Volvamos al atrio de la catedral.
Casi los treinta que en ese año componían el gremio de los
desuellacaras, estaban allí reunidos leyendo, releyendo y comentando el
cartelón, hasta que el más letrado de entre ellos, llamado Pepe Ortiz,
tomó la palabra y dijo:
--Señores, si el abad de lo que canta yanta, el barbero manduca de la
barba que retruca, y entre Pupa y Pupajor, Dios escoja lo mejor. Creo
que discurro con lógica... ¿Digo mal o digo bien?
--¡Sí, sí! ¡Muy bien! ¡Muy bien!
--Entonces, prosigo. Si trabajando a destajo no nos cunde el trabajo, y
todo es hora chiquita con sol y sombrita, acatando el edicto vamos a
colocarnos en la condición del asnillo de Gil García, que cada día menos
comía. Probemos, pues, que el viento que corre muda la veleta, mas no la
torre, y sin más gori-gori reclamemos del edicto.
El palmoteo y los vítores fueron estrepitosos. Dos o tres abrazaron al
orador, y otros le apretaron la mano diciéndole: «Pepe, eres todo un
hombre, y como tú hay pocos».
Restablecida la calma, uno, que probablemente era el Celso Bazán de
aquel siglo, alzó el brazo, como quien pide venia para hablar, y dijo:
--Compañero, bien pensado y mejor hablado; bien mascado y mejor
remojado. Se dice que, por trabajar en domingo, logramos medros, y no
saben que en este mundo mezquino, donde hay para pan no hay para tocino,
y que el barbero no es fraile cucarro que deja la misa por el jarro.
Somos como los hijos de Medinilla, que nunca salieron de papilla, y lo
de que con un mucho y dos poquitos se hacen ricos infinitos...,
¡mamola!...; eso y el queso empacha, y que se lo cuenten al abate
Cucaracha. Conque, como dice Pepe, Dios sea con nosotros, y a protestar,
muchachos.
El entusiasmo llegó a su colmo y unas mocitas con más sal que las
salinas de Huacho, que estaban de espectadoras, casi se comieron a besos
al orador, diciéndole:
Turroncito de alfeñique,
botón de pitiminí,
si no estás enamorado
enamórate de mí.
El alma me has robado,
dame la tuya,
que el ladrón es preciso
que restituya.
--Alto ahí, camandulense, y mientras descansas maja estas granzas--saltó
un viejo con hopalanda y birrete, fértil de orejas, viudo del ojo
izquierdo y tartamudo de la pierna derecha, a quien llamaban Cuzcurrita
y que diz que era el barbero de los canónigos y de la curia, un pobre
hombre que de a legua exhalaba olor a vinajeras de sacristía.--Sabedlo,
coles, que espinacas hay en la olla y que es herejía luterana rezongar
contra lo que mandan los ministros de la Iglesia. Por eso dijo San
Ambrosio..., no..., no..., que fué San Agustín..., tampoco..., en fin,
alguien lo dijo y yo lo repito..., nácenle alas a la hormiga para que se
pierda más aína. Conque comed y no gimades, soberbios de Lucifer, o
gemid y no comades. He dicho. Pajas al pajar y barberos a rapar.
--Hombre--replicó Pepe Ortiz,--para mujer de a dos reales, marido de a
dos migajas. Para las barbas que tu desuellas, bien te estás con ellas,
que sólo un cristiano dejado de Dios y de Santa María se pone en manos
de barbero zahorí que tiene un Cristo negro pintado en el cielo de la
boca.
--Aguilucho sin agallas--insistió Cuzcurrita, rojo de cólera ante tamaña
injuria,--no seré yo, brujo y zahorí, como me apodas, el que por el
alabado deje el conocido y véame perdido. Excomunión con usarcedes y no
conmigo, que no pecaré de novedoso ni de...
Aquí se acabó la paciencia de los del gremio, y a los gritos de
«¡Basta!» ¡Fuera! ¡Mantear el monigote! ¡Cáscale las liendres! ¡Aflójale
su sepan cuantos!,» se escurrió Cuzcurrita en dirección al sagrario.