II

Por los tiempos en que el padre Chuecas andaba tras la flor del berro y

parodiando en lo conquistador a Hernán Cortés, vivía en la calle de

Malambo una mocita de medio pelo y todavía en estado de merecer. De ella

podía decirse:

«Mal hizo en tenerte sola

la gran perra de tu madre;

preciosuras como tú

se deben tener a pares.»

Llamábase la chica Nieves Frías, y no me digan que invento nombre y

apellido, pues hay mucha gente que conoció a la _individua_, y a su

testimonio apelo. Su paternidad el franciscano bailaba el _Agua de

nieve_ por adueñarse del corazón de la muchacha, y en vía de cantar

victoria estaba, cuando se le atravesó en la empresa un argentino,

traficante en mulas, hombre burdo, pero muy provisto de monedas.

Llegó el cumpleaños de Nieves Frías, que era bonita como una pascua de

flores, y como era consiguiente hubo bodorrio en la casa y zamacueca

borrascosa.

Habíanse ya trasegado a los estómagos muchas botellas del

_busca-pleitos_, cuando antojósele a la vieja, que viejas son

pedigüeñas, pedir que brindase el padre Chuecas.

--Eso es, que diga algo fray Mateo--exclamaron en coro las muchachas,

que gustan siempre de oir palabritas de almíbar.

--_¡Acurrucutú manteca!_--añadió haciendo piruetas un mocito de la

_hebra_.--Y que brinde con pie forzado.

--¡Sí! ¡Sí! ¡Que brinde! ¡Que le den el pie!--gritaron hombres y

mujeres.

El padre Chuecas, sin hacerse de rogar, se sirvió una copa y pidió el

pie forzado. La madre de la niña, que por aquello de dádivas quebrantan

peñas, favorecía las pretensiones del ricachón argentino, dijo:

--Padre, tome este pie: _Córdoba del Tucumán_.

El franciscano se paró delante de la Dulcinea y dijo con clara

entonación:

«Brindo, preciosa doncella,

porque en tus pómulos rojos,

jamás contemplen mis ojos

de las lágrimas la huella.

Brindo, en fin, porque tu estrella

que atrae como el imán

a tanto y tanto galán

que se embelesa en tu cara,

nunca brille alegre para

_Córdoba del Tucumán_.»

Un aplauso estrepitoso acogió la bien repiqueteada décima, y el

satirizado pretendiente, aunque tragando saliva, tuvo que sonreir y dar

un ¡bravo! al improvisador. Llególe turno de brindar, y quiso también

echarla de poeta o _payador gaucho_ con esta redondilla o quisicosa sin

rima ni medida, pero de muy explícito concepto:

«Brindo por el bien que adoro,

y para que sepan todos

que el amor se hizo para los hombres,

y para los frailes se hizo el coro.»

Ello no era verso, ni con mucho, pero era una banderilla de fuego sobre

el cerviguillo de Chuecas. Este no aguantó la púa y corcoveó en el acto:

«Cordobés infelice que al Parnaso,

por numen chabacano conducido,

pretendiste ascender... ¡detente, _huaso_!

no profanes sus cumbres atrevido,

advierte que la lira no es el lazo;

pues, quizá, temerario has presumido

que son las Musas, a las que haces guerra,

las mulas que amansabas en tu tierra.»

Una carcajada general y un ¡viva el padre! contestaron a la valiente

octava. El argentino perdió los estribos de la sangre fría, y

desenfundando el alfiler o limpiadientes, se fué sobre el fraile, quien

esperaba la embestida daga en mano. Armóse la marimorena: chillaron las

mujeres y arremolináronse los hombres. Por fortuna la policía acudió a

tiempo para impedir que los adversarios se abriesen ojales en el pellejo

y los condujo a chirona.

El padre Chuecas pasó seis meses de destierro en Huaraz. A su regreso

supo que la paloma había emprendido vuelo a Córdoba del Tucumán.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 124 / 206 题