II

Aquí exhibido ya mi principal personaje, podía dar principio a la

tradición; pero no me conviene desperdiciar esta oportunidad de poner al

lector en relación con dos matronas, que nacieron predestinadas para

santas y que están en vía de ocupar nicho en los altares.

El segundo conde de la Vega del Ren, nacido en Lima en 1675, es decir,

once años antes del que la señora Zorrilla de la Gándara alcanzara

título de Castilla, fué muy joven a Chile, en calidad de capitán de

lanzas. Mucho debió el mancebo distinguirse en la frontera araucana;

porque cuando apenas contaba veinticinco eneros, se le confirió el

importantísimo cargo de gobernador de Valparaíso que, con general

satisfacción, desempeñó hasta 1706, en que regresó al Perú, donde entró

más tarde en posesión del muy honorífico y no menos lucrativo cargo de

almirante del mar del Sur. Este conde casó en Chile con doña Catalina

Iturgoyen y Lisperguer, de la familia de aquella famosísima Quintrala

que mataba a latigazos a sus criados, que envenenó a su padre y a sus

amantes y que cometió crímenes tan horrendos e inauditos, que artículo

de fe es creerla en el infierno sirviendo de regocijo a los demonios.

¡Contrastes humanos! Su deuda, la esposa del condesito limeño, fué el

reverso de la medalla; y tanto, que sus paisanos la llamaban la Santa

Rosa de Chile, pues diz que se propuso imitar, si no exceder en

santidad y virtudes, a la Rosa de Lima. Cronistas antiguos y

contemporáneos que de ella se ocuparon dicen sin discrepar que desde

niña fué una _santita_, que por martirizarse se arrancó las pestañas,

comió guindas confitadas con acíbar, bebió mate en calavera de

cristiano, se untó miel en el rostro para que las moscas se regalasen y

a guisa de caramelo se introdujo en la boca un hueso de muerto. No me

cae en gracia esto de hermanar la suciedad con la virtud. Hacíase llamar

Catalina del Sacramento, y con mucha seriedad contaba que San José fué

su padrino de matrimonio, y que para no complacer a su esposo (como está

obligada a hacerlo toda mujer que no aspira a santidad) que la rogaba

asistiese a la representación de una comedia, se restregó los ojos con

pimientos y habría cegado si la Santísima Virgen, que la favorecía con

frecuentes visitas personales, no la hubiese curado con algunas gotas

del néctar de su castísimo seno. Añaden los dichos borroneadores de

papel que no usaba medias, que andaba puerca y desgreñada, que dormía

entre sábanas de jerga y que de cada azotaina que se arrimaba en el

carabanchel de popa, sacaba del purgatorio un celemín de ánimas

benditas. ¡Deliciosa, por mi fe, debió ser la vida del esposo de tal

dama! Envídiesela otro, que no yo. Quien se sienta picado de curiosidad

por saber algo más, no tiene sino echarse a leer un librito de 130

páginas que en 1821 hizo imprimir en Lima su biznieto el sexto conde de

la Vega del Ren. Titúlase este librejo: _Breve noticia de la vida y

virtudes de la señora doña Catalina Iturgoyen y Lisperguer, condesa de

la Vega del Ren_, y escribiólo el doctor D. José Manuel Bermúdez,

canónigo magistral de la catedral de Lima.

Hija de esta (no diré si loca o santa) y nacida también en Chile, fué

doña Rosa Catalina Vázquez de Acuña y Velasco de Peralta, abuela del

desgraciado patriota marqués de Torre-Tagle y tía abuela de nuestro

revolucionario conde de la Vega. Murió doña Rosa Catalina en Lima por

los años de 1810, y tan en olor de santidad como la madre que la dió a

luz. Sobre ambas se envió a Roma expediente para beatificación y

canonización. Que se active el proceso, y habrá dos santas chilenas en

el almanaque, y se nos acabará el orgullo a nosotros, los cándidos

limeños, que tan orondos vivimos con nuestra santa Rosa.

En su testamento dispuso doña Rosa Catalina que la casa que habitó,

situada a pocos pasos del que hoy es Palacio de Justicia y casi contigua

a la morada del conde de la Vega del Ren, se transformase en beaterio y

casa de ejercicios espirituales; y para que ello fuese pronta realidad,

dejó los necesarios caudales. En dos años y medio estuvo terminada la

fábrica; y en 1813 el arzobispo Las Heras bendijo la capilla, que mide

veintisiete varas de largo por nueve de ancho y cuyo altar mayor está en

el mismo sitio que servía de oratorio a la fundadora.

Y ahora sí que se acabó la tela y entro con formalidad en la tradición.

Las mejores tradiciones peruanas · 第 112 / 206 题