Cuando volvió en su acuerdo, el buen anciano se encontró en un lugar
que era indudablemente su casa, y que, sin embargo, bien podía no
serlo. Llena de confusión su mente, miraba en derredor y decía:
—Indudablemente es mi casa; pero mi casa no es así.
Se incorporó en el canapé donde yacía, tocó la pared cercana, midió con
la vista las distancias, y a medida que se aclaraba su entendimiento,
más grande era su confusión. La semejanza entre su casa y aquella en
que estaba era muy grande, pero también había diferencias, siendo las
principales el aseo, los muebles y el orden perfecto de todo. Pero
lo que más sorprendió al maestro de escuela fue ver en mitad de la
encantada pieza una mesa puesta como para cenar, alumbrada por lámpara
de pantalla, y que en la blancura de sus manteles y en el brillo de
los platos revelaba las hacendosas manos que habían andado por allí.
Como la mesa puesta, y puesta de aquel modo, era el más grande fenómeno
que podía presentarse ante los ojos de Sarmiento en su propia casa,
creyose juguete de duendes o artes demoníacas. Probó a levantarse, y
pudo sostenerse en pie aunque apoyándose en la silla. Junto a la mesa
había un sillón, y como Sarmiento lo creyese destinado a su persona,
no vaciló en ocuparlo. En el mismo instante llegaron a su nariz olores
de comida muy picantes y aperitivos. El anciano exclamó con mayor
confusión:
—No, esta no es mi casa.
Decíalo por aquellos olores, que hacía mucho tiempo habían dejado de
acompañarle en su domicilio. A pesar de no ser supersticioso, afirmose
en la idea de hallarse bajo la acción de una magia o bromazo de
Satanás. Y sin embargo, era la cosa más sencilla del mundo. Pronto se
convenció de ello nuestro amigo viendo entrar a una joven vestida de
negro, la cual se llegó a él sonriendo y le dijo:
—Buenas noches, señor don Patricio. ¿Ya se le pasó a usted el desmayo?
Bien decía yo que no era nada. Sin embargo, mandamos llamar un médico.
—¡Por vida de cien mil chilindrones! —repuso Sarmiento, saliendo poco
a poco del estupor en que había caído—. Pues no me queda duda de que
estoy hablando con Solita en persona.
—La misma —dijo la joven acercándose a la mesa y apoyando ambas manos
en ella para contemplar más de cerca al viejo.
—¿Y cómo es que estoy en mi casa y no estoy en ella?
—Está usted en la mía.
—¡Ah! Bien lo decía yo, bien lo decía. Estos platos, estos ricos
olores, este arreglo, no pueden existir en la casa de un pobre maestro
de escuela sin discípulos. Como todos los cuartos de la casa son
iguales, de aquí que... Pues con permiso de usted..., me retiro a mi
vivienda...
—Antes cenará usted —dijo la muchacha sonriendo con bondad—. Me han
dicho que no hay gran abundancia por allá arriba.
—¿Cómo ha de haber abundancia donde reina con imperio absoluto la
desgracia? He caído, señorita doña Sola, a los más profundos abismos de
la miseria. Vea usted en mí una imagen del santo patriarca Job. ¡Dios
me ha quitado todo, me ha quitado a mi hijo!
—Como ha de ser... Es preciso aceptar con resignación esos golpes y
todos los que vengan detrás. Ahora cene usted, que Dios manda a los
desgraciados no abandonarse al dolor y dar al cuerpo todo lo que el
cuerpo necesita.
—Usted me invita a cenar...
—No invito, sino que obligo —afirmó Sola poniendo en la mesa pan y
vino—. Aguarde usted un momento, que no le haré esperar.
Al poco rato volvió con una cazuela de sopas, cuyo gratísimo olor
despertó en Sarmiento las más dulces sensaciones y una generosa
reconciliación con la vida.
—Debe usted recordar, señorita doña Sola —dijo el preceptor, cuando
la joven le ataba las dos puntas de la servilleta detrás del cogote—,
que yo fui encarnizado enemigo de su padre de usted, porque jamás he
transigido ni podré transigir con las perras ideas absolutistas.
