Era que venían por el camino de Andalucía varias carretas precedidas
y seguidas de gente de armas a pie y a caballo, y aunque no se veían
sino confusos bultos a lo lejos, oíase un son a manera de quejido, el
cual, si al principió pareció lamentaciones de seres humanos, luego se
comprendió provenía del eje de un carro que chillaba por falta de unto.
Aquel áspero lamento, unido a la algazara que hizo de súbito la mucha
gente salida de los paradores y ventas, formaba lúgubre concierto,
más lúgubre aún a causa de la tristeza de la noche. Cuando los carros
estuvieron cerca, una voz acatarrada y becerril gritó: «¡Vivan las
_caenas_! ¡Viva el rey absoluto y muera la nación!». Respondiole un
bramido infernal, como si a una rompieran a gritar todas las cóleras
del averno, y al mismo tiempo la luz de las hachas, prontamente
encendidas, permitió ver las terribles figuras que formaban procesión
tan espantosa. Don Patricio, quizás el único espectador enemigo de
semejante espectáculo, sintió los escalofríos del terror y una angustia
mortal que le retuvo inmóvil y casi sin respiración por algún tiempo.
Los que custodiaban el convoy y los paisanos que le seguían por
entusiasmo absolutista, estaban manchados de fango hasta los ojos.
Algunos traían pañizuelo en la cabeza, otros sombrero ancho; muchos,
con el desgreñado cabello al aire, roncos, mojados de pies a cabeza,
frenéticos, tocados de una borrachera singular que no se sabe si
era de vino o de venganza, brincaban sobre los baches, agitando un
girón con letras, una bota escuálida o un guitarrillo sin cuerdas.
Era una horrenda mezcla de bacanal, entierro y marcha de triunfo.
Oíanse bandurrias desacordes, carcajadas, panderetazos, votos, ternos,
_kirieleisones_, vivas y mueras, todo mezclado con el lenguaje
carreteril, con patadas de animales (no todos cuadrúpedos) y con el
cascabeleo de las colleras. Cuando la caravana se detuvo ante el cuerpo
de guardia, aumentó el ruido. La tropa formó al punto, y una nueva
aclamación al rey neto alborotó los caseríos. Salieron mujeres a las
ventanas, candil en mano, y la multitud se precipitó sobre los carros.
Eran estos galeras comunes con cobertizo de cañas y cama hecha de
pellejos y sacos vacíos. En el delantero venían tres hombres, dos de
ellos armados, sanos y alegres, el tercero enfermo y herido, reclinado
doloridamente sobre el camastrón, con grillos en los pies y una
larga cadena que, prendida en la cintura y en una de las muñecas, se
enroscaba junto al cuerpo como una culebra. Tenía vendada la cabeza
con un lienzo teñido de sangre, y era su rostro amarillo como vela de
entierro. Le temblaban las carnes, a pesar de disfrutar del abrigo de
una manta, y sus ojos extraviados, así como su anhelante respiración,
anunciaban un estado febril y congojoso. Cuando el coronel Garrote se
acercó al carro, y alzando la linterna que en la mano traía, miró con
vivísima curiosidad al preso, este dijo a media voz:
—¿Estamos ya en Madrid?
Sin hacer caso de la pregunta, Garrote, cuyo semblante expresaba el
goce de una gran curiosidad satisfecha, dijo:
—¿Conque es usted...?
Uno de los hombres armados que custodiaban al preso en el carro,
añadió:
—El héroe de las Cabezas.
Y junto al carro sonó este grito de horrible mofa:
—¡Viva Riego!
Garrote se empeñó en apartar a la gente que rodeaba el carro,
apiñándose para ver mejor al preso e insultarle más de cerca.
Un hombre alargó el brazo negro, y tocando con su puño cerrado el
cuello del enfermo, gritó:
—¡Ladrón, ahora las pagarás!
El desgraciado general se recostó en su lecho de sacos, y callaba,
aunque harto claramente imploraban compasión sus ojos.
—Fuera de aquí. Señores, a un lado —dijo Garrote, aclarando con
suavidad el grupo de curiosos—. Ya tendrán tiempo de verle a sus
anchas...
—Dicen que la horca será la más alta que se ha visto en Madrid —indicó
uno.
—Y que se venderán los asientos en la plaza, como en la de toros.
—Pero déjennoslo ver..., por amor de Dios. Si no nos lo comemos, señor
coronel —gruñó una dama del parador cercano.
—¡Si no puede con su alma...! ¿Y ese hombre ha revuelto medio mundo?
