su ropa para que esté
decente y no tenga frío, proporcionándole todo lo necesario para que no
carezca de nada y tenga una vejez alegre y pacífica.
Estas palabras debieron hacer ligera impresión en el espíritu del
viejo, porque moviendo la cabeza, se dejó acariciar y no dijo nada.
—Jesucristo nos manda hacer bien a los pobres, cuidar a los enfermos
y aliviar a los menesterosos —añadió Sola acercando su agraciado
rostro a la rugosa efigie del vagabundo—. Y cuando esto se hace con
enemigos, el mérito es mayor, mucho mayor, y el placer de hacerlo
también aumenta. Recordando que este pobre iluso y fanático negó a
mi padre un vaso de agua en un trance terrible, más me alegro de
hacerle beneficios, sí, porque además yo sé que el desgraciado vejete
loco no es malo en realidad, ni carece de buen corazón, sino que por
causa del condenado fanatismo hizo aquella y otras maldades... Por
consiguiente, papá Sarmiento, aquí estarás encerradito, comiendo bien y
cenando mejor, libre de chicos, de insultos, de atropellos, de hambre
y desnudez; aquí vivirás tranquilo, haciéndome compañía, porque yo soy
sola como mi nombre, y estaré sola por mucho tiempo, quizás toda la
vida... ¿Quedamos en eso? Ya ves que te tuteo en señal de parentesco y
familiaridad.
—¡Ah, mujer melosa y liviana! —dijo Sarmiento haciendo un esfuerzo de
energía, semejante al de los anacoretas cuando se veían en grande y
peligrosa tentación—. ¡Quita allá! Mi alma es demasiado fuerte para
sucumbir a tus pérfidos halagos.
—Esta noche cenaremos —dijo Soledad hablando como cuando se les anuncia
a los niños lo que han de comer—. Oye tú lo que cenaremos; pollo,
chuletas, uvas...
Iba contando por los dedos cada cosa, y haciendo gran pausa en cada
parada.
—Mañana —añadió— voy a ocupar a mi ancianito en cosas útiles. Me ha
de trabajar para que yo pueda tratarle bien. Yo necesito reformar
mi letra, porque escribo patas de mosca y no tengo ortografía. El
viejecillo me dará lección todas las noches. Por el día le emplearé en
algo que le entretenga. Darele buenos libros..., nada de política..., y
cuando esté domesticado, le sacaré a paseo por las tardes.
A don Patricio se le humedecieron los ojos. Difícil es saber lo que
pasaba en su alma.
—¿Y mi gloria, pero esa gloria que me está llamando? —dijo dando fuerte
porrazo en el brazo de la silla—. ¡Vaya un modo de hacer caridades,
señora, quitándole a uno la inmortalidad, el lauro de oro que se le
tiene destinado!
Don Patricio dijo esto con una seriedad que hacía llorar y reír al
mismo tiempo.
—¿Qué gloria? —repuso Soledad—. No conozco sino la que Dios da a los
que se portan bien y cumplen sus mandamientos.
—¿Pero y esa víctima, esa víctima de quien necesita la libertad?
—La libertad no necesita víctimas, sino hombres que la sepan
entender... Conque Sarmientillo, seremos amigos. De aquí no se sale
mientras esa cabeza no esté buena.
Diole dos cariñosas palmadas en ella la encantadora joven, mientras
el insigne patriota exhalaba de su noble pecho un suspiro de a libra,
permítase la frase. ¿Era que hacía el sacrificio de su ideal sublime?
¿Era que pedía a su espíritu fuerzas para sobreponerse a seducción tan
poderosa? No es fácil saberlo. Los próximos sucesos lo dirán.
—¡Ah, señora —exclamó tomando la mano de Sola—, no sabe usted bien lo
que hace! La historia, quizás, pedirá a usted cuentas de su acción
abominable, aunque declaro que es inspirada por un noble impulso de
caridad... Engañosa Circe, no sabe usted bien qué clase de ímpetus
sojuzga y contiene al encerrarme; no sabe usted bien qué especie de
monstruo encarcela, ni qué heroicas acciones se pierden con este hecho,
ni qué días gloriosos serán borrados de la serie del tiempo.
Dijo, y un rato después dormía la siesta.