D. Honorato Aparicio se encaminó paso entre paso a la cárcel de la
ciudad, situada a una cuadra de distancia de Santo Domingo, donde se
encontró con el alcalde del Cabildo.
--Señor alcalde--le dijo,--acabo de matar a un hombre por motivo que
Dios sabe y que yo callo, y vengo a constituirme preso. Que la justicia
haga su oficio.
El conde de Villarroja, padre del muerto, no anduvo con pies de plomo
para agitar el proceso, y un mes después fué a los estrados de la Real
Audiencia para el fallo definitivo.
El virrey presidía, y era inmenso el concurso que invadió la sala.
Al conde de Villarroja, por deferencia a lo especial de su condición, se
le había señalado asiento al lado del fiscal acusador.
El marqués ocupaba el banquillo del acusado.
Leído el proceso, y oídos los alegatos del fiscal y del abogado
defensor, dirigió el virrey la palabra al reo.
--¿Tiene usía, señor marqués, algo que decir en su favor?
--No, señor... Maté a ese hombre porque los dos no cabíamos sobre la
tierra.
Esta razón de defensa, ni racional ni socialmente podía satisfacer a la
ley ni a la justicia. El fiscal pedía la pena de muerte para el matador,
y el tribunal se veía en la imposibilidad de recurrir al socorrido
expediente de las causas atenuantes desde que el acusado no dejaba
resquicio abierto para ellas. El abogado defensor había aguzado su
ingenio y hecho una defensa más sentimental que jurídica; pues las
lacónicas declaraciones prestadas por el marqués en el proceso no daban
campo sino para enfrascarse en un mar de divagaciones y conjeturas. No
había tela que tejer ni hilos sueltos que anudar.
El virrey tomaba la campanilla para pasar a secreto acuerdo, cuando el
abogado del marqués, a quien un caballero acababa de entregar una carta,
se levantó de su sitial, y avanzando hacia el estrado, la puso en manos
del virrey.
Su excelencia leyó para sí, y dirigiéndose luego a los maceros:
--Que se retire el auditorio--dijo--y que se cierre la puerta.
V
Laurentina al comprender el peligro en que se hallaba la vida de su
padre, no vaciló en sacrificarse haciendo pública la ruindad de que ella
había sido triste víctima. Corrió al bufete del marqués, y rompiendo la
cerradura sacó la carta de Baldomero y la envió con uno de sus deudos al
abogado. Ella sabía que el marqués nunca habría recurrido a ese
documento salvador o por lo menos atenuante de la culpa.
El virrey, visiblemente conmovido, dijo:
--Acérquese usía, señor conde de Villarroja. ¿Es esta la letra de su
difunto hijo?
El conde leyó en silencio, y a medida que avanzaba en la lectura
pintábase mortal congoja en su semblante y se oprimía el pecho con la
mano que tenía libre, como si quisiera sofocar las palpitaciones de su
corazón paternal. ¡Horrible lucha entre su conciencia de caballero y los
sentimientos de la naturaleza!
Al fin, su diestra temblorosa dejó escapar la acusadora carta, y cayendo
desplomado sobre un sillón, y cubriéndose el rostro con las manos para
atajar el raudal de lágrimas exclamó, haciendo un heroico esfuerzo por
dar varonil energía a su palabra:
--¡Bien muerto está!... ¡El marqués estuvo en su derecho!