Que me lo vengan a decir...
—¡Qué facha! ¿Y dicen que este es Riego?... ¡Qué bobería!... Si parece
un sacristán que se ha caído de la torre cuando estaba tocando a
muerto...
—Este es tan Riego como yo.
—Os digo que es el mismo. Le vi yo en el teatro cantando el himno.
—El mismo es. Tiene el mismo parecido del retrato que paseaban por
Platerías.
Hasta aquí las mortificaciones fueron de palabra. Pero un grupo de
hombres que habían salido al encuentro de los carros, una gavilla,
mitad armada, mitad desnuda, desarrapada, borracha, tan llena de rabia
y cieno que parecía creación espantosa del lodo de los caminos, de la
hez de las tinajas y de la nauseabunda atmósfera de los presidios, un
pedazo de populacho, de esos que desgarrándose se separan del cuerpo de
la nación soberana para correr solo, manchando y envileciendo cuanto
toca, empezó a gritar con el gruñido de la cobardía que se finge
valiente fiando en la impunidad:
—¡Que nos lo den; que nos entreguen a ese pillo, y nosotros le
ajustaremos la cuenta!
—Señores —dijo Garrote con energía—, atrás; atrás todo el mundo. El
preso va a entrar en Madrid.
—Nosotros le llevaremos.
—Atrás todo el mundo.
Y los pocos soldados que allí había, auxiliados con tibieza por los
voluntarios realistas, apartaban a la gente.
Unos corrieron a curiosear en los carros que venían detrás, y otros
se metieron en la venta, donde sonaban seguidillas, castañuelas,
desaforados gritos y chillidos. Un cuero de vino, roto por los golpes
y patadas que recibiera, dejaba salir el rojo líquido, y el suelo de
la venta parecía inundado de sangre. Algunos carreteros sedientos
se habían arrojado al suelo y bebían en el arroyo tinto; los que
llegaron más tarde apuraban lo que había en los huecos del empedrado,
y los chicos lamían las piedras fuera de la venta, a riesgo de ser
atropellados por las mulas desenganchadas que iban de la calle a la
cuadra, o del tiro al abrevadero. Poco después veíanse hombres que
parecían degollados con vida, carniceros o verdugos que se hubieran
bañado en la sangre de sus víctimas. El vino, mezclado al barro y
tiñendo las ropas que ya no tenían color, acababa de dar al cuadro
en cada una de sus figuras un tono crudo de matadero, horriblemente
repulsivo a la vista.
Y a la luz de las hachas de viento y de las linternas, las caras
aumentaban en ferocidad, dibujándose más claramente en ellas la
risa entre carnavalesca y fúnebre que formaba el sentido, digámoslo
así, de tan extraño cuadro. Como no había cesado de llover, el piso
inundado era como un turbio espejo de lodo y basura, en cuyo cristal se
reflejaban los hombres rojos, las rojas teas, las bayonetas bruñidas,
las ruedas cubiertas de tierra, los carros, las flacas mulas, las
haraposas mujeres, el ir y venir, la oscilación de las linternas y
hasta el barullo, los relinchos de brutos y hombres, la embriaguez
inmunda, y, por último, aquella atmósfera encendida, espesa, suciamente
brumosa, formada por los alientos de la venganza, de la rusticidad y de
la miseria.
En el segundo carro estaban presos también y heridos los compañeros
de Riego, a saber: el capitán don Mariano Bayo, el teniente coronel
piamontés Virginio Vicenti y el inglés Jorge Matías. Don Patricio
Sarmiento, que no se atrevió a acercarse al primer carro, se detuvo
breve rato junto al segundo, pasó indiferente por el tercero, donde
solo venían sacos y un guerrillero con su mujer, y se dirigió al
cuarto, llamado por una voz débil que claramente dijo:
—Señor don Patricio de mi alma... ¡Bendito sea Dios que me permite
verle!
—¡Pujitos!... ¡Pujitos mío!... —exclamó Sarmiento extendiendo sus
brazos dentro del carro—. ¿Eres tú?... Sí, tú mismo... Dime, ¿estás
herido? Por lo visto, también vienes preso.
—Sí señor —repuso el maestro de obra prima—; herido y preso estoy...
Diga usted, ¿nos ahorcarán?
—¿Pues eso quién lo duda?
