Y alejado el único defensor del cartelón, veintiocho barberos firmaron
un largo memorial que, mitad en latín y mitad en castellano y por su
respectivo _cuanto vos contribuisteis_ (una onza de oro), les redactó el
abogado de más campanillas que en Lima comía pan.
Rechazados por el arzobispo, apelaron ante el juez apostólico de
Guamanga, y negada también la apelación, los rapabarbas, lejos de
amilanarse con una excomunión en perspectiva, cobraron bríos y fuéronse
a la Real Audiencia con un... (parece mentira tamaño coraje), con un...
(hasta la mano me tiembla), con un... (¡Avemaría purísima!) _recurso de
fuerza_. Sí, señores, como ustedes lo oyen, _recurso de fuerza_. ¡Cómo!
¿Creían ustedes que los barberos eran gente de volverse atrás por
excomunión más o menos?
Y mientras el fiscal y el promotor andaban al morro con los Cánones y
las Pandectas, y las Decretales, y el Fuero Juzgo, y las Partidas, y el
Patronato y la gurrumina, el Celso Bazán se llenaba la boca exclamando:
--¡Ahora va a saber el arzobispito con quién casó Cañahueca!
¡Recurso de fuerza! ¿Y contra quién? Contra el más engreído de los
arzobispos que el Perú tuvo hasta entonces. ¡Contra un arzobispo que
traía en la cartera el título de virrey, para el caso de que falleciese
el marqués de Guadalcázar! ¡Contra un arzobispo a quien Felipe IV
llamaba su ojito derecho, y que era el niño mimado de Su Santidad
Gregorio IX!
Pero como ni el virrey, ni los oidores, ni los cabildantes y demás gente
de copete pudieran conformarse con lucir el domingo barba trasnochada o
de la víspera, sucedió (maravíllense ustedes, que yo ya me he
maravillado) que la Real Audiencia fallara que el arzobispo _hacía
fuerza_.
¡Victoria por los barberos!
Verdad es también que la sentencia se pronunció veinticuatro horas antes
de que fuera pública en Lima la noticia de que el arzobispo don Gonzalo
de Campo había fallecido en Recuay el 1.º de diciembre, envenenado por
un cacique a quien desde el púlpito amonestara de lo lindo porque vivía
amancebado.
Si alambicamos bien el suceso, algo de complicidad en la muerte de Su
Ilustrísima les cae encima a los barberos; porque llamado el de Recuay
para aplicar una sangría al moribundo, anduvo retrechero con las excusas
de si era o no era domingo y de si el edicto callaba o no callaba en
este caso, cuando vencidos sus escrúpulos se decidió a acudir, empleó un
cuarto de hora en buscar lanceta y a la postre fué llevando una lanceta
roma. Cuando él entró en el dormitorio hacía ya minuto y medio que era
D. Gonzalo alma de la otra vida.
Desde entonces los barberos de Lima disfrutan del privilegio de trabajar
en domingo, gracias a su _ñeque_ y _circunstanflaucia_, como diría Celso
Bazán, mi barbero.