—Lo recuerdo, sí; pero eso no hace al caso.
—Es que mi delicadeza —añadió Sarmiento tomando la cuchara— no
me permite aceptar un banquete... Con usted personalmente no hay
resentimiento..., pero ¿a qué negarlo? Usted y yo no podemos ser
amigos hoy ni nunca... Dígolo para que no se crea que adulo, que me
dejo seducir y sobornar por este fino obsequio, que agradezco.
—Cene usted, cene usted... —dijo Solita llenándole el vaso—. La mucha
conversación podrá ser perjudicial a su cabeza, que, según me han
dicho, no está del todo buena.
—Cenaré, señora, puesto que usted lo toma tan a pechos... Conste que yo
no he mendigado esta cena; conste que me han traído aquí por fuerza;
que no he solicitado esta amistad; conste, en fin, que no podemos ser
amigos.
—Aunque no quiera serlo mío, yo me empeño en serlo de usted y lo he de
conseguir —dijo Soledad sonriendo y hablando al viejo en el tono que se
emplea con los chiquillos.
—Dale, dale —repuso Sarmiento engullendo a prisa—. Conque amiguitos,
¿eh? ¡Chilindrón!... Usted no tiene memoria, sin duda.
—Verdaderamente no tengo mucha para el daño recibido.
—Su dichosito papaíto de usted y yo éramos como el agua y el fuego...
Mi deber era perseguirle, denunciarle, no dejarle respirar... Yo
siempre cumplo mi deber, yo soy esclavo de mi deber. Pertenezco a mi
patria, y a una idea, ¿me entiende usted?
—Entiendo.
—Con nada transijo. El enemigo de la patria es mi enemigo, y la hija
del enemigo de mi patria es mi enemiga. ¿Qué dice usted a eso?
—Que no ha tratado a las sopas como enemigas de la patria.
—No, ciertamente, porque hace mucho tiempo que no las había comido tan
buenas.
—Ahora voy por la perdiz.
—¿Perdiz?... Vamos, esto parece un cuento de brujas... Si se empeña
usted..., pero conste que yo no he pedido la perdiz; que yo no he
mendigado nada, que...
Un momento después Sola partía la perdiz, ofreciéndola pedazo tras
pedazo al hambriento anciano.
—Está sabrosísima... Pero con la sorpresa de esta cena había
olvidado... ¿Cuándo ha llegado usted, señora doña Solita? ¿Qué tal le
ha ido en su viaje?
—He llegado esta mañana. Los de Cordero me hablaron de usted...
Dijéronme que estaba usted loco...
—¡Loco yo!
—O poco menos.
—Que andaba usted mal de fondos.
—Eso sí que es como el evangelio.
—Que había perdido usted a su hijo Lucas.
—También, ¡ay!, es verdad.
—Esperé verle a usted y ofrecerle algo de lo poco que yo tengo.
—Gracias...
—Pero usted había salido antes que yo llegara. Había ido, según me
dijeron, a correr por las calles divirtiendo a los chicos, y sirviendo
de entretenimiento, con sus discursos, a los desocupados de los cafés y
de la Puerta del Sol.
—¡Yo!
—Descansé un poco. Todo el día lo he empleado en arreglar mi casa. He
buscado una sirviente, he hecho parte de lo mucho que hay que hacer
cuando se ha tenido todo abandonado por una ausencia de cinco meses. Ya
muy entrada la noche, sentí pasos en la escalera, y después lamentos
y quejidos como de una persona enferma. Salimos y hallamos al gran
don Patricio tendido boca abajo. Los vecinos salieron, y unos decían:
«¡Buena turca ha cogido!». Otros: «¡Ya las pagó todas juntas!». ¡Cómo
reían algunos!... «El maldito viejo ya echó su último discurso...».
«Qué feísimo está». Don Juan de Pipaón dijo: «No tiene sino hambre.
