Por la misma época en que doña Angustias y su hija se establecían en
Huacho, llegó al lugar un mancebo de veinticinco años, buen mozo, de
aire truhán y picaresco y que probó ser hombre de escasos haberes, pues
arrendó un miserable tenducho en el que estableció una humildísima
cigarrería. La curiosidad de los vecinos no dejaba en reposo al
forastero, quien, dicho sea de paso, no gustaba de poca ni mucha
conversación con los huachanos. Un mozo tan nada amigo de amigos tenía
que ser la comidilla de la murmuración.
Una tarde llegaron dos viejas a la tienda, y después de comprar cigarros
se propusieron _meter letra_ con el forastero, y entre otras preguntas,
más o menos impertinentes, hubo las que consigna este diálogo.
--¿Y desde dónde ha venido usarced?
--Desde el Purgatorio.
La interpelante dió un salto, imaginándose que era ánima en pena quien
en realidad había residido en un frigidísimo mineral de Cajamarca
llamado Purgatorio. Repuesta de su espanto la curiosa vieja, aventuró
otra pregunta.
--¿Y qué piensa usarced hacer en Huacho?
--Cigarros y diabluras.
Nueva sorpresa para las viejas.
--¿Y qué edad tiene?
--¡La del demonio!--contestó fastidiado D. Dionisio.
Aquí las viejas se santiguaron y salieron a escape de la tienda. Las
contestaciones del cigarrero corrieron de boca en boca con notas y
comentarios, llevando a todos los ánimos la convicción de que el
forastero era por lo menos hereje y que el mejor día tendría Huacho la
visita de algún comisario de la Santa. Contribuyó también a que el
vecindario lo mirase como huésped peligroso la circunstancia de que no
le besaba la mano al padre cura ni asistía a la misa dominical,
pecadillos que en aquel siglo bastaban para que un prójimo tuviese que
habérselas con los torniceros de la Inquisición.