I
En la tarde del 2 de octubre de 1823 un anciano bajaba con paso tan
precipitado como inseguro por las afueras de la Puerta de Toledo en
dirección al puente del mismo nombre. Llovía menudamente, sin cesar,
según la usanza del hermoso cielo cuando se enturbia, y la ronda podía
competir en lodos con su vecino Manzanares, el cual, hinchándose como
la madera cuando se moja, extendía su saliva fangosa por gran parte del
cauce que le permiten los inviernos. El anciano transeúnte marchaba con
pie resuelto, sin que le causara estorbo la lluvia, con el pantalón
recogido hasta la pantorrilla, chapoteando sin embarazo en el lodo con
las destrozadas botas. Iba estrechamente forrado, como tizona en vaina,
en añoso gabán oscuro, cuyo borde y solapa se sujetaba con alfileres
allí donde no había botones, y con los agarrotados dedos en la parte
del pecho, como la más necesitada de defensa contra la humedad y el
frío. Hundía la barba y media cara en el alzacuello, tieso como una
pared, cubriéndose con él las orejas y el ala posterior del sombrero,
que destilaba agua como cabeza de tritón en fuente de Reales Sitios.
No llevaba paraguas ni bastón. Mirando sin cesar al suelo, daba unos
suspiros que competían con las ráfagas de aire. ¡Infelicísimo varón!
¡Cuán claramente pregonaban su desdichada suerte el roto vestido,
las horadadas botas, el casquete húmedo, la aterida cabeza, y aquel
continuo suspirar casi al compás de los pasos! Parecía un desesperado
que iba derecho a descargar sobre el río el fardo de una vida harto
enojosa para llevarla más tiempo. No obstante, pasó por el puente sin
mirar al agua, y no se detuvo hasta el parador situado en la divisoria
de los caminos de Toledo y Andalucía.
Bajo el cobertizo destinado a los alcabaleros y gente del fisco, había
hasta dos docenas de hombres de tropa, entre ellos algunos oficiales
de línea y voluntarios realistas de nuevo cuño en tales días. Los
paradores cercanos albergaban una fuerza considerable, cuya misión era
guardar aquella principalísima entrada de la corte, ignorante aún de
los sucesos que en el último confín de la Península habían cambiado el
gobierno de constitucional dudoso en absoluto verídico y puro, poniendo
fin entre bombas certeras y falaces manifiestos a los _tres llamados
años_. En aquel cuerpo de guardia eran examinados los pasaportes,
vigilando con exquisito esmero las entradas y las salidas, mayormente
estas últimas, a fin de que no escurriesen el bulto los sospechosos
ni se pusieran en cobro los revolucionarios, cuya última cuenta se
ajustaría pronto en el tremendo Josafat del despotismo.
Acercose el vejete al grupo de oficiales, y reconociendo prontamente
al que sin duda buscaba, que era joven, adusto y morenote, bastante
adelantado en su marcial carrera como proclamaban las insignias, díjole
con mucho respeto:
—Aquí estoy otra vez, señor coronel Garrote. ¿Tiene vuecencia alguna
buena noticia para mí?
—Ni buena ni mala, señor... ¿cómo se llama usted? —repuso el militar.
—Patricio Sarmiento, para servir a vuecencia y la compañía; Patricio
Sarmiento, el mismo que viste y calza, si esto se puede decir de mi
traje y de mis botas. Patricio Sarmiento, el...
—Pase usted adentro —díjole bruscamente el militar, tomándole por un
brazo y llevándole bajo el cobertizo—. Está usted como una sopa.
Un rumor, del cual podía dudarse si era de burla o de lástima, y quizás
provenía de las dos cosas juntamente, acogió la entrada del infeliz
preceptor en la compañía de los militares.
