Un tenorio americano

(_A D. Alberto Navarro Viola_)

I

Era el 1.º de enero de 1826.

La iglesia de las monjas mónicas, en Chuquisaca, resplandecía de luces,

y nubes de incienso, quemado en pebeteros de plata, entoldaban la

anchurosa nave.

Cuanto la entonces naciente nacionalidad boliviana tenía de notable en

las armas y en las letras, la aristocracia de los pergaminos y la del

dinero, la belleza y la elegancia, se encontraba congregado para dar

mayor solemnidad a la fiesta.

Allí estaba el vencedor de Ayacucho, Antonio José de Sucre, en el apogeo

de su gloria y en lo más lozano de la edad viril, pues sólo contaba

treinta y dos años.

En su casaca azul no abundaban los bordados de oro, como en las de los

sainetescos espadones de la patria nueva, que van, cuando se

emperejilan, como dijo un poeta:

«tan tiesos, tan finchados y formales,

que parecen de veras generales».

Sucre, pomo hombre de mérito superior, era modesto hasta en su traje, y

rara vez colocaba sobre su pecho alguna de las condecoraciones

conquistadas, no por el favor ni la intriga, sino por su habilidad

estratégica y su incomparable denuedo en los campos de batalla, en

quince años de titánica lucha contra el poder militar de España.

Rodeaban al que en breve debía ser reconocido como primer presidente

constitucional de Bolivia: el bizarro general Córdova, cuya proclama de

elocuente laconismo _¡armas a discreción y paso de vencedores!_ vivirá

mientras la historia hable del combate que puso fin al dominio

castellano en Sud-América; el coronel Trinidad Morán, el bravo que en

una de nuestras funestas guerras civiles fué fusilado en Arequipa, en

diciembre de 1854, precisamente al cumplirse los treinta años de la

acción de Matará, en que su impávido valor salvara al ejército patriota

de ser deshecho por los realistas; el coronel Galindo, soldado audaz y

entendido político que, casado en 1826 en Potosí, fué padre del poeta

revolucionario Nestor Galindo, muerto en la batalla de la Cantería; sus

ayudantes de campo, el fiel Alarcón, destinado a recibir él último

suspiro del _justo Abel_ victimado vilmente en las montañas de

Berruecos, y el teniente limeño Juan Antonio Pezet, muchacho jovial, de

gallarda apostura, de cultas maneras, cumplidor del deber y que,

corriendo los tiempos, llegó a ser general y presidente del Perú.

Aquel año 26 Venus tejió muchas coronas de mirto. De poco más de cien

oficiales colombianos que acompañaron a Sucre en la fiesta de las monjas

mónicas, cuarenta pagaron tributo al dios Himeneo en el espacio de pocos

meses. No se diría sino que los vencedores en Ayacucho llevaron por

consigna: «¡Guerra a las bolivianas!»

Por entonces un magno pensamiento preocupaba a Bolívar, hacer la

independencia de la Habana; y para realizarla contaba con que Méjico

proporcionaría un cuerpo de ejército que se uniría a los ya organizados

en Colombia, Perú y Bolivia. Pero la Inglaterra se manifestó hostil al

proyecto, y el Libertador tuvo que abandonarlo.

Los argentinos se preparaban para la guerra que se presentaba como

inminente con el Brasil; y conocedores de la ninguna simpatía de Bolívar

por el imperio americano, enviaron al general Alvear a Bolivia, con el

carácter de ministro plenipotenciario, para que conferenciase con Sucre

y con el Libertador, que acababa de emprender su triunfal paseo de Lima

a Potosí. Bolívar, aunque preocupado a la sazón con la empresa cubana,

no desdeñó las proposiciones del simpático Alvear; pero teniendo que

regresar al Perú y sin tiempo para discutir, autorizó a Sucre para que

ajustase con el plenipotenciario las bases del pacto.

D. Carlos María de Alvear es una de las más prominentes personalidades

de la revolución argentina. Nacido en Buenos Aires y educado en España,

regresó a su patria con la clase de oficial de las tropas reales en

momento oportuno para encabezar con San Martín la revolución de octubre

del año 12. Presidente de la primera asamblea constituyente, fué él

quien propuso en 1813 la primera ley que sobre libertad de esclavos se

ha promulgado en América. En la guerra civil que surgió a poco, Alvear,

apoyado en la prensa por Monteagudo, asumió la dictadura, y la ejerció

hasta abril de 1815 en que el Cabildo de Buenos Aires lo depuso y

desterró. Con varia fortuna, vencido hoy y vencedor mañana, hizo casi

toda la guerra de independencia. Ni es nuestro propósito ni la índole de

esta leyenda nos permite ser más extensos en noticias históricas. Nos

basta con presentar el perfil del personaje.

Soldado intrépido, escritor de algún brillo, político hábil, hombre de

bella y marcial figura, desprendido del dinero, de fácil palabra, de

vivaz fantasía, como la generalidad de los bonaerenses, e impetuoso, así

en las lides de Marte como en las de Venus, tal fué D. Carlos María de

Alvear. Falleció en Montevideo en 1854, después de haber representado a

su patria en Inglaterra y Estados Unidos.

La misión confiada a Alvear cerca de Sucre habría sido fructífera, si

entre los que acompañaron al fundador de Bolivia en la iglesia de las

monjas mónicas no se hubiera hallado el diplomático argentino.

¿Quién es _ella_? Esta _ella_ va a impedir alianzas de gobiernos,

aplazar guerra y... lo demás lo sabrá quien prosiga leyendo.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 125 / 206 题