Era, a mediados del pasado siglo, la noche de la verbena de San Juan.
Como costumbre española, se había introducido entre nosotros la de que
toda niña de más de quince abriles encendiese aquella noche un cirio
ante la imagen del precursor de Cristo. Al sonar las doce, las muchachas
asomábanse presurosas a los balcones y ventanas, y eran agradablemente
sorprendidas por los galanes que, al son de una bandurria o vihuela,
cantaban amorosas endechas y quejumbrosos _yaravíes_. Ellas creían que
el cantor había caído como llovido del cielo, y harto cristianas eran
para darle calabazas.
Hacía dos meses que doña Angustias Ambulodegui de
Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea, viuda de un viscaíno empleado
en el real Estanco, se había establecido en Huacho en compañía de su
hija Eduvigis, muchacha capaz de sacar de sus casillas al mismísimo San
Jerónimo, y de hacerle arrojar a un pozo la piedra y la disciplina con
que se atormentaba en el desierto.
No osaré jurar que aquella noche había encendido Eduvigis una candelilla
a San Juan para que la favoreciese con un quebradero de cabeza; pero sí
que la chica se encontraba aún despierta y vestida a media noche, y que
se asomó al ventanillo apenas oyó los acordes de una guitarra, manejada
con mucho rumbo y salero. De seguro que el de la serenata no cantaría
coplas como la que oímos a un galancete de villorrio:
«Cuando doblen las campanas
no preguntes quién murió;
porque, ausente de tu vista,
¿quién ha de ser sino Pepe González?»
sino tan salerosas e intencionadas como esta:
«El amor que te tengo
lo he confesado,
y el confesor me ha dicho
que no es pecado;
que es natural
quererse ellos y ellas
por caridad.»
Seguidilla va y seguidilla viene, el cantor llevaba trazas de esperar a
que despuntase el alba para poner punto a las ponderaciones y extremos
de su amor; pero vino a aguar la fiesta el ruido estridente de un
bofetón y una voz catarrienta que decía:
--¿Te gustan villancicos, descocada? Pues sábete que rondador que te
requiera de amores ha de entrar por la puerta sin escandalizar el
barrio. ¡Charquito de agua, no serás brazo de mar!
Y semejante a las brujas de Macbeth, asomó por el ventanillo un escuerzo
en enaguas, con un rostro adornado por un par de colmillos de jabalí
que servían de muletas a las quijadas, como dijo Quevedo.
--¡Arre allá, señor de los ringorrangos, dominguillo de higueral, y vaya
vuesa merced a trabucar el juicio a mozas casquilucias y de menos
trastienda que mi hija!
No sabemos si el susto que le inspiró tan infernal aparición o una
ráfaga de viento arrancó al galán el embozo, y a la escasa luz que salía
por el ventanillo reconocieron la asendereada Eduvigis y la furiosa
viuda de Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea al personaje de quien
hablaremos en capítulo aparte.