Cosas tiene el rey cristiano que parecen de pagano

I

Lector, tengo el honor de presentarte (aunque dudo mucho guardes en casa

sillas para tanta gente) al Sr. D. José Matías Vázquez de Acuña,

Menacho, Morga, Zorrilla de la Gándara, León, Mendoza, Iturgoyen,

Lisperguer, Amasa, Román de Aulestia, Sosa, Gómez, Boquete, Ribera,

Renjifo, Ramos, Galván, Caballero, Borja, Maldonado, Muñoz de Padilla y

Fernández de Ojeda, vástago de conquistadores por todos sus apellidos,

caballero de la orden de Santiago, gentilhombre de Cámara con entrada,

elector de la abadía de San Andrés de Tabliega en la merindad de

Montijo, patrón en Lima del convento grande de Nuestra Señora de Gracia,

del orden de ermitaños de San Agustín y de su capilla del Santo Cristo

de Burgos, patrón asimismo del Colegio de San Pablo que fué de la

Compañía de Jesús, regidor del Cabildo de Lima, capitán del batallón

provincial y sexto conde de la Vega del Ren, título creado en 1686 por

Carlos II a favor de doña Josefa Zorrilla de la Gándara, León y

Mendoza, con la condición de que a la muerte de la condesa recayese el

título en su esposo D. Juan José Vázquez de Acuña, Menacho, Morga y Sosa

Renjifo. Los condes de la Vega usaban en su escudo esta divisa: _Se ha

de vivir de tal suerte, que vida quede en la muerte._

A pesar de sus monárquicas tradiciones de familia y de lucir la llave de

oro con que en los días de besamanos se presentara en el palacio de

O’Higgins, Avilés y Abascal; a pesar de sus blasones heráldicos y de que

su nobleza era tan aquilatada que, según un rey de armas, venía por

línea recta, como los Lastra de Chile, nada menos que de uno de los tres

reyes magos de Oriente que rindieron tributo y vasallaje al Divino Niño

nacido en el humilde establo de Belén; a pesar de tantos y tan

empingorotados pesares, el señor conde no fué ningún liberalito de agua

tibia, sino un patriota de camisa limpia y a quien costó no poco la

independencia del Perú.

Cuando, entre nosotros, apenas si se pensaba en tener patria, el conde

de la Vega del Ren era el centro de una vasta conjuración. Rico hasta

dejarlo de sobra, pues en él se habían reunido las fortunas de cinco

casas solariegas, intentó en 1814 dar a España el golpe de gracia.

Contaba para conseguirlo con la popularidad y prestigio inherentes a su

cargo de capitán de milicias del _Número_, que así se llamaba un

precioso batallón, compuesto de ochocientos artesanos, criollos todos, y

por consiguiente aficionados al barullo. Las milicias del _Número_, que

eran, como decimos hoy, cuerpos de _cachimbos_ o de _nickels_, si usted

gusta, y el regimiento real «Fijo de Lima,» que más tarde cambió de

nombre por el de «Infante D. Carlos,» 5.º de línea, disponían de la

simpatía popular. Compruébalo el hecho de que en las noches de retreta

la turba favorecía con una silbatina mayúscula a los músicos del lujoso

batallón _Concordia_, cuerpo que, teniendo por primer jefe al virrey,

poseía excelente instrumental y palmoteaba furiosamente a los malos

pífanos, ramplones cornetas, peores pistones y detestables tambores de

milicias.

Los conciliábulos se sucedían en casa del conde y la conjuración iba

viento en popa. Pero el diablo hizo que de repente llegara de la

península el navío _Asia_ con su cargamento de bandidos o de talaberas,

y que alebronado algún conspirador fuera con la denuncia al mismísimo

Abascal.

Además de la denuncia que hizo el torero Esteban Corujo, el beletmita

fray Joaquín de la Trinidad, el padre Echeverría, prior de San Agustín,

el canónigo Arias y el franciscano Galagarza revelaron al virrey que,

bajo secreto de confesión, una mujer les había descubierto el complot

revolucionario, facultándolos para dar aviso a su excelencia. La

conspiración debía estallar en el Callao el 28 de octubre a la hora en

que la procesión del Señor del Mar estuviese dentro de la fortaleza del

Real Felipe. Contábase con sorprender la guardia en los diversos

cuarteles y apoderarse de la persona del virrey, tarea facilísima si se

atiende a que todos estaban ajenos de recelos. En el juicio se comprobó

que una misma mujer fué la confesada de los cuatro sacerdotes.

Fué el conde de la Vega el primer hombre que en el Perú y a las barbas

del virrey tuvo coraje para llamar _soberano_ al pueblo. Dábase una

corrida de toros en Acho, y la autoridad había ordenado encerrar un

bicho. El público insistía en que el animal fuese estoqueado, y el señor

conde, que se despepitaba por todo lo que era popularidad o

populachería, erigióse por sí y ante sí en personero del concurso y

encaminóse a la galería del alcalde. Este no dió su brazo a torcer, y el

de la Vega exclamó exaltado:

--Obedezca usía, que se lo manda el soberano pueblo.

De más está decir que el alcalde hizo un corte de mangas al soberano y

a su intruso representante, y que el toro fué al corral.