—Sí, señor Garrote —añadió Sarmiento—; soy, como decía, el hombre más
desgraciado de todo el globo terráqueo. Ese cielo que nos moja no
llora más que lloro en estos días, desde que me han anunciado como
probable, como casi cierta, la muerte de mi querido hijo Lucas, de
mi niño adorado, de aquel que era manso cordero en el hogar paterno
y león indómito en los combates... ¡Ah, señores! ¡Ustedes no saben
lo que es tener un hijo único, y perderlo en una escaramuza de
Andalucía, por descuidos de un general, o por intrepidez imprudente
de un oficialete!... ¿Pero hay esperanzas todavía de que tan horrible
noticia resulte incierta? ¿Se ha sabido algo? Por Dios, señor Garrote,
¿ha sabido vuecencia si mi idolatrado unigénito vive aún, o si feneció
en esas tremendas batallas?... ¿Hay algún parte que lo mencione?...,
porque Lucas no podía morir como cualquiera, no: había de morir ruidosa
y gloriosísimamente, de una manera tal, que dé gusto y juego a los
historiadores... ¿Ha sabido algo vuecencia de ayer acá?
—Nada —repuso Garrote fríamente.
—Ha seis días que vengo todas las tardes, y siempre me dice vuecencia
lo mismo —murmuró Sarmiento con angustia—. ¡Nada!
—Desde el primer día manifesté a usted qué nada podía saber.
—Pero a todas horas entran heridos, soldados dispersos, paisanos,
correos que vienen de las Andalucías. ¿Se ha olvidado usted de
preguntar?
—No me he olvidado —indicó el coronel con semblante y tono más
compasivos—; pero nadie, absolutamente nadie, tiene noticia del
miliciano Lucas Sarmiento.
—¡Todo sea por Dios! —exclamó el preceptor mirando al cielo—. ¡Qué
agonía! Unos me dicen que sucumbió, otros que está herido gravemente...
¿Han entrado hoy muchos milicianos prisioneros?
—Algunos.
—¿No venía Pujitos?
—¿Y quién es Pujitos?
—¡Oh! Vuecencia no conoce a nuestra gente.
—Soy forastero en Madrid.
—¡Oh! Pasaron aquellos tiempos de gloria —exclamó don Patricio con
lágrimas en los ojos, y declamando con cierto énfasis que no cuadraba
mal a su hueca voz y alta figura—. ¡Todo ha caído, todo es desolación,
muerte y ruinas! Aquellos adalides de la libertad, que arrancaron
a la madre España de las garras del despotismo; aquellos fieros
leones matritenses, que con solo un resoplido de su augusta cólera
desbarataron a la Guardia real, ¿qué se hicieron? ¿Qué se hizo de la
elocuencia que relampagueaba tronando en los cafés, con luz y estruendo
sorprendentes? ¿Qué se hizo de aquellas ideas de emancipación que
inundaban de gozo nuestras corazones? Todo cayó, todo se desvaneció
en tinieblas, como lumbre extinguida por la corriente de las aguas.
La oleada de fango frailesco ha venido arrasándolo todo. ¿Quién la
detendrá volviéndola a su inmundo cauce? ¡Estamos perdidos! La patria
muere ahogada en lodazal repugnante y fétido. Los que vimos sus días
gloriosos, cuando al son de patrióticos himnos eran consagradas
públicamente las ideas de libertad y nos hacíamos todos libres, todos
igualmente soberanos, los recordamos como un sueño placentero que
no volverá. Despertamos en la abyección, y el peso y el rechinar de
nuestras cadenas nos indican que vivimos aún. Las iracundas patas del
déspota nos pisotean, y los frailes nos...
—Basta —gritó una formidable voz interrumpiendo bruscamente al infeliz
dómine—. Para sainete basta ya, señor Sarmiento. Si abusa usted de la
benignidad con que se le toleran sus peroratas en atención al estado
de su cabeza, nos veremos obligados a retirarle las licencias. Esto no
se puede resistir. Si los desocupados de Madrid le consienten a usted
que vaya de esquina en esquina y de grupo en grupo divirtiéndoles con
sus necedades y reuniendo tras de sí a los chicos, yo no permito que
con pretexto de locura o idiotismo se insulte al orden político que
felizmente nos rige...
