A ciencia cierta, nadie sabe desde cuándo hubo barberos y navajas sobre
la tierra. Los judíos, contemporáneos de Cristo, se afeitaban con una
especie de piedra pómez, y los griegos y romanos se aplicaban a la barba
un líquido corrosivo que con frecuencia les ocasionaba enfermedades de
la piel. Sólo desde los tiempos de Nerón, tan hábil para inventar
suplicios, empieza la historia a ocuparse de los barberos, dándoles
renombre de charlatanes y murmuradores; y tanto que uno de ellos, que
por primera vez iba a palacio, le preguntó al rey:
--¿Cómo quiere vuestra majestad que le afeite?
--Sin chistar palabra--contestó el monarca.
La historia cuenta que los barberos se han entrometido algunas veces en
la política, pero siempre con pícara estrella. A Pedro Labrosse, barbero
de Felipe el Atrevido, y a Oliverio el Gamo, barbero de Luis XI, los
afeitó en toda regla el verdugo; y si Bejarano, barbero del tirano
Francia del Paraguay, no tuvo idéntico final, por lo menos le arrimaron
doscientos zurriagazos en plena plaza de la Asunción. Escarmentados en
aquellos tres ejemplos, los barberos de mi tierra no pasan, en política,
de graciosos zurcidores de bolas, y su opinión es siempre la de la barba
que jabonan. Ni quitan ni ponen rey. Con un parroquiano son más
gobiernistas que el ministerio, y con otro más revolucionarios que la
demagogia: con éste jesuítas e intolerantes, y con aquél masones y
liberales hasta la pared del frente. Los barberos son como el maná de
los israelitas: se acomodan a todo paladar.
La historia contemporánea sólo nos habla de dos barberos afortunados: el
del rey D. Miguel de Portugal, que por la suavidad de su navaja y otras
habilidades, mereció del soberano el título de marqués de Queluz, y el
famoso Jazmín, tan eximio poeta como habilidoso peluquero, cuyos versos
arrancaron a la pluma de Carlos Nodier los más entusiastas elogios.
Decididamente, los barberos en nuestro siglo del vapor y la luz
eléctrica están en vía de rehabilitación. Me alegro por los pericotes.