Denle a oler sopas, y verán como resucita...». Me pareció que esta
opinión era la más razonable. Entre el mancebo de los Cordero, mi
criada y yo entramos el cuerpo desmayado en mi casa, que estaba seis
escalones más arriba; le tendimos en ese sofá...
—Conste que yo no entré por mi pie, que no pedí... —dijo Sarmiento con
viveza, arqueando las cejas.
—Le abrigamos bien; vino el veterinario del sotabanco, y dijo que usted
padecía estos desvanecimientos desde que había dado en el hito de
hablar mucho y no comer... Yo había cenado ya: al momento dispuse otra
cena para el nuevo huésped.
—Traído por fuerza, es decir, cogido, secuestrado, usurpado durante su
desmayo.
—Mandé venir un médico mientras hacía la cena —añadió Sola, observando
con la mayor complacencia el buen apetito de Sarmiento—. Creí que al
pobre hombre no le vendrían mal estos cuidados. Yo dije para mí:
«Cuando se ponga bueno y se le despeje la cabeza, abrirá de nuevo la
escuela, se llenarán sus bolsillos, y podrá vivir otra vez solo y
holgado en su casa. Entre tanto lo conservaré en la mía, si quiere, y
partiré con él lo poco que tengo».
—¡Cuidarme, conservarme aquí, darme asilo!... —murmuró don Patricio con
estupefacción y aturdimiento.
—Me han dicho que el casero le va a plantar a usted en la calle esta
semana.
—Ese troglodita será capaz de hacerlo como lo dice.
—En aquel cuarto le he preparado a usted una cama —manifestó Soledad,
señalando una alcoba cercana.
Don Patricio miró y vio un lecho, cuyas cortinas blancas le
deslumbraron más que si fueran rayos de sol.
—¡Una cama!..., ¡para mí!..., ¡para mí que hace cinco meses duermo en
el suelo!...
—Aquí podrá usted vivir. Yo estoy sola; quizá lo esté por mucho tiempo
—añadió la joven poniendo delante del anciano un plato de uvas—. La
casa es demasiado grande para mí... No tendrá usted que ocuparse de
nada..., le cuidaré, le alimentaré.
—¡Me cuidará, me alimentará!... Repito que esto es magia.
—Es caridad... ¿Por ventura no entienden de caridad los patriotas?
—Sí entendemos, sí —replicó Sarmiento tan aturdido ya que no sabía qué
decir—. ¡La caridad!, sublime sentimiento. Pero no ha de sobreponerse
al tesón ni a la fijeza de ideas. La caridad puede llegar a ser un mal
muy grande si se emplea en los enemigos de la patria, en los ministros
del error... ¿Qué le parece a usted?
—Que las uvas no deben ser ministros del error, según usted las acoge.
—Están riquísimas... Yo, ¿cómo negarlo?, agradezco a usted sus
obsequios... Quizás pueda algún día corresponder a tantas finezas con
otras igualmente delicadas... ¿Conque dice que me dará una cama?...
—Aquella...
—¿Y desayuno?
—También.
—¿Y comida?...
—Y cena. Soy pobre, pero tengo para vivir algún tiempo. Después Dios
nos dará más. Ya ve usted que si a veces quita, también da cuando menos
se espera.
—Es cierto, sí, es cierto —dijo Sarmiento con viva emoción que se
apresuró a disimular—. Pero me asombra una cosa.
—¿Qué?
—La poca memoria de usted.
—¿Poca memoria? En verdad no es mucha —dijo Sola ofreciéndole un vaso
de agua—. A veces no sirve la memoria sino de estorbo.
—Pues sí —añadió Sarmiento, mascullando las palabras y algo cortado—.
Usted no se acuerda... de que yo... no era santo de la devoción de su
papá de usted... Porque que digan arriba, que digan abajo, su papá de
usted conspiraba. Así es que yo... Mire usted, siempre que me acuerdo
de esto, tengo una congoja... Cierta noche, cuando llevaron preso al
señor Gil de la Cuadra, yo... Repito que él conspiraba y que hacían
bien en prenderle... ¿Usted recuerda...?
Soledad, pálida y abatida, miraba fijamente el mantel.