—¡Infeliz de mí!... Vea usted los lodos en que han venido a parar
aquellos polvos. Bien me lo decía mi mujer... Señor don Patricio, al
que está como yo medio muerto de un bayonetazo en la barriga, deberían
dejarle en manos de Dios para que se lo llevase cuando a su Divina
Majestad le diese la gana, ¿no es verdad?
—Sí, Pujitos mío —repuso Sarmiento estrechándole la mano—. ¿Sabes
que tiemblo y tengo frío? Más frío y más miedo que tú, porque voy a
preguntarte por mi hijo, en cuya compañía has vivido por esas tierras,
y según lo que me contestes, así moriré o viviré... Hace seis días
que estoy en la incertidumbre más horrible; hace seis días que bajo a
este camino para interrogar a todos los que llegan... ¡Ah, por fin
encuentro quien me diga la verdad! Pujitos de mi alma, tú me la dirás,
aunque sea terrible.
—Sí, señor; sí, señor, yo se la diré —repuso el zapatero, cubriéndose
con ambas manos el rostro y rompiendo a llorar como un chicuelo.
—¡Conque es cierto, amigo, conque es verdad que mi pobre Lucas!...
—gimió el preceptor, la voz entrecortada por el llanto—. ¡Pobre hijo de
mi alma!
—¡Pobre amigo mío! —añadió Pujitos secando sus lágrimas—. ¡Y era tan
cariñoso, tan bueno, tan leal!... Sin cesar le nombraba a usted y
no cesaba de cavilar en lo que haría su padre en Madrid o lo que no
haría... «Si tendrá discípulos, decía; si pasará trabajos. Ahora estará
barriendo la escuela...». No nos separábamos nunca, partíamos nuestra
ración, y éramos en todo como hermanos. En las batallas siempre nos
escondíamos juntos.
—¡Os escondíais! —exclamó don Patricio levantando el rostro con
dignidad, pues esta era tan grande en él que ni el dolor podía vencerla.
—¡Ah, señor!... El pobre Lucas era el mejor chico del mundo...
¡Pobrecito!...
—Ha tiempo que el dardo estaba clavado en mi corazón... Yo le tenía
por muerto; pero la falta de noticias dábame alguna esperanza. Yo me
agarraba con desesperación a las conjeturas. Pero tú has disipado
mis dudas. Más vale la desgracia verdadera y declarada que una
incertidumbre desgarradora.
—Aquí está lo que queda del pobre Lucas —dijo el herido mostrando un
pequeño lío de ropa.
Don Patricio se abalanzó a aquel objeto mudo, testimonio tristísimo
de su última esperanza muerta, y lo besó con ardiente cariño. Por
breve rato le vio Pujitos con la cabeza apoyada en el borde del carro,
oprimiendo con ella el lío de ropa y regándolo con sus lágrimas.
Respetuoso con el dolor del padre, el maestro de obra prima callaba.
—Esto es hecho —exclamó al fin don Patricio irguiendo la frente caduca,
mas bastante fuerte para soportar, mediante la energía de su espíritu,
el peso de una gran pena—. El autor de todas las cosas lo quiere así.
Ya no tengo hijo... Toda esperanza acabó, y con ella la vida mía...
Ahora, leal amigo, excelente joven, que has sido el Pílades de aquel
noble Orestes, cuéntame sin omitir nada los pormenores de la muerte de
mi hijo; dime cómo se extinguió aquella vida preciosa, porque siendo
Lucas de ánimo tan intrépido, no podía morir como los demás milicianos,
sino de una manera grande..., ¿me entiendes?, de una manera gloriosa, y
en un momento de sublime heroísmo.
—Precisamente heroísmo no, señor don Patricio —dijo Pujitos con
embarazo—. Yo le contaré a usted... Lucas...
—Heroísmo ha habido: no me lo niegues, porque yo conozco muy bien la
raza de leones de que viene mi hijo; yo sé qué casta de bromas gastamos
los Sarmientos con el enemigo en un campo de batalla. Si por modestia
callas las acciones homéricas en que tú has tomado parte, haces mal,
que al fin y al cabo todo se ha de saber, y si no, ahí están los
historiadores, que en un abrir y cerrar de ojos desentrañarán lo más
escondido.
—Si no hubo acciones heroicas ni cosa que lo valga, hombre de Dios
—objetó Pujitos con pena—. Nosotros estábamos en Málaga con el general
Zayas, cuando este representó a las Cortes al tenor de lo que dijo
Ballesteros al capitular. ¿Usted me entiende? Vino entonces Riego,
mandado por las Cortes, tomó el mando y nos llevó contra Ballesteros.
