--Con usted mi amor se va.
--Correspondido será.
--Venga una copa de allá.
--¡Alza, mi vida!--¡Ya está!
y el capitán tomó pareja, y bailó una zamacueca por lo fino con lo de
dale fuego a la lata,
reina de Lima,
si no quieres que te eche
mi gato encima;
dale fuego a la lata,
cogollo verde,
y cuídate del perro,
que el perro muerde.
Estaba en lo mejor y más borrascoso de la fuga, cuando ¡pin!, ¡pin!
¡Santa Catalina!... ¿Balazos?... Sí, señor..., balazos.
Benites saltó sobre el caballo y partió a escape tendido.
Cinco o seis cuadras más adelante del tambo principiaba el Carrizal, y
de la espesura del monte habían salido de improviso cuarenta montoneros
capitaneados por _Mundofeo_, bandido que era el espanto del vecindario
de Lima y Callao.
--¡Rendirse, que aquí está _Mundofeo_!--gritó el facineroso, a la vez
que su gente hacía una descarga echando al suelo a tres lanceros.
Fuese el pánico de la sorpresa o el terror que inspiraba el nombre del
bandolero, ello es que el sargento _labró_ en dirección a Bellavista, y
los soldados retrocedieron en fuga para Lima. Salióles al encuentro el
capitán, los apostrofó, retempló sus bríos, y a la cabeza de doce
lanceros llegó al que fuera sitio de la sorpresa, en momentos en que ya
los ladrones internaban en el monte las codiciadas mulas conductoras del
dinero.
Encarnizada, sangrienta fué la lucha. Si bien en ésta Benites perdió
otros dos hombres, mató personalmente de un pistoletazo a _Mundofeo_, y
los lanceros ajustaron la cuenta a otros quince bandidos. Los demás
hallaron salvación en el monte, no sin que siete cayeran prisioneros.
Entretanto el sargento había llegado despavorido a Bellavista y
presentádose a Salaverry, que paseaba la plaza viendo hacer ejercicio al
batallón «Victoria.»
El sargento era un palangana fanfarrón. Dijo que el capitán había
abandonado la tropa; que él tuvo que dirigir el combate contra más de
cien montoneros bien armados y mejor cabalgados; que con su lanza
despachó media docena de enemigos, y que abrumado por el número, aunque
sin recibir rasguño, había tenido que venir a dar parte para que sin
pérdida de minutos se enviara siquiera un regimiento a rescatar la
plata.
Salaverry lo oyó sin interrumpirlo, y cuando hubo terminado su relato,
que parecía interminable, dijo, dirigiéndose al coronel del «Victoria:»
--Cuatro números de la primera compañía y un cabo.
Y cinco hombres salieron de las filas.
--Cuatro tiros a ese cobarde.
Y el sargento fué a ver a Dios.
Salaverry volteó la espalda y entró en la casa donde funcionaba el
Estado Mayor.
--Dos pliegos de papel de oficio--dijo, dirigiéndose a un amanuense.
--Listos, mi general--contestó éste.
--Siéntese usted y escriba.
Salaverry, paseando la habitación, dictó:
_Orden general._--«El jefe supremo ha dispuesto que el capitán Benites
sea fusilado por indigno y cobarde.»
--Déme una pluma.
Pasóla el amanuense, y Salaverry firmó.
--Tome usted el otro pliego y escriba.
Y volvió a pasear y a dictar:
_Orden general._--«El jefe supremo, que con espíritu justiciero castiga
todo acto deshonroso para la noble carrera de las armas, sabe también
premiar a los militares que la enaltecen por su valor; y en tal
concepto, atendiendo al heroico comportamiento del capitán Benites, lo
asciende, en nombre de la nación, a sargento mayor efectivo.»
Y volvió a tomar la pluma y a firmar.
En seguida salió a la plaza, y empezó a pasear delante de la puerta del
Estado Mayor. Luego sacó con impaciencia el reloj y consultó la hora.
Faltaban diez minutos para las cinco.
Benites era, como hemos dicho, muy querido en el ejército, y apenas
dictada la primera orden general, uno de sus compañeros, el capitán don
Pedro Balta, que estaba en un cuarto vecino a la sala del Estado Mayor,
se deslizó por el callejón de la casa, montó a caballo y se fué al
camino a tentar, si era posible, dar aviso a su amigo de la triste
suerte que le esperaba. Apenas había galopado pocas cuadras, cuando
divisó a Benites con sus soldados, que á las ancas de la cabalgadura
traían los prisioneros.
Balta lo puso al corriente de lo que ocurría, y terminó diciéndole:
--Sálvate, hermano.
El capitán Benites quedó por un momento pensativo. Luego se reanimó y
dijo:
--A Roma por todo, compañero--y volviéndose a la tropa, añadió:--¡Pie a
tierra!
Obedecida la orden continuó:
--Si me han de fusilar, que me lleven la delantera estos pícaros.
Los siete montoneros se arrodillaron junto a los paredones o tapias de
la chacra de Velázquez, y sin más fórmula emprendieron viaje a mundo
mejor o peor.
Salaverry iba a sacar el reloj para consultar nuevamente la hora y ver
si habían pasado las cinco, cuando apareció Benites con sus lanceros, de
los que algunos venían heridos.
Antes de que se apeara el capitán, le preguntó el jefe supremo:
--¿Y el contingente?
--Integro, mi general, sin que falte un _cuartillo_.
--Sígame usted.
Y entraron en la oficina del Estado Mayor. Salaverry tomó la primera
orden general, en que condenaba a Benites a ser pasado por las armas, y
le dijo:
--Lea usted.
Benites obedeció, y terminada la lectura dijo con serenidad:
--Quedo enterado.
--Lea usted esta otra--prosiguió Salaverry, y le pasó la segunda.
Después de la pausa precisa para que el capitán concluyera, continuó:
--¿A cuál de esas dos órdenes generales le dice su conciencia que se ha
hecho merecedor?
--A la del ascenso, mi general--contestó el capitán con cierta altivez.
Salaverry tomó la primera orden general, la rompió, estrujó los pedazos
haciendo con ellos una bola de papel y la arrojó por la ventana.
--Vaya usted, señor mayor, entregue en comisaría el contingente y
véngase a comer conmigo.
* * * * *
Así estimulaba y premiaba Salaverry, el _loco_ Salaverry, el valor
militar. ¿Por qué, Dios mío, no favoreciste al Perú con muchos locos
como ése?
¿Qué mucho, pues, que los vencidos en Socabaya se hubieran batido como
leones y muerto heroicamente, ya en el campo de batalla, ya en el
cadalso, o soportado con la resignación serena del valiente el destierro
en Santa Cruz de la Sierra? No los venció el esfuerzo de los contrarios,
los venció el destino.
Fué en 1870 cuando, invistiendo la clase de coronel, conocí a Benites,
ya anciano y con más goteras en la salud que casa que se derrumba por
vieja. Una vez lo insté, en la tertulia íntima del presidente D. José
Balta, para que me contara la heroica aventura, y con una modestia que
hoy admiro, rehusó hacerlo. Poniéndome la mano sobre el hombro, me
contestó:
--Joven, hay viejos a quienes entristece hablar del pasado, y yo soy uno
de ellos. Que le cuente eso Balta... cuando yo no esté aquí.