—¡Ah, señor Garrote, señor Garrote! —dijo Sarmiento moviendo
tristemente la cabeza y sacudiendo menudas gotas de agua sobre los
circunstantes—. Vuecencia me tapa la boca, que es el único desahogo de
mi alma abrasada... Callaré; pero deme vuecencia nuevas de mi hijo,
aunque sean nuevas de su muerte.
Garrote encogió los hombros y ofreció una silla al pobre hombre, que,
despreciando el asiento, juzgó más eficaz contra la humedad y el fresco
pasearse de un rincón a otro del cobertizo, dando fuertes patadas
y girando rápidamente, como veleta, al dar las vueltas. Los demás
militares y paisanos armados no ocultaban su regocijo ante la grotesca
figura y ditirámbico estilo del anciano, y cada cual imaginaba un tema
de burla con que zaherirle, mortificándole también en su persona. Este
le decía que Su Majestad pensaba nombrarle ministro de Estado y llavero
del reino; aquel que un ejército de carbonarios venía por la frontera
derecho a restablecer la Constitución; uno le ponía una banqueta
delante para que al pasar tropezase y cayese; otro le disparaba con
cerbatana un garbanzo haciendo blanco en el cogote o la nariz. Pero
Sarmiento, atento a cosas más graves que aquel juego importuno, hijo de
un sentimiento grosero y vil, no hacía caso de nada, y solo contestaba
con monosílabos, o llevándose la mano a la parte dolorida.
Había pasado más de un cuarto de hora en este indigno ejercicio, cuando
de la venta salió un hombre pequeño, doblado, de mezquina arquitectura,
semejante a la de esos edificios bajos y sólidos que no tienen por
objeto la gallarda expresión de un ideal, sino simplemente servir para
cualquier objeto terrestre y positivo. Siendo posible la comparación de
las personas con las obras de arquitectura, y habiendo quien se asemeja
a una torre gótica, a un palacio señorial, a un minarete árabe, puede
decirse de aquel hombre que parecía una cárcel. Con su musculatura de
cal y canto se avenía maravillosamente una como falta de luces, rasgo
misterioso o inexplicable de su semblante, que a pesar de tener cuanto
corresponde al humano frontispicio, parecía una fachada sin ventanas. Y
no eran pequeños sus ojos ciertamente, ni dejaban de ver con claridad
cuanto enfrente tenían; pero ello es que mirándole no se podía menos de
decir: «¡Qué cara tan oscura!».
Su fisonomía no expresaba cosa alguna, como no fuera una calma torva,
una especie de acecho pacienzudo. Y a pesar de esto no era feo, ni sus
correctas facciones habrían formado mal conjunto si estuvieran de otra
manera combinadas. Tales o cuales cejas, boca o narices más o menos
distantes de la perfección, pueden ser de agradable visualidad o de
horrible aspecto, según cual sea la misteriosa conexión que forma con
ellas una cara. La de aquel hombre que allí se apareció era ferozmente
antipática. Siempre que vemos por primera vez a una persona, tratamos,
sin darnos cuenta de nuestra investigación, de escudriñar su espíritu
y conocer por el mirar, por la actitud, por la palabra, lo que piensa
y desea. Rara vez dejamos de enriquecer nuestro archivo psicológico
con una averiguación preciosa. Pero enfrente de aquel sótano humano el
observador se aturdía diciendo: «Está tan lóbrego que no veo nada».
Vestía de paisano con cierto esmero, y todas cuantas armas portátiles
se conocen llevábalas él sobre sí, lo cual indicaba que era voluntario
realista. Fusil sostenido a la espalda con tirante, sable, machete,
bayoneta, pistolas en el cinto, hacían de él una armería en toda
regla. Calzaba botas marciales con espuelas, a pesar de no ser de a
caballo; mas este accesorio solían adoptarlo cariñosamente todos los
militares improvisados de uno y otro bando. Chupaba un cigarrillo, y
a ratos se pasaba la mano por la cara, afeitada como la de un fraile;
pero su habitual resabio nervioso (estos resabios son muy comunes en
el organismo humano) consistía en estar casi siempre moviendo las
mandíbulas como si rumiara o mascullase alguna cosa. Su nombre de pila
era Francisco Romo.