¿Usted me entiende?
—Y entonces se trabaron esas crueles batallas que yo imagino.
—No hubo más sino que el general llevaba el encargo de inflamarnos...,
sí, señor, de inflamarnos, porque todos estábamos muy abatidos y sin
ganas de guerra, porque la veíamos muy negra.
—¿Y os inflamó?
—¿Cómo se puede inflamar la nieve? Fuimos en busca de Ballesteros y le
hallamos en Priego. Allí se armó una...
—¡Corrieron mares de sangre!...
—No, señor. Todo era ¡_Viva Ballesteros_!, por un lado, y por otro,
¡_Viva Riego_! Nos abrazamos, y los generales conferenciaron. Como no
se pudieron avenir, don Rafael arrestó a Ballesteros.
—Bien hecho, muy bien... ¿Y Lucas?
—Lucas tan bueno y tan sano... Era aquella la mejor vida del mundo,
porque como no había balas, sino conferencias... Pero un día se
presentó delante de nosotros Balanzat, y tiros van, tiros vienen...
Desde entonces perdió la salud el pobre Lucas, porque le entró como un
súpito, y se quedó frío y yerto, temblando y quejándose de que le dolía
esto y lo otro.
—¡Desgraciado hijo mío! Su principal pena consistiría en no poder
batirse en primera fila.
—Puede que así fuera. Lo cierto es que empezó a decaer, a decaer, y la
calentura seguía en aumento, y deliraba con los tiros. Riego abandonó
el campo; nos fuimos con él, y el pobre Lucas parecía que recobraba la
vida según nos íbamos alejando de las tropas de Balanzat. El general
fue perdiendo su gente, porque oficiales y soldados desertaban a
cada hora. ¡Qué tristeza, señor don Patricio! Pero el pobre Lucas se
alegraba y decía: «Amigo Pujos, esto parece que acabará pronto». Había
mejorado bastante, y estaba limpio de calentura... Pero de repente,
cuando íbamos cerca de Jaén, aparecen los franceses...
—¡Oh! ¡Me tiemblan las carnes al oírte! ¡Cómo correría la sangre en ese
glorioso cuanto infausto día!
—Más corrieron los pies, señor Sarmiento. Yo, la verdad sea dicha, no
fui de los que más corrieron, porque no podía abandonar al pobre Lucas,
que se descompuso todo, y se quedó en un hilo. Arrojamos los fusiles,
que nos pesaban mucho, y nos refugiamos en una casa de labor. ¡Ay,
pobre amigo mío! Le entró tal calenturón, que su cuerpo parecía un
volcán, perdió el conocimiento, y a las treinta horas...
—No sigas, que se me parte el corazón — dijo don Patricio con voz
entrecortada por los sollozos—. ¡Cuánto padecería al ver que su mísero
estado corporal no le permitía batirse! ¡Qué lucha tan horrenda la de
aquella alma de león, al sentirse sin cuerpo que la ayudara!
—El pobrecito, en su delirio nombraba a los franceses y se metía debajo
del jergón. Serían las doce y media de la noche cuando entregó su alma
al Señor...
—¡Ay, parece que me arrancas las entrañas! Calla ya.
—Yo caí prisionero, fui herido de un bayonetazo, y después de tenerme
algunos días en un calabozo de la Carolina, me metieron en este carro.
Por el camino se nos unió el general, preso y herido también, y juntos
hemos llegado aquí. Dicen que nos ahorcarán a todos.
—Eso es indudable —contestó Sarmiento en tono que más era de
satisfacción y orgullo que de lástima—. ¡Fin lamentable, pero glorioso!
¿Qué mayor honra que morir por la libertad y ser mártires de tan
sublime idea?
Pujitos, que sin duda no había dado hospedaje en su pecho a tan
elevados sentimientos, suspiró acongojadamente.
—Bendice tu muerte, hijo mío —añadió Sarmiento, extendiendo hacia él
sus venerables manos, en la actitud de un sacerdote antiguo—, bendice
tus nobles heridas, pregoneras de tu indomable valor en los combates.
Has sido atravesado de un bayonetazo, y además tienes heridos la cabeza
y el brazo.