—Usted recuerda que su papá..., cuando le pusieron las cadenas,
¿eh?..., pues sí, parece que tenía sed. Me pidió agua y yo no se
la quise dar. Hice mal, mal, mal; aquello fue una bellaquería, una
brutalidad..., una infamia: seamos claros. Más adelante, cuando
vivían ustedes en casa de Naranjo..., que, entre paréntesis, era un
gran bribón, yo..., en fin, recordará usted que la noche que murió el
señor Gil de la Cuadra, me metí en la casa con otros milicianos para
registrarla... Confiese usted que teníamos razón, porque su papá de
usted conspiraba, es decir, nones, ya no conspiraba por causa de estar
muerto; pero...
La confesión de sus brutales actos de fanatismo costaba al preceptor
sudores y congojas; pero sentía la necesidad imperiosa de echar de sí
aquel tremendo peso, y como con tenazas iba sacándose las palabras.
—Ello es que yo me porté mal aquella noche... Verdad que éramos
enemigos; que él conspiraba contra la libertad; que yo tenía una misión
que cumplir..., el gobierno descansaba en mi vigilancia... Pero de
todos modos, señora doña Solita, usted no obra cuerdamente al tratarme
como me trata.
—¿Por qué? —dijo la joven alzando sus ojos llenos de lágrimas.
—Porque somos enemigos políticos.
Bañado el rostro en lágrimas, Sola se echó a reír, lo que producía
singular contraste.
—Porque somos enemigos encarnizados..., porque me porté mal, y si
ahora salimos con que usted me da carne y mesa... Además, mi dignidad
no me permite aceptarlo, no, señora. Parecerá que he cedido en mis
opiniones..., que transijo con ciertas ideas.
Sola reía más.
—Usted se burla de mí. Bien: no hablemos más del asunto. Se me figura
que usted me perdona aquellos desmanes. Bien, muy bien. Reconozco que
es un proceder admirable; pero yo..., póngase usted en mi lugar...
—Me parece —dijo Sola— que ya es hora de que se acueste usted.
—¡En esa cama! —exclamó Sarmiento con incredulidad y abriendo mucho los
ojos.
—En esa.
—¡Y tiene colchones!
—Y manta... Ya que tiene usted repugnancia de aceptar lo que le
ofrezco, no insistiré —indicó la muchacha con malicia—; pero valga mi
hospitalidad por esta noche. Mañana se volverá usted a su casa.
—Bien, bien —dijo Sarmiento—. Por vida de la chilindraina, que es
una excelente idea. Mañana lo decidiremos, y esta noche, como estoy
tan cansado... En verdad, ¿para qué necesito yo colchones ni platos
exquisitos, si están contados mis días?... ¡Ay! La pérdida de mi hijo
me ha secado el corazón. Para mí ha concluido el mundo. Conozco que
estoy de más, y me apresuro a emprender el viaje. Pero ha de saber
usted que mi idea es morir gloriosamente, mi plan tener un fin que
corresponda a la grandeza de las doctrinas que he sustentado en vida.
Yo no puedo morir como otro cualquiera, señora doña Solita, y aquí me
tiene usted en camino de llenar una página de la historia.
Sola parecía inquieta oyendo los disparates de su huésped.
—Sí, señora —añadió Sarmiento exaltándose y echando lumbre por los
ojos—. Voy a morir por la patria; voy a morir por la libertad, por esa
luz que ilumina el mundo; voy a ser mártir; voy a elevar mi frente como
los héroes, conquistando con un fin heroico la inmortalidad.
—Lo que yo veo es que no iban descaminados los que me dijeron...
Don Patricio se levantó, y tomando una actitud de estatua, prosiguió de
este modo:
—¿A qué arrastrar una vejez oscura y miserable, cuando las
circunstancias me brindan con la inmortalidad? El ejemplo de ese
héroe a quien he visto conducido como los criminales, y que subirá al
Calvario dentro de poco, me sirve de guía. ¡Oh luz de mi inteligencia,
bendita seas por haberme inspirado esta idea!