Abascal, que no se andaba por las ramas tratándose de insurgentes, que

envió de regalo a Goyeneche el sable de su uso, y que _a estar en sus

manos, habría recompensado con un virreinato al felón de Guaqui_ (frase

textual), se lo tuvo por sabido y plantó en una casamata al señor conde,

alma de la proyectada rebelión. Como Abascal era título de Castilla de

muy reciente data, los nobles de antiguo cuño y de abolengo

_impajaritable_, se rebelaron contra la medida, calificándola de

despótica y atentatoria a la limpieza de los pergaminos, tanto más,

cuanto que del sumario no resultaba nada en claro contra el de la Vega

del Ren. El virrey recibió un memorial con treinta y dos firmas de

condes y marqueses, en el cual se protestaba ocurrir a la corona si

inmediatamente no era puesto en libertad el preso. Algún canguelo debió

entrarle a Abascal, pues mandó sobreseer en la causa, aunque, por sí o

por no, se hizo el de flaca memoria y no devolvió al sospechado el mando

de la compañía. Ochenta días había tenido al condesito guardado del

relente y la garúa.

El conde de la Vega del Ren se estuvo quedo en su casa y conspirando a

la sordina hasta 1821. Su firma, como el lector puede comprobarlo, ocupa

el noveno lugar en el acta solemne de jura de la independencia. Junto

con él suscribieron el precioso documento los condes de San Isidro, de

las Lagunas, de Torre Blanca, de Vistaflorida y de San Juan de

Lurigancho, y los marqueses de Corpa, de Casa-Dávila, de Montealegre y

de Villafuerte, aquel a quien Bolívar humilló tanto el 12 de abril de

1826, día siguiente al en que fué ajusticiado en la plaza de Lima el

vizconde de San Domas. Referiré el lance a vuela pluma.

El Libertador había conferido al marqués de Villafuerte título de

coronel y destinándolo entre sus ayudantes de campo. Bolívar daba

aquella tarde un convite en la Magdalena, y viendo a su ayudante

preocupado y que no menudeaba las libaciones, le dijo:

--Muy calladito está usted, señor marqués. ¿Acaso lo entristece el saber

que la aristocracia hizo ayer mal papel en la plaza?

A lo que dicen que el marquesito limeño contestó:

--Señor excelentísimo, aristócratas y plebeyos, todos somos iguales ante

la ley y ante el verdugo.

Consigno el hecho, excuso comentario para ahorrarme peloteras, y sigo

con el conde de la Vega.

Limeños _mazamorreros_ fueron los diez títulos de Castilla que

suscribieron el acta de emancipación; mas sus opiniones políticas no

eran motivo bastante para romper vínculos de amistad o sangre con el

resto de la nobleza, que permanecía fiel a la causa del rey. Así, cuando

algún hidalgo recalcitrante criticaba al de la Vega del Ren, respondía

éste muy sereno:

--¡Hombre! Tan malos son los chapetones en el gobierno como los mozos

que han venido y la chamuchina que vendrá después. No he hecho más que

variar de guiso, que ya el otro de puro viejo no lo podía digerir. Estoy

por potaje nuevo, aunque se me vuelva ponzoña entre las tripas. Por lo

demás, conde nací, conde me quedo: conque ni gano ni pierdo.

¡Cuánto se equivocaba su señoría! Verdad es que él no podía adivinar que

la República, que por entonces andaba en problema, vendría a hacer tabla

rasa de escudos nobiliarios, dando a los pergaminos menos valor que al

papel de estraza.

Fué el de la Vega casado con la hermana del conde de Sierrabella y

marqués de San Miguel, que mandaba un batallón patriota en la

desgraciada campaña de Intermedios en 1823. Después del desastre se

embarcó el marqués en el puerto de Ilo, con muchos de los dispersos, a

bordo de un transporte, el cual fué apresado por un corsario español que

probablemente naufragó o se incendió en alta mar, pues hasta hoy no ha

vuelto a tenerse noticia de él ni de sus tripulantes. Como el de

Sierrabella era soltero, heredó su hermana, la esposa del de la Vega,

títulos y mayorazgos. De su matrimonio tuvo D. José Matías sólo una

hija, la cual casó con D. José de Santiago Concha, natural de Chile, y

murió en 1881, dejando tres hijos y cuatro hijas.

El conde de la Vega del Ren fué uno de los fundadores de la

aristocrática orden del Sol, creada por el ministro Monteagudo para

robustecer el principio monárquico, y perteneció a la Camarilla secreta

que el 24 de diciembre de 1824 firmara el pliego de instrucciones a que

debía sujetarse García del Río para traernos de Europa un príncipe que

conviniera en echarse a cuestas el petardo de ser nuestro amo y señor.

Cuando quedó la República aceptada como forma definitiva de gobierno, el

de la Vega del Ren no tuvo más que inclinar la cabeza y seguir la

corriente; y aunque a principios de 1824 la causa de la independencia

estuvo punto menos que perdida, su señoría no desesperó, imitando a

muchos de sus nobles amigos que después de haber gritado hasta

enronquecer «¡viva la patria!» voltearon casaca gritando con toda la

fuerza de sus pulmones «¡viva el rey!»

Nuestro conde fué del número de los que emigraron de Lima para no caer

en manos de Rodil o de Ramírez, que de seguro lo habrían sin muchos

preámbulos enviado al mundo de donde no se vuelve. Por eso en el listín

de una corrida de toros que en aquel año dieron los realistas,

bautizando cada bicho con el nombre de algún título afiliado bajo el

pabellón insurgente, dedicaron a nuestro paisano esta redondilla o

banderilla, que allá va todo:

«Es animal bien extraño

el torazo que aquí llega:

Colmilludo de la Vega;

su divisa, Desengaño.»

Después de la batalla de Ayacucho no volvió el conde a meterse en

belenes de política, y murió (cuando le roncó la olla) muy cristiana y

tranquilamente, si bien algo desencantado de la patria, de los patriotas

y de los patrioteros.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 111 / 206 题