—Esto que tengo en el arca del estómago es fechoría de un francés,
a quien vea yo comido de perros. Lo de la cabeza es una pedrada,
y lo del brazo un mordisco, En los pueblos por donde hemos pasado
nos han recibido lindamente, señor. Como los curas salían diciendo
que estábamos todos condenados y que ya nos tenían hecha la cama de
rescoldo en el infierno, no había para nosotros más que palos, amenazas
y pedradas. En Santa Cruz de Mudela nos dieron una rociada buena. El
general y yo salimos descalabrados, y gracias a que los carros echaron
a andar, que si no, allí nos quedamos como san Esteban. En Tembleque
nos quisieron matar, y si la tropa no nos defiende a culatazos, allí
perecemos todos. Hombres y mujeres salían al camino aullando como
lobos. Uno que debía de ser pariente de caníbales, después de molerme
a coces y puñadas, me clavó los dientes en este brazo y me partió
las carnes... ¿Qué ganará el rey absoluto con esto? Mala peste le dé
Dios... Pero dicen que todo esto es por obra y gracia de los condenados
frailes... ¿Es verdad, señor don Patricio?
—Hijo mío, mucho me temo que esos bribones se venguen ahora de lo que
les hicimos con razón. Y no serán, como nosotros, generosos y templados
en el condenar, sino fieros, vengativos y sanguinarios cual líbicas
hienas... Hemos de ver lo que nadie ha visto, ¡por vida de la ch...!
No pudo acabar su frase el buen preceptor, porque un voluntario
realista se acercó al carro y brutalmente gritó:
—Atrás, don Camello, o le parto... ¡fuera de aquí, estantigua!
Sarmiento corrió dando zancajos hacia el parador. Con su gran levitón,
cuyos faldones se agitaban en la carrera, parecía una colosal ave
flaca que volaba rastreando el suelo. Después de recoger del fango su
sombrero, que había perdido en la huida, confundiose entre la multitud
para estar más seguro. Entonces oyó al coronel Garrote dar esta orden
al capitán Romo.
—Siga adelante el convoy. Custódielo usted con su media compañía. Tengo
orden de que no entre en las calles de Madrid. Pase el río; tome la
ronda a la izquierda hacia la Virgen del Puerto; adelante siempre, y
subiendo por la cuesta de Areneros, diríjase al Seminario de Nobles,
donde esperan a los presos. En marcha, pues. Guárdense los curiosos de
seguir al convoy, porque haré fuego sobre ellos. Marche cada cual a su
casa, y buenas noches.
El convoy se puso en movimiento, carro tras carro, oyéndose de nuevo el
rechinar áspero y melancólico de los ejes, que aun desde muy lejos se
percibía clarísimo en el tétrico silencio de la noche. Los farolillos
recogíanse poco a poco en el cuerpo de guardia como luciérnagas que
corren a sus agujeros; se apagaron las hachas y se extinguieron los
graznidos, cayendo todo en una especie de letargo, precursor del
profundo sueño en que termina la embriaguez.
Sarmiento se alejó de allí, y antes de tomar el camino de los Ocho
Hilos para subir a la Puerta de Toledo, parose para ver los carros,
que ya a mediana distancia iban por el Paseo Imperial. Bien pronto dejó
de verlos, a causa de la oscuridad; mas conocía su situación por el
farolillo que el vehículo delantero llevaba. Con voz sorda habló así el
viejo patriota:
—¡Oh, tú, el héroe más grande que han producido las edades todas,
insigne campeón de la libertad española, soldado ilustre, Riego, amigo
mío, si ahora vas conducido entre sayones en ignominioso carro, mañana
tendrás un trono en el corazón de todos los españoles! Si te arrastran
a suplicio afrentoso los infames verdugos a quienes perdonamos cuando
éramos fuertes, tu nombre, que tanto repugna a despóticos oídos,
será un símbolo de libertad y una palabra bendita cuando, humillada
la tiranía, se restablezca tu santa obra. Subirás a la morada de los
justos entre coros de patrióticos ángeles que entonen tu himno sonoro,
mientras tu patria se revuelve en el lodo de la reacción domeñada por
tus verdugos. ¡Oh, feliz tú, feliz cuanto grande y sublime! ¡Varón
excelso, el más precioso que Dios ha concedido a la tierra, si fuera
dable a este humilde mortal participar de tu gloria!... ¡Si al menos
pudiera yo compartir tu martirio y entrar contigo en la cárcel, y oír
juntos la misma sentencia, y subir juntos a la misma horca!... Este
honor yo lo ambiciono y lo deseo con todas las fuerzas de mi alma.
Vacío y desierto está el mundo para mí, después que he perdido al
lucero de mi existencia, a aquel preciosísimo mancebo inmolado como tú
al numen sanguinario de la reacción... Quiero morir, sí, y moriré.