Don Patricio, luego que le vio, llegose a él y le dijo:
—¡Ah, señor Romo! ¡Cuánto me alegro de verlo! Aquí estoy por sexta vez
buscando noticias de mi hijo.
—¿Qué sabemos nosotros de tu hijo ni del hijo del Zancarrón? Papá
Sarmiento, tú estás en Babia... No tardarás mucho en ir al Nuncio de
Toledo... Ven acá, estafermo —al decir esto le tomaba por un brazo y le
llevaba al interior de la venta que servía de cuerpo de guardia—, ven
acá y sirve de algo.
—¿En qué puedo servir al señor Romo? Diga lo que quiera con tal que no
me pida nada de que resulte un bien al absolutismo.
—Es cosa mía —dijo Romo hablando en voz baja y retirándose con
Sarmiento a un rincón donde no pudieran ser oídos—. Tú, aunque loco,
eres hombre capaz de llevar un recado y ser discreto.
—Un recado... ¿a quién?
—A Elenita, la hija de don Benigno Cordero, que vive en tu misma casa,
¿eh? Me parece que no te vendrán mal tres o cuatro reales... Este saco
de huesos está pidiendo carne. ¿Cuántas horas hace que no has comido?
—Ya he perdido la cuenta —repuso el preceptor con afligidísimo
semblante, mientras un lagrimón como garbanzo corría por su mejilla.
—Pues bien, carcamal: aquí tienes una peseta. Es para ti si llevas a la
señorita doña Elena...
—¿Qué?
—Esta carta —dijo Romo mostrando una esquela doblada en pico.
—¡Una carta amorosa! —exclamó Sarmiento ruborizándose—. Señor Romo de
mis pecados, ¿por quién me toma usted?
El tono de dignidad ofendida con que hablara Sarmiento, irritó de tal
modo al voluntario realista que, empujando brutalmente al anciano, le
vituperó de este modo:
—¡Dromedario! ¿Qué tienes que decir?... Sí, una carta amorosa. ¿Y qué?
—Que usted es un simple si me toma por alcahuete —dijo don Patricio con
severo acento—. Guarde usted su peseta, y yo me guardaré mi gana de
comer. ¡Por vida de la chilindraina! No faltan almas caritativas que
hagan limosnas sin humillarnos...
Inflamado en vivísima cólera el voluntario, y sin hallar otras razones
para expresarla que un furibundo terno, descargó sobre el pobre maestro
aburrido uno de esos pescozones de catapulta que abaten de un golpe las
más poderosas naturalezas, y dejándole tendido en tierra, magullados y
acardenalados el hocico y la frente, salió del cuerpo de guardia.
A don Patricio le levantaron casi exánime, y su destartalado cuerpo
se fue estirando poco a poco en la postura vertical, restallándole las
coyunturas como clavijas mohosas. Se pasó la mano por la cara, y dando
un gran suspiro y elevando al cielo los ojos llorosos, exclamó así con
dolorido acento:
—¡Indigno abuso de la fuerza bruta, y de la impunidad que protege a
estos capigorrones!... Si otros fueran los tiempos, otras serían las
nueces... Pero los yunques se han vuelto martillos, y los martillos de
ayer son yunques ahora. ¡Rechilindrona! ¡Malditos sean los instantes
que he vivido después que murió aquella preciosa libertad!...
Y sucediendo la rabia al dolor, se aporreó la cabeza y se mordió los
puños. Habíanle abandonado los que antes le prestaran socorro, porque
fuera se sentía gran ruido y salieron todos corriendo al camino. Don
Patricio, coronándose dignamente con su sombrero, al cual se empeñó en
devolver su primitiva forma, salió también arrastrado por la curiosidad.