II

Las notas del órgano sagrado y el canto de las monjas hallaban eco

misterioso en los corazones. El sentimiento religioso parecía dominarlo

todo.

Sucre y su lucida comitiva de oficiales en plena juventud, pues ni el

general Córdova podía aún lanzar el desesperado apóstrofe de Espronceda

_¡malditos treinta años!_, ocupaban sitiales y escaños a dos varas de la

no muy tupida reja del coro.

Gran tentación fué aquella para los delicados nervios de las esposas de

Jesucristo. Mancebos gentiles, héroes de batallas cuyas acciones más

triviales adquirían sabor legendario al ser relatadas por el pueblo,

tenían que engrandecerse y tomar tinte poético en la fantasía de esas

palomas, cuyo apartamiento del siglo no era tanto que hasta ellas no

llegase el ruido del mundo externo.

Hubo un momento en que una monja que ocupaba reclinatorio vecino al de

la abadesa, entonó un himno con la voz más pura, fresca y melodiosa que

oídos humanos han podido escuchar.

Todas las miradas se volvieron hacia la reja del coro.

El delicioso canto de la monja se elevaba al cielo; pero sus ojos, al

través del tenue velo que la cubría el rostro y acaso su espíritu,

vagaban entre la multitud que llenaba el templo. De pronto y de en medio

del brillante grupo oficial, levantóse un hombre de arrogantísimo

aspecto, en cuya casaca recamada de oro lucían los entorchados de

general, asióse a la reja del coro, lanzó atrevida mirada al interior, y

olvidando que se hallaba en la casa del Señor, exclamó con el entusiasmo

con que en un teatro habría aplaudido a una prima-donna.

--¡Canta como un ángel!

¿La monja oyó o adivinó la galantería? No sabré decirlo; pero levantó un

extremo del velo, y los ojos de aquel hombre y los suyos se encontraron.

Cesó el canto. El Satanás tentador se apartó entonces de la reja,

murmurando: «¡Hermosa, hermosísima!,» y volvió a ocupar su asiento a la

derecha de Sucre.

Para los más, aquello fué una irreverencia de libertino; y para los

menos, un arranque de entusiasmo filarmónico.

Para las monjitas, desde la abadesa a la refitolera, hubo tema no sé si

de conversación o de escándalo. Sólo una callaba, sonreía y...

suspiraba.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 126 / 206 题