Inflamado en furor que no tenía nada de risible, añadió corriendo con
agitación:
—Quiero morir gloriosamente; quiero ser víctima sublime; quiero ser
mártir de la libertad; quiero subir al patíbulo... ¡Sicarios, venid por
mí!
Tropezando en un árbol, estuvo a punto de caer en tierra. Entonces
añadió hablando consigo mismo:
—¡Ah, Patricio, tu noble arranque me causa la más viva admiración!...
Mañana has de hacer algo digno de pasar a las más remotas edades. Sí,
mañana. Vámonos a casa.
Echó a andar, y al poco rato dijo:
—¿Pero en dónde está mi casa? ¡Pues no se me ha olvidado dónde está mi
casa!...
Miraba a la tierra como quien ha perdido el sombrero.
—¡Ay! Ya me acuerdo —exclamó sonriendo—. Tu casa está en la calle de la
_Emancipación Social_, ¿no es verdad, Patricio?
Meditaba con el índice puesto en la punta de la nariz.
—No... —dijo después de una pausa, en el tono gozoso del que hace un
descubrimiento útil—. Es que yo solicité del ayuntamiento que llamase
calle de la _Emancipación Social_ a la de Coloreros; pero no accedió, y
sigue llamándose _calle de Coloreros_. Allí vivo, pues.
Entró en Madrid resueltamente. Subiendo por la calle de Toledo, dijo:
—Tengo hambre.
Pero después de registrar todos los bolsillos de su ropa, que no
bajaban de ocho, adquirió una certidumbre aterradora, que expresó en
angustiosos suspiros:
—Parece que se me doblan las piernas y que voy a caer desfallecido...
¡Comer! ¡Que esto sea indispensable!... Miserable carne, ¿por qué eres
así?... ¿A dónde iré?... Mi casa está vacía: no hay en ella ni una miga
de pan... ¿Pediré limosna? Jamás. Los hombres de mi temple sucumben,
pero no se humillan... A casa, señor don Patricio; si es preciso, se
comerá usted el palo de una silla: a casa.
Al entrar en la calle de Coloreros encontrola tenebrosa y desierta por
ser muy avanzada la noche. Como su extenuación era grande, se habían
debilitado sus sentidos, particularmente el de la vista, y necesitó
palpar las paredes para encontrar la puerta. Sin saber por qué, vino
entonces a su mente un recuerdo muy triste, que ya otras veces había
turbado profundamente su espíritu. Parecíale estar viendo delante de
sí, en una noche oscura como aquella, al sin ventura Gil de la Cuadra
arrojado en el suelo, arrastrando ignominiosa cadena, insultado por los
polizontes. De todos los incidentes de aquella lúgubre escena, el más
presente en la memoria de don Patricio y el que le causaba más dolor,
era el ocurrido cuando su infeliz vecino preso pidió agua, y Sarmiento,
inspirándose en el más cruel fanastimo, se la negó.
—Ya, ya lo sé —dijo don Patricio cerrando los ojos para dominar mejor
su terror—, ya sé que aquello fue una gran bellaquería.
Y abriendo, no sin trabajo, la puerta, entró, apresurándose a cerrar
tras sí porque le parecía que feos espectros y sombras iban en su
seguimiento, y que oía el lamentable son de la cadena de Gil de la
Cuadra arrastrando por las baldosas. Buscó en sus bolsillos eslabón y
yesca para encender luz; mas nada halló de que pudiera sacarse lumbre.
Sin desanimarse por esto, acometió la escalera con mucho cuidado y
empezó a subir, deteniéndose en cada escalón para tomar fuerzas. Pero
no había subido ocho, cuando le fue preciso andar a gatas, porque las
piernas no podían con el peso del desmayado cuerpo.
—¡Si me iré a morir aquí! —dijo con angustia bañado en sudor frío—.
¡Oh, Dios mío! ¿Me estará reservada una muerte oscura, en mísera
escalera, aquí, olvidado de todo el mundo...? Piedad, Señor...
Sus fuerzas, a causa de la inacción, se extinguían rápidamente. Llegó a
no poder mover brazo ni pierna. Entonces dio un ronquido y entregose a
su malhadado destino.
«¡Oh, no, Señor! —pensó allá en lo más hondo de su pensar—. No era así
como yo quería morir».
Sus sentidos se aletargaron; pero antes de perder el conocimiento, vio
un espectro que hacia él avanzaba.
Era un hermoso y brillante espectro que tenía una luz en la mano.