Pasando luego bruscamente al tono familiar, dijo a Solita:
—Pocos días me restan de vida. Quizás tres, quizás dos, quizás uno
solo. Como he de molestar por tan poco tiempo, apreciable señora, me
quedaré aquí.
—Está muy bien pensado. Ahora a dormir.
Vino el médico que habían llamado, y Sarmiento le despidió de mal
talante, diciendo que no necesitaba medicinas, porque para él, el
cuerpo no era nada y el alma todo. Advirtió el médico reservadamente
a Sola que le encerrara si tenía empeño en que tal estafermo viviese.
Después de la partida del galeno, don Patricio mostró deseos de
acostarse.
—Buenas noches, señora —dijo el preceptor entrando en la alcoba—.
¿Tomaré mañana chocolate?
—¿Eso había de faltar? Si no fuera por esa dichosa muerte heroica que
le espera, lo tomaría usted muchos días. ¡Qué necedad privarse de ese
gusto por la gloria, que no es más que humo!
—Usted habla en broma —dijo don Patricio, cuya voz se oía débilmente
desde la sala, porque había cerrado la puerta para acostarse—. No
puedo comprender que su claro entendimiento compare unas cuantas onzas
de soconusco con la inmortalidad y la gloria... ¡Ah!, señora mía, lo
único que me consuela de la pérdida que acabo de experimentar, es el
saber que mi adorado hijo está gozando de esa inextinguible luz de la
gloria, premio justo de los que han muerto defendiendo la libertad.
¡Mártir sublime, que Dios te bendiga como te bendigo yo!..., ¡yo que me
apresuro a imitarte!... Solita, ¿se ha marchado usted?
—No, señor; aquí estoy oyéndole con mucho gusto. ¡Cuánto siento la
muerte del pobre Lucas!... ¡Era tan buen muchacho!...
—¡Válgame Dios lo que he perdido! Era un dechado de virtudes —dijo
Sarmiento dando un gran suspiro— y de amor filial. Su inteligencia
superior se remontaba a las más altas concepciones. Su valor indomable
no tenía igual, y creeríase al verle que en él había resucitado un
héroe antiguo. Vamos, que en aquel famoso 7 de julio dejó bien puesto
el pabellón... ¡Pobre hijo mío! Sus nobles facciones eran idénticas
a las de su madre. ¡Si supiera usted cuán hermosa era mi Refugio!...
¿Está usted ahí, Solita?...
—Aquí estoy. Sí, debía de ser muy hermosa doña Refugio.
—¡Ah! ¡Si usted la hubiera visto!... ¡Qué boca!..., ¡qué ojos!...,
¡qué pie!... Me parece que la estoy mirando. La llamaban la diosa
de Calabazar del Buey, por ser este el lugar de su nacimiento...
¡Oh dulces memorias!, ¿por qué venís a atormentarme en estas
aflictivas horas?... Yo me enamoré de Refugio como un insensato,
porque siempre he sido así, un fuego vivo. ¡Cuánto me costó sacarla
de la casa paterna!... En fin, nos unimos en dulce lazo el día de la
Encarnación... Por Nochebuena nació nuestro Lucas, que parecía una bola
de oro y manteca... ¡Oh tiempos!... ¿Señora doña Solita...?
—¿Qué?
—¿Se ha marchado usted?
—No, señor; aquí estoy.
—Parece que se ríe usted.
—De ningún modo.
—Hágame el favor de abrir la puerta porque deseo verla a usted antes
de dormir. Es una necesidad de mi pobre espíritu.
Soledad abrió. Completamente arrebujado en las sábanas, don Patricio no
mostraba más que la cabeza.
—Está usted mucho más guapa que cuando vivía el señor Gil de la Cuadra
—insinuó el viejo.
—Podrá ser.
—¿Se acuesta usted ya?
—Antes tengo que hacer.
—Pues buenas noches, porque a causa del mucho cansancio... Perdone
usted mi descortesía; pero no lo puedo remediar: me duermo como un
animal. ¡Oh gloria, oh lauros inmortales, oh libertad!... Esta cama...
es tan... buena...