(_Al Sr. D. Justiniano Borgoño_)
El tesorero de Lima escribió una mañana al general Salaverry
participándole que tenía en arcas treinta mil pesos, y que esperaba
mandase por ellos a un oficial con la suficiente escolta, pues el
trayecto entre el Carrizal de la Legua y Bellavista lo hacía inseguro un
cardumen de montoneros. Los montoneros de entonces eran bandidos que, a
la sombra de una bandera, desvalijaban al prójimo. Como siempre, la
política era el pretexto.
Paseábase Salaverry en la plaza de Bellavista delante de la casa que le
servía de alojamiento, cuando recibió la carta del tesorero, y después
de leerla tendió la vista en torno, a tiempo que por una de las esquinas
cruzaba un oficial.
--¡Capitán Benites!--gritó Salaverry.
El oficial caminó la media cuadra que lo separaba del jefe supremo, y
después del militar saludo esperó órdenes, mientras Salaverry, sacando
del bolsillo una cartera, escribió con lápiz algunas líneas, arrancó la
hoja, y pasándola al oficial le dijo:
--Tome usted, capitán, un piquete de lanceros, y vaya a Lima por el
contingente que le entregará el tesorero. Lo aguardo de regreso antes de
las cinco de la tarde.
--Se cumplirá, mi general--contestó Benites, saludó y se encaminó al
cuartel.
Era el capitán Benites un joven limeño de veinticuatro años de edad,
simpático de figura, alegre camarada, respetuoso con sus superiores,
nada despótico con los subalternos, querido por los soldados de su
escuadrón, bravo, inteligente y honrado. Pero como sólo en los ángeles
cabe perfección, tenía Benites el defecto de ser viciosamente aficionado
a las hijas de Eva. Habiendo faldas de por medio, el capintancito perdía
los estribos del juicio.
Acompañado de un sargento y quince soldados, hizo el peligroso trayecto
del Carrizal sin encontrar ni sombra de montoneros. Al pasar por el
tambo de la Legua, donde era obligatorio en aquellos tiempos para los
viajeros entre el Callao y Lima detenerse a remojar una aceitunita, hizo
alto el piquete, y el capitán agasajó a su tropa con una botella del
pisqueño. Tocábales a copa por cabeza, lo preciso para enjuagarse la
boca y refrescarla.
En el corredor del tambo había un grupo de mozos _carcundas_, que en
compañía de media docena de niñas de esas del honor desgraciado estaban
pasando un día de campo y de jolgorio. A Benites se le despertó el
apetito por una de las muchachas, echó un trago con ella y sus
_concurbitáceas_, y siguió a cumplir la comisión.
De regreso, a las tres de la tarde, con cuatro mulas que en zurrones de
cuero conducían los treinta mil cautivos, volvió a detenerse en el tambo
para obsequiar otra botella a los soldados.
La _parranda_ estaba en su apogeo. Se _zamacuequeaba_ de lo lindo, con
arpa, guitarra y cajón. Hombres y mujeres rodearon al capitán, y la
hembra que le llenaba el ojo dijo:
--Bájate, negro de oro, negro lindo, toma una copa y ven a echar un
_cachete_ conmigo.
No sé que abunden los puritanos que desairen a una buena moza. El que se
crea hombre con entrañas para resistir a la tentación, que levante el
dedo.
Calculó Benites que bien podía pasar un cuarto de hora en la jarana, y
en cinco minutos de trote largo reunirse con sus soldados antes de que
llegaran a Bellavista. Descabalgó y dijo:
--Siga usted, mi sargento, con la fuerza, que ya les daré alcance.